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Hasta que las piedras se tornen más leves que el agua [fragmento] / António Lobo Antunes PDF Imprimir E-Mail

7

Cuando volví de África cualquier ruido me asustaba y yo de rodillas en busca del arma que ya no tenía y pensaba tenerla aún para matar el pestillo de una puerta o la farra de los vecinos, ametralladoras de tacones de señora, bazucas de pasos de hombre, suspiros de heridos o de cajones de armario, mi mujer intentaba que no reparara en ella y la consecuencia era no ser capaz de quitarle los ojos de encima ya que el ruido que no hacía me ensordecía, la cautela de las suelas, por ejemplo, me daba la certeza de que iban a pisotear al poco tiempo niños vivos que se encogían de dolor, las ventanas se abrían en una protesta de paños del Congo rasgados sobre un cuerpo, el de mi mujer, súbitamente enorme, me impedía huir, pues docenas de brazos me prendían para susurrar
      —Calladito
      llevándome a un escondite en la mata donde un comisario me hundía la pistola en el ombligo si por casualidad ella iba de compras tirando un carrito de dos ruedas chuecas que saltaban en la alfombra, las pobres, bajo la descarga de una escopeta, la patrona al mismo tiempo ausente y en todas partes, en la sala, en el pasillo, en la marquesina, mirándome con unas gafas de coser en el vértice de la nariz que me llamaban para sí
      —Tuga tuga
      conmigo tratando de explicarle sin conseguir alejarme
      —Si no te preocupas de mí tal vez yo sobreviva
      y ella sentida, claro, aplastando con el meñique, en el borde del párpado, la desilusión de una lágrima
      —Quizá ya no te gusto
      y palabra de honor que te engañas, qué tontería la tuya, me gustas sólo que Angola no me abandona, donde estoy yo con certeza, tantos licaones rodeando el alambrado, tantos gallinazos en lo alto, tantos turros a mi espera aquí, quiero a mi abuela Benilde, quiero a mi madrina, quiero que ambas me digan
      —Listo listo
      poniéndome la ropa pero no apaguen la luz, sobre todo no apaguen la luz y entréguenme la locomotora de lata que pierde tinta y con una abolladura que no sé quién hizo, no yo, para apretarla contra el corazón, quiero al ordenanza del cereal sin pedacitos en el cuello, en las costillas, pidiendo
      —Mi alférez
      como si pudiera importarle y no puedo, Bichezas, no puedo, el helicóptero no pudo cargarlo
      —Ya no está aquí mi alférez
      mientras yo insistía con los soldados para que metiesen la camilla allí adentro y uno de ellos con la mano en mi hombro
      —Tenga calma se acabó
      cuando había ataques Bichezas se aferraba a un mortero, lo ponía en la vertical, un grito de susto corría en el alambrado
      —Bichezas está en el mortero
      y nos alejábamos más de él que de los enemigos allá afuera, Bichezas siempre con el retrato de la novia en el bolsillo
      —La Finita
      que le pusieron en el féretro y debe de haberse casado con otro porque Bichezas no llegó, continúa en Angola, ay Bichezas Bichezas, tratando de entender los morteros, nos servía la cena, conserva de atún con ciclistas, con casaca blanca almidonada
      —Señores oficiales
      a las cinco y media de la tarde porque a las seis noche siempre, el gasóleo del motor caro, ay Bichezas Bichezas, tan rica aquella tierra comiéndote en un instante, platitos de pepitas, salsa inglesa que el capitán recibía, mi hijo en una esquina de la mesa que no lloraba ni hablaba, durmiendo en una cama de soga de palmera a mi lado, comiendo con las manos, al regresar de África ganas de pedir a mi mujer muévete, pasea por la casa, existe, tócame con dedos reales, písame un pie, empújame, no me dejes solo siguiendo acompañado, mañana el cerdo de patas amarradas extendido en el suelo, mi prima que se encarga de la sepultura
      —Cómo va a berrear santo Dios
      y si fueran sólo berridos, lágrimas también, yo a ella
      —¿Alguna vez has bebido lágrimas de animal prima alguna vez bebiste las mías?
