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nmortalidad robada / Karen Maldonado PDF Imprimir E-Mail
CATEGORÍA: LUVINARIA / CUENTO

Finalista


Inmortalidad robada Karen Lizbeth Maldonado Muñoz
    Letras Hispánicas


Una última mirada al cuento, estaba listo, sabía con seguridad que era una de sus mejores obras, corrigió algunos puntos y comas, recurrió a su diccionario de sinónimos para buscas palabras que combinaran con la esencia de la historia. Perfecto. Miro el manuscrito terminado y lo besó. Se convenció de que tan distinguida obra de arte merecía más que ser transcrito a computadora. Decidió desempolvar su máquina de escribir. Empezó a teclear con cuidado para no equivocarse y evitar que los dedos se le atoraran en las teclas. Punto final. Impecable. Pero ¡no  no no no no! le hacía falta un título, un buen título. Volvió a colocar su hoja y tecleo el nombre de su cuento. Definitivo, la gloria estaba asegurada. Metió las hojas en un sobre manila. Tan seguro estaba de su obra que no dio otra revisada. Bajó por el ascensor, saludó al portero y caminó a la oficina de correos, entregó el sobre, proporcionó la información que se le solicitó, pagó, aprovechó para recoger su correo y se fue a casa. Estaba seguro, esta vez lo publicarían y todas las editoriales que lo habían rechazado se arrepentirían de tan grande estupidez. Con las cartas y paquetes que había recibido emprendió el camino a casa tarareando una pegajosa canción que había escuchado por ahí. Llegó a su edificio, tomó el ascensor, en ningún momento dejo de tararear. Se sentó en el único sofá que usaba y empezó a revisar su correo mientras imaginaba la fama que se vendría después de su publicación. Fantaseaba con firmar libros, dar conferencias sobre lo misterios del cuento, imaginaba tesis dedicadas a descifrar los secretos de su historia, quien sabe lo que descubrirían, estaba convencido que los escritores escribían por escribir y que eran los analistas los que se sacaban un montón de discursos que ni siquiera al creador de la obra se le habían ocurrido. También se imaginó coloquios y premios que llevarían su nombre. El sueño de la inmortalidad se estaba haciendo realidad.
      Desechó la mayoría de las cartas y se quedó con los ejemplares de las revistas literarias a las que estaba subscrito, abrió una por una revisando los índices buscando que leer. Cansado de que los índices no le dijeran nada se decidió a hojear una de las revistas haciendo una lectura escáner, hasta encontrar un fragmento que llamó su atención “La última vez que se cepilló los dientes fue esa misma mañana, hace tres horas y cuarenta y cinco minutos, aunque tuvo que hacerlo rápido y mal porque afuera del edificio ya sonaba el claxon de la camioneta de redilas en la que viajaba ahora” la respiración le faltó, buscó el título y el autor “herbívoro” de Iván Soto Camba. Soltó la revista y corrió de nuevo a la oficina de correos, recuperó su sobre manila, sacó las hojas y con los ojos recorrió su texto hasta encontrar el mismo fragmento, asqueado por el plagio destrozó a lo que había llamado su obra maestra, frustrado retomó el camino a casa, las fantasías de la firma de libros, de las tesis que se harían en su honor se transformaron en diferentes formas en las que mataría a aquel hombre, entre dientes maldecía al infame que le había robado su obra.



 
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