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Sonámbulos y exploradores / Juan Nepote PDF Imprimir E-Mail

La mano es una herramienta vital para la supervivencia humana. Debajo de la piel, los tendones blancos, los nervios filiformes, los músculos anclados a los huesos, el aglutinamiento de terminaciones nerviosas. Más allá de la estructura que le facilita desarrollar funciones especializadas —es decir, más allá de los huesos trapecio, semilunar, piramidal, pisiforme, ganchoso, trapezoide, grande y escafoides—, la mano se regocija en su capacidad prensil, en la diversidad y precisión de sus movimientos. Por absurdo que nos parezca en un primer momento, no sabemos dónde termina la mano. Los movimientos del cuerpo son funcionalmente interdependientes de la actividad cerebral: la mano está trazada, hasta la referencia más minúscula, en el cerebro. Pero, de cualquier manera, sus elementos neurológicos y sus características biomecánicas le permiten a la mano un espacio para la improvisación: como por instinto la acercamos a aquel objeto de porcelana de cuyo interior sale humo.
    La mano alcanza la taza. La mirada se detiene sobre el líquido contenido en la taza cuyo volumen, espesor y diámetro fueron calculados minuciosamente. Las partículas del líquido absorben la luz y generan el característico color marrón. Un rápido vistazo sobre la superficie busca encontrar las tres capas de leche, café y espuma, claramente definidas a causa de la diferencia de densidad de cada ingrediente. Los labios se acercan despacio mientras el aire alrededor aumenta su energía cinética. Las terminaciones nerviosas de la nariz perciben la presencia de los cientos de sustancias que conforman el grano de café, los aceites esenciales volátiles y los ácidos que atraviesan el filtro mezclados con agua caliente a una temperatura cercana a los 94 grados Celsius. La mirada no es capaz de detectar las moléculas que se agitan entre las corrientes de convección en todo el líquido, mientras estribo, yunque y cóclea atienden la vibración de la cuchara dentro de la taza, cada vez más intensa por las miles de burbujas de aire que se revientan.
    El café ya viaja dentro de la tráquea. La molécula de la cafeína se une a receptores localizados dentro de células en ciertas partes del cerebro supliendo a otra molécula llamada adenosina. El cerebro reacciona liberando adrenalina; los vasos sanguíneos se contraen y los músculos se tensan. Entra más oxígeno a los pulmones dilatando los bronquios, incrementando el nivel de dopamina en la sangre. El ritmo cardiaco aumenta. Han pasado unos segundos apenas y la sensación de excitación ya entró por todo el organismo. Mirada, olfato, gusto, tacto y oído toman parte en el acto de beber un sorbo de café, previamente preparado como un experimento de laboratorio: el agua hirviendo en la cual los granos de café molido