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Flor de iris / Andrew Reyes Rivera PDF Imprimir E-Mail
Preparatoria 6 / 2017 B

Tiempo atrás, en un pequeño pueblo cerca de Limburgo, Holanda, se festejaba una fiesta pagana. Ese mismo día, un grupo de sacerdotes llegó. Una chica miró a uno de ellos con  gusto, él le sonrió.
     Durante la fiesta, comida y bebida se armonizaba por todo el lugar. En el baile, con muchos participantes de por medio, las miradas seguían entre los dos sin que los demás a su alrededor se dieran cuenta.
     Esa misma noche, la chica visitó al sacerdote mientras este dormía. Ella se acercó con una flor de iris, le acarició con ella el cuello mientras le susurraba al oído:
     -Sígueme, hay que divertirnos un poco por el campo.
     El hombre, tentado por aquella chica, la siguió en la penumbra, dejando que aquella pequeña flor lo guiara. 
      Al siguiente día por la tarde, la pareja caminó por las montañas, no les importaba que los demás sacerdotes observaran y conocieran del pecado cometido. Ella habló de cosas importantes por el camino, de algo que no estaba escrito pero sucedería.
     Esa misma noche, el sacerdote entró en la casa de la chica como una sombra, la chica esperó afuera. Él encontró a los padres y con gran sigilo los atacó con la soga de su toga. Así ahorcó al padre. La madre corrió, tomó un florero, que estrelló en la cabeza del hombre, de donde empezó a manar sangre. Él empujó a la mujer contra un mueble, tomó un cuchillo y la cortó en el cuello.
      Al salir, el hombre vio a su amaba, le sonrió. Pero la chica dio fuertes gritos apuntando hacia el sacerdote. De inmediato cientos de personas, en medio  de la noche, salieron corriendo con tridentes y antorchas, incluso los sacerdotes se unieron a la revuelta, para golpear a aquel hombre que algún día admiraron.
     En la mañana, el sacerdote estaba amarrado a un palo, con un saco en la cabeza del que solo asomaban sus ojos por dos pequeños agujeros, en ellos había asombro, miedo y tristeza; la mujer que lo sedujo con la flor de iris le lanzó la primera antorcha que encendería el fuego de su incineración.
     El alma de aquel hombre vaga entre las colinas cada noche de fiesta, en busca de una flor de iris, para llevársela a su amada y así robarle el alma como ella hizo con la suya.



 
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