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Los nuevos dioses / Miguel Galindo PDF Imprimir E-Mail
CATEGORÍA: LUVINARIA / ENSAYO

Finalista


Los nuevos dioses / Miguel Ángel Galindo Núñez
    Doctorado en Historia


Nos gusta ser grandes. Hoy en día en los malos tiempos somos insignificantes. Los nuevos dioses suben y bajan, vuelven a subir y bajan de nuevo. Pero éste no es un país que tolere dioses por mucho tiempo.
      American Gods, Neil Gaiman

 

No adoramos los mismos dioses que nuestros ancestros. El pensamiento mágico que tanto han analizado los antropólogos está muerto. Muy pocos se quedan hasta la noche a escuchar las historias junto al fuego, y muchos menos cantan las antiguas leyendas que se usaban para adoctrinar a los niños. Las ideas tan analizadas por Mircea Eliade han caído en desuso y ese pensamiento mágico se ha relegado a tiendas esotéricas y pláticas insulsas de café donde se cuentan chismes de aparecidos, si no es que el descubrimiento de algún libro de Amparo Dávila y su fantástico morbosamente real.
      Hemos perdido las viejas tradiciones. Ya no se especula en torno a ellas. Todo lo que fue la imaginería popular está ahora abarrotada en hermosas bibliotecas, en librerías y viejo, o en las Lecturas clásicas para niños editada bajo orden de José Vasconcelos en 1924.
      Nuestra cercanía con el mundo primitivo ha cambiado. Aunque algo de nosotros nos sigue perturbando en las noches mientras nuestro subconsciente freudiano acepta la existencia de fantasmas y seres que traumatizaron nuestra infancia, hemos de rechazar la existencia de lo sobrenatural cada que podemos. Sin embargo, algo tenemos. En ese continuum que es la historia, hemos evolucionado y remplazamos las noches frente al fuego por la brillante pantalla donde reproducimos Netflix y sus interminables series en maratónicos repasos dignos del rapsoda y del bardo. Los cuentos de los hermanos Grimm se han convertido en Stranger Things, Supernatural, Penny Dreadful y American Horror Story.
      Sigue esa necesidad por el pensamiento mágico; pero hemos tomado otro camino. Creo que el libro y serie de Neil Gaiman, American Gods, refleja fantasiosamente este proceso. Los viejos dioses del gran crisol cultural que es Estados Unidos, contra los nuevos: los medios masivos de comunicación, la globalización, redes sociales. La historia es una alegoría de lo que sufrimos hoy en día. Estamos ante una sociedad que adora algo distinto a esos dioses primigenios. Cuántas horas hemos pasado ante el celular moviendo y moviendo el pulgar para obtener nuevo feed en las redes sociales, descubriendo de pronto que ya habíamos llegado a ese mismo punto minutos atrás, si no, cuántos videos no hemos visto cuando realmente queríamos checar algún tutorial para alguna tarea medianamente compleja. Esos focos tecnológicos se han vuelto en templos de este culto, y somos sectarios de esos nuevos dioses.
      Todo lo que nos rodea debe entretenernos. Nuestra vida ha cambiado el paradigma, el modus vivendi, y ahora estamos agotados hasta para lo que nos importa realmente. Todos vivimos esclavos de cientos de microtareas, cada una más fatigante que la anterior, quemándonos laboral y educativamente. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han desarrolla magistralmente esto en La sociedad del cansancio. “El ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada”, dice en su libro Buen entretenimiento. Y es porque estamos llenando nuestros espacios libres con un sinsentido. En la antigüedad, el ocio de las clases burguesas era estudiar música, practicar idiomas o inventar juegos de pelota. Ahora no tenemos oportunidad ante tanto contenido basura que nos rodea y nos ofrece un relleno para esos espacios muertos. Fue el experto en didáctica de la lengua Daniel Cassany quien dijo que hoy en día estábamos leyendo más que nunca. Las redes sociales nos han obligado posar los ojos fuera del zapping que era la televisión y fijarlo en un movimiento lineal mientras nuestros dedos siguen el scrolling para continuar con las lecturas. Sin embargo, Cassany no quiere admitir que estamos consumiendo una lectura basura, que sólo ha cambiado el soporte, y que equivale a esas horas ante el teléfono que tenían los jovencitos de los años 80 y 90. Es una enajenación que no deja de atrapar incautos en un mundo fantástico.
      Si queremos visibilidad en este mundo moderno, debemos aceptar sus términos y condiciones. Estamos normativizados para vemos atosigados por las redes sociales y la constante mirada orwellesca que vio Foucault en Vigilar y castigar. Todos hemos marcado esa casilla donde sabemos que daremos información personal a todo aquel que la busque. Ingenuamente creemos que somos dueños de nuestros perfiles de Facebook, Twitter, TikTok, o incluso Tinder. Hemos decidido trabajar gratuitamente para ellos, para generar contenido, buscando la fama del youtuber o del influencer. Porque el famoso puede romper las normal.
