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Serpientes negras venenosas / Bachint Kaur PDF Imprimir E-Mail
Bebe Bhagwanti no tenía ni pocas ganas de abordar el autobús a su pueblo. Apenas dos días antes había hecho todo el camino a Delhi desde Rampura. Ahí era donde su amada y única hija, Mukhtiyaro, se había casado.

      Bebe Bhagwanti había llegado a la casa de Mukhtiyaro justo después de la ceremonia Doli de su vecina de al lado, la hija de los Gills.
      «Niña Mukhtiyaro, si tú lo dices, puedo regresar a Rampura en un par de días más. ¡No es como si las cosas se paralizaran cuando no estoy allí!».
      Bebe Bhagwanti había pronunciado esas palabras con considerable turbación ante la presencia de su yerno. Y simultáneamente había comenzado a desempacar muchos paquetes pequeños con regalos que había traído del pueblo junto con un traje chheent que aún estaba nuevecito en su caja. Empezó a desdoblarlo.
      Mirando afectuosamente el montón de regalos que había traído su madre y lanzando inmediatamente un fugaz vistazo a los ojos de su esposo, Mukhtiyaro dijo:
      «Oh, sí, Bebe. Ahora que estás aquí, después de viajar desde tan lejos, bien podrías quedarte conmigo unos cuantos días. Sé que no es fácil dejar las responsabilidades en casa. No sé cómo te las has arreglado para venir finalmente (¡después de tres años completos!). Baldev, de los Gills, también tiene que volver a su pueblo el domingo. Puedes regresarte con él. Así tendrás compañía durante todo el trayecto».
      Mukhtiyaro habló a todo volumen, como si quisiera echarle algo en cara a su marido, Lehna Singh. De hecho, la hija quería que su madre se quedara con ella durante el resto de su vida. ¿Por qué era responsabilidad de los hijos varones (y sólo de ellos) proveer para sus madres? Especialmente cuando los yernos han obligado a las hijas a tomar la delantera a sus hermanos para pedir una parte equitativa de la propiedad ancestral.
      «De acuerdo, entonces será sólo por unos pocos días. ¿Qué sentido tiene crear molestias innecesarias en la casa?». Mukhtiyaro aceptó la propuesta que ella misma acababa de hacer a su madre, después lanzó una mirada furtiva al rostro amargo de su esposo para medir su reacción.
      Mientras tanto, la madre se moría por una oportunidad de compartir sus alegrías y tristezas con su hija.

¡Oh, Dios! ¡La amistad entre madres e hijas!
      Ellas sí hablan desde sus corazones
      oh, mientras los tallos de trigo crecen altos
      por qué has engendrado hijas, Oh, Madre...

