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Flávio Cerqueira o Nueves, Fuera Nada / A. M. Pires Cabral PDF Imprimir E-Mail

 

Flávio Cerqueira vivía en el número 136 de la calle Libório Baeta, una casita simpática heredada de los padres, en la que había un aire a Raúl Lino, enmarcada por un espacio de jardín que a causa de su incuria dejaba que se transformara en un pequeño matorral, donde prosperaban las malas hierbas y las lagartijas.
      La calle Libório Baeta no quedaba en la Baja de la ciudad, pero tampoco se puede decir que estuviese en la periferia. Quedaba a medio camino entre una cosa y la otra, en aquella zona gris en la que las calles empiezan a tener nombres de fulanos de los que nadie (bueno, casi nadie) oyó hablar. Ése era el caso de Libório Baeta. ¿El lector sabía quién fue? No lo sabía, por supuesto. Ni siquiera los propios moradores en esa calle (bueno, la mayoría de ellos, claro excluyendo a los quisquillosos que encuentran en Google y en Wikipedia respuesta para todas las dudas y problemas) sabían que se trataba de un oscuro profesor de la Facultad de Ciencias de la universidad local, que había tenido un fogonazo de notoriedad, como un fósforo que se enciende y pronto se apaga, y luego vuelve a ser oscuro.

***

Ahora ya cuento cómo fue. La historia de Flávio Cerqueira puede esperar.
      La gran pasión del profesor Libório Baeta era la entomología. Daba cátedras de botánica en los diferentes cursos impartidos en la Facultad, pero su gran pasión era en realidad la entomología. Insectos. Lo fascinaban, en la inmensa variedad de formas, colores, modos de locomoción, hábitos alimentarios, mecanismos reproductivos, metamorfosis. Parecía que habían sido producidos por una imaginación delirante cercana al absurdo. O que la naturaleza los había ido alterando sucesivamente, siempre insatisfecha con los resultados, en busca del insecto ideal.
      Teniendo en cuenta el modo de ser delicado, casi femenino, del profesor Libório Baeta, sería quizá de esperar que, en el mundo de los insectos, se interesara sobre todo por mariposas y efímeras, o al menos por mariquitas. Pero no. Estaba sobre todo seducido por la mantis, a la que —como conviene a un profesor catedrático— siempre se refería, tanto en los artículos que la revista de la Facultad a veces le publicaba como en las conversaciones diarias, con el nombre científico Mantis religiosa. Una seducción perversa, por lo demás, ya que la mantis le horrorizaba con la frialdad casi mecánica con que consumía otros insectos; insectos vivos, aún debatiéndose entre las poderosas patas prensoras que los sujetaban y llevaban a las incansables piezas bucales del siniestro depredador.
      Y ahora el tal fogón de notoriedad de que hablé arriba: Libório Baeta, de tanto observar y estudiar al cruel insecto, acabó por identificar y revelar al mundo científico una subespecie de la Mantis religiosa, que tenía la particularidad de exhibir en las patas delanteras un serrado claramente distinto del de la Mantis religiosa común. El mundo científico reconoció el descubrimiento y la subespecie fue bautizada como Mantis religiosa baetæ en homenaje a nuestro hombre. La National Geographic llegó a publicar el nombre de Libório Baeta en una o dos notas al pie, que Libório Baeta hizo fotografiar, enmarcar y colgar en la pared, al lado del diploma de doctorado. En realidad, llevó el disparate hasta el punto de imaginarse en un plano idéntico al de los grandes científicos mundiales, incluyendo a Darwin. Pero el escaso reconocimiento y el olvido acelerado de su descubrimiento por parte de los colegas de la Facultad acabaron poco a poco por reconducirlo a la oscuridad.
      Oscuridad que sería total e irreparable, si un sobrino nieto, que era concejal, en una ocasión en que fue necesario descubrir nombres para la toponimia local, debido a la expansión de la ciudad, no hubiera tenido el arte de convencer al ejecutivo municipal para que le diera a esa calle el nombre del tío abuelo.

