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Furia / Patrícia Reis PDF Imprimir E-Mail

 

para Inês Pedrosa

Aquel momento extraño antecede a la llegada.
      El comienzo de una presión específica.
      El cuerpo moviéndose sin un control preciso, las manos corriendo, la espalda encorvada, la ropa prendiéndose en las cosas, manijas, sillas, brechas y agujeros de vida. Surge una velocidad originada por la nada, por el miedo. Tal vez.
      Hay, después, un ruido en las escaleras. La aceleración de todo. La puerta del ascensor, los pasos en el pasillo. Uno, dos, tres... siete en total. Pasos certeros, con firma, el peso bien dividido entre las rodillas y los pies, las caderas ritmadas. Esa marcha como una voz. No una voz cualquiera, sino un trueno amenazador, concreto, gigante.
      Se hunde en el torbellino misterioso de aquel sueño despierto en el que va a caer, caer. Y no tiene alas, no es ángel, no es pájaro, no es nada.
      Intenta reorganizar las ideas, alinearlas en un orden que pueda parecer normal, dentro del patrón de vida de los demás. Es una medida como cualquier otra. Le da una frontera de razonabilidad y, a causa de eso, se vuelve mejor, se agiganta en la miseria, se aguanta.
      Sigue entonces un aprieto. Lentamente, en el estómago, como una ligera indisposición, el dolor es una escalada en vértigo. Siente el cuerpo pidiendo para doblarse, un mohín. Se mantiene derecha. Piensa: «Es sólo casi dolor». Todo pasa dentro de contornos ridículos, abstractos, absolutos.
      La apoteosis del sufrimiento se concentra entonces en la garganta. Puede oír el latido del corazón. Son ya múltiples corazones, un músculo elástico que se ha transformado en diferentes órganos dominadores. Es una cosa animal.
      El sonido ensordece: una banda que bombea el poder de la sangre veloz en las venas y, en ese instante, llega el olor intenso del sudor. Las axilas exhalando todas las vísceras primitivas de ser sólo carne y cosas tenebrosas; un hilo de agua escurriendo, desastrado, en el valle de los senos.
      La banalidad del miedo la avergüenza. Está segura de que habría podido ser otra: enfermera, diligente empleada de oficina, auxiliar en una guardería. Le queda sólo un sentimiento de vergüenza por ser quien es, por estar donde está y, al final, por él, la presencia de él y todo lo que de ahí viene. Previendo lo peor —aun en la esperanza de lo mejor—, ella se deja estar de espaldas a la puerta. Está en la cocina, el vientre húmedo por el agua que cae del lavabo.
      Se huele.
      El miedo se huele, le habían dicho de pequeña cuando se desviaba de los perros vagabundos. Sopesa las dos hipótesis clásicas que componen la película: o él llega, bien dispuesto, la mano en la puerta de la nevera y una frase cualquiera, desgarrada, como si estuvieran hablando hace mucho; o la mano en la puerta de la nevera y el hielo rompiendo el silencio en el vaso alto.
      Un nuevo aprieto, una casi muerte. Percibe que su olor es un olor amargo que se mezcla con los guisos, el fuego siempre hirviendo, zanahorias, patatas, frijoles verdes, manchas de aceite, sal y nuez moscada. No hace nada sin una pizca de nuez moscada. Aprendió con su madre. Es un ritual que le permite rendir homenaje diario a la madre. Una mujer pequeña, persistente y tenaz. Es el mejor adjetivo que encuentra: tenaz. El sudor de la madre no tenía olor. O ella no tenía miedo.