¿Quién sabe cuántas costillas se habrán roto en mil pedazos cuando esas palabras, que perforaban el corazón de una hija separada de su madre, salían de sus labios?
      Las canciones de la delicada amistad entre madres e hijas hacían eco por todo el campo del Punjab. Los rumores del lazo entre Bebe y Mukhtiyaro no sólo estaban en los labios de cada niño del pueblo sino también atorados en la garganta de su hermano, Balwant, y de su mujer, Mindro Bharjai. Ya fuera cuando Mindro se sentaba a platicar con sus vecinos y amigos o cuando hablaba con Balwant Singh.
      «Ja, Bebe clama que fue para asistir a la boda de la hija de los Gills, pero entonces ¿por qué cargó un contenedor hasta el tope de arroz, gram dal, sarsoon saag seco y todas las almendras que tenía?».
      «Mmm... y por cierto, ¿quién cargaría todo el equipaje de Bebe en el camino?».
      El hermano de Mukhtiyaro, Balwant, siempre estaba totalmente de acuerdo con todo lo que Mindro decía.
      «¡Eres un completo idiota! La boda de la hija de los Gills fue sólo la excusa que usó Bebe para ir a Delhi. Como si fuéramos tan cercanos de esos jats. Nunca hemos tenido nada que ver con ellos... nunca. ¿Quién recorrería todo ese camino por alguien con quien tiene tan poca relación? Y más aún, el pasaje a Delhi no es precisamente barato. La verdadera razón para ir de visita fue Mukhtiyaro. ¡Como si no lo supiera! Sólo espera y verás si Bebe regresa en menos de un mes».
      «Mmm», asintió nuevamente Balwant a las palabras de Mindro.
      «Como si hubiera escasez de arroz en Delhi para que ella tenga que cargar un contenedor repleto. Y como si la pasta vermicelli fuera un fruto tan raro como para que tuviera que llevar todas nuestras reservas. Después de todo, todas somos hijas de alguien pero nuestra madre nunca hace nada como esto. Arrebatar comida de las bocas de hijos y nueras para atiborrar la casa de la hija... Y yo te pregunto, ¿qué escasea en una ciudad como Delhi? Uno podría comprar todo el mercado de una pasada si quisiera. ¡Como si no conociera a la vieja...! Cualquier dinero que tenga, se lo entregará a su hija. Incluso lo retiraría de la pensión de Baiji para dárselo a ella».
      Mindro creía tener pleno derecho incluso de la pensión que Bebe Bhagwanti recibía del ejército por su difunto marido. Ésa era la razón por la que todo lo que Bebe había comprado para Mukhtiyaro, aun si costaba una moneda, para Mindro era como si valiera cien.
      Bhagwanti no amaba a Mukhtiyaro menos de lo que amaba a Balwant. Era debido a su amor inagotable que para ella era difícil soportar la separación de cualquiera de los dos. Tal vez por eso, cada vez que Bhagwanti visitaba a Mukhtiyaro en Delhi por un día o dos, no se estaba quieta ni un momento.
      «Mira, niña, seguramente pueda ser útil mientras estoy aquí. Déjame picar los vegetales o hacer cualquier otra cosa mientras sólo estoy sentada sin hacer nada. Yo me encargaré de la masa. Si no, déjame picar ajo para que puedas usarlo después. Así, cuando tengamos que cocinar algo más tarde lo tendremos listo rápidamente». Normalmente, iba una mujer a lavar los trastes, pero Bebe se adelantaba discretamente y los lavaba ella misma.
      Todo el tiempo que estuviera ahí, Bebe Bhagwanti se encargaría de muchos pequeños quehaceres para Mukhtiyaro. Si la correa de un bolso se rompía, ella se sentaría rápidamente con aguja e hilo a coserla. Si cualquier edredón tuviera una rasgadura, ella lo parcharía enseguida. Si el borde de alguna alfombra estuviera deshilachado, ella tomaría un nuevo pedazo de tejido de algún lado y lo enmendaría. Haría cien cosas para Mukhtiyaro durante todo el tiempo que se quedara con ella. E incluso entonces, las únicas palabras que pronunciaría serían: «Yo sólo vengo aquí a ser una carga para ti, niña. No puedo hacer mucho».
      «Bebe, no digas lo primero que te llegue a la mente. Yo nunca veo que te estés quieta». Mukhtiyaro apapacharía a su madre desde la cabeza hasta el dedo pequeño del pie mientras ésta seguía haciendo sus quehaceres.
      Pero Lehna Singh, después de dirigir un somero saludo a Bebe Bhagwanti cuando llegó a visitarlos, no intercambiaría otra palabra con ella hasta que se fuera nuevamente a su pueblo. Sintiendo su hostilidad, Bebe se mantendría agachada en la cocina hasta que él hubiera salido a trabajar. Entonces una tristeza profunda carcomería las entrañas de Bebe como una rata. Mientras se despertaba, comía, hacía quehaceres, se sentaba, dormía, un solo pensamiento levantaría la cabeza en su mente.
      «¿Por qué razón estoy sentada aquí en el umbral de la puerta de mi hija? Estar con ella un día es tan bueno como estar con ella dos días».
      ¿Pero puede el amor entre madres e hijas quebrarse tan fácilmente?

La amistad entre madres e hijas
      se quiebra sólo bajo grandes catástrofes
      mientras los oídos del trigo se llenan
      ¡oh, Madre!, ¿por qué son olvidadas las hijas...?