      y ella callada mirándome, casi tan vieja como yo, un dolor en las vértebras como mi madre, una bata rayada siempre, el marido en Alemania cartas de vez en cuando
      —Cuento con ir ahí en Navidad
      y no venía, mandaba ropa, un anillo, deseo que no hayas engordado y te sirva, qué lloran los cerdos, adivinan, debía sentarme en la plaza bajo la acacia con los demás viejos y quedar a su lado contemplando el tiempo en silencio, no el tiempo allá afuera, los años adentro acordándome de cuando iba a buscar a mi padre para cenar y allí llegaba él y el bastón y el aneurisma y la gorra que continúa en la percha de la entrada señor junto con el sombrero negro y una chaqueta de malla olvidada que aún huele a tabaco, aún huele a ti, lo que recuerdo mejor, sé el motivo, no se enfade, es de su nariz y de la manera como me ordenaba
      —Dame tu brazo
      porque un aneurisma en la barriga dificulta las piernas y duele, quería levantar los talones y ellos no levantaban nada, parece que mueren antes de la gente y anhelan hundirse en la tierra, a partir de los setenta sólo sobrevivimos aquí afuera de panza hacia arriba, vamos descendiendo de a poco, damos menos trabajo. Bichezas Bichezas no recuerdo el nombre de ese que tomó su lugar, siento en vuestros deseos la alegría, etc., váyase a la mierda mi general, mi padre nunca se quitaba el chaleco, nunca desabrochaba el cuello y mi madre en el escalón del patio trasero a la espera, aliviada
      —¿De verdad ustedes están bien?
      llamándome de parte con la manita de aquí para allá
      —¿Qué es un aneurisma?
      y aquí entre nosotros qué es un aneurisma, cualquier cosa que revienta y se muere ahogado por adentro, mi nuera en la cocina conmigo cuando el sol de la mañana empujó el níspero del patio, con pájaros y todo, casi hasta a la mesa de tablero de piedra donde se comía y algunas hojas arrimándose a
      —¿La lata del café?
      no bien una pregunta, una búsqueda enfadada como si la lata del café, una antigua caja de galletas medio oxidada y con grabados de caza le perteneciera, yo, en la duda de si le pertenecía de hecho, buscando alrededor sin dar con ella, ya vagamente más culpable que extraño, mi nuera un modo de hablar sin signos de interrogación que me ponía en sintonía y después alta, agresiva, con ojitos duros que no sonreían, juzgaban, tan diferente de mi mujer todos pedidos de disculpa y permisos tímidos
      —Hembra de estribos altos
      como diría mi padre si el aneurisma no hubiese hecho su trabajo
      —Hembra de estribos altos
      y después unos caracolitos en la nuca, bajo el pelo largo, a los que cualquier hombre es sensible, aunque trate de resistir firmemente los caracoles, con ese no sé qué de ellos, lo ablandan, si por ejemplo mi mujer con nosotros, y a pesar de las piedras, le bastaba un soslayo hacia mí y entendía, afortunadamente las ramas del níspero siempre me escondían un poco pero daba la impresión de que mis dedos hojas también, ora iluminados ora en la sombra vibrando como los de los presos obligados a abrir la fosa por el jefe de brigada de la policía política y poniéndose en cuclillas adentro a la espera de la bala, el doctor en el círculo de sillas del hospital
      —No puede ser verdad
      y tiene razón amigo, no puede ser verdad pero sucedió, quiere que, mi nuera, quiere que le diga el sitio, quiere que le diga el día, dos hileras de hormigas, una ascendente y la otra descendente, desde el suelo de la cocina al parapeto de la ventana por donde el níspero entró, pasando el níspero y el cementerio, la sierra en la que aseguran que los gitanos, los zorros, mi mujer todavía acostada, mirando al techo
      —Estaba aquí pensando en mi madre
      con la chaqueta de mariposas, desde que el médico la elogió, no en el ropero, en el respaldar de una silla como un trofeo para que ella pudiera de vez en cuando enorgullecerse de él, en ciertas cosas no creciste qué bueno, continúas niña, hay momentos, palabra de honor, en que me provoca dar un beso en tu forma de mirar, en la simplicidad de tu alegría cuando conseguías borrar de un soplido todas las velas del pastel de cumpleaños años batiendo palmas a ti misma, feliz, y yo abrazando a la chica que aún eras tan orgulloso de ti, si no te importa vuelve a llamarme amor ten paciencia, vuelve a llamarme querido, dónde está la camisa de la primera noche que la tuya
      —Estaba aquí pensando en mi madre
      te dio, no quiero que me enseñen la lavadora ni el calentador ni el lugar de los objetos, quiero estar feliz de la manera como lidias con esas complicaciones extrañas yo sé jalar los pesos del reloj de cucú y maravillarme con tu modo de orientar al mundo, el jefe de brigada para mí guardando la pistola en la funda, con el tono de quien revela evidencias
      —La mala hierba se arranca señor alférez
      maravillarme de tu modo de orientar al mundo, mi nuera a mí
      —Su hijo
      y callarse de pronto encogiendo los hombros y diciendo no con la cabeza, mi hijo que después de tres meses de haber estado conmigo, aún en África por tanto, me dijo por primera vez, de pronto
      —Padre
      él que no hablaba portugués dijo
      —Padre
      sentado en el suelo jugando con unos palitos, todo concentración y dedos, nunca había visto nada tan serio como un niño que juega, sin fijarse en mí, casi a mis pies y distantísimo, ya que entre los palitos y él un entendimiento secreto y a pesar de poder tocarlos no sé dónde estaban, lo que existe más cerca es siempre, eso la vida me enseñó, lo más difícil de encontrar, eché un vistazo y mi mujer ya no pensaba en la madre, dormida en la cama con la chaqueta de mariposas vestida y entonces comprendí que la abotonara contra la muerte que en su idea la amenazaba no dentro de sí, sentada en el borde de la colcha mirándola o bajo la forma de medicamentos en la mesita de noche, un vaso de agua, un termómetro, esos disfraces suyos, piensa un poco, vacila, se decide, nos pone la palma en la cabeza y se va dejándonos o sea dejando en nuestro lugar aquello que no somos vivos mientras la mariposa crece en la chaqueta, pelitos mojados que nos van creciendo en las sienes y arrugas diferentes de las que teníamos parecen hacernos más sabios, más graves, nuestras manos tan manos, un restito de pupila estancado en el párpado, un relieve que disminuye en la sábana, mi mujer al tocarme el brazo
      —¿Qué pasó?