      Todas esas cosas corren, veloces, en su mente atormentada, son segundos que definen el inicio de la noche. Pensamientos atropellados descontrolados en su cabeza como trazos al azar en un papel cualquiera, garabatos que no forman una idea concreta. Tiene un mareo. Una cosa ligera. Hay pensamientos que no puede terminar.
      Le parece, por momentos, que todo se reduce a un conjunto de manchas pesadas que se extienden por la casa, propagándose la aflicción en el pecho, el latido del corazón sin compás, desplazado, a mitad del cuello, a punto de dejar el cuerpo.
      Su miedo se arrastra por el suelo. Es un río dentro de la casa. Si el corazón no estuviera sujeto envuelto en las cuerdas vocales y en la tráquea, tal vez podría gritar. Un grito por ella, de terror por aguantar, de aviso, de guerra. Pero está así. Prohibida. Las manos en el agua, las pulsaciones contabilizando el miedo y el miedo dominándolo todo.
      Ella sabe cosas: como el hecho de que la tráquea es de diez centímetros o que la alianza se coloca en el dedo anular de la mano izquierda, porque antes se creyó que había un músculo fino que ligaba el dedo al corazón. Ella sabe atar los tomates al Diablo para encontrar cosas perdidas. Únicamente necesita un pañuelo de tela cuadrada; ata sus cuatro puntas con fuerza y dice con convicción: «Até los tomates al Diablo y sólo los desato cuando encuentro las llaves, los papeles del seguro social, el botón de esmalte verde botella...». Toma el pañuelo atado y lo coloca bajo la pata de un mueble. Para que pueda doler y ese dolor pueda motivar al Diablo para que busque lo que ha desaparecido.
      Ella sabe que eso funciona.
      Su madre lo hacía sin ceremonias. Su abuela, su bisabuela también. Se perdió el origen de ese ritual. Poco importa ahora. Sólo funciona con objetos, cosas inanimadas. Esa premisa es perentoria. Infligir dolor al Diablo no es apropiado para encontrar otras cosas; amor, paz, alegría, dinero, coraje.
      Hay otra simpatía que conserva. Ella que se entiende como historiadora de las mujeres de la familia. Llega el seis de enero, día de los Reyes. Solamente hace falta una granada madura. Se sienta en la cocina, en silencio, en una prolongación de estar sola tejiendo un misterio. Ve el cuchillo recorriendo la cáscara como una cinta infinita y le gusta el sonido repetitivo, cinta infinita, cinta infinita, cinta infinita. Separa la corteza de las bayas rosadas de la granada. Por fin, escoge tres bayas gordas y brillantes y muerde cada una bien en el centro. Dice en alta voz:
      —Gaspar, Melchor y Baltazar, me serví de esta semilla para tener y para dar.
      Junta las bayas mordidas en un billete de cinco euros y dobla ese billete hasta dejarlo pequeñito, el zumo de la granada en sus dedos de piel seca. Pone el billete en la cartera, en el espacio de las monedas, bien ordenado en un rincón. Y así, ella sabe, tiene esa certeza: el dinero no faltará. El billete se queda allí en un casi olvido hasta el próximo día seis de enero. Las bayas se pudren, claro, pero eso no importa. Son protectoras.
      Conoce otras simpatías. Para no casarse: mandar una estatua de San Antonio al río; para tener hijos... No, ésa no.
