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La historia del Joca / David Machado PDF Imprimir E-Mail

En aquel tiempo yo no quería escribir nada. Era agosto y yo tenía catorce años, y lo único que quería era colgar una cuerda del puente, bajar el camino hacia el río y luego subir a pulso esos cuarenta metros con cuerda, únicamente para sentir que toda la gente de abajo estuviera mirándome, sobre todo las chicas con la piel aún mojada extendidas en toallas de playa en las enormes peñas escaldadas por el sol. Quería que esa hazaña gloriosa fuera comentada en los cafés de la aldea esa noche y durante el resto del verano. Año tras año, ese acontecimiento sería recordado con asombro y gala y rápidamente conquistaría un lugar en la lista de leyendas e historias que se cuentan por las noches, al lado de las moras encantadas, de los tesoros de las invasiones francesas enterradas en las laderas y del hombre que conversó con una cabra a la medianoche detrás de la iglesia. Yo quería ser más grande que el tiempo. Yo quería ser como el Joca, que un día subió aquella cuerda solamente con la fuerza de los brazos y, al llegar allá arriba, exhausto, si no cayó fue porque dos amigos lo sujetaron a tiempo.

      Cuando le conté a mi abuela lo que había sucedido en el río aquella tarde, como si pudiera adivinar el futuro, ella dijo:
      —Ese chico tiene talento para hacer burradas y sólo hace lo que le da la gana. Un día le va a ir mal.
      Era verdad. Al Joca se le metía una idea en la cabeza y no se tranquilizaba mientras no la hacía realidad. Una vez, en una noche tibia y sin viento, la plaza de la aldea estaba llena. Había gente sentada en los muros de granito y, a la puerta de los cafés, los niños corrían de un lado a otro con helados en la mano. Entonces la campana comenzó a tocar. No la grabación con el Ave María y las campanadas de las horas, sino la misma campana en la torre de la iglesia que estaba cerrada y con las luces apagadas. Alguien consiguió la llave y abrió la puerta que daba a la nave. Sin embargo, la campana seguía tocando y mi hermana y las amigas decían que eran fantasmas. Esa hipótesis se hizo más real cuando entramos en la iglesia y no descubrimos a nadie adentro. Por fin la campana se calló, pero continuamos buscando. El Joca apareció a mi lado y dijo:
      —No encontré a nadie. Los cabrones huyeron.
      Sólo al año siguiente se descubrió que aquel día, unas horas antes, él y el Zé do Costa habían atado un hilo de pesca a la campana y estaban sentados en la cerca de la Casa del Capitán Mayor, del otro lado de la calle, tirando de él. Es posible que haya sido en ese momento que los más viejos de la aldea decidieron que el Joca era el Diablo. No sé. No me acuerdo. Recuerdo la pena que sentía por no haber estado al lado de él tirando del hilo.
      Siempre que podía, le observaba los gestos y las palabras, buscando aprender bien las reglas de aquella rebeldía que él llevaba a flor de la piel. Y la aversión que rápidamente los adultos desarrollaron en relación con él me llevaba a creer que mi admiración tenía sentido. Un día, durante un paseo por las orillas de la represa, el Joca nos convenció de robar una barca. Éramos doce y en medio de la represa la barca empezó a hacer agua, algunos de nosotros saltamos para que no se hundiera y nadamos unos trescientos metros hasta la orilla, donde el dueño de la barca estaba con un fusil, esperándonos. Después de saber lo que había pasado, mi madre me pidió que no volviera a meterme en los líos armados por el Joca.
      Sin embargo, justo la noche siguiente, Miguel y yo subimos al coche del Joca para ir a beber unas cervezas en una aldea vecina. Al regreso, el Joca dijo:
      —¿Quieren ver cómo corre esto?
      Pisó el acelerador con fuerza y, en una recta de quinientos metros, el puntero de la velocidad llegó a los ciento sesenta kilómetros por hora y el carro derrapó en el alquitrán para hacer las dos curvas de noventa grados desde el puente. Yo iba en el asiento de atrás y por un instante creí que íbamos a morir. En medio de la maniobra, el Joca encontró tiempo para atisbar por el retrovisor: vi el goce en sus grandes ojos verdes y me di cuenta de que nunca podría ser como él, por el mero hecho de que me faltaba aquella atracción por el abismo.
