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Dos cuentos / Carlos Oriel Wynter Melo PDF Imprimir E-Mail
Pierre Fave, el enciclopedista

Habiendo ya ultimado a su tío, Pierre Fave se entrega al deseo febril de sumar algunas palabras y sus definiciones a la enciclopedia de Diderot y D’Alembert. No siente arrepentimiento por su acción sangrienta: su pariente era un aristócrata ruin que intentó aprovecharse de la mujer que amaba. Sin embargo, desea que los acontecimientos hubieran tomado otro rumbo porque supone que la vergüenza pública puede propiciar su exclusión del proyecto enciclopédico. Ya para entonces son cuantiosos los colaboradores de Diderot y entre éstos se cuentan los personajes más respetados. Además de Rousseau y Voltaire, están Montesquieu, Buffon y Malesherbes. La prisa lo desespera porque la muerte le respira en la nuca. Había sido sentenciado implacablemente.
      El condenado escribe durante el breve cautiverio que antecede a su decapitación y definitiva y pública deshonra. Es Marie Bollar, por fin enamorada, quien rescata los rollos ajados que Fave protege celosamente. Que la devoción de Fave lo haya llevado a defenderla con un asesinato la inspira para ir hasta sus propios límites. Se disfraza y soborna a varios custodios con tal de rescatar la última obra del reo. A la postre, éste y otros esfuerzos son inútiles y Fave no participa de la enciclopedia pionera ni siquiera con pocos párrafos.
      Siglos después, los investigadores comprarían en una subasta las hojas maltratadas de este escritor que murió esperanzado. En un artículo poco conocido del Ph. D. Michael Martínez, profesor a tiempo completo en una universidad pequeña de Texas, Estados Unidos, se cuestiona que el valor de los escritos supere el del entretenimiento morboso. Argumenta que la proximidad de su fin pudo haber afectado el buen juicio de Fave y agudizado su resentimiento social. No obstante, se detiene a resaltar los términos Perro e Igualdad por el originalísimo análisis que representan.
      A continuación, reproducimos el puñado de palabras a las que Fave dio significado:

Barrote (sustantivo): barra gruesa que suele ser de metal, pero también se lo encuentra de sustancia intangible. Por ejemplo, las clases sociales son separadas por líneas invisibles y paralelas, por lo general puestas a distancia igual y pequeña una de otra. Si se parpadea rápido cinco veces, la vista común puede notarlas.
      Culpable (adjetivo): en el siglo xviii ha dejado de ser una idea moral para convertirse en una de facto. La culpabilidad sólo existe si se verifica el castigo. Si el castigo nunca llega, se puede certificar que la persona es inocente.
      Perro (sustantivo): ser humano que no aprendió a hablar ni a escribir. Un reto en el que poco se repara es hacer que un can desarrolle su intelecto y se yerga para caminar en dos patas. Ya algunos mal llamados hombres han hecho el camino contrario y acabado arrastrándose en el lodo.
      Mérito (sustantivo): concepto que sirve para distinguir a las personas peligrosas de las que no lo son. Quienes no tienen méritos, carecen de peligrosidad; resultan controlables dada su extrema dependencia e incapacidad de pensar por sí mismos.
                        (El mérito se equiparará al revólver en los próximos años y se regulará su posesión. Quienes no lo tengan, podrán circular libremente por las calles de nuestras ciudades y trabajar en los establecimientos que deseen y hasta ser sujetos de crédito. Quien tenga asomos de ser meritorio será vigilado constantemente y mantenido, con diferentes mecanismos sociales, bajo control).
      Igualdad (sustantivo): dícese del balanceo que requiere, para su buen funcionamiento, el mundo. También es un juego de diferencias y, por tanto, una paradoja. Entiéndase la lucha que adelantan las mejores mentes de estos tiempos, la igualdad entre mujeres y hombres, ¿y podríamos decir que un hombre y una mujer son lo mismo? No podemos confundir un conejo con una tortuga y una tortuga con un elefante y, sin embargo, todos ellos son animales.

