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En el Parque de la Memoria / Roberto Echavarren PDF Imprimir E-Mail
En el pabellón o galería del Parque de la Memoria se exponen en este momento varias obras del artista uruguayo Kamnitzer, pero lo que me llamó la atención es un texto suyo acerca del tiempo. Dice que Proust no recobró el tiempo perdido ni pudo definir el misterio del tiempo. La obra que él presenta, Kamnitzer, es una serie de cuadros rellenos de números a la manera de un calendario. Con esta obra ciertamente él no aborda ni define el misterio del tiempo. Pero creo que Proust no fracasó. Dice Kamnitzer que, en vez de definir el tiempo, Proust narra una serie de anécdotas. Pero Kamnitzer no entendió que lo que presenta Proust, y esto es de algún modo su victoria, es el choque en nuestra conciencia y sensibilidad entre dos momentos del tiempo, cierto pasado y cierto presente. Ese choque, coup de foudre, relampagueo, es lo que nos trae una dolorosa conciencia del tiempo, del tiempo como separación entre dos momentos. El tiempo nos golpea, nos sacude a través de esa experiencia. Es lo que expresa Bécquer cuando escribe: «y ayer, un año apenas, pasado como un soplo» y cuando escribe también: «con los días los meses, con los meses los años pasarán, y a aquella puerta llamarás al cabo, ¿quién deja de llamar?». Es lo contrario del verso de Manrique, «cómo se viene la muerte, tan callando»; pero el poema de Manrique, Coplas a la muerte de su padre, es también un doloroso despertar: «No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que viere, más que duró lo que vio, porque todo ha de pasar de igual manera». El choque frente al tiempo nos deja completamente vulnerables, pingajos, trofeos del tiempo. Mientras recorría el Parque del brazo de Tununa Mercado, bajo la lluvia que se ensañó durante nuestra visita, mientras miraba el beso del agua sobre la lista aparentemente interminable de las víctimas del terrorismo de Estado, me recorrió un temblor, casi un paroxismo, al darme cuenta de que esos muertos estaban puntuando mi propia juventud en los años setenta. No conocí a ninguno de ellos, mi amigo Néstor Perlongher se salvó a pesar de haber sido detenido muchas veces. No conocí a ninguno de esos chicos inmolados, porque por esa época yo no venía a Argentina y, al contrario, había logrado abandonar Uruguay para estudiar en Alemania. Pero lo que aquí me pegó más fuerte fueron las edades junto a los nombres: dieciséis, diecisiete, diecinueve, veintiún años. Eran todos, o casi todos, jovencísimos, estudiantes quizá, de la secundaria o de la universidad. Las listas de nombres en los muros se ordenan por años, desde 1969 hasta 1982, creo. Al principio no eran tantos, pero a partir de 1973 y sobre todo de 1974 las listas se extienden inconmensurables. Apellidos alemanes, quizá judíos, listas inmensas de Garcías y González. Ya opacos, ya cerrados en la piedra, toda esa eclosión de vida apagada para siempre. La visita me recordó otra visita, la del cementerio Piskarievski en Petersburgo, donde hay varios enormes canteros, también clasificados por años, 1942, 1943, 1944, pero allí se trata de tumbas anónimas, de fosas comunes, los osarios de las víctimas del sitio a la ciudad por las tropas de Hitler. La ciudad estuvo sitiada durante más de tres años. Y en los micrófonos del cementerio suena eternamente la Sinfonía número siete, Leningrado, de Shostakóvich. (Leningrado era el nombre de la ciudad en el período soviético). Y de repente, aquí como allá, me golpeó la distancia temporal, la distancia de esas vidas, aquí argentinas, y también de mi propia juventud, con el presente. Y esa piedra puesta allí para durar, junto al río gris y barroso, en esa intemperie hosca y fría de un día de lluvia que parecía también ella tan interminable como las listas de nombres. Ahí me golpeó el tiempo, nuestro paso todavía firme, flanqueando esos muros, el de Tununa y el mío, que no podía durar mucho más, pero en contraste con esas vidas segadas temprano. El tiempo habla, dice cosas como ésta. Y nos tiene en sus manos como a esos niños indefensos ¿de hace cuánto? ¿Ya cincuenta años? Pasados como un soplo. No hay refugio. Y en esos momentos el tiempo, que acumula pérdidas, cae encima todo de golpe.

 
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