son vertidos y comienzan a diluirse, mientras la leche fría origina pequeños remolinos sobre la superficie del líquido (turbulencias que duran apenas fracciones de minuto). Cualquiera sabe que el buen café no debe ser endulzado, pero, por si acaso, la naturaleza ha puesto un límite a la cantidad de azúcar que es posible disolver en un café: la velocidad con que se disuelve el azúcar es igual a la velocidad con la que se deposita. Esperamos, entonces, que la taza de porcelana pierda calor hasta el instante exacto en que podemos comenzar a beber. Nunca antes, aunque intentemos apurar el proceso con soplidos: la espuma del café funciona como aislante, y la única opción que tenemos es esperar, alejar la portada lo más posible de la contraportada, comenzar a leer.
    La luz rebota sobre la hoja de papel con una rapidez vertiginosa. Atraviesa la córnea, la pupila y el cristalino, ya está dentro del ojo. La luz —onda y partícula, según como se la mire— se transforma en señales que llegan al cerebro y le informan de viajes infinitos, de paisajes imposibles descritos en la hoja de papel. Todo se hace en silencio / Como se hace la luz dentro del ojo. La mirada sobre la hoja antecede a las voces en el interior de la cabeza. Dicen que el ojo detiene su paso en distintas letras de la misma palabra y que cada ojo se enfoca en una letra diferente. Intuimos que la historia que sale del texto y aparece en nuestra cabeza termina —si acaso lo hace— muy lejos de la página, en otro lugar y en otro tiempo. Nos vamos llenando de imágenes. Las imágenes se enhebran, se combinan para llamar unas a otras. Al pasar los ojos por las letras generamos lenguaje, que significa lo mismo para todos pero al mismo tiempo dice algo nuevo cada vez que leemos.
    Parece que los textos cambian según como nosotros mismos cambiamos. Con una rápida ojeada somos capaces de estimar la cantidad de texto y el tiempo que podríamos dedicarle a su lectura, aunque las palabras nuevas, extrañas y ambiguas, o el descubrimiento de un error en la sintaxis nos obliguen a detenernos aproximadamente cien milisegundos extras. Nuestros ojos saltan a lo largo del texto, se detienen en una palabra y brincan a la de al lado. Seleccionamos la información que necesitamos para seguir leyendo, mientras el ojo se detiene. La información se demora una fracción de segundo en llegar al cerebro, que recibe una serie de instantáneas, y entonces el procedimiento cobra sentido. La eficacia de nuestro sistema visual lo hace rentable: enfocamos los detalles de las cosas con nitidez y al mismo tiempo que somos capaces de orientarnos en el espacio, atentos a los movimientos del entorno. Visión central y periférica se mezclan, se apoyan. La mayor parte de la información que recibimos del entorno nos llega mediante el sistema de la vista; el conocimiento como resultado de mirar, de leer el mundo.