      acercándose a costa de recobrar la cara, para posar dos dedos en la mejilla
      —Déjeme dormir
      y mi hija a la entrada de la habitación, con la palma en la manija, no bonita pobre, no elegante pobre, con una falda torcida que no iba bien con la blusa donde un botón desacertado, dando idea de ser más grande que los restantes, pedía ayuda en vano, quién en esta vida, dígame, auxilia a los botones, quién se interesa por ellos, mi mujer, a quien el tiempo nunca le preocupó, repentinamente inquieta
      —¿Qué hora es?
      como si las horas le estuvieran medidas, lo que sabrá ella con certeza del riñón, no preguntaba fuese lo que fuese al médico, se limitaba a estar de acuerdo moviendo la cabeza, no parecía inquieta, hacía los exámenes y los tratamientos que le mandaban, no se observaba al espejo midiendo desgracias, no se lamentaba de la pierna derecha un tanto contraída, le sentía los insomnios porque el cuerpo demasiado inmóvil y apuesto que los ojos abiertos están pensando en qué, imaginando qué, sintiendo qué, si le tocaba ella indiferente o entonces una sonrisa porque la oscuridad cambiaba, quiere decir permanecía oscura pero con ella más a mi lado allí adentro, casi como hace treinta años, casi como hace cuarenta y a propósito de años qué edad tendrá mi hija que no sé con certeza, tengo que hacer las cuentas a partir del momento en que regresé de África pero en qué momento vine de África si continúo en Angola, licaones y licaones que nos persiguen de a dos tratando de mordernos los tobillos, las rodillas, tratando de saltar hasta nuestras gargantas, el jefe de brigada hacia mí, disgustado
      —¿Cuándo las personas de este país se darán cuenta de que nos encargamos de ellas?
      y el psicólogo del hospital mientras el jefe de brigada le apuntaba con la pistola y él le apartaba el cañón con la mano
      —No lo creo
      mi hija treinta y muchos años o eso y soy yo quien no cree ahora, ya un asomo de pliegue en cada extremo de la boca, mi hijo, mayor que ella ningún pliegue aún, es negro y a los negros la edad les llega de repente, instantánea, una mañana, de pronto el cuerpo sin músculos, los ojos rojos, la dificultad de caminar, mi nuera mostrándome la taza vacía
      —Quería otra
      sin moverse de la banca pero con más muslos en la voz, me pareció que las pupilas de repente y me engaño con certeza, la gente a veces confunde, tengo setenta y tres años, soy suegro de ella, sigo respetándome, alardes ni soñar, mi mujer cree en mí a pie juntillas, la única treta que me sucedió fue una estupidez hace siglos con una colega del trabajo después de una reunión con el director en que me quedé a su lado y en esto una rodilla, por casualidad aguda, debajo de la mesa, pensé que era sin querer, me alejé un poco y la rodilla insistió sobre todo mientras la dueña, ni me acuerdo del nombre o sea me acuerdo, Teresa, mientras la dueña hablaba dibujando los rombos en un bloc y yo, no escuchando las palabras, observando los rombos y una falta de barniz, por señal blanca, en el índice, como si tomara notas el barniz blanco escribió una dirección rápida debajo de los rombos, con el pretexto de acomodar el bloc lo deslizó un poco hacia mí con la punta del bolígrafo señalando la dirección mientras la rodilla más activa, leí el nombre de la calle, el número, el piso y cuando quise comprobar mejor si derecha si izquierda el bolígrafo lo subrayó antes de tacharlo, la rodilla una presión definitiva de está acordado, yo una presión ciertísima, encontrándome incómodo porque aún en la víspera había cumplido años de casado que conmemoramos con los niños pequeños y un pastel de diez velas y después de eso en el cuarto, con la puerta cerrada, donde mi mujer se puso el camisón de dormir de la primera noche, el blanco con encaje, que aún le servía, a pesar de ser un poco menos ancho, un poco descosido, en ciertas partes de los encajes un poco amarillo que no es sólo para nosotros que el tiempo va pasando y no me puse el pijama, cubrí la desnudez con la sábana, mi palma encontró su muñeca, su cabeza se transfirió de la almohada a mi hombro y a la boca
      —Amor
      bajito, en un hilo, pero
      —Amor
      ya que se mantuvo discreta en todo desde el primer día, de las expansiones a las enfermedades, aun hoy con las piedras y los seis meses con suerte que no molesta a nadie, si le pregunto por molestias responde siempre
