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Visitaciones / Días en Laguna IV (y último) / Jorge Esquinca PDF Imprimir E-Mail
Tizapán. Luna partida en dos: una mitad amarilla, otra de sombra. Sale por allá, como bien dice la canción. Más que amarilla: oro viejo, jaspeado. Como si un hacha de ignotas lejanías la hubiese cortado, con un solo golpe certero, celestial. La claridad que arroja sobre el quieto jardín no es menos extraña. El gato blanco de larga cola atigrada hace su ruta sobre la barda. ¿El leopardo de las nieves en mi casa? Un sinnúmero de palomillas se establece sobre la ventana. Mi lámpara encendida es el único navío que, en mitad de la noche, resiste. Se multiplica, está allá, sobre el agua negra. Silencio. En mí, afuera. ¿El amistoso silencio de la luna?

Huellas. Sobre la calle enlodada: ruedas de tractor, herraduras de caballo, pezuñas de vaca, botas obreras, tenis escolares, piececillos de gorrión...

Malecón. Los muchachos —ellas y ellos— se reúnen por la tarde. Oyen canciones, fuman delgados carrujos, parlotean. Lucen no muy diestros tatuajes en las pieles morenas. Ríen. Coquetean. El ritual de antaño, hoy acompasado por el rap. Las chicas dicen palabrotas antes impensables en labios de muchacha. Si los saludo, me saludan: «buenas tardes», «buenas tardes». Secretamente lo celebro. Quizá los envidio. Y un delgado olor a marihuana flota en el aire...

Cortejo. El pequeño zanate se esponja, bate las alas a una velocidad que no queda más remedio que calificar como vertiginosa. La pajarita anda por ahí, haciéndose la desentendida, picotea el césped. El zanate la rodea, va y viene, se esponja más y, de pronto, se eleva en línea vertical y se mantiene en el aire durante unos cuantos segundos. Es, sin duda, un esfuerzo prodigioso, para el que se preparó durante largas horas de práctica de vuelo, con el maestro colibrí. Luego baja, toma aire, se esponja, aletea con el mismo entusiasmo. Y la pajarita anda por ahí...

Alacranes. Sí, los hay en Laguna. Y la picadura, me cuentan, puede ser, además de dolorosa, muy grave. Una noche, andando descalzo, estuve a punto de pisar uno. Lo vi hasta que prendí la luz. El zapatazo fue inmediato. Luego lo lamenté, aunque no demasiado. A la mañana siguiente el alacrán pisoteado estaba envuelto por laboriosas hormigas. De nuevo la lección: nada se desperdicia en la naturaleza.

Alpiste. Como cada mañana, arrojo un par de puñados de alpiste desde la ventana que da hacia la calle. Los gorriones son siempre los primeros en llegar. Es fácil advertir que esperan esa mínima dádiva, ocultos entre la buganvilia o en paciente acomodo sobre los cables del alumbrado. Si me acerco a la ventana, ellos vuelven a sus puestos. Todos, menos un pájaro negro y grande que tiene los ojos rojos. Lo miro, y me mira, desafiante, puedo pensar que se burla de mí, que vivo entre techo y paredes, mientras él... «Hermano pájaro de ojos rojos», diría Guillermo Fernández, en recuerdo de nuestro admirado poverello.

Ventana. Y la dejé abierta. Cuando regresé a casa un gorrión la habitaba. El pobre, aturdido, iba de un lado a otro de los ventanales para toparse siempre con la misma sólida e invisible barrera. ¿Qué hacer? Abro la puerta, las ventanas
—salvo una por la que entró— tienen fijos mosquiteros. Si me acerco, en torpe afán por indicarle el camino de salida, se asusta más. Quiero decirle «por aquí», pero él revolotea y se da un golpazo contra el vidrio. Parece muerto, pero lo tomo entre las manos y siento su pequeño corazón latiendo. Lo llevo afuera, lo pongo en el jardín. No responde. Recuerdo entonces que, años atrás, en circunstancias parecidas, luego de una nevada —insólita— en Guadalajara, alimenté a un aterido colibrí administrándole con un gotero una solución de agua y azúcar. Hago lo mismo. Con delicadeza le abro el pico y voy depositando en él gotas de ese improvisado bálsamo. No tardó en salir de su aturdimiento. Saltó sobre la rama del guayabo, y se fue.

Nostalgia. Me han pedido la casa. Los dueños harán remodelaciones. Debo dejarla en un par de meses. ¿Qué me llevo? ¿Qué dejo aquí? Tuve una oportunidad extraordinaria. La fijeza es siempre momentánea, dice el maestro Paz. Lo único que permanece es el cambio. «Somos lo que pensamos», el Dhamapada. ¿Qué pienso? Mientras escribo estas líneas, el pato abre las alas y corre hacia el extremo más alejado del jardín. ¿Qué hace? Espanta, me parece, a la pandilla de pájaros que se aprovechan del sol que sale y de los gusanos que asoman, tras la noche de lluvia, y son su alimento. Lo hace por él y por su pata. Cuida su territorio. Si faltamos, lo sabemos, la naturaleza, la vida, seguiría su curso, lejos de toda moraleja.

Adenda. Salgo de casa y miro a la reina de una noche en la maceta de barro donde Gabriela, con grandes cuidados, la trajo. Es una planta extraña, arroja unas varas largas con hojas onduladas que adquieren una reminiscencia desértica. Algunas se visten de un color rojizo y se secan. Otras, verdes como ahora, se llenan de brotes. Un tallo rosáceo emerge en la orilla de la hoja, lentamente va construyendo el soporte del que, en unos días, saldrá esa flor blanquísima, espléndida, que no puede ser cortada y da un aroma tan sutil que escapa a cualquier definición. Dura, como su nombre, como nosotros, una sola noche.


 
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