 

«No hay ninguna ciencia sin imaginación y ningún arte sin hechos», escribió Vladimir Nabokov. Una muestra justa es la obra mural de José Clemente Orozco, que consigue emocionar al mismo tiempo que nos relata, que nos cuestiona. En sus murales encontramos que la ciencia ocupa un papel fundamental en, cuando menos, dos dimensiones: la más evidente, como ingrediente de la narrativa pictórica, y la menos obvia, como método de trabajo. La imagen de la ciencia contenida en la obra de Orozco nos confronta con interrogantes fundamentales —¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?—, a partir de la obra de un observador meticuloso que analiza la realidad circundante. Construye teorías que aplica bajo criterios estéticos, utiliza su sentido matemático para representar complejas escenas llenas de dinamismo, clasifica y ordena las secuencias en las cuales sus murales nos cuentan historias. Persigue un sentido de belleza que no resulta ajeno a la ciencia: búsqueda de equilibrio, armonía, simpleza (que no simplicidad) y economía de elementos para sintetizar la esencia de aquello que quiere decir.
    Para el escritor Andrés Neuman, «somos literalmente incapaces de interpretar la realidad sin pensar en las historias que leímos o nos contaron, en las películas que vimos, en las canciones que escuchamos. La ficción repercute hondamente en nuestra idea de la realidad y en nuestra participación en ella». Para el científico Jorge Wagensberg, «todo lo que no es la realidad misma es una ficción de la realidad. Cualquier representación mental de la realidad es ficción. La literatura es una ficción de la realidad. Cualquier género literario, incluido el ensayo, es en rigor una ficción. La ciencia también es una ficción de la realidad, pero una ficción todo lo objetiva, inteligible y dialéctica que, en cada momento y lugar, sea posible. En otras palabras: la ciencia es una forma de conocimiento que se elabora con la menor ideología posible. La literatura, en cambio, es la forma de conocimiento que más ideología permite impregnando sus contenidos».
    Por ejemplo, para ocuparse de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, los científicos dudan, observan, separan, miden, clasifican, verifican, nombran. Es la idea de que la materia está formada por partículas elementales invisibles a los ojos humanos, que se unen para dar origen a los átomos, omnipresentes en la imaginación y en la realidad («tan sólo en un gramo de agua hay más átomos que gotas en todos los ríos y lagos del mundo»). De las combinaciones de los átomos resultan las moléculas, es decir, la totalidad de los elementos químicos en su esplendorosa diversidad. Las moléculas se combinan y pueden producir células, el fragmento de vida más pequeño que puede vivir con independencia: reconocemos animales y plantas con una sola célula, y otros, en cambio, con miles de millones de células, cada una especializada en funciones específicas. Aquellas que comparten un origen se organizan en tejidos y forman órganos, que a su vez conforman sistemas especiales para la supervivencia de cada organismo. Según sus características, los organismos de la misma especie se reúnen en poblaciones para garantizar más probabilidades de supervivencia y preservación, forman manadas, poblaciones, comunidades influenciadas por el medio en el que se desarrollan. Esas relaciones entre comunidades y clima, temperatura o condiciones geológicas dan origen a los ecosistemas, por ejemplo, biosfera o atmósfera, esa serie de gases que envuelven a un planeta y mantienen su temperatura estable, alteran su superficie. A cada planeta lo imaginan acompañado de otros semejantes, y de soles, satélites, asteroides, cometas. Estos sistemas planetarios forman galaxias, miles de millones de estrellas, gases, polvo y materia oscura, agrupadas en cúmulos abismales. Las distancias entre las galaxias de un cúmulo son del rango de decenas de miles de años luz, pero las que existen entre cúmulos pueden ser mil veces mayores.
    Por ejemplo, para ocuparse de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, los escritores dudan, observan, separan, miden, clasifican, verifican, nombran. Es la idea del infinito de Giacomo Leopardi: «Siempre caro me fue este yermo cerro / y esta espesura, que de tanta parte / del último horizonte el ver impide. / Mas sentado y mirando, interminables / espacios a su extremo, y sobrehumanos / silencios, y hondísimas quietudes / imagino en mi mente; hasta que casi / el pecho se estremece. Y cuando el viento / oigo crujir entre el ramaje, yo ese / infinito silencio a este susurro / voy comparando: y en lo eterno pienso, / y en la edad que ya ha muerto y la presente / y viva, y en su voz. Así entre esta / inmensidad mi pensamiento anega: / y naufragar en este mar me es dulce». O la precisión lacónica de Giuseppe Ungaretti: «Me ilumino / de inmensidad».
    Con frecuencia olvidamos que ciencia y literatura son empresas igualmente creativas, modelos complementarios para la exploración de la naturaleza: es posible rastrear en cualquier época de la historia escritores pendientes de la ciencia, así como científicos que lo están de la literatura, finalmente ambos lectores y escribientes.