      Se considera protegida por no haber tenido hijos. Sería peor. Intenta creerlo. Muchas veces cree. Hay otras en las que se conmueve, las lágrimas abisales, y deja que todo caiga sobre ella, porque en la calle un bebé sonríe en un cochecito sofisticado, todoterreno, conducido por una madre, ¿quién sabe?, molida, pero feliz. Feliz por tener ese consuelo. Tener hijos es un consuelo. Hasta cierto punto, al menos. Hasta que no huyan de nuestra piel con vergüenza de ser ya ellos y no sólo la prolongación de quien los parió. Ella se defiende sin habilidad cuando le preguntan por qué no tuvieron retoños (tiene odio a la palabra), por qué no cumplió su papel, esa cosa grandiosa de la maternidad que confiere sentido a la vida. Incluso a la vida que no tendrá ninguna lógica. ¿Cómo definir un sentido para la vida?
      La gente la mira con una cierta pena. Tiene esa conciencia. Como si no fuera mujer suficiente, como si dependiera de ella. En esas ocasiones, se limita a exhibir una sonrisa y mira a lo lejos. Se queda a la espera de que pase, sabiendo de antemano que falta una respuesta y que de su silencio nacerá sólo incomodidad, constreñimiento y, finalmente, otra vez, pena.
      «La piedad es un sentimiento menor, se tiene de los locos, de los que andan perdidos y hablan solos».
      Ya lo decía la madre. Sabia madre. Que Dios la guarde. ¿La guardará? ¿Le perdonó el haberse perdido en certezas sin concretar nada que fuese digno de mención? La madre y las reglas definidas para todo, reglas que dan (¿darán?) estabilidad, certidumbre, educación y cultura. El marido es diferente. No juzga nada porque la vida no le enseñó eso. Le enseñó las cosas básicas de la supervivencia: el trabajo es para trabajar. Un hombre no se deja. Es mejor no hacer una lista de cosas. Si no las nombra, las fallas desaparecen. Nada de listas de quejas. La propia palabra —queja— se aisló del vocabulario, está silenciosa y quieta, sin estatuto o vida. Hay otras cosas que considerar. No es necesario entender el papel de ella en la cocina contaminando el planeta con su olor agrio, mientras oye y percibe que la llegada del marido es inminente. No es necesario porque no sirve de nada.
      Un hombre fuma y bebe, no llora ni pide. Paga las cuentas y verifica el dinero. Cierra la puerta del cuarto de baño. Siempre. Compra ropa una vez al año. Usa el mismo tipo de zapatos. Arregla las cosas en casa. Ella intenta no pensar en escenarios alternativos. Nada de sueños, nada de fantasías.
      —¡Deja esas revistas, qué mierda! ¿Quién te manda leer esos libros? Sólo gastas dinero en pura mierda.
      Ella sueña con las extensiones de pelo de la presentadora del concurso de la televisión; siente los dolores de la otra que fue cambiada por el marido seis meses después de un matrimonio majestuoso en una quinta cualquiera; se conmueve con el nacimiento de la hija de la top model; intenta imitar a la actriz de la telenovela de la noche; le gustaría vestir, al menos una vez, una pieza de lencería de seda muy fina. Todo eso sucede en su cabeza antes de hacer la cena, las revistas ocultas de la mirada de él.
      La mesa está puesta y él se arrastra con el vaso en la mano hasta el sofá gastado. Ella se atreve:
      —Un día voy a cambiar de sofá.
      —Ni lo pienses, éste ya tiene el hueco de mi culo.
      Son cosas así. Agresiones que la limitan, la aprisionan, la desfiguran, la destruyen con enorme eficacia.
      Él la convierte en un conjunto de cosas sin nombre.
      Ella sabe todo eso y sabe aún más cuando ve que las horas pasan, horas torturadas por telenovelas que se repiten, los mismos rostros, las mismas voces. El ronquido de alcohol en el sofá.

