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La costura / Isabela Figueiredo PDF Imprimir E-Mail

Era el final de la tarde. Regresaba a casa después de un día más de cautiverio. Paré en la fila del semáforo. El motor del carro se apagó. ¡Qué nostalgia de los carros antiguos! Respiré hondo. Sentía un cansancio justificado por la presión del final del año lectivo. La entrevista con el director del colegio había sido media hora antes. El menso me había llamado para anunciar que la disminución de alumnos inscritos en el próximo año obligaba a reducir las actividades extracurriculares. «El consejo pedagógico decidió que excluiremos las artes escénicas. Quedarán sólo las deportivas, que pueden ser impartidas por el profesor Deodato. Comprenderá usted, maestra, que en estas condiciones no hay lugar para la renovación de su contrato». Claro que comprendía. Para los encorbatados de este mundo las artes escénicas serán siempre la segunda opción. El deporte es lo que es. Jugadores de futbol, de basquetbol, atletas patrocinados por empresas de audio y video, de material deportivo, bancos y supermercados. Un mundo sin llama ni llanto. Camino que no conoce el nombre ni sabe para dónde va. Una persona que escogió el teatro como profesión ya debería estar habituada a la inestabilidad de los mercados, pero ¿quién se habitúa a vivir con el corazón en las manos? Me sentía aturdida. Confundida. Del colegio llegaría apenas un mes más de salario y había que buscar nuevo trabajo. Ya no tengo la energía de los cuarenta, por no decir la de los treinta o la de los veinte. Tengo derecho a sentirme cansada de la guerra. ¿Dónde podré inscribirme para quedar entre bastidores gestionando la batalla de los nuevos guerreros?
      Me distraje un poco, mirando alrededor, mientras no cambiaba el verde. Choqué con los ojos en una tienda de enseres femeninos, como se decía cuando era niña. Un lugar que es una caverna de Ali Babá llena de lanas, hilos para coser, bordar, tejer, hacer crochet, agujas de todo tipo, botones, listones y encajes. Toda la parafernalia que permite construir lo que es bello y útil. Contemplé pausadamente y pensé: «¿Cómo es que, en una época acelerada, estas tiendas aún sobreviven?».
      El pensamiento siguió libremente su curso por la nube que en el pasado se llamó memoria. Ahí es donde todo queda registrado para siempre, hasta el infinito.
      Amo las tiendas con estanterías llenas de artículos fuera de moda, con cajitas donde hay sorpresas. Mercerías. Droguerías y boticas. Casas de materiales para la construcción y tiendas de especias. Todo lo antiguo. Amo los trabajos manuales. De materiales que sirven para hacer crecer un trabajo. Amo construir. Hacer algo hasta el final.
      Comencé a aprender labores con mi madre. Al comienzo de los años setenta, cuando cumplí siete años, la preocupación de los progenitores estaba especialmente encaminada al remiendo de los estragos causados por el Mayo del 68. No era el caso de los míos. Siendo la única hija de padres con edad para ser abuelos, fui educada según los valores que también los formaron. Nunca les pasó por la cabeza que de sus manos pudiera salir una amotinada del palco. Me moldearon para ser una católica honesta y digna. En los dos últimos objetivos no fallé.
      Mi madre me enseñó a bordar. De tarde había un ratito de descanso que ella me dedicaba, entre los deberes de la comida y los de la cena. Después, mi padre llegaría. Consigo visualizarnos en la sala de nuestra casa de Alto-Maé. La película está en la nube. Ella me dice: «Este punto se llama rococó. Es el más simple. Después hay otro, que es el de cadenita. Vas a aprender despacito, para que un día hagas el ajuar, puedas bordar sábanas y componer la ropa de tu casa y de tus hijos». Pronto descubrí en mí aptitud para aquello que llaman labores de mujer. Hay en éstas una concentración y minucia que me curan.
      Amo el mundo de las mujeres, lo debo a la fuerte impresión de firmeza, paz y complicidad que mi madre me transmitió. Silencio y tierra. Lo que ella realmente fue trascendía lo que juzgaba ser.
      Se puso el verde. La fila se fue disolviendo y arranqué, concluyendo, a propósito de la tienda de enseres, «estos sitios se mantienen porque hay una ola de regreso a los viejos tiempos». Y en el momento en que pensé «regreso a los viejos tiempos», sentí escalofríos.
      Siempre conduciendo, mi pensamiento regresó a la nube adonde fue a pescar un acontecimiento de 1975.