 

Así en la literatura como en la ciencia, el ejercicio de pensar y escribir no es otra cosa que una búsqueda sonámbula: «cuando el escritor encuentra, ya se puede callar... el artista busca continuamente, al igual que la ciencia, que nunca llegan a un punto final», dice el narrador Antonio Tabucchi, y sigue: «creo que la literatura es patente o evidente sólo cuando se hace una clasificación en una biblioteca. Pero si tomamos la literatura como una serie de reacciones emotivas e intelectuales hechas con la escritura, entonces hasta se pierde el sentido de la cronología. Intentamos clasificar el universo, desde luego». Para el físico John Ziman, el científico «es un hombre de pluma; escribir libros es su vocación». Y lo ha sido a lo largo y ancho de la historia de la ciencia, desde los Elementos de Euclides, trescientos años antes de nuestra era —conjunto de trece libros que comparte con la Biblia el sitio de honor entre las obras que en más ocasiones se han editado— a los tratados de óptica medieval de Ibn al-Haytham; del De Revolutionibus Orbium Cœlestium de Copérnico y De Humani Corporis Fabrica de Vesalio a la Astronomia Nova de Johannes Kepler y los Diálogos sobre los dos sistemas del mundo de Galileo Galilei, pasando por La Geometría de René Descartes, los Entretiens sur la pluralité des mondes de Bernard de Fontanelle, la Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, el Sistema Naturæ de Carl Linneo, la Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, par una societé de gens de lettres de Denis Diderot y Jean Le Rond d’Alembert entre otros, las Cartas a una princesa de Alemania sobre algunas cuestiones de física y de filosofía de Leonhard Euler, la Historia química de una vela de Michael Faraday, la Astronomie Populaire de Camille Flammarion, Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural de Charles Darwiny La interpretación de los sueños de Sigmund Freud.
    Italo Calvino consideraba a Galileo «el mejor escritor en prosa de todos los tiempos» de la lengua italiana; Descartes jugó un papel fundamental en la evolución de la lengua francesa; Darwin fue uno de los escritores más leídos mientras vivió, merced a la maestría de su arte narrativo, preciso y evocativo; Harold Bloom afirma que Freud es esencialmente «Shakespeare prosificado», y Einstein es el aforista más frecuentemente citado. Auténticos, involuntarios clásicos de la literatura. Si, como intuía Leo Strauss, «escribir es ante todo haber leído. Por regla general los escritores cuidadosos son lectores cuidadosos, y viceversa. La lectura precede a la escritura, leemos antes de escribir, aprendemos a escribir leyendo», si no erraba Juan José Arreola cuando afirmaba que «el lenguaje modela el espíritu, que a su vez modela al lenguaje. Nuestro modo de hablar es nuestro modo de ser. El espíritu sólo puede ampliarse en términos de lenguaje», ¿de qué manera científicos y literatos ensanchan sus parcelas de la imaginación?
    El primer nivel es el más obvio: la ciencia como una anécdota particular en la literatura: es Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, Farabeuf de Salvador Elizondo; la comunidad científica como un personaje: En busca de Klingsor de Jorge Volpi, Vida de Galileo de Bertolt Brecht. Pero hay otro nivel más hondo. Científicos y literatos comparten cierta mirada de curiosidad, cierto método de trabajo. Por ejemplo, aquella minuciosidad con la que el astrónomo William Herschel escudriñó por cuatro décadas la bóveda celeste en el siglo xvii con el mejor de los telescopios fabricado por él mismo, descubriendo galaxias, bautizando nebulosas en decenas de cuadernos, es la misma paciente rigurosidad con la que Adolfo Bioy Casares llevó un registro acucioso de todas sus reuniones con Jorge Luis Borges, hasta completar un volumen de casi dos mil páginas que representa el mapa más completo de la constelación Borges, de manera semejante a la cartografía celeste realizada por Herschel.
    Los puntos de contacto entre ciencia y literatura también se localizan en sus estructuras: el cuento como sistema lógico, la matemática de las historias. Es esa «mirada de un narrador a otro» de la que habla George Steiner, que observa con curiosidad el mundo y lo interroga. Es el biólogo Diego Golombek recopilando en Cavernas y palacios. En busca de la conciencia en el cerebro los hallazgos en la investigación del cerebro, pero también los laberintos de la conciencia, la percepción y la moral —«¿somos una función del cerebro? ¿Somos una más de las funciones del cerebro?»—, en diálogo con el novelista David Lodge, quien en
Pensamientos secretos desarrolla una espiral en torno a la «hipótesis asombrosa de Francis Crick», uno de los descubridores de la estructura molecular del adn, cuestionando «los goces y penas, las memorias y ambiciones, el sentido de identidad y de libre albedrío, que no sería otra cosa que el comportamiento de un vasto ensamble de células nerviosas con sus moléculas asociadas...». Son viajes de ida y vuelta: en 1965 el científico Murray Gell-Mann propone una clasificación de todas las partículas de la materia y llama quarks a aquellas verdaderamente fundamentales, en memoria de la última novela de James Joyce, Finnegans Wake, en la que el escritor irlandés se despacha inventando palabras a diestra y siniestra. Como resultado de esta clasificación surge el llamado Modelo Estándar de la Materiacon fermiones, leptones, quarks, electrones, neutrinos, muones y una descripción de las fuerzas de interacción entre estas partículas. Escribió Fernando Pessoa: «El binomio de Newton es tan bello como la Venus de Milo. / Lo que hay es poca gente que se dé cuenta de ello...».