 

La cocina está ordenada. No le falta nada más, la luz de la televisión tragando su tristeza y ella perdiendo la noción de sí misma, lista para ser una princesa, alguien, otra que nadie conoce. Una mujer, por fin. La madre le decía que las mujeres son para desconfiar, tienen hormonas diferentes cada veintiún días y, por eso —sólo por una inevitabilidad biológica— no son fiables.
      «Somos lo que somos. Y tenemos que aguantarlo».
      Muchas veces se sienta en el sanitario para ver las cosas del cuerpo, la sangre castaña y roja flotando en el agua sin un destino que no sea el desagüe. Está vacía. Su cuerpo está y siempre ha estado vacío.

 

El viernes hacía calor. Él llegó con el humor del cansancio y de quien ya venía bebido. No dijo nada. Fue a la nevera, abrió una botella de cerveza negra y empezó a vaciarla allí mismo en la cocina. Ella se quedó mirándolo por un instante.
      —¿Estás mirando a dónde? Mira que yo hoy...
      Volvió el rostro hacia el pedazo de carne asada en la tabla de madera, carne lista para rebanar. Vio el cuchillo, la película y su falta de coraje, las piernas flácidas y ese olor. El cuerpo traidor, exhalando miedo por todos los poros. Cortó las rebanadas de carne muy finas y fue picoteando, como un pequeño pájaro, los restos, las hilachas de carne que se deshacían en el cuchillo contra la tabla de madera. La puerta de la nevera se abrió de nuevo. Se sentía su cuerpo pasando el umbral de la puerta, un mal viento.
      Oyó entonces el arrastre de la silla de madera y el peso de él a la mesa, esperando. Salió de la cocina con el plato listo y lo colocó frente al hombre, sin la mirada, los ojos fijos en la mesa, en el mantel con flores que compró, hace cuánto tiempo, en el supermercado. Regresó a la cocina y continuó haciendo una comida de pájaro. Miró a la ventana. Lo vio, sin ver, tomando el control del televisor, el volumen agrediendo los oídos, las noticias.
      «Fuego en un edificio de ancianos mata a tres personas; el niño desaparece después de ser agredido por el padrastro; más de trescientas personas serán despedidas hasta el final del mes en una fábrica en el norte; la huelga de los enfermeros...».
      No necesitaba ver nada, allí de espaldas, en el palacio de la cocina, allí estaba ella, simplemente imaginando la maldad del mundo impresa en los ladrillos con grasa y gotas de sopa que limpiar. Él protestaba alto sobre los comentarios del analista del telediario del viernes por la noche.
      —Este tipo es tonto... se está viendo...
      Otra vez, el sentimiento de vergüenza que la invadió era más grande que el miedo. Sintió que los hombros se desplomaban, el dolor persistente en la espalda. Masticó con calma la carne y cogió el cuchillo. Jugó con él por instantes. Sin pensar mucho. Los otros sonidos desaparecieron, la televisión, él comiendo, los cubiertos en el plato. Contó hasta mil.
      Era tarde. No quería llevarlo a la cama. Su cuerpo pesado contra el suyo. No quería oírlo con su voz pastosa diciendo tonterías, diciendo nombres. La agresividad se concentraba en los ojos pardos. Eran los gestos de guerra, la guerra de los dos. Gestos casi matemáticos.
      ¿Cuándo empezó la guerra? Ya ni se acuerda de ello. Un día, la mano en la nevera, la botella vaciada o, entonces, el vaso de siempre. Dependía de la urgencia del alcohol. Entonces, estallaba. Un grito, una desconsideración, un despropósito. En ese momento, ella todavía hablaba. Todavía intentaba decir y argumentar, pacificar, aceptar y, al final, pedir disculpas. Siempre pedía disculpas.
      Comenzó de cualquier forma y no importa si fue ayer o si fue exactamente hace diez años porque nada más cambió. Una sucesión de desengaños y pequeñas tristezas que provocaron lentamente un final que ella entendió como un castigo. El castigo que no lleva a ninguna especie de paz. Entonces, el tiempo fue royendo la bondad y la creencia. Todas las noches, sin excepción, ella pone la mano en el codo de él para enderezarle el cuerpo, evita la mesa y los vasos, hace que él no tropiece, no se aleje, se dirige al cuarto. Y ahí, siempre en la oscuridad, su mano en la blusa de ella, los dedos gruesos:
      —Nunca fuiste buena. Podías ser buena.
      Su cuerpo, por fin, en la colcha. Y los zapatos que no quieren salir, los pantalones apretados, la fuerza para levantarlo un poco más, él gritando:
      —Déjamelo así, mierda.
