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Retrato de un joven poeta / Dulce Maria Cardoso PDF Imprimir E-Mail

 
      Están cerca
      demasiado cerca
       No logran distinguir en...
       (iba a decir, en nosotros)
       No logran distinguir en mí
       un cuerpo
       un solo cuerpo
       entrelazado sobre sí mismo
       Este cuerpo
      que todos nombran en plural

Hasta nosotros.

 

La vieja abrió el grifo, tapó la rejilla y se quedó viendo que el agua llenara la bañera. Cuando el cuarto de baño ya era una nube, se despojó de la bata y se acostó de forma que los pies quedaran debajo del agua que corría todavía. Cuando la bañera ya estaba llena, cerró el grifo. Comenzó a cantar dentro de una nube de oro porque el sol al pasar el cristal doraba las gotas de agua que brillaban por todas partes. Cantó durante mucho tiempo. No pensó en nada.
      El perro empujó la puerta y entró. La puerta abierta dejaba huir la nube dorada, lo que molestaba a la vieja. Podía levantarse y cerrar la puerta, pero nunca lo hacía. El perro se acercó. Llevaba en la boca un buen pedazo de carne que dejó caer al suelo, justo al lado de la bañera. La vieja le dio una palmadita en la cabeza. El perro sacudió la cola y luego se acostó cerca del pedazo de carne. Parecía satisfecho, pero nadie puede garantizar lo que siente un perro.
      La vieja y el perro se quedaron así hasta que la nube dorada dio paso a la primavera que venía de afuera. Cuando la luz de la mañana se apoderó de todo, la vieja se levantó y sin secarse se puso la bata de flores del color que iba bien con el día. La vieja destapó la rejilla y el agua se escurrió con un ruido agradable. El agua desaparecía siempre con mucha prisa, y los gestos de la vieja eran cada vez más lentos. La vieja sabía que ningún esfuerzo era capaz de domar el tiempo. A lo largo de la vida, la vieja supo muchas cosas que sólo la confundían a diario, por eso quería olvidarse de todo. Y ya no le faltaba mucho.
      Se agachó para ver mejor el pedazo de carne que estaba cerca del perro. Como la vieja agitaba el pedazo de carne, el perro abrió los ojos y sacudió otra vez la cola. Para agradecer al perro, la vieja le dio una palmadita en el lomo.
      Frente al espejo, la vieja se pasó las manos por el pelo que, fino y ceniciento, le cubría toda la espalda. Una especie de cola que todas las mañanas peinaba, lentamente, con el cepillo de plata. Después los dedos, flacos y arrugados, hacían un moño. La vieja miró los ojos que estaban en el espejo y una vez más tuvo la sensación de no conocerlos. Hacía mucho tiempo que los ojos del espejo no le parecían ser los suyos, ya que veían cosas diferentes, si es que eso se puede explicar tan fácilmente. Sentía que los ojos desconocidos veían otra cara, que ni siquiera era la de las fotografías de la sala. Una cara que la vieja nunca había visto. Se podía incomodar con esa pequeña diferencia entre lo que veía y lo que los otros ojos que veía en el espejo veían, pero la vieja aún sabía que los malentendidos siempre se resolvían con el tiempo.
      Con un lápiz trazó dos rayas negras en los párpados. La mano de la vieja temblaba mucho, pero las rayas en los párpados quedaban perfectas. Cubrió las arrugas de la cara y las mejillas resecas con rubor y pintó los labios con un color que recordaba el dulce de cerezas, lo que le hacía agua la boca. El perro dormía otra vez. Como despertaba muy temprano, cuando regresaba de la calle aprovechaba todos los instantes libres para descansar.
