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Will Robinson / Cristián Gómez Olivares PDF Imprimir E-Mail
 

Marzo del 2002. La primera vez que vine a Estados Unidos, un tipo en el aeropuerto de Los Ángeles trató de venderme un paquete de vacaciones compartidas, que —debido a mi escasa experiencia con el inglés— estuve a punto de comprar.
      Después me monté en un taxi conducido por un ucraniano que sabía menos inglés que yo. Así, luego de un viaje infernal que ni siquiera soy capaz de rememorar por completo, llegamos al departamento del hijo de una amiga de otra amiga de mi madre, que ni siquiera me estaba esperando. Cuando finalmente llegó ese compatriota, me hizo pasar a su hogar con toda amabilidad, señalándome que no podía quedarme a dormir esa noche, esgrimiendo una razón que mi memoria ha sabido poner entre lo más profundo de mi inconsciente. Mi primera vez en los Estados Unidos de Norteamérica no estaba siendo como lo había imaginado. Se suponía que esa noche iba a recogerme la cuñada de otra amiga de mi madre (gracias, mamá) en un pueblo que estaba a dos horas de Los Ángeles. Para llegar hasta allí, tenía que tomar un autobús. Mi generoso compatriota/anfitrión me dio las indicaciones de cómo llegar, en el subway de la ciudad, hasta la estación de autobuses. Sí, el subway de una ciudad donde este servidor nunca había estado y donde mis clases particulares de inglés, tomadas durante años en Santiago de Chile, demostraron toda su infinita esterilidad.
      Salí entonces rumbo a esa estación de autobuses donde tendría que embarcarme para llegar a otro pueblo donde me estarían esperando. Ya sé, queridos lectores, que la historia se está complicando y no pareciera ir a ninguna parte. Lo que pasa es que, efectivamente, no llegué a ninguna parte. Me subí al metro después de comprar con toda suerte de peripecias un boleto de metro (así se le llama, en Chile, al subway). Yo suponía que iba en la dirección correcta, hasta que los vagones se detuvieron en una estación y todo el mundo se bajó. Sobra decir que no habíamos llegado a mi destino. Pero donde vayas haz lo que vieres, ergo me bajé como un buen muchacho obediente, tratando de entender lo que pasaba. Por los altoparlantes empezaron a transmitir un mensaje que, como muy bien saben todos los que han escuchado mensajes por los altoparlantes de cualquier estación en cualquier lugar del mundo, no se entienden. Menos si los mensajes vienen en inglés y tú no hablas el bendito idioma (aunque, hasta esa mañana, sí creías que lo hablabas, o por lo menos eso te había hecho creer tu profesor particular de inglés). Acto siguiente, veo a todo el mundo montando en los vagones que estaban en la línea del frente, vagones que iban en dirección contraria a aquella en que nosotros veníamos. Uso el plural para paliar en alguna medida la desesperada soledad en la que yo me iba sumiendo. A través de señas, gruñidos y el nombre de la estación de buses, traté de preguntar, cual Tarzán lejos de la selva, si esa línea me llevaría hasta la estación de buses donde tenía que tomar un autobús que después de dos horas de viaje me llevaría hasta un pueblo donde la cuñada de una amiga   de mi madre (gracias, mamá) me iba a estar esperando. Luego de, probablemente, una hora en esa línea del subway, sin que apareciera la estación adonde se suponía que yo iba, decidí bajarme en la próxima y pedir ayuda.
      Pero claro, no contaban con mi astucia: sólo me faltaba encontrar a alguien que hablara castellano. La suerte es que estaba en un lugar donde no es tan difícil hallar a alguien así. Descarté de inmediato a los negros. A los blancos, también. Haciendo un racial profiling del carajo, vi a dos policías en los que cifré mis últimas esperanzas. Tratando de morigerar al máximo mi acento chileno, les pregunté a los oficiales por mi lugar de llegada para ir a mi siguiente lugar de llegada. Y, como maná caído del cielo, por fin comprendí lo que tenía que hacer, cuánto me quedaba para llegar y cómo tenía que hacerlo. Resumiendo: esa noche llegué hasta Lompoc, después de dos horas en un bus que ni siquiera puedo recordar cómo pagué.
      En Lompoc pasé tres semanas, con Harvey y Nadine, la cuñada de la amiga de mi madre. Me pasearon por varias zonas de California, playas, viñas, ucla. No puedo quejarme. De los mejores anfitriones que he tenido. El verdadero motivo de mi visita, asistir a una conferencia de estudios de postgrado en Español, en la Universidad de California en Santa Bárbara, parecía la mejor de las excusas para que mi padre accediera a pagarme el boleto de avión sin el cual jamás habría llegado hasta esos lares. Todo me parecía grande, todo me parecía funcionar a la perfección. O eso le parece a uno cuando anda de visita y con plata en el bolsillo (sí, dinero proveniente de la beca permanente que tenía gracias a mi familia).