Nota introductoria sobre José Guadalupe Urriaga

Dicen que José Guadalupe, presumiblemente llamado Lupe por los amigos, gustaba de referir la leyenda de la hija del rey purépecha, Tangaxoán, cuando participaba en los encuentros literarios de su pueblo. Lo hacía más si había un considerable número de foráneos entre sus oyentes, y por foráneos nos referimos a cualquiera que no fuera michoacano.
      Como muchos saben, Eréndira, así se llamaba la hija de Tangaxoán, encantó con su belleza al capitán de los conquistadores, allá por los años que siguieron a la caída de Tenochtitlan. Enamorado sin remedio, el hombre barbado y de plateada armadura habría secuestrado a la bella purépecha. Recluida entre montañas, ella había llorado interminablemente hasta dar origen al lago que cruza Zirahuén. Y ésta era la leyenda transcrita casi textualmente, pero para José Guadalupe aquello era solamente la justificación de la tertulia, porque de inmediato daba su muy personal interpretación de lo que representaba el drama.
      Entre los símbolos que hallaba en la leyenda estaban las lágrimas de Eréndira, las que él comparaba con las de todo el pueblo mexicano y, más específicamente, las del artista mexicano, entendiendo como artista «aquel que entrega su alma a propósitos superiores a los de la carne». Vio las analogías más acertadas del materialismo en las plateadas armaduras de los conquistadores, quienes impusieron el reino de los sentidos al espiritual mundo indígena. Y, por tanto, las aguas de Zirahuén que manan y envuelven con sus dedos la tierra son, finalmente, el arte que ha nacido desde tiempos inmemoriales de su gente. Las conclusiones apuntaban a que:
      1. El arte mexicano solía nacer de actos de sacrificio.
      2. Entregarse al reino de los sentidos era renunciar al arte, visto éste como forma de vida espiritual.
      3. Eréndira debería verse como el lado femenino de todo mexicano que se expresa, más allá de la masculinidad limitadora, con furor.
      4. Por último, la propuesta de hacer de los purépechas, no de los aztecas, el centro del imaginario mexicano. Esto lo justificaba explicando que los rasgos guerreros de los aztecas no hacían más que entrelazar a la nación, como hecho cultural, con el mundo de los sentidos.
      De este último punto surge una encubierta, pero apasionada discusión con nada más y nada menos que Octavio Paz.
      Cuentan que Paz estaba reunido con una cohorte de amigos en un restaurante en el Paseo de la Reforma. Urriaga, quien había ido al Distrito Federal para defender la necesidad de fondos de ayuda para provincia, aprovechó la oportunidad para acercarse a él y argumentar a favor de una cultura mexicana más incluyente. Iba vestido entonces con una faja tejida a mano, y camisa y pantalón de manta, a la usanza purépecha, además de llevar entre sus dedos un sombrero de petate. Tan singular vestimenta hizo que no pasara desapercibido. «¡Don Octavio!», dicen que gritó. Y, sin dar tiempo a que Paz se percatara de quién se dirigía a él, agregó a voz en cuello:
      —¡La mexicanidad debe girar alrededor de los purépechas, no de los aztecas! ¡Los purépechas son la mismísima espiritualidad mexicana!
      Las miradas se fijaron en el extraño y luego en el laureado escritor. Dicen que éste, con absoluta calma, colocó los cubiertos en el borde del plato y se limpió la boca con leves toques de la servilleta de tela, mientras masticaba con mayor fuerza la comida. Aún se dio tiempo de tragarse el bocado antes de hablar.
      A la chingada con estos regionalistas comentó con un tono de voz bajo y firme.
      De inmediato, mostrándose condescendiente y sin dirigirse claramente a Urriaga, sino al séquito que estaba con él, habló del problema de los provincianos, la escasa cultura histórica. Y se preguntó retóricamente, ahora sí con toda la fuerza de sus pulmones: ¿cómo embutir la grandeza azteca en una comparación con los purépechas? No cabía. Enumeró una lista que, por momentos, a Urriaga le pareció interminable, de hechos que demostraban la superioridad científica, artística y hasta esotérica de los habitantes de la gran Tenochtitlan. Finalmente, ahora sí determinando a Urriaga, le dio un último zarpazo de jaguar:
      Ya no me haga perder el tiempo con estas mamadas. Póngase a leer, señor. Ése es el meollo del asunto. Sea como Spock de Star Trek, racional.
      Esto último hizo que estallaran las risas en la mesa y Urriaga terminara rodeado de nubes de vergüenza. Se fue alejando a paso lento de los capitalinos que aún se burlaban, mientas arrugaba con fuerza su sombrero de petate.
      Su afán no había sido confrontador sino inocente: realmente creyó haber tenido un descubrimiento digno de ser divulgado. Paz no quiso, por supuesto, que el debate durara mucho, ni que quedaran huellas de él. No lo volvió a mencionar nunca. Después, les confesó a amigos cercanos que no debió haber caído en la tentación de responderlo.
      Urriaga, demasiado golpeado por una respuesta que creyó desmedida, y, para colmo de males, de alguien a quien admiraba honestamente atesoró siempre El laberinto de la soledad— se refugió entre libros tal vez don Octavio tenía razón y había algo entre las lecturas de lo que le faltaba disponer y tradiciones. Cambió su modo de escribir: se dio a la tarea de teñir de códigos purépechas sus escritos, sin que se pudiera notar señales directas, en una suerte de Popol Vuh vanguardista. Cambió su indumentaria purépecha por trajes y corbatas, pero su corazón no dejó de ser el mismo.



 
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