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Enséñame a volar sobre los tejados [fragmento] / João Tordo PDF Imprimir E-Mail

10. Ludmila & Saburo (1985)

Perdón, dijo la mujer, yo no saber prender luz, y fue entonces que el hombre, recién despertado (tenía en los ojos la película con que la gente regresa de los sueños), atravesó el corredor y presionó un botón. Las lámparas zumbaron, las luces se encendieron. La mujer sonrió, parecía tímida, pero era sólo el cansancio, se había levantado en la madrugada, tan temprano. El vecino del embajador se ajustó la bata con un gesto delicado y le preguntó: ¿Puedo ayudarla? Y ella respondió: Estoy buscar casa señor Tsukuda. Ah, está en el piso de arriba. La mujer pidió disculpas, agradeció, hizo una especie de venia desproporcionada, a fin de cuentas el hombre era alto, tan hermoso y elegante, treinta años, pelo corto, prematuramente gris, pero lo que denunciaba su estatus era el pijama de lino. Pese a su escasa educación, Ludmila sabía perfectamente que lo que distinguía a un hombre de otro era la vestimenta; le bastaba pensar en los príncipes y en las reinas de otrora, y en la plebe que los veneraba, los cerdos y mal vestidos.
      Subió otro piso. Qué silencio, pensó, en su lengua. Qué agradable era el olor de las escaleras de madera antigua, encerada, sólo gente de bien y afortunada podía vivir en un lugar así. Atravesó el umbral y, al detenerse junto a la puerta del embajador, buscó la llave en la cartera, la encontró, por fin la metió en la ranura y, al sentir que se deslizaba en la puerta, cerró los ojos por un momento. Dio un paso adelante y entró en el apartamento. Al abrir los ojos, descubrió que en el hall había un espejo de cuerpo entero al lado de una percha, donde reposaba una chaqueta de hombre de paño marrón claro, con botones negros. Le provocó sonreír, y sonrió; se fijó, como era habitual, en la pequeña abertura que tenía entre los dientes delanteros, era una cosa de niños, la abuela de Orhei solía decirle que servía para que el alma respirara. Ludmila cerró la puerta y avanzó hacia la sala. La luz nacía lentamente del otro lado del río, pero ya bendecía el edificio. El techo era alto, el espacio amplio, con sofás rasos, de ángulos rectos, y una mesa central donde reposaba un exquisito servicio de té. Escuchó el eco de sus pasos, el crujido de las suelas de las zapatillas. En una de las paredes había tres cuadros; en cada uno, sobre un fondo blanco, una letra del alfabeto japonés. Junto a la gran ventana, un bonsái de hojas rojas, que reposaba en una mesita de caoba. Afuera, Lisboa. Pero lo que captó la mirada de Ludmila fue la larguísima espada colgada en la pared. Fascinada, se fijó en la ligera curvatura del sable, en el mango con grabados de samuráis, campesinos y dragones. Sabie, dijo Ludmila e, incauta, llevó el dedo índice de la mano derecha al brillo de la hoja y lo pasó por su filo, sin reparar que, en ese pequeño gesto, ya caían gotas de sangre en el suelo de madera encerada.

El señor Tsukuda tiene doce batas, seis de ellas de seda, las otras seis de lino y algodón turco. Tiene diez pares de zapatos oscuros y dos pares de zapatillas de carrera; siete corbatas, nueve camisas blancas y cinco pares de pantalones. Considerando el tamaño de esa indumentaria en el armario, que es de puertas corredizas, enclavado en la pared del espacioso cuarto, el embajador es un hombre de tamaño mediano, ni alto ni bajo, y bastante delgado, concluye Ludmila. Nunca le oyó la voz. Únicamente habló con una mujer portuguesa, algo rudo, impaciente, que solicitó sus servicios desde hace mucho tiempo. Yo no poder sólo dos días, dijo Ludmila, y la mujer respondió: Le pagamos todos los días, a lo que, incrédula, replicó: Verdad no poder ser, y la mujer terminó diciendo: Venga aquí a buscar la llave. Dos días era un día más de lo que aquella casa necesitaba. La cama hecha, la ropa lavada, los únicos indicios de haber estado alguien ahí eran la taza y el plato dentro del fregadero (ambos lavados, pero fuera de su sitio) y un par de pantuflas que yacía en una estera japonesa entre el sofá de la sala y la pequeñísima pantalla de televisión, que, a esa hora, con el sol abriéndose entre las nubes, reflejaba el esplendor del arma. Ludmila cogió las pantuflas y no pudo dejar de reír: dos peces azules, en fieltro, con aletas amarillas. Al recogerlas, llevándolas a la habitación, se acordó de la niña, y eso le produjo un poco de tristeza, pero no logró dejar de sonreír al pensar en el embajador dormido en el sofá, tarde en la noche, con los peces enfundados en los pies y la cara de japonés aturdido por el sueño.