      La vieja fue a la habitación y el perro continuó durmiendo. No formaba parte del encanto ni de los hábitos del perro seguir a la vieja. En el cuarto, a la vieja le tomó mucho tiempo elegir un vestido entre los que estaban colgados en el armario. Cuando decidió que quería usar el vestido azul celeste con volantes ribeteados e innumerables bordados, la vieja abrió otro guardarropa y se demoró escogiendo los zapatos. Después, dentro del vestido azul celeste, que por demasiado grande le bailaba en el cuerpo, la vieja se calzó los zapatos de charol negro y de tacón alto y se puso un perfume muy intenso. En el baño el perro estornudó. La vieja sabía que el perro no soportaba los perfumes y también sabía que la cohabitación es un asunto complicado. Todo eso la vieja lo sabía sin desearlo.
      Despertado por el perfume, el perro se desperezó, estirando las patas delanteras. Se quedó así mientras el cuerpo soportó ese esfuerzo y luego se dejó caer de nuevo en el suelo. Le picó una oreja y empezó a lamerse la barriga. La lengua áspera raspaba y raspaba la piel de la barriga, que debía de estar sucia o saber bien. La vieja no sabía con certeza lo que movía al perro, y nadie lo puede saber.
      La vieja regresó al baño, tomó el pedazo de carne y empezó a cruzar el pasillo sin molestarle las gotas de sangre que le salpicaban el vestido y se juntaban a las manchas que el vestido ya tenía en todas partes. El perro se puso a lamer, aparentemente con el mismo entusiasmo, la sangre que el pedazo de carne dejaba en el suelo.
      La casa era muy grande. Inhabitable para una vieja y un perro. Los tacones altos hacían un ruido especial en el suelo de madera, y era por eso que a la vieja le gustaba usarlos.
      Las dos primeras puertas que daban al corredor estaban cerradas. La tercera estaba abierta. La vieja entró y sus ojos empezaron a adaptarse a la oscuridad. Cuando ya podía ver, buscó el clavo que se había quedado ahí. Lo cogió y raspó una línea en el suelo. Una pequeña línea al lado de muchas otras que ya estaban allí. En breve también aquella división se llenaría, y cuando eso sucediera la vieja la cerraría como había hecho con las dos divisiones anteriores.
      Ya en la cocina, la vieja puso el pedazo de carne en la mesa y se sentó a descansar. Sonrió al oír las patas del perro que hacían un ruido cómico en el suelo de madera. Si mirara hacia afuera, podría ver una gran parte de la ciudad, pero la vieja nunca miraba. Incluso a lo lejos, como ahora le parecía, la ciudad le asqueaba. Aun así, tan lejos, donde todo se vuelve perfecto.
      La puerta de la cocina, que daba al balcón, estaba abierta, como siempre. Era por allí que el perro salía cuando quería o necesitaba, ya que por el otro lado de la casa no podía hacerlo. Hacía mucho que esa puerta estaba cerrada. La vieja sabía que antes había salido y entrado por aquella puerta y que había dejado de hacerlo. No sabía desde cuándo, mucho menos por qué. De eso la vieja había logrado olvidarse. Tampoco sabía desde cuándo rasguñaba líneas en el suelo. Si las contara, la vieja podría saber que habían pasado tres años, diez meses y veintiocho días. Pero la vieja nunca haría esas cuentas. Si alguien se lo preguntara, la vieja tampoco sabría explicar por qué hacía eso. Pero nadie le preguntaba nada. La vieja no se acordaba bien de cuándo le habían hecho la última pregunta; tal vez hubiera sido el carnicero del mercado cuando subió los seis pisos del edificio y se puso a gritar bajo la claraboya: «Quiere que pierda la cabeza, eso es lo que quiere». Tal vez hubiera sido ésa la última pregunta que oyó, a pesar de no poder jurarlo. La vieja no abrió la puerta ni respondió; ya había decidido nunca más abrir la puerta y nunca más responderle a nadie. Si aún no lo hubiera decidido, tampoco sabría qué responder al carnicero que la amenazó desde el rellano. Las amenazas redoblaron hasta que la luz implacable de la claraboya las silenció; nada podía sobrevivir a la luz implacable de la claraboya, de eso todavía se acordaba la vieja. Después del carnicero, nunca más nadie subió los seis pisos para hacer preguntas, o la vieja ya no se acordaba, y por eso se preguntaba si el carnicero consentía que el perro lo robara y hasta se conmovía con eso.