***

Pero este cuento es sobre Flávio Cerqueira, no sobre Libório Baeta. Por lo tanto, volvamos al punto.
      La calle Libório Baeta quedaba, como vimos, en algún lugar entre el centro y la periferia de la ciudad. Eso permitía a sus habitantes tener todavía algo del bullicio de la ciudad y al mismo tiempo disfrutar de cierta tranquilidad rural. Las casas eran generalmente chalés implantados en medio de pequeños jardines; sólo media docena de ellas tenía más de dos pisos. Había un café con minimercado al lado, una especie de tienda de conveniencia donde las personas no iban a comprar sino lo que les hacía falta hasta la próxima visita a un supermercado que quedaba en los bordes de la ciudad. Y había un bar, el Bibendum. (Las personas, ignorando el origen latino del nombre, lo pronunciaban como palabra aguda, rimando con lundum. El paso siguiente fue nasalizar la primera sílaba, dando como resultado Bim-ben-dum. ¿Y no es cierto que esa sonoridad espuria de la palabra evocaba con mucha mayor nitidez el mundo de diversión y despreocupación propias de un bar?).
      Ocupaba el Bibendum un sótano debidamente oscurecido y con las ventanas tapiadas de un edificio de tres pisos. No se puede decir que constituyera un vecino bien visto por todos los habitantes, debido al ruido y las riñas que se producían, casi un día sí y un día no, a las dos de la mañana, hora en la que el bar cerraba y lanzaba a la vía pública una docena de sujetos empapados en whisky. Los abajofirmantes y las amenazas de acción judicial no habían tenido ningún efecto hasta el momento, y el Bibendum seguía allí supliendo carencias y suministrando olvidos y, decían las vecinas que acechaban detrás de cortinas, alcahueteando amores ilícitos que después se consumaban en el asiento trasero de algún automóvil, o a veces allí, en la propia calle, una vergüenza.
      Flávio Cerqueira frecuentaba diariamente el bar, que le quedaba a cien metros de casa. Era soltero y no había podido hacer del hogar un lugar capaz de retenerlo. No le gustaba la televisión. Tenía una biblioteca razonable, también heredada del padre, juez de derecho, pero tampoco adquirió el hábito de leer: abría a veces, con desgano, un libro y lo dejaba después de cinco minutos de lectura. De música se servía un poco más, es cierto, pero de la buena colección de cd acababa por oír siempre, y sólo en momentos de gran neurosis, dos o tres canciones de Jaques Brel, otras tantas baladas de José Afonso, y uno que otro trecho de música erudita, la «Lacrimosa» del Réquiem de Mozart o el «Coro de los Peregrinos» de Tannhäuser. No, no había hecho de la casa un oasis ni una ciudadela, lejos de eso, y pasaba allí el mínimo de tiempo posible.
      Trabajaba hasta tarde en la Baja —era analista en un laboratorio clínico—, cenaba por allí, variando el capricho de restaurante, y regresaba a la calle Libório Baeta alrededor de las diez. Pasaba por casa para refrescarse y oír algún raro mensaje en la contestadora, y bajaba los cien metros de la calle que lo separaban del Bibendum. Se sentaba al mostrador y bebía espaciadamente y con pequeños sorbos bebidas blancas hasta la hora del cierre. Salía entonces, moderadamente embriagado pero ordenado, y se iba a la cama para que al día siguiente no apareciera con ojeras excesivas en el laboratorio.
      En el bar no era en absoluto un solitario. No se encerraba en la arena de sí mismo lidiando con la neura. Por el contrario, procuraba trabar (y aguantar) conversación con desconocidos cualesquiera que le parecieran disponibles o solitarios como él. Cuando eso no era posible, hablaba largamente con Jeremías, el empleado del bar, cuya vida había conocido por completo y a quien todas las noches le preguntaba por la mujer, por los hijos y por el gato.