 

La aceptación de una nueva teoría científica exige el rechazo de aquellas que la precedieron, a diferencia de lo que sucede en la literatura, donde no podemos decir que los humanistas, escritores o artistas del presente sean mejores que los del pasado. En cambio, la ciencia actual es mejor que la pretérita y la del futuro será superior a la presente. Las relaciones entre el saber científico y el arte poético son de ida y vuelta para el escritor Miguel García-Posada: «a lo largo de la historia la poesía se ha basado en conceptos científicos para articular sus metáforas. Poesía y ciencia tienen en común el rasgo preeminente que desempeña en ellas la intuición... la poesía trasciende el horizonte ordinario, alcanza un nuevo horizonte de sentido, la ciencia inventa nuevas imágenes para reescribir el mundo». El científico Jean-Marc Lévy-Leblond nos recuerda que tradicionalmente la ciencia ha estado vinculada con procedimientos racionales, mientras que el arte aparece ligado a lo emocional, y sugiere invertir los términos y hablar del espíritu artístico y la emoción científica, con tal de presentar las diferencias y semejanzas entre el arte y la ciencia en un ámbito mucho más amplio, que no se limite a la terminología general.
    El periodista Manuel Calvo Hernando enumera las figuras retóricas que los científicos utilizan —que deberían utilizar— para escribir la ciencia: la analogía, la comparación, la sátira, la transposición, la metáfora. Se trata del biólogo Julian Huxley: «Si pudiéramos encogernos como Alicia, bajo la persuasión de algún hongo mágico / la lluvia de partículas sobre nuestra piel / que ahora no sentimos / del mismo modo que un rinoceronte no siente los mosquitos / empezaría por fin a ser perceptible». Y también: «Doy vuelta a la manivela y la historia comienza; / rollo tras rollo, he ahí toda la astronomía... / Muevo la manivela; otros hombres como yo / han hecho el film; y ahora me siento y miro...». O del físico Albert Einstein: «Había una joven llamada Bright, / que viajaba mucho más aprisa que la luz. / Un día partió / por el camino de la Relatividad / y volvió la noche anterior».
    Contrapartes del Pablo Neruda de «¡Qué sed / de saber cuánto! / ¡Qué hambre / de saber / cuántas / estrellas tiene el cielo»; del Walt Whitman de «Cuando escuché al docto astrónomo, cuando me presentaron en columnas / las pruebas y guarismos, / cuando me mostraron las tablas y diagramas / para medir, sumar y dividir, / cuando escuché al astrónomo discurrir / con gran aplauso de la sala, / qué pronto me sentí inexplicablemente / hastiado, / hasta que me escabullí de mi asiento y / me fui a caminar solo, / en el húmedo y místico aire nocturno, / mirando de rato en rato, / en silencio perfecto a las estrellas»; del Vicente Huidobro de «Por medio de los microscopios / los microbios / observan a los sabios»; del Andrés Neuman de «Existe en matemáticas / una curva distinta a la que algunos, / los que nunca han dudado de las cosas, / llaman curva de Koch. / Los perplejos en cambio han preferido / denominarla así: copo de nieve. / Se comporta esta curva / multiplicando siempre su tamaño / por cuatro tercios y hacia el interior, / llegando tan densa al infinito / sin rebasar su área diminuta. / Asimismo, artesana, / te creces adentro: habitándome lenta, / quedándote con todo, sin forzarlo / este pequeño corazón hermético»; del Italo Calvino que en Las cosmicómicas juega a «servirse del dato científico como de una carga propulsora para salir de los hábitos de la imaginación y vivir incluso lo cotidiano en los confines más extremos de nuestra experiencia...».

