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PREMIO FIL DE LITERATURA EN LENGUAS ROMANCES /David Huerta PDF Imprimir E-Mail
Atropellamiento

Un automóvil es atravesado a la altura de su ecuador, de sus costillares aerodinámicos, por un glóbulo de luz, destello ubicuo del atropellamiento: imagen que el peatón lleva inscrita en el esternón, su eje peculiar y fragilísimo. El peatón ha dejado, así, su huella mortal en el raudo vehículo.
      Cuando el ecuador del auto se encuentre con el eje del caminante urbano, en medio de la luz cegadora de ese globo expansivo, supernova de la ciudad, se habrá producido el temido atropellamiento.
      Miedo, fulgores, pasos inciertos.
      Un ciervo en las esquinas, un gato erizado en las orillas de los muros, un individuo ante la inmensidad del mar y que no sabe nadar: así el peatón en la inminencia perpetua de ese choque de coordenadas, choque asimétricos, impacto desigual y hondamente cataclísmico.
      El automóvil tiene apenas alguna abolladura, un raspón en forma de raya quebradiza. Allá abajo, en los pozos del dolor, el peatón quiere reconocer su cara, respirar sin pena, entender dónde ha quedado su esqueleto.

 

 

Circulación del miedo

El miedo se ha dado vuelta en la cama como un insomne. Deja ver ahora su espalda tachonada de fantasmitas y suegras, de listones negros y moños empapados.
      Más allá de la espalda, en el norte denso y desasosegado del miedo, están los ojos «espantadizos de sus mismos ecos»: como si pudieran ver el sonido y sus ondulaciones ávidas, entregadas a una fiesta de inmundicias y timidez, de neurosis y aristocracia olvidadiza —pero el miedo tiene una memoria crisoelefantina con injertos de museo berlinés, con incrustaciones sudamericanas o mesoamericanas de dignatario incaico y escultor mexica.
      El miedo se explora con un dedo tras otro y se descubre árticos en donde tendría que haber una serie de inocentes relojes; el miedo se hunde en el cieno del tiempo como una asonancia se hunde en la sugerencia del sonido nocturno de las más oscuras rimas del repertorio.
      El miedo es una asonancia extraviada, es una resonancia en el paladar, es una disonancia que rompe las rodillas del desprevenido. Circula por las venas de los atardeceres con una frugalidad de menesteroso, versión detestable del egoísmo.



 

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