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Camino a casa: poesía y recapitulación en Juan Carlos Abril / José Homero PDF Imprimir E-Mail
Hay obras cuya circulación sucede mediante vasos comunicantes donde discurren la pasión y la crítica, la emoción y la reflexión. Ritmo sanguíneo, este flujo suele distinguir a los poetas, antes que a los narradores, aunque ocurran excepciones. Ordenar la escritura mediante los compases de la poesía y el ensayo, de la imaginación y el raciocinio, distingue a quienes prefieren la complejidad y la meditación al entusiasmo y el arrebato; diríase por ello que constituyen peculiaridades de la melancolía y de la edad crepuscular. Juan Carlos Abril, nacido en Los Villares, Jaén, en 1974, de manera pausada ha construido su obra por estos cauces.

      Poeta de producción parca pero sólida: Un intruso nos somete (1997), El laberinto azul (2001) y Crisis (2007); antólogo de Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald y Luis García Montero, entre otros, además de suscribir la importante antología generacional Deshabitados; crítico literario y director de la revista de poesía Paraíso, Abril se ha distinguido por la temperancia tanto en la lírica como en la crítica. Si desde sus primeros títulos denotaba, no obstante su juventud, una temprana madurez permeada por el escepticismo y la cavilación, en su libro más reciente, En busca de una pausa, estos rasgos sustentan una auténtica recapitulación sobre la vida, la poética propia, la poesía, el arte, la generación y la historia. No es casual el orden en que enuncio esta relación: Abril parte de la vivencia para extender su juicio hacia los conceptos y por último cuestionar los fundamentos de la sensibilidad y valores de la época.
      La recapitulación implica trazar una división elemental: desde el presente, recordar el pasado y vislumbrar el brumoso futuro. Quien recapitula suele ser un hombre maduro, consciente de sus cambios en el transcurso; de ahí que emprenda un balance de su historia y los valores que orientaron sus actos. Se trata, ubicado un punto, de mirar en dos direcciones, como el dios Jano. Por ello la denominación —En busca de una pausa— exige una apreciación metonímica: la pausa es ese punto de cesura que permite el escrutinio; no es arbitraria entonces, además de la previsible distinción cronológica y las constantes referencias tópicas al pasado y la memoria, la sinécdoque como figura preponderante.
      Los tropos comparten la peculiaridad metonímica de identificarse con una trayectoria. La vida se compara con un recorrido: «atravieso este inhóspito / territorio hacia lo desconocido » ( «Causa perdida » ); al poema con un camino: «Estás perdido en el poema / como en un bosque, ya no sabes / distinguir el camino » ( «Sobre la herida » ); a la memoria con un pasadizo: «un pasadizo con antorchas / habla de ti / la persecución del pasado / el pasado te persigue » ( «Causa perdida » ); a cierta condición con una vía: «el fracaso / es un camino singular » ( «Exilio involuntario » ), «Esperar es un camino » —título de un poema. Incluso los motivos textuales surgen de esta necesidad de desplazamiento: el tren que atraviesa las ciudades, la aventura como promesa de una posibilidad de vida —sí, los centenarios impulsos de Arthur Rimbaud laten en estos versos—, la experiencia como una vía ( «encuentra el sendero perdido en la montaña » )... A juzgar por las reticentes confesiones —siempre oblicuas y filtradas bajo una espesa yedra semántica—, el poeta mismo es un viajero cuya juventud marcaron los viajes siempre en pos de la estrella oriental de la aventura.
      Habría que razonar esta impronta del viaje y el derrotero. La analogía entre vida y camino es un tópico, como lo es la consideración espacial de la memoria. Sin embargo, a diferencia de las edificaciones para apoyar la evocación —la nemotécnica que erigió los palacios de la memoria—, en el caso de esta poesía los desplazamientos acontecen en una comarca imaginaria donde se deambula en medio de sombras y luces, de claroscuros y de pasadizos: «atravesando alternativamente / franjas de sombra y arcos claros » . El camino oscuro no ordena la memoria, sino que patentiza su caos. Abril usa la pausa no sólo para cotejar la propia vida, sino sobre todo para acometer un análisis. Ejercicio dialéctico y no únicamente melancólico, aunque el confeso lector de Walter Benjamin no soslaye el ascendente del signo de Saturno y declare la clave de lectura.