      Su fama creció. Cuando algo malo sucedía y no había culpables, el culpable era el Joca. El agujero en un tejado provocado por una piedra del tamaño de una arepa. La carreta de bueyes que una mañana alguien encontró incrustada en la fuente de la plaza. Las enormes piedras de granito del muro en el borde de la carretera que fueron a parar allá abajo, destruyendo parte de los viñedos del viejo Beca. Como si tuviera voluntad de asumir hasta los crímenes que no había cometido, el Joca nunca trató de defenderse. Tal vez ya supiera lo que iba a pasar y sintiera que no valía la pena convencer a nadie de lo contrario.
      Después, una noche, cerca del final del verano, estábamos todos en la terraza del Café Linterna. El café iba a cerrar y alguien soltó al aire la idea de ir al río a encender una hoguera. Nos levantamos todos. Yo dije que iba a casa a buscar la guitarra y que los alcanzaba a la salida de la aldea. El Joca dijo que venía conmigo y eso fue increíble. Era muy raro quedarse a solas con él, siempre había gente, casi siempre chicas. Salimos de allí y yo imaginé al resto del grupo viéndonos subir la calzada y desaparecer en la oscuridad. En aquella época, todos los quinqués de las calles se apagaban al mismo tiempo a la medianoche, como un hechizo, y era casi como si no existiésemos. La única cosa que teníamos eran las voces.
      —Huevón —dijo el Joca—, tengo una idea.
      Y yo sabía que debía quedarme callado, pero al mismo tiempo quería saber.
      —Dime.
      —Vamos a entrar en la casa del Mudo y a pegarle un susto.
      El Mudo era un viejo que paseaba por la aldea con su traje andrajoso y una bolsa al hombro pidiendo comida y dinero. Los niños se divertían a costa de él imitando los gruñidos que usaba para comunicarse, los empleados de los cafés lo espantaban cuando aparecía pidiendo vino. Vivía en la casa contigua a la casa de mi abuela y a veces oía sus refunfuños incomprensibles a través de las paredes. Ya en ese tiempo, yo sabía que no pasaba de ser un pobre desgraciado. Sin embargo, le tenía miedo.
      —¿Y si nos oye? —pregunté.
      —No seas cobarde —me dijo el Joca cuando paramos delante de la puerta del Mudo—. El tipo también es sordo.
      Después me puso en la mano un encendedor. Y no sé lo que me asustaba más: entrar en la casa del Mudo o ser atrapado por mi abuela haciendo eso. Prendí el encendedor. El Joca sacó del bolsillo la navaja y, alumbrado por el tenue destello de la llama, buscó a tientas hasta encontrar la cerradura vieja y herrumbrada. Yo ya lo había visto hacer lo mismo con cerraduras de automóviles y, en menos de treinta segundos, la puerta se abrió.
      Él sacó otro encendedor del bolsillo, lo prendió y luego empujó la puerta y la oscuridad a nuestro alrededor se mezcló con la de la casa. El Joca entró primero. Sus pasos rasparon en el suelo de tierra, él avanzó y muy rápidamente el resplandor de su encendedor desapareció en la oscuridad.
      —Joca —susurré.
      No respondió. Yo entré en la casa. Había un olor punzante a orina flotando en el aire. Alcé el encendedor y el espacio se iluminó, cajas de cartón, una moto despedazada, dos sillas de madera, una de ellas sin tapa. Además, las paredes manchadas. Volví a llamar al Joca, y nada. Acerqué el encendedor a la pared a mi derecha y me di cuenta de que las manchas eran, en verdad, palabras. Estaba todo escrito, desde el suelo al techo, algunas frases completas, pero, sobre todo, palabras sueltas. No había mucha lógica en nada de aquello, tanto que no tengo memoria de nada de lo que estaba escrito ahí. La única cosa que recuerdo es que todas las paredes, las jambas de la puerta y los barrotes que sostenían el techo estaban llenos.