      —Me encuentro excelente
      si bien las cejas circunflejas bajo las cejas derechas que bien se nota por hacer una vaga sombrita en los ojos que se oscurecen, pobres, quien no la conoce trague, quien la conoce comprende, fui en busca de la dirección con el
      —Amor
      en mis oídos y el brazo tirando de la espalda hacia sí, una calle no muy distante pero en un barrio confuso, larguísima, que subir, llena de pequeñas sastrerías, una lavandería modesta, restaurantitos modestos de obreros, un establecimiento modesto de cerraduras y llaves, un dentista modesto en una planta baja pero una placa pomposa anunciando implantología, dos carnicerías modestas, casi seguidas, con cadáveres pelados en ganchos
      —¿Cuándo será que las personas de este país se darán cuenta de que nos encargamos de ellas?
      una florista modesta y melancólica y al ver rosas rojas, no muy frescas, en el escaparate el
      —Amor
      resucitó, un
      —Amor
      con uñas que me alejaban por adentro sin mencionar un peso de remordimiento que me incomodaba el alma, la calle un asunto complicado porque los números de las puertas en vez de uno, tres, cinco, etc. tenían una a, una be, una ce después del número y por lo tanto comencé a pensar qué infinita además de poco iluminada, edificios algunos de ellos tapiados, fallas en los azulejos, tuberías torcidas y restos de letreros ya con varios inviernos agitando harapos, la puerta del ochenta y nueve abierta, con una manita de fierro asiendo una bola en lugar de timbre y el interruptor de la luz averiado, una escalera con escalones altísimos y un pasamanos metálico que temblaba más que yo, se disolvía en la tiniebla a la que añadí una queja de
      —Puta madre
      sumada al
      —Amor
      aumentando la culpabilidad y dificultando la subida, los rellanos estrechos, uno de ellos atrancado por un coche de bebé del que me costó desembarazarme pues parecía tener ganchos que me agarraban, prendían, exigían que permaneciera con ellos, me dejaban por fin contra su voluntad, en un refunfuño de resortes, empecé a distinguir una claraboya en el
      —Cuándo será que las personas de este país señor alférez
      techo, de ésas con vidrios cuadrados, blancas de polvo y suciedad en una claridad difusa y siluetas de palomas de acá para allá, al contrario de las tórtolas duermen mal, las palomas, siempre con miedo de que los turras, siempre con miedo de que un gato o un mochuelo disparen sobre ellas, las agarren por las patas, les destrocen la espina, las coman, mi mujer en su lugar del sofá, con el cojín menos hundida, bordando frente al televisor sin sonido que no veía, saber que había siluetas moviéndose allí cerca, aunque fuese en una pantalla, la consolaba, y el hecho de conocer toda la trama y todas las emociones que habitaban aquella casa me culpabilizó aún más, por mis cuentas estaba en el tercer piso según la colega escribió aprisa en el bloc, tanto como mi cerebro sin sangre, ya que toda la sangre en las piernas derivada al esfuerzo de subir y por lo tanto desprovisto de glóbulos rojos que me oxigenan entendía, yo idiota, confuso, en el tercer piso ningún carrito de bebé, sólo una bolsa de plástico de basura con un nudo encima desde la cual un cuello de botella aguaitaba olfateando las cáscaras de naranja y dos puertas cada una con su felpudo, el de la izquierda un Bienvenido medio borrado, el de la derecha una carabela borradísima, de casco gordo y velas gordas, de bolina en una marea alta de pelos y cuál de las dos puertas la de la colega Santo Dios, además de no recordarme, se ha planteado el siguiente problema: ¿el derecho a la derecha y el izquierdo a la izquierda de quien sube las escaleras? porque en el caso de bajar yo llamaría derecho al que al subir había llamado izquierdo e izquierdo al que al subir había llamado derecho lo que se me figuró un contrasentido o entonces eso de derecho e izquierdo tenía que ver cuando se estaba en el interior del edificio, de cara a la calle y de espalda a las puertas en que el derecho a nuestra derecha y el izquierdo a nuestra izquierda, lo que me pareció razonable, cuanto más no fuera porque no llevaría la vida cambiando, en relación al mismo departamento, de derecha a izquierda e izquierda a derecha aunque esta solución ocasionara, por lo menos, un problema adicional
