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Una rubia leyendo en el Central Park / Rafael AntĂșnez PDF Imprimir E-Mail
Yo, como buena parte de los hombres del mundo, amo a Marilyn y me gusta ver una y otra vez sus películas, y como muchos otros tengo una colección (en mi memoria) de fotografías preferidas. Todos tenemos una colección de imágenes de la rubia desde las que aviva aún nuestro fuego con su generosa carnalidad e ilumina nuestro mundo con el dorado resplandor de su cabellera.

      Las rubias han sido, según lo ha documentado Joanna Pitman en su imprescindible On blondes, una obsesión, un sueño, un capricho, una aspiración, una moda, el objeto de deseo de hombres y mujeres, y son también una «brillante señal en código, parte de un sistema de valores enriquecido por connotaciones morales, sociales e históricas que han echado raíces en el subconsciente de Occidente». Inspiración de poetas desde Homero hasta Ernesto Cardenal y Fernando del Paso, los viejos obispos medievales les temían y en secreto las deseaban, fueron fascinación de los pintores del Renacimiento, envidia de la reina Elizabeth I (que era pelirroja), pasión secreta de Hitler, aspiración y modelo de toda aspirante a actriz en Hollywood y sueño de miles o millones de hombres y mujeres. Pero no es sino a partir del cine que las rubias han reinado sobre el imaginario del planeta, desde la dumb blonde hasta la vampiresa. En El largo adiós, Raymond Chandler nos ha legado una clasificación de las rubias, que al paso del tiempo no ha perdido su vigencia:

Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter, tan suave y blanco como el empedrado de la acera. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.
      Existe la rubia dulce, dispuesta y aficionada a la bebida, y que no le importa lo que lleva puesto —siempre que sea visón— o adónde va —siempre que sea el «Starlight Roof» y haya mucho champaña seco. Existe la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común, que sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Existe la rubia pálida, pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo La tierra baldía o a Dante en el original o a Kafka o a Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música, y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.
      Y, por último, existe la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en Cap d’Antibes, un coche Alfa Romeo completo, con chófer y acompañante, y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa con que un anciano duque dice buenas noches a su criado.

Sí, todas ellas existen y también (y por encima de todas ellas) Marilyn: tierna, chiflada, sensual como una pantera, infantil, caprichosa, desdichada, exhibicionista, insegura, solidaria con los desvalidos, una «hermosa criatura», como la definió Truman Capote, que, al decir de su amigo Sam Shaw y a contracorriente de lo que la mayoría pensaba, era muy divertida «pues todo el mundo ha oído hablar de sus inseguridades, pero no todos saben lo divertida que era, jamás se quejó de las cosas corrientes de la vida, que nunca tuvo una palabra desagradable para nadie y que tenía un sentido del humor maravilloso y espontáneo».

De entre las muchas fotos de Marilyn que me gustan está, por supuesto, el afiche de La comezón del séptimo año tomada por Sam Shaw en la 51st Street y Lexington, cuando el viento que escapa de la alcantarilla le alza las faldas y refresca sus largas, interminables y perfectas piernas, para promover la película (toma que fue calificada por Irving Hoffamn como «la toma que se vio en el mundo entero»). Habían colocado un gigantesco ventilador bajo la rejilla y al accionarlo las faldas de Marilyn volaban ligeras y desobedientes, se tornaban en una suerte de pétalos rebeldes que hacían por escapar y dejarla desnuda y ella, entre divertida y asombrada, trataba sin éxito volverlas a su sitio. Los fotógrafos y la multitud que miraba tras las vallas rugían y ella, como si sus blancas piernas, como si sus hombros brillantes, como si su rubia cabellera no fueran suficientes para iluminar el lugar, sonreía, dejaba escapar risitas ahogadas, lanzaba besos y saludaba con la mano. El ventilador, para beneplácito de la multitud, se encendía de nueva cuenta y ella luchaba inútilmente por controlar el blanco remolino de tela que buscaba salir volando y sonreía como sólo ella podía hacerlo.