      Después de Lompoc seguí rumbo hacia Berkeley. Allí vivía, en su etapa también de estudiante de postgrado, mi buen amigo y mentor, Marcelo Pellegrini MacLean, aka el Pelle. Para el lector no chileno, hay que señalar, de inmediato, que sí: es pariente de Manuel Pellegrini, el exentrenador del Real Madrid, de River Plate y el Hebei China Fortune, entre otros equipos. Pero volviendo al Pellegrini que nos importa: Marcelo estaba entonces escribiendo su tesis doctoral, la que, años después y luego de una larga lista de transformaciones que no vale la pena reseñar aquí, se transformaría en su libro La ficción suprema: Gonzalo Rojas y el viaje a los comienzos. Léanlo, si quieren saber algo de Gonzalo Rojas, léanlo. Pero —claro— en esos años el Pelle sólo era otro más de los doctorandos de Berkeley, en esa universidad a la que se entra a través de un umbral de concreto y hierro forjado que yo sólo había visto en películas. Todo volvió a parecerme grande y a funcionar perfecto, aunque Marcelo se encargaría de corregirme a la velocidad de la luz.
      La primera ocasión que tuvo para cumplir su cometido fue una lectura de poesía que se hizo en el Departamento de Español de Berkeley. Asistimos allí a regañadientes, porque Pellegrini dijo que el poeta ese no valía la pena ni escucharlo ni leerlo. Pero había que ir, había que pasear al recién llegado (yo) y quedar bien con el profesor que había invitado al poeta que no valía la pena. Nos sentamos entre el público mientras Marcelo saludaba a algunos de sus colegas estudiantes y a uno que otro profesor. Gwen Kirkpatrick estaba allí esos días, acaparando toda la luz de la sala como siempre lo hace donde quiera que vaya: inteligencia, belleza, simpatía y lucidez es una combinación que sólo ella saber conjugar con tanta elegancia. El poeta empezó a leer y treinta minutos después había terminado. Preguntas de rigor. Respuestas del mismo. Más aplausos. Cóctel exiguo. Sin embargo, también había más gente por allí. Uno de ellos, Daniel Balderston, uno de los mayores conocedores de la obra de Borges en el mundo y, en esa época, Chair del Spanish Department de la Universidad de Iowa. Nos saludó muy afectuosamente y empezamos a conversar sobre la lectura que recién habíamos escuchado. Dudamos, educaditos nosotros, antes de empezar a escupir fuego. Balderston, sin embargo, no. Lo menos que dijo fue que deberían enterrar esos poemas que recién habían golpeado nuestros oídos unos seis pies bajo tierra. Junto con el poeta. Y, sabiendo que éramos chilenos, le brillaron los ojos cuando agregó: «Les tengo una gran noticia». Sin esperar, nos dice que Óscar Hahn acaba de publicar un nuevo libro. Y ahora, con el doble del brillo en sus ojos, agrega: «¡Y tiene poemas nuevos!». Ésa era la primera vez que hablaba con Daniel Balderston, aunque —yo no lo podía saber en ese momento— no sería la última. Pero ésa es otra historia.
      «Bienvenido a la Academia norteamericana», me dijo el Pellegrini que nos importa cuando el sabio borgeano se despidió de nosotros. Volvimos, entonces, al departamento de Marcelo, lejos de Berkeley, cerca de Oakland. Allí nos esperaba (digo, es un decir) el roommate de mi anfitrión, Isaiah Nordstrom, un estudiante del doctorado en Matemáticas Aplicadas, hijo predilecto de Indiana y un ejemplo clásico del psicópata en potencia que encierran muchas instituciones de educación superior en Estados Unidos. Debo señalar que yo llevaba ya dos días compartiendo el departamento de Isaiah y Marcelo sin haber visto nunca al primero de ellos. El caso no era, sin embargo, que el hijo predilecto del estado de Indiana estuviera de juerga y no hubiese recalado en el hogar, sino, por el contrario, se trataba de su total opuesto: el genio matemático, así lo llamaba Pellegrini, no había salido en todo ese tiempo de su habitación.
      Corrijo, exagero, deformo mis recuerdos: creo que había salido, de noche, a usar el baño (yo dormía en el sofá ubicado en la sala). No se inmutó por mi presencia en esas ocasiones. Cuando, finalmente, nos topamos, en un lugar equidistante entre su habitación, la cocina y el televisor (que estaba, como yo, ubicado en la sala), esgrimió un gruñido que Pellegrini amablemente me explicó que era su saludo. Y volvió a encerrarse. Marcelo me aclaró que también salía cuando tenía que pasarle la plata del alquiler y cada vez que en tbs pasaban Friends: ése era su ritual. Minutos antes de que empezara el show abría la puerta, se acercaba al refrigerador, de donde sacaba un paquete de comida congelada, lo introducía al microondas durante cinco minutos, lo arrojaba luego en un plato, se sentaba (con nosotros) a ver la serie, se reía en voz alta como si estuviera flipando en colores y, una vez terminadas las aventuras de esos blanquitos neoyorkinos, lavaba el plato de su comida y vuelta a sus aposentos.
      —Un día te van a encontrar hirviendo a fuego lento en una de esas ollas que tienes en la cocina —le dije a Pellegrini, dándole a entender mi estupor ante semejante Hannibal Lecter con el que le tocaba convivir.
      —Es inofensivo —me respondió un Pellegrini que hoy, dieciséis años después de esa visita, es profesor en la universidad de Wisconsin, en Madison, una ciudad que queda a nueve horas en carro (he recorrido esa distancia) de mi casa en Cleveland, donde, dieciséis años después, yo también soy profesor de literatura latinoamericana, como tantos otros, en una universidad yanqui. No poco tienen que ver con este desenlace tanto Óscar Hahn como Daniel Balderston, aunque ninguno de los dos siga trabajando en Iowa ni yo haya vuelto nunca, en todos estos años, a California. En Cleveland, por lo menos, no me he perdido nunca.



 
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