Sushi, pensó. Los japoneses disfrutan de pescado crudo, algas, salsa de soja, sake, jengibre y lichis. Atrofian los árboles para que quepan dentro de casa; hunden espadas en el vientre cuando ya no pueden soportar el dolor del arrepentimiento o del deshonor. Son un pueblo extraño, y no había ninguna razón para que ella, que era del Este, pero no tanto como los japoneses, se compadeciera de esa vida de lujo. En un afán de dejar todo listo, pasó el plumero por todos los muebles, aspiró todas las divisiones, echó un poco de agua en el bonsái, cambió la ropa de la cama y, al final, habiendo comprobado que en el apartamento entero no había sombra de polvo, ni de pelusa, ni nada fuera de su sitio (cambió de lugar tres veces el cepillo de dientes), salió del apartamento y golpeó con la puerta, furiosa con el atrevimiento del señor Tsukuda. Esa noche, acostada al lado de Yaroslav, que roncaba y no la dejaba dormir, se puso a llorar. Qué raro que las lágrimas sean saladas, pensó Ludmila, debían ser dulces, porque dulce es también la razón por la que lloro. La niña, que hoy sería casi grande, habría sido una gran ayuda en el trabajo. Una cosa era limpiar el apartamento de la calle de Arriaga, qué misión tan fácil, qué sitio tan hermoso; y otra cosa muy diferente era limpiar la escuela donde trabajó durante un año, desatorar los sanitarios y vaciar los grandes tachos de basura llenos de porquería, habría sido útil, tan útil, haber tenido la niña consigo, pero quien la tenía era el silencio, la noche. Así, cuando Yaroslav se volteó en la cama, el estertor se hizo menor y, finalmente, Ludmila pudo soñar. Corrió por un confuso jardín de arbustos minuciosamente podados, que formaban un laberinto. Huía, perseguida por un hombre que empuñaba un sable pero que sonreía mucho, era el embajador, en su estera se agitaba una bata de seda con un dragón pintado.

Señor Tsukuda, no hay ninguna razón para desconfiar de esta mujer. Es trabajadora, se presenta puntualmente, se distingue por su discreción. Fíjese qué bella es: los ojos tiernos, los suaves ángulos de la cara, el espacio entre los dientes. Está dispuesta a trabajar y a ser suya, exclusivamente suya, durante el tiempo que sea necesario, planchará sus camisas y limpiará el polvo de los muebles y nunca pronunciará una sola palabra que usted pueda entender, porque fue instruida por mí para que no se dirija al señor embajador, que probablemente nunca llegará a conocer. En caso de que necesite hablar, indíquele que lo haga en su propia lengua, en voz baja, un murmullo, una queja solitaria, y nada más. Esto habrá sido, poco más o menos, lo que la señora impaciente de la agencia de empleadas domésticas dijo al embajador. Pero Ludmila no necesita hablar porque el señor Tsukuda nunca está en casa. El jueves de la primera semana entró en el apartamento y se dirigió enseguida al balcón, había que regar las plantas y luego encerar las maderas, era un trabajo moroso, de paciencia, ¡pero qué recompensa obtenía! El día estaba caliente. Qué suerte poder estar allí, tener un lugar privado, sólo suyo, con una vista magnífica sobre el río de aguas turbias. Cuando regresó a la sala, observó que, sobre la mesa rasa, al lado del servicio de té, había una flor. No, no era una flor; eran varias, en un ramo, flores de cerezo, floare de cires, sakura, y, junto a las flores, sobre una servilleta, un curita, de esos más delgados, que servían para un corte superficial o para un dedo ligeramente mutilado por la hoja de un sable. Ludmila se sentó en el sofá y, sintiendo que la respiración fluía dentro de sí como el viento bajando por los acantilados, abrió la envoltura del curita y lo colocó en el corte que, entretanto, se había convertido en una levísima cicatriz.