      Ella, paciente, silenciosa, trabajando con las manos, los botones de la camisa, el cierre de la chaqueta de punto. La bragueta resistente. La barriga de él hacia arriba, ella a los pies de la cama de fierro jalando los pantalones, los calzoncillos arrastrados también, el sexo flojo. Muerto.
      Sin ninguna conmoción. Las cosas en su cuerpo. Eso que lo hace humano, venas, articulaciones, vello, piel, ruidos. A veces le siente la comida subiendo a la boca, pero nunca llega a vomitar.
      Si pudiera querer despojarlo de todo lo demás. Pero no es ni siquiera capaz de pensar en ello. Eliminar su pequeñez, la falta de mundo, la bebida, la vida. Podría incluso matarlo, como vio en una serie policial. La prisión no sería muy diferente.
      Podría todo eso. Los pensamientos se cruzaban con rapidez porque, ese viernes, se imaginó que todo realmente podía suceder. Él ya dormía en el sofá desde hacía mucho. En la televisión apareció una señora pequeñita, una señora con un chal en los hombros, que le habló expresamente. La señora, una escritora, estaba allí hablándole sólo a ella. Está segura de ello. Disparó frases simples y concisas, mirándola a los ojos, sólo a ella, directamente.
      Hubo un silencio y, después, en la inmensidad de la noche, dentro de aquella luz blanca azulada de la televisión, la escritora se volvió hacia ella y añadió:
      —Las mujeres pequeñas inspiran un sentimiento de vaga hostilidad, como si pertenecieran a una raza diferente.
      Entonces, como una llamada, ella encaró al marido en el sofá, el vaso encima de la mesa, junto al cenicero inmundo, el paisaje de la sala por completo como una novedad, y consideró que era verdad, la escritora tenía razón. Ella, como otras, era de una raza diferente. Y no era la madre. Nunca sería la madre. Su molde es otro, con algunas semejanzas, como las piezas de porcelana con defecto, pero diferente. No le importa. No tiene que aguantar nada.
      Sin furia, ya tranquila de su ímpetu de fuga, suspiró y repitió la frase de la señora del chal. Como una oración aprendida de pequeñita, un ritual, una cantilena, un confort.
      Optó por dejar a su marido en el sofá comido por el tiempo, un sofá con vagos dibujos de cornucopias, verde, rojo, amarillo tostado. Lo miró en su esplendor miserable una única vez y apagó la televisión. Por instantes, pareció que su salida era para siempre, como si se hubiera diluido en el aire, transparente. Como si fuera a cambiar de vida sólo por haber decidido no llevar al marido embriagado a la cama de matrimonio, allí mismo, al fondo del pasillo.
      En la habitación, cambió la cama, sábanas blancas de algodón puro, suaves y pueriles. Todo estirado, impecable, sin arrugas o imperfecciones. Admiró con calma la obra hecha y empezó a planchar la ropa: el delantal de la cocina de un verde intenso, un vestido verde con flores que había sido de la prima Blica, el sostén color carne, los calzones altos, los zapatos negros de entrecasa, zapatos negros para poner, para caminar en casa, las minimedias de mousse hasta la rodilla. Dejó que las manos recorrieran su cuerpo y no le importó la ventana abierta, con las persianas sin bajar. Había una brisa ligera. Las manos tocaron los senos con suavidad, los pezones firmes, movimientos circulares. Después la mano derecha en el sexo suave, los dedos dentro de sí, dos dedos sólo, entrando y saliendo, los ojos cerrados. Aguantó el orgasmo sin emitir un ruido, el cuerpo se dobló involuntariamente en dirección a la cama. Retiró la mano y se olió. Largo rato. Sin vergüenza.
      Se acostó entonces desnuda en el calor de la noche.
      En el centro de la cama hizo de estrella del mar: abrió las piernas, extendiendo los pies, las puntas de los pies queriendo llegar a la pared; los brazos abiertos en tensión, con la posición de Cristo.
      Miró la lámpara de cristal verde en el techo, la penumbra de la habitación toda multiplicada en minúsculos formatos de vidrio. Las sombras jugando en una boda con las escasas luces de la calle. Se sintió dentro de una cápsula protectora, fuera de su mundo, sin miedo. Repitió en voz alta la frase de Agustina Bessa-Luís sobre las mujeres pequeñas y la diferencia:
      —Las mujeres pequeñas inspiran un sentimiento de vaga hostilidad, como si pertenecieran a una raza diferente.
      Se sintió bien.
      Por primera vez, después de mucho tiempo, de tanto tiempo, se sintió bien.

Traducción del portugués de Renato Sandoval Bacigalupo


            La frase citada en este cuento es de Agustina Bessa-Luís y está en el libro As fúrias, Ediciones Guimarães, p. 47.


 
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