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Pero no, aunque mucho me gusta, ésa no es mi foto preferida. También me gusta aquélla otra en la que aparece leyendo un ejemplar del Ulises de Joyce que Eve Arnold le hizo en 1955 (hay muchas fotografías de ella leyendo. De hecho, no recuerdo a ninguna de las grandes divas [de hoy y de ayer] que haya sido retratada tantas veces con un libro entre las manos). Arnold también la retrató leyendo, para sorpresa de muchos, a un autor demodé: Henrich Heine.
      En 2010 apareció Fragmentos, un pequeño libro que reproduce los cuadernos de apuntes que llevó Marilyn y que durante mucho tiempo estuvieron bajo la custodia de su amigo Lee Strasberg. El libro también reproduce algunas cartas y poemas, pero lo más significativo para mí son sus notas sobre ciertos escritores a los que admiraba, no como amigos, sino como creadores: Whitman, Hemingway, Joyce, Beckett, Sherwood Anderson... No son los apuntes de una intelectual ni de alguien que tenga algún tipo de aspiración crítica, sino simplemente los apuntes de un lector común y corriente (aunque no sé si a Marilyn pueda aplicársele tal categoría), alguien que disfruta leyendo y oyendo historias. Ella fue, todos lo sabemos, amiga de Truman Capote y se casó con Arthur Miller. Hay una foto, no es una gran fotografía, pero, por otros motivos, no tiene pierde, pues en ella aparecen en la misma mesa con Marilyn: Arthur Miller, Carson McCullers e Isak Dinesen.

Y uno sólo puede imaginar lo memorable de la cena, la de historias que habrán tejido esas dos modernas Sherezada que fueron Carson e Isak; imaginar la fascinación de la sonriente, frágil y delicada creatura cuyo verdadero talento sólo podía ser captado por una cámara. «Es como el vuelo de un colibrí: sólo una cámara puede fijar su poesía» –dijo Capote.
      Pero ésa tampoco es mi preferida, sólo es una entre las muchas que me gustan; lo mismo me pasa con aquella que Bob Henriques le tomó en 1959 pateando un balón de futbol. Marilyn acaba de patear el balón que vuela en dirección del fotógrafo, o del espectador que, gracias a la magia de la fotografía se convierte instantáneamente en un portero que, en sólo un segundo, debe decidir si atrapa o deja pasar la pelota. Bueno, si ha visto la pelota, porque una fuerte posibilidad es que, convertido en un voyeur, se haya concentrado no en lo que se ve, sino precisamente en aquello que no se ve, aquello que esa negra franja negra formada por las sombras nos vela.
      Sin ser mi preferida, me gusta más ésta donde va andando en bicicleta. Al verla recuerdo aquello que decía Vernon Lee sobre este ejercicio, que más que ejercicio (supongo) es un placer, que ella juzgaba superior al caminar: «Qué diferente es cuando uno viaja, acompañado por una de sus propias ideas; o, aún mejor, con la honorable compañía de uno mismo, explorando lo desconocido, revisitando lo amado con algún tipo de lugar de descanso al que regresar, ¡y el sentido del tiempo borrado de forma placentera! Uno apresura el paso en el camino, volando hacia el tentador horizonte, consciente sólo de las montañas y de las apiladas masas de nubes; viviendo por el instante, en el aire, el espacio se vuelve fluido y respirable, la tierra, un mero detalle». Y para mí, que no sé andar en bicicleta, ni en patineta ni patines, y que no me subiría a una motocicleta ni aunque me fuera en ello la vida, ver a Marilyn por el campo en bicicleta es como ver un ángel, no con alas, blanca túnica y lira en mano, no, sino como solemos verlos todos los días: acodados en la barra de un bar, hilvanando un dobladillo en una sastrería, pidiendo una moneda a la salida de un cine o de una tienda, haciendo la calle por un parque o andando en bicicleta: tal y como antes lo hacían los carteros, los panaderos, los repartidores de periódicos, los afiladores, los que vendían tamales y los niños que jugaban en las calles, es decir, como ve uno a los ángeles. Por cierto, Marilyn cuenta que a veces preguntaba a los chicos que jugaban en la calle: «¿Me prestas tu bicicleta?», y ellos, que primero se hubieran dejado cortar una mano que prestar su bicicleta a un extraño, con Marilyn accedían de inmediato y le decían «Claro». Y su generosidad obtenía una magnífica recompensa: «Yo arrancaba», cuenta la rubia, «inmediatamente a toda marcha riendo a carcajadas hasta la punta de la calle, y todos los chicos me esperaban subidos a la acera. Yo adoraba el viento que me acariciaba». Y seguro ellos también adoraban (y envidiaban) al viento que levantaba su falda, que acariciaba su rostro, que despeinaba su pelo, que se colaba por su blusa... Y, según Cortázar, «aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad y el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector». Y ellos, esos chicos que le prestaban su bicicleta a la rubia y corrían para mirarla pasar a toda velocidad y oír sus carcajadas y entrever sus muslos... son, sin saberlo, parte de un cuento que alguien alguna vez contará. Y quizá lo cuente a esa sabia velocidad no trepidante, sino a una que, al mismo tiempo que nos permita ver el paisaje (los árboles, los pájaros, las flores, la gente que se hace a un lado del camino, el puente, el río), nos proporcione cierto sentimiento, si no de vértigo, de aventura, la sospecha de que estamos ante algo irrepetible y maravilloso. Una de las ruedas de esa bicicleta en la que pedalea la sonriente rubia está llena de pasado y la otra de presente, y del rodar de ambas, es decir de la invención y de la reflexión, del juego y de la crítica, bien podría nacer ese cuento donde todo eso que parece efímero: las carcajadas, la rubia pedaleando a toda velocidad, el relámpago de sus muslos, el brillo de sus ojos, el grititito que escapa de su boca, se vuelven, como en la foto, eternos.