Los martes y los jueves pasaron a ser días diferentes de un día de trabajo. Normalmente, en los días laborables, Ludmila se levantaba a las cinco y media y, tratando de no despertar a Yaroslav, se vestía, comía pan y tomaba el primer autobús en dirección a Lisboa. Sentía los huesos atravesados por la náusea, la cabeza le pesaba toneladas, y nada servía para mitigar la sensación de que, por más que trabajara en la vida, los días nunca serían más fáciles. Porque eso había cambiado. Los días de trabajo, que eran dos, la veían levantarse aun antes del despertador y, con una alegría disimulada, tomar el mismo autobús de siempre, atravesando, con la perspectiva de una felicidad venidera, las mismas calles de siempre, parando en la confitería para tomar un café con leche y comer una tostada mientras, dentro de sí, crecía el temblor de descubrir lo que el señor Tsukuda le había dejado en el apartamento. Las gotas de sangre habían producido flores y un curita; un arete voluntariamente perdido había dado origen a un abanico con imágenes del fleco japonés, que Ludmila había guardado, plegado, en la cartera; y la semana anterior, un mechón de pelo, estratégicamente colocado en el alféizar de la ventana que daba al Museo de Arte Antiguo, tuvo como retorno, delicadamente doblado dentro de una caja de cartón con una cinta roja, un quimono de satén, la pieza más hermosa de vestuario que ella nunca había tenido, con imágenes de un guerrero persiguiendo a un dragón por entre cálices de flores. Distraída, Ludmila subió las escaleras del edificio y, al acercarse a la puerta del apartamento, ésta se abrió sola, y el hombre del pelo gris, el cónsul, surgió y le dijo: Buen día, a lo que ella respondió, asustada: Lo siento, yo ir equivocado, subir. El hombre le lanzó una sonrisa generosa y se quedó mirándola mientras Ludmila subía al otro piso y, después, oyó sus pasos avanzando hacia el apartamento del embajador con las llaves en la mano derecha, que temblaba ligeramente.

***

Perdón, dijo la mujer, mientras se quitaba la ropa, pero no hablaba con nadie, hablaba consigo misma, el apartamento parecía aguardarla con una vibración expectante. Ludmila husmeó el aire como si detectara algo, un raro vestigio, y se acercó al abrigo de paño colgado en la percha. Acercó la nariz a la tela; el agua de Colonia del embajador en la prenda. Se puso el quimono de satén, abrió el abanico y caminó por el hall. El espejo de cuerpo entero estaba, inusualmente, colocado en medio de la sala, que la luz de la mañana alegraba con un chorro que doraba el apartamento. El bonsái respiraba, el balcón se regocijaba con la llegada del día, las buganvillas se esparcían, satisfechas, sobre los muros de la ciudad. Al lado del espejo había un tazón de porcelana, con agua; al lado del tazón, polvo de arroz y un pincel con un mango de bambú. Ludmila se sentó en seiza, reposando las nalgas en los talones. Sumergió el dedo en el tazón de agua, después en el polvo de arroz, y lo llevó a la cara. En el espejo se vio trazando una línea blanca en la piel, desde la mejilla derecha hasta la barbilla. Le gustó lo que vio y luego preparó la mezcla, arrojando el polvo de arroz en el agua y revolviendo lentamente con el pincel. Algo zumbaba apenas, era el frigorífico, concluyó y, entrecerrando los ojos, empezó a pintarse la cara de blanco con pinceladas largas y vagarosas. Imaginó, en cierto momento, que la niña estaba allí; que, calzando los peces, se había puesto detrás de ella y le peinaba el pelo en shimada, las manitas de ella separando mechones y maniobrando ganchos y astiles. Cuando terminó, Ludmila dejó el pincel sumergido en el tazón. Miró al espejo y dijo: Qué bonita, parezco de porcelana. Tomó el abanico, lo abrió y lo sacudió lentamente. Fue en ese momento que oyó que la llave entraba en la cerradura de la puerta. El corazón se detuvo por un instante, al mismo tiempo que el pestillo cedía y la madera empezaba a crujir. Se irguió unos centímetros, pero después pensó: Señor Tsukuda. Y dejó reposar de nuevo las nalgas, cerrando los ojos, mientras los pasos de él avanzaban por el pasillo.

Traducción del portugués de Renato Sandoval Bacigalupo



 
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