      (me eximo de otros igualmente complejos que también me vinieron al meollo y que sólo no enumero para no cansaros)
      que consistía en saber de qué lado del vestíbulo quedaba la calle ya que los vestíbulos pasibles de varias posiciones y quién garantiza en conciencia que las calles, tal como las personas, no se alteran, por ejemplo calles que conocemos de niños y volvemos a ver de adultos de pronto ellas estrechas cuando eran larguísimas, claro que se puede plantear la hipótesis de que hemos ido aumentando, pero habremos aumentado de hecho y cuánto y cómo, preguntas dificilísimas y de respuesta aleatoria, impregnadas de factores emocionales y por consig
      —En vuestros semblantes la alegría de ir a servir
      uiente falibles, yo tentado de decir, con un poco de presunción, hay momentos en que la presunción no hace mal y siempre refuerza un tanto, aunque sea poco, el ego que en ciertos y determinados momentos tanto necesita, no es verdad, el triste, con una pequeña dosis de cariño, atención, desvelo, y mientras sondaba el sutil rumor de las inquietas arenas de la memoria con la esperanza de que el bloc de la colega surgiese, incluso un poco turbio, entre un soldado de plomo sin brazos, que perdí en la casa de la aldea, y la desnudez imperecedera de mi prima Yolanda, que después engordó tanto, doblada hacia delante, de espaldas a mí, eligiendo un sostén en el cajón de la cómoda y que al volverse con un grito de apuñalada
      —Sal ya
      instaló en mi alma la sólida certeza, que hasta hoy se mantiene inquebrantable, de que la mujer constituye sin duda la única posible salvación del hombre, pero dejando con esfuerzo a la prima Yolanda cuyo recuerdo continúa perturbándome con sus bien distribuidas protuberancias y concavidades que la grasa, supongo yo, inf
      —Bichezas está en el mortero
      elizmente deshecho, la grasa, el azúcar, la dificultad de respirar y los ojos redondos mirándonos con pavor
      —Voy a morir
      y de hecho prima así es pero deje allí que hizo de mí un hombre, pasmado aunque el hombre el que ciertamente la consuela, nos consuela siempre a todos, en el cementerio o en la vida y en cuanto al derecho y al izquierdo habiendo fallado la metafísica resolví probar las dos puertas cada cual con su botón de timbre de un color diferente que como los tiempos y las voluntades los gustos también cambian, licaones de orejas enormes, trotecito pequeño y bocas siempre abiertas, cada uno con su hilo de baba larga y bamboleante y las pupilitas crueles, presioné fuerte en el primer botón, a la izquierda de quien sube los escalones y no correspondiendo necesariamente al tercer piso izquierdo por los motivos atrás deducidos y un carillón monstruoso de catedral, como catedral, de monasterio infinito, sacudió el edificio desde la base hasta la claraboya y el pobre de mí con él, sujeto a un tornado de campanadas feroces, yo con ganas de pedir socorro gritando un
      —Amor
      que docenas de campanas ahogaron de inmediato impidiendo que mi mujer oyera, es posible que tenga sentido cualquier cosa vaga, una especie de incomodidad, de desconsuelo, de suspiro pero estoy seguro de que no pensó en mí, pensó en un guiño interior entre el estómago y la nuca o en las corrientes de aire del alma cuando las ventanas dentro de nosotros se abren al pasado así como un postigo mío se abrió a la prima Yolanda mostrándome cómo el mundo cabe entero en una única mujer, Bichezas nos servía la cena, atún de ciclistas, con chaqueta blanca almidonada
      —Señores oficiales
      Bichezas que el helicóptero no cargó con el retrato de la novia en el bolsillo
      —Finita
      entre dos amigas, del brazo con ellas, las tres sonriendo medio avergonzadas junto al cedro de un jardín de provincia, con quiénes habrán casado a las otras y tal vez te habían olvidado, tal vez no te habían olvidado, ay Bichezas Bichezas, por extraño que parezca, amigo, aún guardo tu risa tú que a pesar del mortero vertical no mataste a nadie y mirabas los cadáveres con un terror respetuoso persignándote tres veces y besando el pulgar, el sargento mostrándome tu pulserita de plata de poca monta, con la fecha con un significado que yo desconocía grabada en ella
      —¿Qué se hace con esto?