      El perro cruzó la puerta de la cocina, salió al balcón y puso la nariz en lo que quedaba de una paloma muerta que había traído días atrás. Se desinteresó de la carne podrida y bajó las escaleras. Por su relajo, se percibía que no tenía miedo de que la escalera de incendio oxidada se desplomara. La vieja tampoco, sólo que el cuerpo ya no le permitía bajar más de dos pisos.
      La vieja llenó de agua una olla que estaba en la estufa y arrojó en ella el pedazo de carne. Lamentaba no poder robar algo para comerlo con la carne, al menos un puñado de sal para cocerla. Aún le gustaba mucho el sabor de la sal; algunas cosas le costaba más olvidarlas que otras.
      Si pudiera, la vieja iría hasta la cocina del primer piso donde siempre había encontrado cosas buenas. En cuanto pudo, fue a buscar comida a las otras casas y para ello bastaba empujar las puertas de madera. También recogía la fruta de la media docena de árboles que había en el patio cercado, donde desembocaba la escalera de incendios. Mientras pudo, la vieja subió y bajó esa escalera sin nunca haber traspasado la puerta oxidada del patio trasero. El perro sabía que no tenía nada que hacer en la ciudad. En el invierno era todo más difícil, pero podían contar siempre con las palomas, que el perro capturaba como nadie. Y hasta eran sabrosas, o al menos la vieja ya se había acostumbrado a que le gustara la carne de las palomas.
      Cuando el perro regresó a la cocina, ya olía la carne cocida. Porque subió corriendo la escalera de incendio, el perro jadeaba. La vieja se sentó a la mesa de la cocina, el perro se acercó y llevaba consigo el olor de la hierba y de la tierra mojada. La vieja puso la cara en el lomo del perro. Todavía extrañaba algunas cosas de allá afuera.
      Cocida ya la carne, era momento de comerla, y para eso vieja y perro tenían reglas. Porque podía comer en la calle, el perro nunca pedía nada de lo que llevaba a la vieja. Si ella no comía todo, el perro aceptaba los restos, si le apetecía. Esta regla, entre otras, les permitía compartir la vida. El perro se acostaba debajo de la mesa mientras la vieja comía. La falta de dientes la obligaba a usar cubiertos, pero eso no le producía placer como llenar la bañera o cepillarse el cabello. Cada vez le resultaba más difícil aceptar lo que sólo la necesidad justificaba.
      La vieja comió hasta sentirse saciada y después le dio los restos al perro, que no los rechazó. Alimentados, podían hacer lo que quisieran. La vieja salió de la cocina, cruzó el largo pasillo, y un aire de fiesta se apoderó de la casa, los tacones altos, el perfume, el vestido largo, la vieja no sabía con certeza lo que era. Pero una fiesta se acepta siempre, aprendió la vieja ya recluida, y todo lo que había aprendido en esa condición era más verdadero que todo lo que antes había aprendido.
      Entró a la sala grande que tenía ventanas altas. De tan sucios, los vidrios no dejaban que la vieja viera el otro lado de la calle. Eso si la vieja quisiera, lo que era improbable. Se sentó en un sillón y el perro, cuando la vio sentarse, se dirigió con pereza al otro. Subió las patas delanteras y luego, lentamente, alzó las de atrás, se enroscó y se durmió.
      Sentada en el sillón, que a pesar de los muelles gastados aún era cómodo, la vieja miró al perro adorado y así se quedó durante mucho tiempo. Tal vez pensando. No captaba mucho lo que pasaba por su cabeza y envidiaba al perro, a quien no se le había dado, ni él lo merecía, el martirio de pensar. Podía decirle esto al perro, pero ni a la vieja ni al perro les gustaba hablar y, por lo demás, ni lo sabían.