***

Esa noche llegó un poco atrasado al Bibendum y encontró su lugar habitual ocupado por un sujeto que apoyaba un codo en el mostrador y se dirigía a la sala, pareciendo más interesado en el ambiente brumoso del bar que en la cerveza que tenía delante de él. Daba muestras de estar allí por primera vez. Flávio Cerqueira adivinó en él un interlocutor apetecible y se sentó al lado. La larga experiencia le había dado una cierta pericia en el abordaje de presumibles compañeros de confidencias. Al sentarse, se dirigió abiertamente al desconocido:
      —Probablemente se desilusionó de que sea yo quien se sienta aquí.
      —¿Cómo dice? —preguntó el otro, sorprendido.
      —Calculo que le resultaría más agradable ver sentarse a su lado a una de esas rubias que revolotean por ahí...
      El otro lo miró con aire levemente crispado. Pareció que estaba deduciendo las palabras correctas.
      —No vine a este bar para buscar compañía —dijo por fin—. Mucho menos compañía de naturaleza sexual. Sólo se me ocurrió pasar por aquí, es todo. De modo que, si pretende...
      Flávio Cerqueira le interrumpió con una carcajada breve:
      —No, mi amigo. No soy gay ni busco un enganche. Busco cuando mucho a alguien con quien hablar un poco.
      —Bueno saberlo —dijo el otro.
       Hubo un silencio.
      —¿Ya se dio cuenta —preguntó Flávio Cerqueira— de que el número de vasos que está a la izquierda de la máquina del café es exactamente el triple de los que están a la derecha?
      —No me había dado cuenta de eso. Ni me parece que eso tenga una gran importancia. Es un simple azar.
      —Claro. Pero yo, ¿sabe?, tengo desde siempre la tendencia a mirar todo con prejuicio matemático, digamos a falta de algo mejor. Es compulsivo en mí.
      —Tiene formación matemática, tal vez —arriesgó el otro.
      —Alguna, pero no tanta como sería de suponer. Sí, estudié matemáticas, y era la carrera de matemáticas la que desearía haber tomado. Pero allí intervino la voluntad paterna. «¿Para qué te sirve una carrera de matemáticas? Para morirte de hambre, ¿no?», decía mi padre. A la hora de elegir, terminado el duodécimo año, me obligó a optar por medicina, pero el célebre numerus clausus me empujó a lo más parecido que había en la época: farmacia. Contrariado, no llegué a terminar la carrera, pero hice las asignaturas suficientes para que me aceptaran como analista en un laboratorio clínico, donde trabajo hasta hoy.
      —Interesante —concedió el otro. Y ya se habían atenuado los signos de crispación.
      —Voy a hacerle una confidencia. Estamos en un bar, no nos conocemos, pero el bar es precisamente eso: un pretexto para hacer confidencias a desconocidos. ¿Puedo?
      —¡Claro!
      —Pues bien, allí va, entonces. Esta inclinación hacia las matemáticas llegó a dar frutos que en un momento consideré valiosos, pero más tarde se reveló como un lío.
      —No me diga...
      —Sí. Se dio el caso de que, después de muchas elucubraciones, formulé lo que me pareció que podía ser llamado Teorema de Cerqueira. Cerqueira es mi apellido. Es así: el cuadrado de cualquier número es igual a la suma de ese número con la suma multiplicada por dos de todos los números enteros anteriores a él.
      El otro pareció interesarse:
      —Dice usted que el cuadrado de cualquier número...
      — ...es igual a la suma de ese número con la suma multiplicada por dos de todos los números enteros anteriores a él.
      —¿Y es así?
      —Sin duda. Si no, veamos. El cuadrado de 3, o sea 9, es igual a la suma de 3 más el doble de la suma de 2 más 1, que son los números enteros anteriores a 3, o sea 6. Por lo tanto, 3 más 6 igual a 9, el cuadrado de 3. Es sólo cuestión de hacer cuentas.
      —Curioso. ¿Y funciona con todos los números?
      —Absolutamente. Lo que pasa con el cuadrado de 3, pasa con el cuadrado de cualquier otro número, independientemente de la cantidad de dígitos que lo componen. Es sólo hacer cuentas.
      —Curioso, de hecho. ¿Y cómo lo descubrió?
      —No hice nada para eso. La cosa como que se me impuso. Fue, por así decirlo, una iluminación. Qué tonto fui... me pareció entonces que había descubierto la pólvora. Llevaba mi teorema acurrucado en mí, así como un marsupial lleva su crío en la bolsa. Pero, tal como la cría crece y al final ya no cabe en la bolsa, el teorema quiso mundo. Aunque, cuando se lo demostré a un amigo que es profesor de matemáticas, se rio de mí en la cara. «¿Por qué no te dedicas a la jardinería?», dijo. Comprendí y cerré el pico.