Pero me desvío, me gusta esta foto de Marilyn porque creo que ahí ella, que siempre se sintió, no sola, sino abandonada (que es muy distinto), iba sola, pero acompañada de una idea, una idea que la hacía feliz. La idea que ella misma había contado a los periodistas a su llegada a Londres: «Yo adoro la naturaleza. Me parece que la mejor manera de ver la naturaleza es desde una bicicleta. Creo que voy a comprarme una». Como tantos de sus proyectos y deseos, éste tampoco pudo realizarse. Pero no dudo que, mientras iba pedaleando por ese sendero (por el que quizá también pasó alguna vez Henry James o Joseph Conrad o el gordo Chesterton), se olvidaba del enorme peso que era ser Marilyn Monroe, ya que, en el fondo, ella era sólo una muchacha paseando en bicicleta un día de verano.

Pero mi foto preferida es aquella que le tomara Sam Shaw en el Central Park. Cuenta Shaw que paseaban mientras él le preguntaba qué estaba aprendiendo en el Actor’s Studio. Ella le respondió lacónicamente: «improvisación». Sam le pidió que se explicara mejor, así que ella tomó el periódico que el fotógrafo llevaba y se sentó en un banco a leer. A su lado había una pareja muy concentrada en sus asuntos (hay que creer que ellos no sabían quién se había sentado a su lado, que no les importaba o que no se dieron cuenta). Marilyn asegura que el joven le estaba proponiendo matrimonio a la muchacha. Lo cual hace que la foto adquiera a mis ojos una dimensión totalmente distinta. Es, a un tiempo, una de las miles de fotografías que le tomaron a la actriz, pero también es la foto que captura un momento clave en la vida de dos personas anodinas y desconocidas a las que torna singulares. A su modo, nos cuenta una historia de amor. La mañana debió de ser cálida y agradable. Ella, la joven de vestido negro y cuello blanco a la Peter Pan, ha dejado su saco y su bolso a un lado, él va en mangas de camisa y lleva los puños arremangados. Ninguno mira a la cámara. Tampoco lo hace la rubia de vestido blanco sin mangas que lee concentrada su periódico (acaso un ejemplar del New York Times). Ella finge no reparar en la pareja (pero escucha atenta su diálogo), la muchacha no repara en que está sentada junto a la actriz más famosa de su tiempo, él no repara en sus blancas zapatillas abiertas que dejan ver sus dedos cuidadísimos, sus fabulosas pantorrillas... Ambos parecen muy concentrados y con la vista baja. Por Marilyn sabemos de la propuesta matrimonial. Ella acepta, pero pone una condición: él debe dejar de apostar. La fotografía es un género que se parece al cuento en que todo su esfuerzo está concentrado en la captura de un momento. En el cuento, ese momento (yo lo llamo «el momento dramático», aunque no necesariamente debe ser dramático, puede ser cómico, violento, tierno, terrible o feliz) en el que un personaje descubre que su vida ha cambiado, que él es otro (el descubrimiento puede ser el de la soledad, el amor, el deseo, la felicidad o la muerte, o incluso un descubrimiento baladí).

La foto captura también a su modo ese momento. En este caso concreto el momento en que los amantes deciden compartir su vida (¿cómo fue su vida después de esa mañana? A nadie le importa. ¿Cómo será después? Podemos suponer que fueron felices, que llevaron una vida aburrida y sin sobresaltos, que tuvieron hijos o que él siguió apostando hasta perderlo todo: su dinero, su casa, a ella...). En el momento de la foto están callados, porque en el amor el silencio es más importante que las palabras, como bien lo sabía Max Picard: «Las palabras de los amantes aumentan el silencio, el silencio crece en sus palabras. Las palabras de los amantes sirven sólo para hacer perceptible el silencio. Sólo el amor es capaz de tanto: aumentar el silencio con las palabras». Los amantes no pueden percibir a la rubia que lee a su lado (ni al fotógrafo que los capta) porque, como todos los amantes, están solos, aislados del mundo, habitan sólo su mundo, un mundo en el que «el silencio es más que la palabra». Y Sam Shaw capturó para nosotros ese silencioso, irrepetible y fugaz momento en que al lado de la rubia que finge leer atentamente el periódico, ella, la muchacha enamorada del apostador, dijo que sí.

 
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