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Cerezas / Osamu Dazai PDF Imprimir E-Mail

Elevaré mis ojos a los montes.
      Salmos, 121

Me gusta pensar que los padres son más importantes que los hijos. «En el nombre de los hijos...». Piadosamente intento recordar tales principios morales tradicionales, pero dejemos de pensar, espera un minuto: los padres son los grandes pusilánimes. Al menos en mi casa. Aunque Dios sabe si no es por algún vergonzoso motivo oculto —como que esté esperando ser atendido o cuidado por mis hijos cuando sea un viejo gris—, el de aquí es un padre que gasta cada momento de su tiempo en casa intentando divertir a los niños. Digo «niños», pero son apenas más que bebés. La más grande tiene siete años, el niño cuatro, y la más pequeña sólo uno. No obstante, cada uno de ellos tiene a sus padres seguros debajo de su almohada. La madre y el padre parecen esclavos de sus propios retoños.
      En el verano, con la familia completa en una habitación de sólo tres tatamis,1 en medio de una ruidosa y desordenada merienda, el padre seca una y otra vez su sudorosa frente y se queja para sí.
      —Hay un viejo poema senryĆ«:2 «Su vulgaridad muestra / En el camino come / Sudando como un cerdo». Bien, te lo diré, con los niños haciendo un ruido como ése, incluso un padre refinado como yo está obligado a sudar.
      La madre, que al mismo tiempo amamanta a la pequeña de un año, sirve a los otros dos hijos y al padre, limpia o recoge lo que se derrama o se cae, y ayuda a los niños a sonar su nariz, está tan ocupada como una diosa hindú de ocho brazos.
      —Parece que sudas más en el puente de tu nariz.
      El padre responde con una sonrisa forzada:
      —¡No me digas! ¿Y en dónde sudas más tú? ¿En la entrepierna?
      —¡Ah, un papá tan refinado!
      —Espera, estamos hablando de un fenómeno médico. No se trata de refinamiento o vulgaridad.
      —Bueno, en mi caso —su expresión se vuelve un poco grave—, es aquí, entre mis pechos... El valle de lágrimas...
      El valle de lágrimas.
      El padre sigue comiendo en silencio.

Cuando estoy en casa, siempre hago bromas. Digamos que se trata de la necesidad de usar la «máscara de la alegría» de Dante, precisamente porque demasiadas cosas me provocan «angustia en el corazón». En realidad, no es sólo cuando estoy en casa. Cada vez que estoy con alguien más, sin importar qué tan grande sea mi sufrimiento físico o mental, trato desesperadamente de crear un ambiente feliz. Es sólo después de haber dejado la compañía que me alejo tambaleante, exhausto, para pensar en el dinero y la moralidad y el suicidio. No, de hecho no es sólo cuando estoy con alguien. Es igual cuando escribo. Cuando me siento triste, hago un esfuerzo por escribir historias ligeras y disfrutables. Mi única intención es darles el mejor servicio posible a mis lectores, aunque hay quienes no lo entienden. «Ese tipo, Dazai, se ha vuelto terriblemente frívolo en los últimos tiempos», se burlan. «Trata de ganar lectores tan sólo por ser entretenido, no se esfuerza en sus textos».
      ¿Hay algo malo en servir a los demás? ¿Ser pretencioso, nunca esbozar una sonrisa es algo virtuoso?
      Lo que trato de decir es esto. La pomposidad, la ostentación y el arte de hacer que los otros se sientan mal son cosas que no puedo soportar. Aunque en mi casa siempre estoy haciendo bromas, lo hago en el ánimo de un hombre que pisa sobre un hielo muy delgado. Y, contra lo que algunos de mis lectores y críticos imaginan, los tatamis en mi casa son nuevos, el escritorio está en orden, el esposo y la esposa se tratan con amabilidad y respeto, y nunca se han engarzado en insensatas discusiones del tipo «¡Lárgate!» o «¡Me voy!», mucho menos en violencia física, uno no consiente más a los niños que la otra, y los niños son alegres y muy apegados a sus padres.
      Pero eso es tan sólo la superficie de las cosas. La madre desnuda su pecho y revela un valle de lágrimas; los sudores nocturnos del padre se vuelven cada vez peores. Cada uno es consciente de la angustia del otro, pero se esfuerza por no mencionarlo. El padre hace una broma y los demás ríen.
      Cuando la madre sale con esa respuesta sobre el valle de lágrimas, sin embargo, el padre guarda silencio, incapaz de pensar en una respuesta ingeniosa, como si un sentimiento desagradable brotara en su interior hasta que él mismo, aunque sea el payaso maestro, crece gris y sombrío.
      —Contrata a alguien para ayudar —dice finalmente, tímido, murmurando como para sí, para no llevar más lejos la transgresión—. No hay otra salida.
      Tres hijos. El esposo es absolutamente inútil cuando de tareas domésticas se trata. Ni siquiera levanta su propio futón. Lo único que hace son bromas estúpidas. Racionamiento, registro, no sabe nada de ese tipo de cosas. Como si fuera un mero inquilino. Va de visita. Entretiene. Se va a su «estudio» —con su almuerzo— y algunas veces no regresa sino hasta después de una semana. Siempre habla del trabajo que tiene que hacer, aunque no parece producir más de dos o tres páginas al día. Y luego, el licor. Regresa a casa de una borrachera, demacrado, se mete a la cama y allí se queda. Para colmo, parece que tiene jóvenes amigas en distintos distritos.
      Los hijos... La más grande, una niña de siete años, y su pequeña hermana, que nació en la primavera, tienden a resfriarse con demasiada facilidad, pero por lo demás son sanas y normales. El niño de cuatro años, sin embargo, es escuálido y todavía no puede sostenerse en pie. No puede hablar o entender una sola palabra; su vocabulario consiste en sonidos como «Aaa» y «Daa». Se arrastra por el piso, inmune a los intentos de enseñarlo a ir al baño. Su cabello es escaso y, aunque come mucho, no parece crecer o ganar peso.
      La madre y el padre evitan discutir sobre su hijo. Idiota congénito, sordomudo... Dar voz a palabras como éstas y asentir conscientemente uno al otro resultaría demasiado patético. De cuando en cuando, la madre abraza al niño con firmeza contra su pecho. A menudo el padre, en un paroxismo de desesperación, piensa en sostenerlo en sus brazos y saltar al río.