      El Joca apareció de repente diciendo:
      —El tipo viene. El tipo viene.
      Salimos corriendo y yo no vi al Mudo. Y es posible que la única persona a la que el Joca quisiera realmente asustar fuera yo. Pero no importa. Porque la imagen de esas palabras en las paredes se metió para siempre en mi cabeza y mi voluntad de darles sentido me acompaña hasta hoy. Mientras bajábamos por la carretera hacia el río para ir con los demás, fui repitiendo al Joca las cosas que había leído en la casa del Mudo, siempre diciendo que necesitaba leer más para entender mejor. Porque tal vez eso lo explicaría todo. Tal vez la vida de aquel desgraciado estuviera toda escrita allí en esas paredes. Tal vez faltara únicamente quien las leyera para darle sentido a la existencia. Hablé sin parar, hasta que el Joca me dijo:
      —Huevón, cállate un rato. Me estoy quedando con los oídos desollados.
      Al verano siguiente, supe que el Mudo había muerto y que nadie entraba en la casa desde hacía varios meses. Además, alguien contó que el Joca no aparecía en la aldea desde la Navidad porque los padres, hartos de sus pequeñas delincuencias, le habían prohibido pasar vacaciones en la villa de la familia, con piscina y vista al Gerês, a la entrada de la aldea. Sin embargo, ya casi a fines de agosto, el Joca apareció una noche y estuvo con nosotros en la terraza del Café Deportivo bebiendo y riendo hasta muy tarde. En determinado momento, se sentó a mi lado y me preguntó por mi prima, de la que algunos años antes había sido novio. Después habló durante mucho tiempo sobre la vida de portero de una de las discotecas más famosas de Braga. Y por fin dijo:
      —Huevón, ¿qué harías si alguien te diera veinte contos para ir a buscar un paquete a Vigo?
      —¿Qué hay en el paquete? —pregunté.
      —Eso no puedes saberlo. ¿Qué harías?
      Me reí y no llegué a darle una respuesta. Poco después se fue. Ésa fue la última vez que lo vi. Al verano del año siguiente me contaron que la policía había estado detrás de él porque creía que pasaba la frontera con droga, armas y mujeres, y que en cierto momento le perdió el rastro. Uno o dos años más tarde, acababa de llegar de la escuela y Miguel me llamó para contarme que habían atrapado al Joca después de perseguirlo a alta velocidad por la carretera apretada y llena de curvas que va desde Braga hasta Chaves. Él se había atrincherado en la casa de los padres y la policía había tenido que entrar ahí por la fuerza. No dije nada. No había nada que decir, siempre todos supimos que eso iba a pasar.
      El Joca estuvo preso varios años y después de eso no sé lo que le sucedió. Los padres, avergonzados, vendieron la vivienda y hace muchos años que no aparecen en la aldea.
      De vez en cuando, pienso en él y en aquella época efervescente, cuando todos creíamos que el mundo entero estaba hecho de plastilina para moldearnos a nuestra medida, cuando todos los caminos eran posibles. Menos el Joca, que nunca dudó de que tenía toda la vida escrita de antemano. Y no entiendo cómo él, el más rebelde de todos nosotros, nunca fue capaz de rebelarse contra el destino. Como si nunca le hubiera pasado por la cabeza que es posible cambiar el futuro.
      De la misma forma que, durante muchos años, no me pareció posible cambiar el pasado. Pero ¿por qué no? Lo que siempre estuvo escrito puede ser reescrito y todavía estoy a tiempo de salvar al Joca. Por lo demás, este cuento es eso: un rescate. Algunos de los acontecimientos que acabo de narrar sucedieron de verdad, otros no, y lo que estaba escrito dejó de estar. Y quizás la próxima vez que cuente esta historia, el Joca sea capaz de escaparse de la policía. Quizás la próxima vez ni siquiera lo busquen. Tal vez un día cuente la historia de cómo los dos entramos en la casa del Mudo para leer las paredes y rescatar a aquel hombre del fondo de la miseria y del olvido.

 Traducción del portugués de Renato Sandoval Bacigalupo



 
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