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Cine / La relación feliz del cine y la literatura en Portugal / Hugo Hernández Valdivia PDF Imprimir E-Mail

El cine de Portugal ha encontrado en la literatura de su propio país un valioso proveedor de historias: las películas inspiradas en novelas, cuentos y obras de teatro son numerosas. En las letras está, de hecho, el origen de una buena parte de la filmografía del realizador más importante en la historia del cine portugués, Manoel de Oliveira (cuya actividad inició con películas silentes, y quien vivió ciento seis años y dejó una nutrida filmografía: sesenta y cuatro películas, en las que abundan los cortometrajes y no faltan los documentales). En nueve largometrajes suyos hay alguna participación de la escritora Agustina Bessa-Luís: con sus novelas (O princípio da incerteza, 2002) y cuentos (Inquietude, 1998); en alguna ocasión aportó la idea (El convento, 1995) o los diálogos (Party, 1996). Su estilo es de un rigor inconfundible (una puesta en escena exquisita, un trabajo de cámara preciso y elegante y un ritmo apacible) y sus nexos con la literatura pueden rastrearse más allá del curso de las historias. En una de sus cintas más conocidas, El Valle de Abraham (Vale Abraão, 1993), que se inspira en una novela de la citada escritora, la historia sigue a una hermosa mujer (interpretada por Leonor Silveira, quien protagoniza numerosas películas de De Oliveira) que explora la libertad que le permite su matrimonio. El cineasta utiliza, a menudo y con fortuna, la voz en off (que corresponde a un personaje y narrador omnisciente) y hace numerosos guiños a Madame Bovary, de Gustave Flaubert.
      Otras cintas célebres se inspiran en obras o autores no menos célebres. En La divina comedia (A divina comédia, 1991), De Oliveira retoma algunos extractos de obras de Fiodor Dostoievski y Friedrich Nietszsche. La carta (La lettre, 1999), que obtuvo el Premio del Jurado en Cannes y registra las vicisitudes de una joven mujer (interpretada por Chiara Mastroianni) que renuncia a un posible amante para conservar el amor, tiene su origen en La princesa de Clèves, de Mme. de Lafayette. En Regreso a casa (Je rentre à la maison, 2001) el aporte viene del teatro, de piezas de Eugène Ionesco y William Shakespeare, pero también del monumental Ulises de James Joyce. En Singularidades de una chica rubia (Singularidades de uma Rapariga Loura, 2009), De Oliveira tiene como punto de partida un cuento de José Maria Eça de Queirós y sigue a un joven cuya vida sufre trastornos considerables cuando se enamora de la misteriosa rubia del título. El realizador fue un invitado frecuente del Festival de Cannes; compitió por la Palma de Oro en cinco ocasiones y obtuvo dos premios de la crítica cinematográfica (Fipresci), el mencionado Premio del Jurado y una Palma de Oro honoraria.
      El veterano João Botelho también ha bebido con frecuencia en las aguas literarias. A corte do Norte (2008) se inspira en una novela de Bessa-Luís, y con una puesta en escena que emula la pintura del siglo xix revisa la frustración, en diferentes generaciones, de las mujeres de una familia adinerada. Os Maias: cenas da vida romántica (2014) tiene su origen en una novela de Eça de Queirós y acompaña a un aristócrata que va de los brazos de una mujer a los de otra hasta que se enamora. El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, un libro de una lucidez apabullante (confieso que no he podido terminarlo en más de un intento: en comparación, E. M. Cioran es optimista), está en el inicio de Filme do desassossego (2010), que sigue las vicisitudes de un hombre solitario que reflexiona sobre las miserias cotidianas de la existencia.
      Margarida Cardoso, quien tiene una filmografía respetable como documentalista, lleva a la pantalla A costa dos murmurios (2004), la novela de Lídia Jorge. La acción se ubica en la guerra de independencia de Mozambique y exhibe la mezquindad de la milicia portuguesa. Fernando Lopes también alterna el documental con la ficción. En Uma abelha na chuva (1972), inspirada en una novela de Carlos D’Oliveira, recoge la estulticia de una pareja de nobles, depresivos y depravados, que se entretienen destruyendo a su servidumbre. El barón (O barão, 2011), de Edgar Pêra, es una propuesta de cine de terror que surge de una novela de Banquinho da Fonseca: en blanco y negro sigue las contrariedades de un burócrata-vampiro, y su estilo recuerda al Nosferatu (1922), de F. W. Murnau. Es un remake de una película que fue realizada durante la Segunda Guerra Mundial y disgustó a tal grado al dictador Salazar que éste mandó destruirla.
      Las biografías de algunos escritores también han servido de pretexto para empujar más de una cinta. Es el caso de A toca do lobo (2015), de Catarina Mourão, quien es nieta del escritor Tomaz de Figueiredo y da cuenta en la cinta de algunos secretos de su abuelo. Rita Azevedo Gomes, por su parte, en el documental Correspondências (2016) toma como referencia las apasionadas cartas que intercambiaron dos reputados poetas: Sophia de Mello Breyner Andersen y Jorge de Sena, quien vivió en el exilio entre 1959 y 1978. La correspondencia y algunos poemas cobran vida en la voz de actores y celebridades.
      El mapa del cine portugués tiene un pilar importante en el productor Paulo Branco, quien cuenta con una obra extensa (doscientos setenta y seis títulos) y se ha encargado de alimentar el cine independiente (en Francia y en Portugal). Ha trabajado al lado de cineastas «difíciles» que, como él, son grandes lectores; ha apoyado proyectos arriesgados, y su rica colaboración con Manoel de Oliveira ocupa un lugar importante en su filmografía. Desde sus inicios se ha involucrado en propuestas valiosas. Baste mencionar Cosmópolis (2012), del canadiense David Cronenberg, cuyo origen es la novela homónima de Don DeLillo; Cosmos (2015), del polaco Andrzej Zulawski, quien se inspira en la prodigiosa novela del mismo título de Witold Gombrowicz; y El fatalista (O fatalista, 2005), de João Botelho, cuyo origen está en Jacques el fatalista, de Denis Diderot. Recientemente, Branco ha aparecido en la prensa por su pleito en los tribunales con el norteamericano Terry Gilliam. En el año 2000, ambos colaboraron en El hombre que mató a Don Quijote (The Man Who Killed Don Quixote), inspirada en el Quijote de Miguel de Cervantes. Pero el rodaje fue terriblemente accidentado (el ruido por una base militar cercana a la producción era insoportable; las lluvias se llevaron parte del material; el actor principal, Jean Rochefort, tuvo problemas de próstata y de espalda, agudizados por montar a caballo) y el proyecto abortó. De todo ello queda constancia en el documental Perdidos en La Mancha (Lost in La Mancha, 2002), de Keith Fulton y Louis Pepe. No obstante, el proyecto revivió en fechas recientes: la película existe, y fue estrenada en Cannes después de que Gilliam y Branco pelearon en los tribunales por los derechos. El realizador ganó en un primer momento (gracias a lo cual la cinta pudo exhibirse en el festival francés), pero el productor apeló y la corte falló en su favor.
      Manoel de Oliveira escribió alguna vez un «Poema cinematográfico» que bien podría ser una conclusión sobre la relación entre cine y literatura. Así comienza: «Películas, películas, / las mejores se parecen / a los grandes libros que / por su riqueza y su profundidad / son difíciles de penetrar. El cine no es fácil / porque la vida es complicada / y el arte indefinible, / indefinible será la vida / y complicado el arte».



 
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