Mukhtiyaro miró a su madre, que estaba inmersa en sus pensamientos. Al mismo tiempo, un frío suspiro se levantó de las profundidades de sus dos corazones y envolvió una capa de tristeza alrededor de ellas como una fina corteza.
      Una vez, Mukhtiyaro se sintió incluso tentada de decirle a su marido que ella ganaba dinero para la casa, igual que él. «Si mi madre se queda con nosotros por unos días, no causará que se acabe toda la comida de la casa».
      Pero en vez de eso se quedó mirando fijamente los taciturnos y enfadados ojos de Lehna Singh. Porque él, sentado en un catre cercano mientras ignoraba deliberadamente lo que Mukhtiyaro tenía que decir, había dirigido la conversación en otra dirección.
      Por un tiempo, una densa tristeza y un extraño miedo se extendieron en el ambiente. Hasta que el silencio de Mukhtiyaro fracturó el corazón de Bebe Bhagwanti en diminutos fragmentos.
      Secretamente, ella deseaba que Mukhtiyaro la invitara, aunque fuera una sola vez, a quedarse. Aun si no lo dijera en serio: «Bebe, no te vayas al pueblo hoy. Vete en uno o dos días».
      ¡Cuánto amor!
      ¡Cuánto desamparo!
      ¡Cuánta frialdad y cuánta insolencia! Lehna Singh no tenía ninguna consideración por sus mayores. Mukhtiyaro miró con impotencia a Lehna Singh por una respuesta y a su vez Bebe Bhagwanti miró a Mukhtiyaro tristemente, melancólicamente, durante un largo rato. Y entonces comenzó a doblar su traje chheent con el corazón roto de volver a meterlo en su caja. Y entregando la pasta vermicelli, el gram dal y los muchos otros paquetes de regalos y la bolsa que contenía las almendras a Mukhtiyaro, dijo suavemente:
      «Toma, niña, guarda éstas también en la cocina. Cada mañana, pon a remojar unas cuantas almendras en leche y dáselas a Lehna Singh. Y tú también debes tomar un poco de leche de vez en cuando. Ve cómo tu cara se ha vuelto permanentemente adormilada como la de un gato. Después de todo, debes de estar muy cansada de trabajar en la fábrica todos los días. Y además tienes que hacer todo lo de la casa, todo tú sola, con tus propias manos. No tienes a nadie que te apoye... yo hubiera pensado que tendrías un poco de descanso... yo hubiera podido al menos encargarme de la casa. Y este catre tuyo está casi completamente descosido. Si hubieras traído un poco de hilo, yo lo hubiera cosido. Y este khes está tirado sin usar, nuevecito, sólo por la molestia de anudar los hilos de sus bordes. Yo podría haber hecho al menos eso, sentada aquí sin hacer nada... no soy capaz de nada más que eso. Creo que si Dios me llama pronto, sería mucho mejor...».
      La garganta de Bebe Bhagwanti parecía ahogarse mientras hablaba. Finalmente, había comprendido todo en el silencio de su hija. Lehna Singh no quería que se quedara.
      te de su marido, sólo podía hervir de rabia por dentro.
      «¡Idiota! ¡Qué carnicero es! No ha mantenido ninguna relación con sus hermanos o hermanas. Ahora quiere que yo también me desprenda de los míos. ¿A quién me ha atado Dios? No tiene ningún sentido común, ¡ninguna vergüenza! Ningún respeto por sus mayores. Sé que se muere ante el mero pensamiento de que Bebe se quede aquí conmigo por un día o dos. Es porque yo dormiría con Bebe durante el tiempo en que esté aquí, ¿no es cierto? Ahora sólo lo dejaré que me mire... Cómo me encantaría arrojarle este incienso encendido... ¡a su negra cara!».
      Mukhtiyaro se sentó agitando el veneno en su interior como una serpiente durante una hora, y luego dijo en voz muy alta y muy irritada:
      «Ven, Bebe, déjame acompañarte a la estación de autobuses ahora mismo».
      «Muy bien, niña. Que prosperen en su hogar».
      Tras bendecirlos a los dos, acariciar la cabeza de Lehna Singh y colocar un billete de diez rupias en la palma de su mano, Bebe Bhagwanti levantó un pesado equipaje de tristezas en su propia cabeza y caminó calladamente detrás de Mukhtiyaro.
      «Bebe, no hay necesidad de alimentar con leche a serpientes venenosas» (1). Mukthiyaro arrebató el billete de diez rupias de la mano de Lehna Singh y lo devolvió al puño de Bebe .

 

 

Traducción de Iván Soto Camba, a partir de la traducción
      del panyabí al inglés de Hina Nandrajog.

1   En Punjab, a veces a un yerno se le conoce como «serpiente» cuando sus lealtades están con su propia familia y se hace el hábito de siempre querer explotar a la familia de su esposa. (N. del T.).




 
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