Tradicionalmente, los matemáticos y científicos se nos presentan como entes solitarios, sin ninguna capacidad —sin ningún interés— para relacionarse con las cosas y personas que los rodean, rayanos en el autismo, pero en el fondo satisfechos, porque ellos se lo buscaron: ése-es-el-precio-que-hay-que-pagar-por-saber. No en vano la Biblia expulsa a Eva y Adán del paraíso por acercarse al árbol del conocimiento del bien y del mal: «de todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás».
    Pero el poeta Samuel Taylor Coleridge decía asistir a clases de química «para enriquecer mis provisiones de metáforas», y para el matemático Karl Wierstrass «un matemático que no tenga al mismo tiempo algo de poeta no será nunca un matemático completo». Desde que Galileo dijera: «el libro de la naturaleza está escrito en matemáticas», todos reconocemos su importancia, al mismo tiempo que las miramos con desdén y distancia. Quizás como, de alguna manera, sucede con la poesía, dice Carlos Monsiváis: «la falta de lectura de poesía vuelve muy rígido el idioma. La poesía se ha perdido como hábito de formación de la lengua. Esto no sólo se paga viendo, oyendo lo que se dice en televisión, que es una manera de afligirse pensando: ¿dónde está el idioma? Ningún informe que yo haya oído tiene una metáfora. Todos creen que las metáforas son las cifras, las encuestas. Una cifra de pronto les parece el colmo de la poesía...».
    Una ecuación expresa un equilibrio perfecto, las magnitudes que un efectivo experimentador está en capacidad de corroborar en los laboratorios. Pero también es una medida del misterio que se agolpa detrás de la duda de que el universo pueda describirse mediante ecuaciones. Igual que ciertos poemas, las ecuaciones tienen como requisito indispensable la belleza —aquella idea de Einstein de que «las únicas teorías físicas que estamos dispuestos a aceptar son las que resultan bellas». La imaginación, la ensoñación, el uso creativo del lenguaje, la búsqueda, son factores comunes entre poesía y matemáticas. Pero también los sentidos estético, cómico y trágico de la existencia. «Dios hizo los números enteros, todo lo demás es obra del hombre», apuntaba Leopold Kronecker.
    Lectores y escribas, sonámbulos y exploradores, echan a andar el mundo mediante experimentos, imágenes, metáforas. Se resisten a olvidar el ideal de la Republique des lettres de la Ilustración: «En medio de todos los gobiernos que deciden el destino de los hombres, en el seno de tantos estados, la mayoría de ellos despóticos, existe un reino que sólo tiene influencia sobre la mente y que nosotros honramos con el nombre de república porque conserva cierta independencia, y porque es casi su esencia de ser libres. Es el reino del talento y el pensamiento». ¿Qué sería de la ciencia sin metáforas, que ponen en manifiesto un admirable talento poético? La poética en la ciencia y la ciencia en la poética. Libros para fantasear con lo que no vivimos, con lo que quisiéramos vivir. Refugio y escape para aquella urgente sensación del Moctezuma de Calvino, esa «actitud perpleja y receptiva que sentimos cercana y actual, como la del hombre que, al entrar en crisis sus sistemas de previsión, intenta desesperadamente mantener los ojos abiertos, comprender».

La mayor parte de la información que recibimos del entorno nos llega mediante el sistema de la vista; el conocimiento como resultado de mirar, de leer el mundo. Ahora la luz elude con una rapidez vertiginosa la córnea, la pupila y el cristalino. Todo se hace en silencio / Como se hace la luz dentro del ojo. La ausencia va ocupando el sitio antes poblado por imágenes. La mirada se detiene sobre el interior vacío de la taza que la mano alcanza. Más allá de la estructura que le facilita desarrollar funciones altamente especializadas, la mano se regocija en su capacidad prensil, en la diversidad y precisión de sus movimientos. Por absurdo que nos parezca en un primer momento, no sabemos dónde termina la mano que nos ha regalado los dones de la comida y la cacería, los rituales de la magia y la medicina, la construcción de máquinas para fabricar otras máquinas, la escritura y el grácil movimiento de los títeres. La mirada apenas si percibe la desfachatez con que la mano empuja de un golpe el duro cartón de la contraportada y arrima a los labios la porcelana con el último sorbo de café, mientras la luz se descompone en sucesiones interminables de prismas que reflejan historias que remiten a otras historias, que conducen a otras historias, que desembocan en otras, que...

 

 

 
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