      Todos tenemos una opinión; pero debe ser políticamente correcta. Si no somos famosos no podemos atrevernos a causar controversias, ya que solo ellos pueden hablarnos desde el cielo, desde los terrenos elevados, desde la misma verdad que aceptamos sin chistar. Porque hoy día uno debe mostrar lo bello de la realidad, no la versión triste que debemos agonizar. Facebook ya tiene ocultos elementos que pueden perturbar a las personas, como si se tratase del utópico Arkangel, de Black Mirror. Por eso, no podemos asumir nada en las redes sociales, y nuestro libre arbitrio se limita a subir selfies y primeros planos de nuestros platillos con frases motivacionales improvisadas.
      Y así llegamos a seguir a los grandes, a los que tienen verdadero poder. Adoramos con fanatismo místico a los cantantes, a los actores y, sobre todo, al fenómeno mundial que pasó de la marginalidad, al centro del espectáculo: el superhéroe. Basta observar quiénes compran figuras de acción de sus caricaturas de la infancia, o a quiénes va dirigidas las películas de superhéroes. Son a los niños que ya crecieron, que han aceptado su parte marginal y ahora se han convertido en los nuevos líderes. Por eso el factor nostalgia guía a los adultos, pues recuerdan que en su niñez la fantasía del superhéroe les hacía felices.
      El superhéroe se ha vuelto el nuevo dios del mundo globalizado. Tenemos todos los ideales descritos por Joseph Campbell en el héroe de las mil caras reflejados en los encapotados. Descartemos por completo el origen de Thor en Marvel o de la Mujer Maravilla en DC. Los símbolos sagrados impresos en monedas que en su tiempo fueron un águila para Zeus, o un cuervo para Wotan han sido remplazados por mochilas y camisetas con estampados de Batman y Superman.
      Todo mundo busca ser ese otro, ese ideal, ese ser que nadie puede criticar. ¿Qué nos muestran las películas de superhéroes si no es el ideal de una persona? Hay que sacrificar todo para que tengamos una valía. Ya sea colocándose en medio de un rayo de protones para salvar a su amada, aceptando que su relación amorosa es irrealizable, o que el mismo universo estará a salvo si saltas con una bomba nuclear en la base de los villanos en turno. Es un sacrificio por la sociedad, por la masa. Hay que sacrificar la vida misma por todos los demás. ¿Y no es lo que vemos a diario? “Este hombre no tenía zapatos, el final te sorprenderá”, rezan cientos de videos en internet mientras buscan evidenciar el sacrificio de otros, esa muestra de apoyo por todos.
      La publicidad nos controla y nos vende falsos ideales. El caso del “Siempre sé tú mismo, a menos que puedas ser Batman” nos deja en claro cuál es el ideal para el mundo. Los superhéroes han tomado el rol del héroe legendario y la misma deidad. Ellos están aquí para darnos entretenimiento. Han suplido al fuego y han invadido Netflix, sirven de seña para los niños y son un modelo de comportamiento, hasta en redes sociales, donde los memes inundan el habla coloquial, y una mera imagen de cualquier película con el superhéroe en cierta pose ya nos dice hacia donde debe ir nuestra interpretación. Es por eso que los valores globalizados, los cuales concuerdan horripilantemente con los valores americanos, se ven reflejados en el superhéroe, en ese ser que hace todo por lucir bien, por ser políticamente correcto. El superhéroe se comporta como debe ser. No falta la parodia deadpoolesca que muestre groserías y demás, aunque ellos también son dioses que veneramos y modelos a seguir de las nuevas generaciones.
      ¿Qué es lo que adoramos? Es difícil contestar esto. El sentimiento de lo sagrado ha desaparecido como se conocía, ha mutado, se ha remediatizado y se convirtió en aquello que nos acompaña a todos lados. El celular, la tablet y otros gadgets nos vigilan, nos recuerdan que hay un ideal mágico que debemos seguir. Los dioses que veneramos ya no son aquellos que nos dieron el fuego para iluminar las cuevas, sino aquellos que nos permiten ser flamers, que nos acercan el botón de Share cada vez más a nuestro pulgar, aquellos que adivinan nuestros deseos y modifican los menús de Uber Eats según los tutoriales que buscamos en YouTube.
      Aunque para Nietzsche Dios haya muerto, creo que sólo transmigró.Quizá todo lo que creemos transmigre también, se vuelva obsoleto y luego descubramos su nueva cara, el nuevo fuego, el nuevo relato, el nuevo mito, y terminemos frente a frente con los nuevos dioses.

 
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