 

En la mañana en que, por la lectura de las líneas, se sabría que habían pasado otros dos años, siete meses y once días, la vieja ya había cerrado otras tres de las puertas que daban al pasillo.
      La vieja abrió el grifo, tapó la rejilla y volvió a llenar la bañera. Cuando el baño ya era una nube, se despojó de la bata y se metió al agua. Cuando ésta ya no cabía en la bañera, la vieja cerró el grifo. Empezó a cantar dentro de la nube de leche, porque la niebla de allá afuera se pegaba al cristal y empañaba las gotas de agua. Cantó durante mucho tiempo. No pensó en nada.
      El perro empujó la puerta y entró. La puerta se quedó abierta, lo que seguía molestando a la vieja; los problemas de la cohabitación son insolubles incluso para los compañeros más felices. La nube de leche huía rápidamente por la puerta, pero la vieja no hizo nada para impedirlo. El perro se acercó a la bañera. Traía en la boca un pedazo de carne que dejó caer al suelo. La vieja le dio una palmadita en la cabeza, el perro sacudió la cola y se acostó cerca del pedazo de carne. Parecía satisfecho, pero nadie puede garantizar lo que siente un perro.
      La vieja y el perro se quedaron así hasta que la luz de la mañana de invierno se apoderó de ellos. La vieja se levantó y sin secarse se puso la bata de flores coloridas que no iban bien con el día. La vieja destapó la rejilla de la bañera, y a pesar de que sus gestos eran cada vez más lentos, el agua seguía desapareciendo rápidamente con un ruido agradable. No había manera de que la vieja dejara de saber que nada domaba el tiempo. La vieja había logrado olvidarse de muchas cosas que sólo la confundían a diario, pero aún se acordaba de otras tantas. Iban a faltarle siempre muchas cosas que olvidar.
      La vieja se agachó para ver mejor el pedazo de carne que estaba junto al perro. El perro ya no le robaba al carnicero del mercado. El carnicero se había hartado de eso, el perro había desistido de él, o simplemente todo tiene un fin, tarde o temprano. Como la vieja agitaba el pedazo de carne, el perro abrió los ojos y sacudió la cola. Al tomar el pedazo de carne, la vieja vio que era la pierna de un bebé. Una pierna rechoncha que terminaba en un pie gordo con cinco dedos perfectos. Todo eso todavía se podía ver, a pesar de la sangre.
      El perro esperaba que la vieja le agradeciera con una palmadita para poder dormir. Debería costarle cada vez más ir todos los días en busca de alimento, pero nadie puede decir con certeza lo que un perro es capaz. La vieja miraba la pierna del bebé y el perro esperaba la palmadita. Los gestos son muy importantes. Ninguna vez el perro llevó alimento sin que la vieja le hubiera agradecido. La importancia de un gesto está siempre en la repetición; un gesto aislado puede muy bien no tener sentido. La vieja colocó el pedazo de carne en el suelo y pasó la mano por el lomo del perro, que sacudió la cola y cerró los ojos.
      Por ya no tener que hacer, hacía mucho que la vieja había dejado de trazarse líneas negras en los párpados, o de cubrirse las mejillas resecas con rubor. Se tardaba cada vez más en peinar la cola plateada con el cepillo de plata y hacer un moño; sólo que esa mañana no fue así y eso la vieja nunca supo explicarlo. Cuando miró al espejo, reconoció los ojos que la veían como suyos y todos los gestos ganaron una prisa desusada. Sin peinarse, se dirigió a la habitación y abrió el armario, de donde sacó el vestido gris, el más caliente que tenía. Calzó unos zapatos de tacón alto que ya casi no tenían suelas y salió de la habitación. Los perfumes también se habían terminado, para alivio del perro, que dormía en el baño.
      Como la vieja cruzaba el pasillo sin llevar el pedazo de carne, el perro se levantó, atento. La vieja pasó las cinco puertas que ya estaban cerradas y entró por la sexta. La casa era enorme. Inhabitable. Acostumbró los ojos a la oscuridad y cogió el clavo. Como la vieja había dejado el pedazo de carne en el baño, el perro aullaba. La vieja no fue capaz de añadir una línea a aquellas que llenaban una parte de ese suelo de madera.
      Cuando la vieja volvió al pasillo, el perro la esperaba con el pedazo de carne. La vieja lo abrazó durante mucho tiempo. Luego tomó el pedazo de carne y lo llevó a la cocina. Llenó con agua la olla que estaba en la estufa y allí arrojó el pedazo de carne.
      De un momento a otro, unas voces subieron furiosas por la escalera, lo que hizo que el perro se acercara a la puerta que nunca estaba abierta. La vieja lo siguió. Las voces se acercaban y eran cada vez más fuertes. Alcanzaron la puerta. Con unos puñetazos sacudían la portería, el perro empezó a ladrar. La vieja confió en la luz implacable de la claraboya que mataba todo lo que allí se dejaba. Nunca una planta había sobrevivido en ese rellano. La puerta vibraba cada vez más. La vieja se dejó caer al suelo del pasillo y se agarró del perro, que no paraba de ladrar.
      Allí afuera las voces no se callaban. La vieja las oía claramente, pero no las entendía. La luz de la claraboya nada podía contra las voces que querían echar abajo la puerta. La vieja arrastró al perro lejos de la puerta, hacia la escalera de incendios. Cuando ya estaban en la cocina, unas voces subieron también la escalera de incendios. Vieja y perro estaban atrapados en el pasillo.
      La puerta que nunca estaba abierta cedió, hombres y mujeres entraron. Vieja y perro seguían agarrándose mutuamente. Un cuerpo, un solo cuerpo, entrelazado sobre sí mismo. El perro ladraba siempre. Unas voces entraron por la puerta de la cocina y se mezclaron con las que habían entrado por la puerta que nunca estaba abierta. Voces y manos en todas partes. Un grupo hizo una barrera por un lado, el otro hizo una barrera al lado opuesto; el pasillo quedó de repente pequeño, muy pequeño.
      Un hombre se acercó con una manta muy grande que lanzó sobre el perro. Otro hombre tenía otra manta que también lanzó sobre el perro. La vieja se agarró más del perro, pero voces y manos fueron más fuertes y se lo arrebataron. El perro ladró hasta que las mantas se llenaron de sangre. La vieja cerró los ojos. Cuando el silencio se apoderó de todo, los abrió. Voces y manos habían desaparecido. El cuerpo del perro manchaba de sangre un montón de mantas en medio del pasillo. Aunque no lo supiera, la vieja había empezado a llorar.

Traducción del portugués de Renato Sandoval Bacigalupo



 
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