Padre mata a su hijo sordomudo

Poco después del mediodía del día de ayer, el señor A (53), un tendero en la chome 8 delku Y, asesinó a su segundo hijo, B (18), en la sala de su casa, con un hachazo en la cabeza. En seguida, el señor A se encajó en la garganta unas tijeras. Sobrevivió, pero permanece en estado crítico en un hospital cercano. La segunda hija del señor A, C (23), se había casado recientemente y su marido, adoptado por la familia de la novia, se está preparando para hacerse cargo de la empresa familiar. Además de ser sordomudo, el segundo hijo tenía algún grado de retraso y el crimen parece haber sido motivado por el deseo de aliviar la carga de la joven pareja casada.

Artículos como éste son suficientes para llevar al padre a ahogar sus penas en la bebida.
      ¡Ah, si tan sólo fuera un asunto de desarrollo lento! ¡Si tan sólo el niño se disparara en una especie de crecimiento repentino, de manera que pudiera condenar la preocupación de sus padres con coraje y desprecio! La madre y el padre no le cuentan a nadie de esta oración secreta, ni siquiera a sus familiares o amigos, asumen un aire de despreocupación y alegremente se burlan del niño como si no estuvieran preocupados por él.
      Sin duda, la vida es una gran lucha para la madre, pero el padre también lo está dando todo. No es por naturaleza un prolífico escritor. Es en extremo timorato. Y ahora ha sido arrastrado hacia los reflectores para empuñar trémulamente su pluma. Le resulta difícil escribir, y vuelve al licor para ahogar sus penas. Ahogar tus penas es beber la angustia y la frustración de no poder expresar lo que estás pensando. Aquellos que siempre pueden argumentar y expresarse con claridad no necesitan ahogar sus penas. (Ésta es la razón por la cual hay tan pocas mujeres borrachas).
      Nunca he ganado una sola discusión. Pierdo sin falta. Me encuentro inevitablemente abrumado por la fuerza de convicción de mi oponente y lo terrible de su autoafirmación. Me hundo en el silencio. Enseguida, sin embargo, pensándolo bien, comienzo a percibir la arbitrariedad de la posición de la otra persona y me convenzo de que yo no estaba del todo equivocado. Pero una vez habiendo perdido la discusión, la perspectiva de reabrir obstinadamente las hostilidades es deprimente, y dado que discutir con alguien me deja con un sentimiento de rencor tan desagradable y persistente como si más bien nos hubiéramos agarrado a golpes, tan sólo sonrío y me quedo en silencio, aunque esté temblando de coraje, rumiando esto y aquello, y al final, termino ahogando mis penas.
      Vayamos al punto. Hasta ahora, me he andado con rodeos, pero la verdad es que ésta es la historia de una riña conyugal.
      «El valle de lágrimas».
      Ésa fue la chispa que encendió la mecha. Como ya lo dije, esta pareja nunca se ha gritado groserías, ni mucho menos se ha levantado una mano. Son extremadamente apacibles. Sin embargo, es justo por eso que se están tambaleando, en cierto sentido, al borde del precipicio. Cada uno reúne en silencio evidencia de la crueldad del otro, le echa un vistazo a una carta, luego la guarda, mira otra y la guarda, y allí está siempre el peligro de que en algún momento uno u otra descubran sus cartas sobre la mesa y digan: «Te tengo». Se podría incluso decir que es este mismo riesgo el que inspira la deferencia con la que marido y mujer se tratan. El esposo, por lo menos, es un hombre al que entre más se golpea, más muerde el polvo.
      «El valle de lágrimas».
