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De mujeres que hubieran preferido que no (proyecto de escritura a largo plazo) / Natalia Carrero PDF Imprimir E-Mail

De mujeres que hubieran preferido que no (proyecto de escritura a largo plazo) / Natalia Carrero

1
Cargo mis textos a todas partes. Es una consigna vital. Sin textos no soy nada. Estoy, por ejemplo, en la cocina trajinando plato arriba, plato abajo, cuando las palabras emergen desde el fondo, tiras de significados con tanto peso que hasta puedo visualizar. Me detengo unos segundos, dejo el trapo en la encimera. Ahí sigue el fondo de la olla donde al arroz quedó conformado en estrato, en remojo para que se despegue sin necesidad de las fuerzas que no me quedan, que podría encontrar si la motivación fuera salir de aquí para perderme en el bosque, río abajo. De más profundo salen esas palabras, no son sólo aire. He estado pensando, viendo con intensidad. Luego se van, o perduran en forma de silencio. Reanudo el trabajo, busco el salero, cierro el armario, subo el fuego, pelo un ajo, abro el grifo, mojo el cuchillo, el agua me quema la mano que retiro, me seco en el trapo, plato arriba, plato abajo.
      Hay gente alrededor, una multitud que empieza en Diana, mi compañera más joven, que sigue en el desfile de personas desconocidas, comensales que pagarán por haber saboreado lo que sale de este rincón llamado cocina. Me fijo en cuatro amigas que comparten mesa redonda. Fui como esa muchacha que pudo respetarse y escribir, realizar el sueño de su juventud con ambición, leer más de lo leído hasta el momento, comprender y escuchar, escucharse a sí misma y a sus iguales. Pude haber emprendido ese camino pero no lo hice y ahora aquí me encuentro. No es un lamento. Siempre hay alguien alrededor.
      Soñé también con dibujar esas frases emergentes como líneas negras, lianas de las que agarrarse con las manos y saltar como una entidad viviente en plena demostración acróbata, en lugar de encontrarme ahora con esto que sucede, esto que las revistas que leía mi madre llamaban vida contemporánea del bienestar, jornada de ocho horas en una cocina sin ventanas donde escucho estas y otras voces, mis palabras y otras menos definidas que proceden de las bocas que saborean arroces, pastas, alcachofas, piden sal, pimienta, si hay anchoas, elementos de la dieta mediterránea de temporada. Me gusta leer párrafos que encuentro en la breve navegación que realizo con el móvil de ida al trabajo, de regreso a casa en el metro. Aprendo algo cada día y mis mejores momentos tienen lugar cuando pienso en esa clase de materiales que leo y que parece que no existen pero que sé que residen, cada vez estoy más convencida, en el fondo de los corazones.

2
Suspense

 

Para qué colgaría sus textos del techo

3
Soy una figura con muchas manos para acogerte, acunarte, acariciarte. Puedo amoldarme a tantas palabras como quieras. Soy la literatura misma, pero literatura de calle. Pura raza. No la estupenda sino la funcional. Soy para ti, para ti, y para ti. Y no se trata tanto de lo que soy ni de cómo estoy. Sigue adelante y verás, se trata de lo que vayas encontrando. Pruébame en el mejor y en el peor momento, sobre todo pruébame en calma, ojos que no juzgan, corazón que siente, atención y escucha. Ahora me callo. Trabajo sobre todo con el silencio que se mide en palabras. Me callo, ya lo sabes. Deseo que pienses bien y cada vez mejor. No hay una meta sino encuentro en el viaje. Sigamos. Todas somos letras.

4
La literatura, letra de cara factura, son los textos con las palabras que manos previas moldearon antes de su retirada forzosa por final de trayecto. Sucedió luego el momento de acercarnos y leer las palabras desde las que seguir, con ellas, contra ellas, por y para, en y entre, sobre y bajo ellas.
      La literatura no es tanto una institución ideal como la destitución natural de la voz de la autoridad.
      ¿Y quién soy yo para esgrimir esta frase-espada tras este escudo-párrafo?
      Dos manos que escriben. Antes fuimos otras, luego sucederán otras palabras.

5
Hoy, Leonora Carrington:
      «Lunes, 23 de agosto de 1943. Hace exactamente tres años estuve internada en el sanatorio del doctor Morales, en Santander, España, tras declararme irremediablemente loca el doctor Pardo de Madrid y el Cónsul británico. Después de conocerle a usted por casualidad, a quien considero el más lícito de todos, empecé hace una semana a reunir los hilos que pudieron llevarme a cruzar el umbral inicial del Conocimiento. Debo revivir toda esa experiencia porque, haciéndolo, creo que puedo serle útil; igual que creo que me ayudará, en mi viaje más allá de esa frontera, a conservarme lúcida y me permitirá ponerme y quitarme a voluntad la máscara que va a ser mi escudo contra la hostilidad del conformismo» (Memorias de abajo).

6
Cuántos textos habremos leído sobre el trajín de las mujeres en la cocina. No tantos, acaso, como sobre el de los tules y los frufrús, los gritos y las miradas y corazones, hirientes y heridos, en las pistas y salones de baile, decimonónicas y del siglo pasado, de las personas transustanciadas en personajes con pasiones elevadas. Cuántas páginas sobre asuntos circundantes, derivas y sucedáneos de alguna escena convertida en símbolo cultural, moneda de cambio en el imaginario colectivo de las mentes aburguesadas, de peinados y perfumes hasta el empacho.
      Mientras tanto, yo en la cocina, lentejas en remojo, berenjenas en aceite, pimientos que corto en rodajas.