      Lourenço Marques, poco antes de la independencia, o poco después. Los portugueses salen de Mozambique en masa. La producción industrial y agrícola, que estaba en sus manos, fue interrumpida. Hay una clamorosa falta de bienes esenciales. Para conseguir pan debemos formarnos durante días enteros, esperando que aparezca un poco de harina, de alguna parte. Muchas veces volvimos con las manos vacías, porque no hubo cereal. Los blancos mandan a los criados a la fila, que sólo abandonan para ir a hacer recados, dejando piedras o cajas para guardar su lugar.
      Mi padre hace lo mismo con sus empleados, pero cuando salgo de la escuela me toca sustituirlos. Se charla durante la larga espera. Los blancos con los blancos y los negros con los negros. En esos días conozco a una chica mayor, casada y en avanzado estado de embarazo. Como yo, permanece horas en la fila, sola. Está frente a mí. La veo con los brazos cruzados arriba de la barriga muy erguida, con la bolsa del pan puesta en el pliegue del brazo. Me cuenta sobre la vida, sobre el marido. Me acuerdo de sufrir la conversación y nada más, «antes de casarnos se mostraba como un señor. Todo maravilloso. Durante la luna de miel hasta tenía atenciones conmigo, ¿y ahora? ¡Es un pendejo! Prácticamente no habla. Si habla, no dice una palabra para bien. Viene poco a la casa. ¡No le importa el pan! Sólo quiere que yo lo ponga en la mesa, sólo eso. Voy a tener este hijo de él. ¿Qué va ser de mi vida?».
      Nada sé sobre ella. Sé que la fila donde nos encontramos es larga y serpentea por la acera, en la parte de atrás de la panadería. Tal vez me haya dicho su nombre, pero no lo recuerdo. Lo que recuerdo es aquel «¿Qué va a ser de mi vida?». Descubrió haber sido timada por el hombre con quien está casada hace menos de un año, por el padre del hijo a punto de nacer. La escucho, paralizada. Respondo con una sonrisa avergonzada. Visualizo todo lo que me dice. En el momento en que habla, imagino su casa, su cocina. Tiene un mantel de hule para proteger la mesa. Veo la luz de la tarde, que se posa sobre el hule y realza su brillo. Pienso que un día también he de casarme, como todas las mujeres. No tengo vocación para ser monja, y quedarme soltera está fuera de discusión. Debo ser una persona con una vida normal, sin estigmas. ¿Pero cómo podré tener la certeza de que me enamoraré del hombre correcto y de que no seré engañada? Un hombre confiable. Lo que ella me echa en cara, sin querer, es la posibilidad de un futuro desamor. Me muestra que ella y yo estamos a merced del destino. Lo que le pasó puede sucederle a cualquiera.
      Hay un lugar para estacionar frente a mi puerta. A un mes de estar desempleada merezco este mimo. Apago la marcha. Me dejo estar sentada adentro, sólo unos segundos. Pertenezco a una generación frontera cuya formación aún tuvo por objeto proveer las necesidades del otro. Ser gentil, ser afable. Tratar bien. Sin embargo, educada en la cuna del pasado, nací perteneciendo al futuro. El tiempo gana su pátina de sabiduría, que nos impone. Ya en aquellos años, la vida de las mujeres como mi madre me parecía muy aburrida y muy monótona. Inadecuada. Yo quería ser libre. Mi madre tenía poder sobre mi padre, pero le permitía que creyera ser gerente de nuestra vida, mientras le ocultaba información y el cambio del gasto. A mí me gustaban los planes de ella. Adoraba la idea de engañar a mi padre. Del poder tras bastidores. Del boicot disfrazado. Me divertía ayudar. ¿Cosas de niños?
      No me fui de monja, no me casé ni me quedé soltera. Me aseguré de gozar, cada minuto, el imperio absoluto sobre el territorio de mi libertad. Ha sido ése mi estado civil.
      Salgo del carro. Subo hasta el último piso, abro la puerta, que tiene un truco que sólo yo conozco, y me dirijo al armario donde guardo los utensilios de costura que heredé de mi madre y que reposan, esperando por mí. Saco tijeras, dedales, alfileres, patrones de costura, encajes, listones, ganchos, botones, cajitas con sorpresas. Miro con atención los materiales e imagino las piezas que puedo hacer. Pequeñas esculturas. Bisutería. Mis manos de hada de otro tiempo pueden servir para darme de comer en este padecer de la vida. Puedo abrir una tienda de accesorios on line. Puedo poner mi nube a rendir. Con o sin colegio, con o sin subsidios para el teatro, yo tengo mucho que dar. Y pronuncio en voz alta la primera frase que consigo articular luego de haberme despedido del director, a la salida de su oficina: «No estoy a merced de nadie. ¡Yo tengo todo para dar, hijo de puta!».

Traducción del portugués de Sergio Ernesto Ríos



 
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