      y la mandamos a la familia que nunca agradeció, tal vez la Finita le diera más valor pero tampoco agradecería, para
      —Veo en vuestros semblantes la alegría de ir a servir a la Patria
      para qué y después qué palabras, y después no soy verso en la prosa, el problema es que la fecha de la pulsera, que aún hoy me intriga, ignoro qué pensar de ella, si por casualidad preguntase aquí en la casa de la aldea en la víspera de la matanza del cerdo
      —¿Qué creen que piense de ella?
      dudo que me respondieran, fue hace tantos años no y no hay nada que no se olvide, señor alférez, si la gente no olvidara, usted fue alférez en África no, lo sabe mejor que yo, estoy aquí para dar lecciones, disculpe, cómo podía vivir, el segundo timbre tintineo distante como un gorrión con un ala que desiste en el suelo, mi nuera para mí, calentando agua
      —¿Quiere más café?
      o sea una flor azul escupiendo los pétalos y la colcha de mi cuarto un suspiro largo, tú sólo piedras no, casi sólo piedras ahora, se salvaba tu voz, se salvaban tus dedos
      —Ven aquí
      y yo me acercaba, me aprieta la mano con fuerza, con más fuerza, no salgas, detrás de la puerta de la colega del empleo silencioso, después del silencio zapatos que iban aumentando, sólo un resquicio, la nariz de ella en el resquicio, con la nariz un cuchicheo
      —Váyase pronto que mi marido ha regresado más temprano de Porto
      el cuchicheo transformado en voz
      —No necesitamos Biblias gracias
      y la puerta cerrada, el felpudo de la carabela extinguiéndose, yo en la oscuridad del vestíbulo esperando que la sombra de las palomas en la claraboya allá arriba me ayudara a bajar, no es sólo la luz, hay sombras que nos guían, la de mi abuelo por ejemplo
      —Ojo con el escalón chico
      la de mi tío Jerónimo que la carta de llamada de Canadá llevó y me ofreció una carabinita de presión de aire para los tordos en la aldea con la que yo nunca acertaba ni a una rana a diez centímetros cuanto menos a un pájaro mi padre a mí
      —Lo mejor es guardar eso que todavía puedes lastimarte
      mucho antes de Angola, claro, mucho antes de lastimarme, tres puercos en el chiquero, el nuestro el más grande, de pestañas transparentes masticando, masticando, de vez en cuando un suspiro, de vez en cuando un sollozo y yo viéndolo desde el muro calculándole el peso
      —Mi marido ha regresado más temprano de Porto no necesitamos Biblias
      y cuando el pestillo volvió a su sitio una voz allá adentro
      —¿Quién era?
      mi mujer
      —Amor
      pasados ​​tantos años, mi hijo en ropón
      —¿Aún sobra café?
      insistiendo con Bichezas
      —¿Aún sobra café?
      y Bichezas buscando en el banco, entendí, ya en el primer escalón, la colega del empleo al marido que llegó más temprano de Porto
      —Uno de esos Testigos de Jehová que quieren a la fuerza catequizar a la gente
      y fui bajando las escaleras, vencido, con remordimiento por mi mujer, enojado conmigo, detestándome, afligido con aquellos escalones inmensos que me temblaban las piernas, con miedo del coche de bebé, ya no recuerdo en qué piso, que me atacaría de nuevo, el jefe de brigada en un gesto entristecido
      —Hay quien comprende mal nuestro trabajo, ¿sabía?
      de repente casi humano, casi infeliz, casi frágil, casi tierno, casi apretando mi hombro, me surgen momentos en que si pudiese abrazaba a toda la gente, qué tontería, Bichezas sirviendo a mi hijo
      —Un poquito aguado ¿no cree?