      En ese momento pareció que a Flávio Cerqueira le invadiese cierta melancolía. El otro comprendió e hizo un gesto compungido.
      —En fin —prosiguió Flávio Cerqueira—, tontería y consecuente desilusión, o, si lo quiere, crimen y castigo. ¿Estoy importunándolo?
      —De ninguna manera.
      —¿Entonces puedo continuar?
      —Si lo desea...
      —Tengo esta inclinación (a veces me apetece decir este sino) desde los tiempos de la escuela primaria. A causa de ella, los colegas me pusieron el apodo de Nueves, Fuera Nada, que a veces simplificaban en Nueves, Fuera. ¿Y sabe por qué? Porque no podía ver un número, especialmente un número largo, al que no le extrajese los nueves. ¿Sabe cómo es? ¿No lo sabe? 27 arroja nueves, fuera nada; 38 arroja nueves, fuera dos. ¿Lo ve? Esto era —y sigue siéndolo— compulsivo. A veces me parece que es una manera inconsciente de reducir todo lo esencial, abolir adiposidades. Vea, por ejemplo, el código de barras de esta botella: es una sucesión enorme de cifras. ¿Por qué no reducirla al máximo, es decir, a un dígito? Es sólo cuestión de extraer los nueves...
      —Sí, pero miles de códigos de barras diferentes pueden dar el mismo resultado...
      —Sí, lo sé. Y eso es lo que me impide por el momento llevar la cosa más lejos. Era una confusión del diablo, incompatible, además, con la exactitud que la matemática reclama. Pero confieso que hay una seducción perversa, algo oscuro e irracional que me empuja hacia esos devaneos.
      —¿Quiere decir algo capaz de darle sentido a la vida?
      —¿Sentido a la vida? Tal vez no tanto, pero cerca de eso. Pero déjeme continuar. ¿Quiere ver otro ejemplo con esta obsesión de los nueves-fuera? En cierto momento, aún en la primaria, me puse a pensar que los automóviles cuya matrícula dé esos nueves, fuera nada, eran buenos. No podía ver una matrícula de la que no extrajese los nueves. Un automóvil que tuviera la matrícula hn-56-46, por ejemplo, no debía de ser gran cosa, porque daba nueves, fuera tres. Ya uno que tuviera la matrícula tr-61-74 era con certeza un buen coche, porque daba nueves, fuera nada. Dedicaba horas a ver pasar automóviles y a leer sus placas de matrícula. Recluté para esta especie de cruzada a algunos colegas, que pasaron también a elegir los buenos coches de esta forma. En el fondo, era una cosa que nos divertía. Pero, bien allá en el fondo del fondo, no sería sólo eso. Era algo mágico, que nos atraía precisamente por ser mágico e irracional. ¿Usted entiende esto?
      —Confieso que tengo alguna dificultad...
      —No lo censuro por eso.
      En ese momento, Jeremías le ponía delante el tercer whisky de la noche. Flávio Cerqueira no lo había pedido, pero el empleado le conocía la medida y los timings de la sed.
      Ya ligeramente ebrio, pero no tanto como para atropellar palabras o ideas, Flávio Cerqueira prosiguió:
      —Y ahora llega el momento de la gran confidencia. Algo que puede incluso poner en peligro mi trabajo. ¿Acepta oír?
      El otro dijo que sí con la cabeza.
      —Aceptar una confidencia de éstas implica la máxima discreción. ¿Será discreto?
      —Tranquilo, seré discreto.
      —Perfecto. Vamos entonces a eso. Lo que acabo de contarle lo he contado muchas veces a otros tantos compañeros de ocasión en este bar. Lo que paso ahora a contarle, sin embargo, nunca se lo he contado a nadie. La evaluación que hago de su carácter, después de esta media hora de conversación, me alienta a descargar esta confidencia. O bien, esta confesión—. Sorbió el whisky y se acomodó en el banco, como quien se prepara para un largo viaje. —Como ya le dije, trabajo en un laboratorio de análisis clínicos. No es un trabajo particularmente interesante, y ya he querido cambiar de vida, pero creo que en esta época de crisis debo luchar para conservar el empleo. ¿Y no es interesante por qué? Amigo mío, ¿ya ha visto con qué materias primas trabajo? Sangre, orina, heces; la santísima trinidad, como acostumbro decir, sin ofensa de las creencias de nadie. Para quien, como yo, aspira a la pureza de las matemáticas, hay que aceptar que son productos desagradables de manipular.
      —Pero, por otro lado, supongo que su trabajo exige el concurso de su bien amada matemática...