7
Tantas mentiras leímos que hoy nos reímos, las cocineras de diario que alimentamos con amor y odio estas bocas que ahora se relamen con la sopa de letras. Comparten noticias y comicidades públicas, penas y alegrías más particulares. Soplad antes, no vaya a ser que os queméis el paladar.
      Oteo sus conversaciones mientras echo dos hojas más de laurel al potaje, añado cúrcuma, cuido los sabores de los días.
      No importaría si esto nunca hubiera sido escrito.

8
Deseo de ser letra

 

 

Si pudiera estar dentro del bolígrafo, ser gota de su océano de tinta rosada al caer el sol, buceando con brío entre infinidad de hermanas listas para salir impelidas tras la decisión de una mano con habilidad para deslizarnos sobre el papel, y en el desierto blanco soltar todas las dudas, aunque anoche reparé que nada son, si pudiera conformar junto a ellas una parte de un signo, un punto o una letra formando sílabas, luego existo como palabra, luego sentencia con su sentido o construcción, y reflejo de los tiempos sobre el papel.

9
Buscaba en su obra —novelas largas, novelas cortas, libros de relatos, cartas y papeles con observaciones sobre los procesos creativos, el silencio siempre en el horizonte— la explicación de lo que no podía explicarse.
      Carmen Laforet dejó de escribir o se agotó en algún aspecto que la dirigió hacia una claudicación tácita. Cuando alcanzó una frontera del conocimiento se encontró tomando una decisión que yo también estoy a punto de representar. Mi vida es la cocina. Cuanta menos violencia, mejor.
      Cambiar la literatura de las frases bonitas y las altas pasiones por los gestos normales y corrientes a pie de calle, entrar y salir de la panadería, subir y bajar al autobús.
      Cambiar la letra escrita para la posteridad por el alimento diario, sencillo, de temporada, sal y aceite, y una pizca de pimienta si es preciso.
      Con esta modificación de la importancia de los asuntos Carmen Laforet y Clara León, ambas mujeres casadas y separadas, pretendemos indicar cierta disconformidad con el mundo empezando por el más próximo, seres queridos a quienes decepcionamos. O que a nosotras nos decepcionaron al no comprender que escribir es sobre todo no escribir.
      Carmen Laforet alejándose, distanciándose, buscando el aire que respirar para escribir lejos de la comunidad de su familia donde ostentaba un cargo, un puesto, una responsabilidad con su importancia pesada. Demasiada luz para hablar en el tono de las confidencias a media noche. Dejadme tranquila, necesito mi tiempo y mi espacio, mi concentración. No me exijáis más de lo que ya os he dado.
      Al no poder decirlo, entregarse.
      Tomad todo de mí. Soy toda vuestra. Desaparezco.
      Entonces el silencio.

10
Hoy, en el metro, Carmen Laforet:
      «Tenía una sensación de inseguridad frente a todo lo que había cambiado, y esta sensación se agudizó mucho cuando tuve que pensar en enfrentarme con los personajes que había entrevisto la noche antes. ¿Cómo serán?, pensaba yo. Y estaba, allí, en la cama, vacilando, sin atreverme a afrontarlos» (Nada).

11
Derivó su cabeza como una taza sobre la bandeja de la mano de la camarera.
      Lo anotó a modo de sueño o delirio. Luego lo tachó.
      Bajo la tachadura dibujó un cuerpo con los brazos agitados. La cabeza de ese cuerpo era la tachadura, la taza que mareo.
      No estoy mal, qué va.

12
Titularía el texto más largo que lograra Gente. Sería un relato de exteriores, mi voz describiendo lo que estos ojos ven, descripciones y movimientos de las personalidades variopintas que han pasado por el restaurante y probado mis cremas de hinojo, carpaccios de setas, croquetas de cardo, las especialidades de temporada que he elaborado con mi uniforme de cocinera sin ventanas de restaurante de barrio alto.
      Lo alto y lo bajo, siempre en conflicto.
      Peor aún: el adjetivo variopinto que sobra, molesta porque ya no puedo negar que lo empleé.

13
La señora Novela fue una dama decimonónica y aún se le sigue viendo la pluma. En algún momento de su vida conoció el significado de tener dinero para comer y vivir experiencias culturales distinguidas. Es decir, está cultivada y puede y desea permitirse siempre más y algo por encima de sus posibilidades. Cuando describe un bosque sabe dónde escribir musgo, dónde ardilla, dónde situar el suspiro en sordina, dónde aposentar cada concreción forestal. Sigue teniendo su forma conflictiva establecida en pleno corazón. Por muy fría que sea algo se cuece entre sus palpitaciones, páginas que pasan por profundas convulsiones de algo que insiste en llamar alma, espíritu; fantasmagorías. Las tripas de la novela descendiente de dicha estirpe supuran interrogaciones, ambigüedades, humaredas que forman cúmulos, nubes de impresiones mínimas que se igualan en importancia a las que llegaron a parecer absolutas. Cuando hay saturación una neblina se expande y difumina los perfiles, cumbres borrascosas también.
      Otra vez no sé qué digo. No quiero saberlo. Ya lo he dicho.

14
Álbum de la madurez

 

 

Estoy dentro, leyéndome
      o
      Sin ser muda, nunca habló de sí misma

15
El fetichismo no tiene límites en esta sociedad que si no consume se deprime y busca la solución en una terapia que paga con la convicción de que le proporcionará nuevas instrucciones para volver a sonreír y comprar hasta la próxima bajada de moral o de saldo de cuenta corriente con la consiguiente depresión.
      Respiraciones.

 


 
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