      El marido se siente ofendido al escuchar esas palabras. Pero no es aficionado a las discusiones. En silencio piensa: Pudiste haber dicho eso para herirme, pero no eres la única que llora. Me preocupo tanto como tú por los niños. Mi casa y mi familia son importantes para mí. Cuando alguno de los niños tose en medio de la noche, siempre despierto y me preocupo. Nada me gustaría más que complacerte a ti y a los niños mudándonos a alguna casa más bonita, pero está fuera de mi alcance. Estoy haciendo hasta lo imposible. No soy un frío y brutal demonio. No tengo el valor para tranquilamente ignorar a mi esposa y a mis hijos, y dejarlos a su suerte. No se trata de que no sepa qué es racionamiento o registro, es sólo que no tengo tiempo para saber acerca de ciertas cosas... Así se lamentaba el padre en su corazón. Pero no tenía la confianza para decirlo en voz alta y, sintiendo que cualquier réplica de su esposa lo dejaría desconcertado e indefenso, se conformó con murmurar, casi para sí mismo: «Contrata alguien para que ayude».
      También la madre es una persona extremadamente taciturna. Cuando habla, sin embargo, es con una espeluznante autoconfianza. (No sólo ella es así, la mayoría de las mujeres lo son).
      —Pero no he podido encontrar a nadie que quiera venir.
      —Encontrarás a alguien si buscas bien. De cualquier manera, no se trata de que no quieran venir, ¿verdad? Es que no quieren quedarse.
      —¿Estás diciendo que no sé cómo manejar gente?
      —¡Vamos! —el padre guarda silencio otra vez. De hecho, eso es exactamente lo que pensó. Pero detuvo su lengua.
      Si tan sólo aceptara contratar a alguien. Cuando la madre se cuelga la niña más chica en la espalda y sale corriendo a hacer los mandados, el padre tiene que cuidar a los otros dos. Y cada día tiene al menos diez de esas visitas.
      —Quiero ir a mi estudio.
      —¿Ahora?
      —Sí. Debo terminar de escribir algo.
      Era verdad. Pero también que quería escapar de la tristeza que impregnaba la casa.
      —Esperaba ir con mi hermana hoy.
      Ya lo sabía. Su hermana estaba muy enferma. Pero si ella iba a verla, me tendría que hacer cargo de los niños.
      —Por eso te digo que contrates...
      Me detuve a media oración. Hablar de la familia de mi mujer siempre complicaba las cosas.
      La vida es un calvario terrible. Demasiadas cadenas. Trata de moverte una pulgada y la sangre comenzará a salir a borbotones.
      Me paré en silencio, fui a la habitación de seis tatamis y tomé del cajón del escritorio un sobre con el pago por un manuscrito. Lo metí en la manga, envolví un diccionario y papel para escribir en un pañuelo negro, y me salí tan campante como si nada estuviera mal.
      En este punto, trabajar ya era impensable. No podía pensar en nada más que el suicidio. Me fui directamente a beber.
      —¡Vaya! Hola, extraño.
      —Acomódate. Impresionante kimono llevas puesto hoy.
      —Nada mal, ¿cierto? Sabía que te gustarían estas rayas.
      —Tuve una pelea con la esposa. No podía soportarlo, toda esa emoción contenida. Acomódate. Me quedaré aquí esta noche. No hay vuelta de hoja.
      Me gusta pensar que el padre es más importante que los hijos. Después de todo, los padres son pusilánimes.
      Un plato de cerezas servido.
      En mi casa, no les damos a los niños exquisiteces tan caras como éstas. Tal vez ni siquiera han visto nunca una cereza. Apuesto a que les encantaría comer alguna. Apuesto a que les encantaría que su padre llegara a casa con algunas cerezas para ellos. Si las atara por los tallos y me las colgara al cuello, apuesto a que se verían como un collar de coral.
      El padre, sin embargo, simplemente toma con desgana del montón de cerezas del enorme plato como si se tratara de medicina amarga, come una y escupe el hueso, come otra y escupe el hueso, come otra mientras en su corazón brama y se queja: el padre es más importante que los hijos.

Traducción de Patricia Pérez Esparza a partir de la traducción al inglés de Ralph F. McCarthy

 

1      Los tatamis son esteras de paja que se utilizan tradicionalmente como unidad de medida de las habitaciones. Un tatami equivale a 90 por 180 centímetros.

2      Forma poética similar al haikú.

 
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