      como si él un blanco como nosotros, no un mono grabado en un mango de bastón, como si él no un enemigo, si yo tuviera la ge tres, si tuviera un cuchillo, si lo dejo quedarse en África para servir como mascota a la compañía siguiente en lugar de traerlo a Portugal, a Lisboa, a mi casa en lugar de darle mi nombre y considerarlo mi hijo de vuelta a la calle larga y estrecha, las tiendecitas, los edificios, mi mujer viendo las horas en el reloj de la cocina y volviendo al sofá, todavía no inquieta con mi retraso, aún no apocada por las piedras porque fue hace tanto tiempo de eso, me crucé con la colega del empleo dos o tres veces después, dos, una en el pasillo y otra en los lavabos que en lugar de papel para secar las manos echaba un aliento eléctrico por un pico cromado que no se secaba sea lo que sea y me obligaba a frotar los dedos en los pantalones, la colega que no me saludó, en la primera ocasión comenzó a sonarse disuelta en el pañuelo y en la segunda se detuvo, mirando a la ventana en busca de no sé qué en la bolsa, quizá
      —Uno de esos Testigos de Jehová que quieren a la fuerza catequizar a la gente
      tal vez de sí misma mientras yo seguía caminando en la calle pasando una tienda de bagatelas, una agencia funeraria, un taller de automóviles, una boutique de maniquíes desnudos que me devolvieron vagamente a la idea la prima Yolanda y yo casi una sonrisa enternecida equivalente a una palmadita en la mejilla del niño que fui y me miró indignada, ya con este pliegue entre las cejas que fue creciendo hasta hoy
      —No me toque usted
      porque mis padres me habían prevenido, con expresiones severas que me asustaban, para que no me acercara a los extraños ni aceptara chocolates, de vez en cuando una transversal a la izquierda conmigo pensando
      —¿Sigo aquí no sigo?
      ya que empezaba a temer que aquellos números infinitamente repetidos en aes, bes y ces no terminaran nunca o sea días y días caminando sin descanso, alimentándome aquí y allí en cafecitos sombríos hasta que gastase el dinero de la cartera, una oficina de correos cerrada claro, una segunda agencia funeraria que con certeza amortajó a los náufragos que me, yo al jefe de brigada
      —Quizá tiene razón
      precedieron hasta que sumiso gastase el dinero de la cartera lo que no hacía mal porque enseguida siguiendo no el fin de Lisboa, el fin del mundo, es decir, un acantilado repentino y mirando hacia abajo, a lo más profundo, estrellas, quise llamar a mi madre, quise llamar a mi abuela, quise sentarme en el borde de la acera con la esperanza de que un ángel, tal vez el psicólogo en el círculo de sillas del hospital, me tomase del cuello y me llevase para presentarme a la esposa
      —Uno de mis traumatizados de guerra
      vuelta y media un taxi, una o dos furgonetas, una ambulancia con nombre escrito al revés, aicnalubma, porque los retrovisores zurdos y aquí una idea que nunca se me habría ocurrido, lo que pueden los genios, el jefe de brigada ajustándome el cuello.
      —Aunque bien me entiende
      lleno, gris, de uniforme amarillo, venido en un helicóptero sin insignias para interrogar a los presos y después de kilómetros de angustia una placita a lo lejos, de ésas con tobogán, columpios y mesas para que viejos jueguen dominó, siempre había una silla de ruedas, había siempre uno de barba, había siempre uno que sacaba puntas de cigarrillo de la faltriquera y fumaba dentro de la lengua, siempre había todos sin contener el pipí, siempre había un sujeto con un balón de gas al hombro asistiendo, y señoras de edad tullidas, y palomas, y un pato en una agitación de caderas por haber perdido su lago, mi hijo aquí en la casa de la aldea tranquilizando a Bichezas
      —Ni por eso Bichezas ni por eso
      mientras que la Finita y las amigas cuchicheaban carcajaditas, miradas con desprecio por mi nuera claro, el cerdo de mañana seguía comiendo con una de las orejas hacia arriba y la otra caída, me apresuré en dirección a la placita ya que existiendo una placita aunque llena de cubatas y negros salvo yo y allí estaba ella de hecho, sin los matusalenes del dominó y los lisiados con dos bastones pero con una palmera derechita al cielo, lista para limpiar el polvo de los muebles de los ángeles, al llegar el ladrido del teniente durante la instrucción militar, con botas más ligeras que las nuestras y sin una cantimplora medio llena para que cueste más, sin paño de carpa, sin máuser, animando un pelotón sin bronquios
      —Marcha lento y como quieras
      y nosotros tambaleando a ciegas repitiendo en una especie de tos y secreciones y sofoco
      —Es nuestra
      siempre que él
      —Angola
      con el cabo miliciano sacudiéndonos el brazo
      —Responda nuestro cadete
      con nosotros insistiendo
      —Es nuestra
      en un vagido moribundo de gruta que así se tiempla el acero, así se forjan los hombres, pena no nos enseñan a soplar bajito
      —Cuando mi abuelo supiera se mata cuando mi abuelo supiera se mata