      —Sí, pero no deja de ser un ejercicio sórdido, que nada tiene que ver con lo que he llamado incluso ahora la pureza de la pureza de las matemáticas. Créalo, a veces hay que tener estómago para realizar determinados análisis. ¿Ya se vio moviéndose entre muestras de heces? Nos preguntamos: ¿por qué me había de tocar a mí trabajar con el subproducto de la digestión de los demás? Entonces, sobrevuelan crisis, la propia deontología está sujeta a tentaciones. Y aquí es adonde quiero llegar, porque aquí es donde esta conversación vuelve al punto de origen, sin saber por dónde empezar. ¿Está preparado para una revelación impactante?
      —Amigo mío, con todos esos rodeos, no sólo estoy preparado, sino ansioso.
      —Pues bien. En momentos extremos de crisis, me niego a hacer la investigación de sangre oculta en las heces.
      —¿Y qué hace entonces?
      —Dejo que la matemática hable.
      —¿Cómo así?
      —Se lo explico. Cuando llega un producto fisiológico cualquiera para analizarlo, a la entrada se le asigna enseguida un número de registro. Ese número acompaña al producto durante todo el proceso de análisis. Pues bien, con esta inclinación mía hacia las matemáticas, he comprobado estadísticamente que en cada diez muestras de heces, hay en promedio una que contiene sangre oculta y nueve que no la contienen. Entonces, en esos momentos críticos, en vez de proceder al análisis, aplico lo que llamo la prueba de los nueves, fuera. Es decir: si el número de registro arroja nueves, fuera nada, concluyo que hay sangre oculta; si arroja otro valor cualquiera, considero que no la hay. ¿Lo ve? Uno para nueve, al igual que en los números de estadística. Simple, ¿no es verdad?
      El otro estaba estupefacto. Preguntó:
      —Dígame una cosa: ¿el laboratorio donde trabaja queda en la Placita del Padre Cruz?
      —Exactamente ahí. Después, cuando la crisis pasa, vuelvo al camino de la deontología y procedo a los análisis como es debido.
      Pausa.
      —El amigo debe de estar pensando: este tipo está loco, ¿no?
      —Resulta que no. Lo que estoy pensando es por qué todavía no le he roto esta botella en la cabeza.
      Y cogió amenazantemente la botella de cerveza.
      —Calma, amigo. No veo cómo esta confesión le pueda ofender...
      —¿No lo ve? Pues entonces yo se lo explico. Hace unas tres semanas, el médico de familia, desconfiado no sé bien de qué, me pidió un análisis de sangre oculta en las heces. Como vivo cerca de la Placita del Padre Cruz, me dirigí a ese laboratorio. Al suyo. Análisis positivo. El médico, alarmado, me mandó a toda prisa a hacer una colonoscopía. Hice la colonoscopía, que no arrojó nada.
      —Menos mal.
      —Menos mal, dice usted. ¿Pero ya imaginó la molestia de limpiar durante dos días el intestino, lleno de hambre, y el vejamen de que a una persona se la someta a una enfermera para que le meta un tubo por el recto? Después de su confesión, he llegado a pensar que mis heces nunca llegaron a ser debidamente analizadas, pero que habían entrado en ese banal juego de azar que sus crisis inventaron. Más que banal, estúpido, cruel y hasta criminal, señor Nueves, Fuera. Y por eso es que estoy tentado a abrirle la cabeza con esta botella, y no sé por qué no lo he hecho aún.
      —Calma, amigo. No se ahogue en un vaso de agua. Puede que no haya sido el caso. Muchas veces los análisis detectan sangre oculta en las heces por motivos fortuitos, de ninguna gravedad. Pero, aunque haya sido el caso, piénselo bien: ¿no fue un alivio recibir el informe de la colonoscopía? Además, ¿qué culpa tengo yo de que el número de registro de su análisis diera esos nueves, fuera nada? Sí, ¿qué culpa tengo yo?
      ***
      ¿Qué culpa tengo yo?
      ¿Inocente o cínica la pregunta? Desconcertante era, por cierto. ¿Pero era inocente o cínica? Probablemente inocente. El otro, sin embargo, la tomó por cínica y provocadora, y se enfureció. Alzó la botella y la rompió en la cabeza de Flávio Cerqueira, que cayó al suelo junto con el banco. Dejó veinte euros sobre el mostrador y salió. La gente levantó los ojos para ver qué había sucedido, y luego se desinteresaron: escenas como ésa, banales, no tenían potencial para producir alarma especial.
      Diez minutos después, como la sangre no paraba, Jeremías llamó al 112, pidiendo una ambulancia.

Traducción del portugués de Renato Sandoval Bacigalupo



 
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