Concédete permiso
      para esperar. Es un camino.
      Y echar de menos,
      una obsesión para los melancólicos.
      ( «Esperar es un camino » )

La criba racional permitirá trascender la antítesis que por sí sola no ha aclarado nunca obra alguna. El distanciamiento permite entonces confrontar los sueños de la juventud con la cosecha del presente —sin soslayar que el futuro está en construcción, no definido—, e igualmente sopesar la fidelidad a las creencias juveniles y su cotejo con las de la madurez. Por ello, el examen no concluye en la biografía, sino que deviene evaluación de la propia poesía y por ende de la poética que la sustenta. Asociado —más por la relación profesional que por inmanencia textual— con la poesía de la experiencia y con cierto confesionalismo —en este caso del todo— contenido, la poesía de Abril, abierta a múltiples ecos y especialmente a las resonancias de América —una circunstancia que continúa indicando rareza en la ultramontana poesía española—, no ha dudado en ocluir el sentido y fermentar el significado con giros sintácticos más apropiados al ensayo que a la lírica. Síntesis de esas escuelas en apariencia antitéticas de la poesía transparente y el verso oscuro :

Que tú no lo comprendas
      no significa
      que nadie pueda comprenderlo,
      y que los referentes
      sean la realidad.
      ( «Causa perdida » )

Asimismo está consciente de que varias actitudes suyas provienen de un credo metapoético, como lo asientan las alusiones a la originalidad o a la exploración lingüística. Sin renunciar a la lírica, Abril sabe que una poesía sincera comienza con el reconocimiento de la imposibilidad de la ingenuidad. Agréguese a ello que como otros poetas recientes que entreveran los climas del ensayo con los de la emoción de manera equilibrada, algo hay en el acento de Abril que, además de sugerir los ecos de T. S. Eliot —a cuya lectura remite coquetamente al jugar perifrásticamente con la frase «Abril mezclando memoria y deseo »— y de un apenas perceptible Jaime Gil de Biedma, nos trae aunque sea tenuemente las cadencias de John Ashbery.
      Poesía que se asume memoriosa, la del quinto libro de Abril entraña una complejidad que no reside en el vocabulario sino en la referencia. El poeta pareciera entregarnos una confesión y lo que nos presenta es una recapitulación sobre los motivos poéticos, un poco en la línea de Ezra Pound. De ahí que, sin atender a las trufas críticas —las menciones intertextuales, la recalcada distancia entre las palabras y las cosas, entre los signos y los significados—, su lectura pecaría de ingenua. Objetivo líricamente —o, al menos, sincero—, Abril por igual confronta los fundamentos de la poesía que se ofrece sin mediaciones conceptuales:

Nada es lo que parece
      y allí se alojan las sospechas
      del entusiasmo
      con sus recodos expresivos,
      la lentitud
      en estilo indirecto libre...

Balance de vida pero también acta poética para examinar los valores estéticos de una época, En busca de una pausa termina siendo un libro que de la mirada subjetiva deviene un testimonio social. La conclusión es que, aunque vivamos tiempos deshabitados y hayamos perdido la esperanza en los valores, debemos continuar con la aventura. De la vida, de la escritura, de los sueños:

Hay que recuperar los sueños
      y la nostalgia del futuro,
      porque una causa justa
      nunca fue suficiente.
      ( «Exilio involuntario » ).

 

l En busca de una pausa, de Juan Carlos Abril.
      Pre-Textos, col. La Cruz del Sur,
      Valencia, 2018.



 
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