      que tenemos que aprender a nuestra costa, solos, como tenemos que aprender solos
      —Ave María llena de Gracia
      como tenemos que aprender solos
      —Mata mata
      la palmera inmensa allí en lo alto disuelta en lo oscuro entre murmullos y chasquidos como todas las palmeras por la noche al mismo tiempo que yo, durante la instrucción de mi pelotón, corriendo con botas más ligeras, sin cantimplora medio llena, sin paño de carpa, sin máuser, gritando
      —Angola
      en dirección a las criaturas en agonía que respondían
      —Es nuestra
      mi hijo en la casa de la aldea a Bichezas
      —Gracias Bichezas
      y Bichezas tan digno en el féretro a pesar de la cabeza envuelta con un trapo y de una mosca en la puntera derecha limpiando la nuca con las patas, la tapa de la urna al bajar la prendió allí adentro de modo que ya tienes una amiga chico buen provecho te haga, el general en el muelle hablaba de la alegría de nuestros semblantes sin quitarse los guantes, al acabar dobló la alegría de nuestros semblantes y la metió en el bolsillo, siguiendo a la placita de los matusalenes, con palmera, tres calles a la derecha, una calle de frente y dos calles a la izquierda, esto respetando el sentido contrario a las agujas del reloj, en una de las calles a la izquierda, a la distancia, el río, luces en la otra orilla, lo que tal vez fuera un paquete, yo al recluta que era
      —Marcha lento y como quieras
      yo a mí
      —Marcha lento y como quieras
      en una avenida con un cine apagado que me pareció conocer, junto a un bar alternativo ante el cual un conductor blanco abría con respeto la puerta trasera de un automóvil caro, con matrícula diplomática, del que salían, riéndose, un par de negros mucho más bien vestidos que yo, sin extenderme las latas oxidadas pidiendo comida, despreciándome, esto es, sin siquiera mirarme, nunca me topé con pantalones tan almidonados, nunca vi zapatos tan lustrados, nunca sentí tanto olor a perfume francés, nunca deseé tanto estar con un arma como en ese momento y barrerlos, mirar sus cuerpos en el suelo, saltando a cada bala, nunca quise pedirle tanto a un cabo y cortarles las orejas, las manos, las partes que iban a usar en unas horas, mi hijo sin extender el café
      —Padre
      y Bichezas muerto porque ellos lo mataron sin más con su mosca bajo tierra, mi nuera levantándose con miedo, mi hijo apoyando los nudos de los dedos en la mesa sin reconocerme, reconocerme sin reconocerme
      —¿Qué pasa con usted padre?
      mientras un gallinazo giraba en círculos lentos sobre el alambrado de púas, mientras la llama ardía al fondo, mientras el quimbanda exhibía al pueblo
      —Euá
      el gallo degollado con cuya sangre él dibujaba en su propio cuerpo, bailando siempre, arabescos sin fin, veo en vuestros semblantes la alegría de servir a la patria, veo en vuestros semblantes, paso de carrera marcial, la alegría de ir a servir a la patria, veo en vuestros semblantes la alegría, mata mata, quema quema, de ir a servir a la patria, los negros casi a la entrada del bar sin mirarme, hijo mío
      —Pare con eso padre
      y paro con eso qué, tú ves que no consigo parar, por más que lo intente y palabra de honor que intento, te pido que creas en mí, por más que intente no consigo parar, el primer negro se volteó pero el fuego de la ametralladora lo empujó contra el candelero y fue bajando hasta el suelo sacudiéndose, de rodillas sobre la propia sombra y luego extendido de bruces
      —Mi gorila de mierda mi gorila de mierda
      junto a la puerta del bar, el segundo intentó avanzar hacia nosotros con la palma en alto
      —Amigos
      pero la primera ráfaga del apuntador lo lanzó contra el automóvil, la segunda lo mantuvo de pie, la tercera lo dobló por el estómago mientras erguía el brazo
      —Muata
      y se deslizaba despacio del capó balanceándose en un último
      —Muata
      ininterrumpido, al entrar en casa mi mujer con su voz tranquila sin interrumpir el movimiento de la aguja
      —No es tarde ¿o sí?
      ni reparar en el camuflado, ni reparar en el ge tres, ni reparar en mis dedos enormes, en mi voz que se odiaba a sí misma
      —Lo que a la gente le gusta oír hablar en las reuniones de trabajo Dios mío
      y mientras mi hijo, aliviado, volvía a tomar el café
      —Se disfrazó bien vaya
      me senté en mi lugar del sofá, propuse
      —¿Vamos a la cama al menos?
      y mi mujer guardó el bordado en el cesto estando de acuerdo
      —Amor.

Traducción del portugués de Renato Sandoval Bacigalupo


            Otra manera de llamar a los portugueses. Viene de «Por-tuga-l » (todas las notas son del traductor).

      Licaón es un perro africano parecido a la hiena.

      Turros son guerrilleros independentistas africanos.

      Cubatas son chozas africanas con techo en forma de cono.

      Quimbanda, en Angola, es curandero.



 
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