El libro, la ciudad / Adriana Díaz Enciso

 

Todo es un libro. Las imágenes que entran por la mirada entran de veras. Se convierten en escenarios para que las historias crezcan. La arquitectura es sueño, y sueño toda construcción. Escenarios que alguien, dentro de su cabeza, inventó para que la vida transcurra. Dentro. Así las aceptamos, así habitamos los moldes caprichosos del espacio, y así escribimos con nuestra carne y nuestro aliento las historias múltiples de todas las ciudades.
    Todo esto, lo más hermoso que me rodea (porque es lo más hermoso lo que elijo ver), es fantasía. Puentes que brillan de noche como joyas (collares en la garganta del río). Tejados puntiagudos de pizarra, el techo de la casa de la bruja. Gárgolas y dragones. Los callejones estrechos, retorcidos, de la noche del poeta borracho de alcohol y de palabras —o de la escena del crimen. El caserón de luz cálida como imán en las ventanas, luz borrosa desde el frío de afuera, la casa donde se oyen las risas de los niños y se celebran todas las navidades. El muro sombrío y manchado de la casa vieja, de vidrios rotos, habitada por fantasmas. Las quiméricas cúpulas y torres alzadas a las visiones de la fe y el poder, sus chapiteles, agujas y encajes arañando el cielo, volviendo inteligible el horizonte. Relojes enormes que cuelgan del costado de los muros, sus manecillas doradas atrapando al transeúnte en su lento desplazarse circular. Edificios estrechos de ladrillo rojo y brillante, más brillante tras la lluvia y tras la nieve, e incendio puro bajo el cielo claro de invierno. Las dos orillas del río, sus luces temblando en el agua. El eco de los autos sobre el agua filtrándose entre las paredes gruesas, heladas, del museo que antes fuera mazmorra.
    Las hemos leído siempre, estas calles. Leímos de su miseria y de sus glorias, de sus fiestas y sus crímenes. Subimos luego los escalones que llevan al umbral, posamos la mano en el barandal negro que nos llega a la cintura, raspamos el lodo de los zapatos y entramos, subimos la escalera estrecha que nos recibió siempre, olimos los vapores del guisado y del café, el té y los pasteles. Vimos el papel tapiz, sus flores pálidas, los retratos colgando de los muros. Los rostros asomados a ventanas. El llanto, el nacimiento, el sexo y los estertores y la muerte. A la ciudad la leímos, la leímos siempre y por eso caminarla es un sueño, un déjà vu, una pérdida adormilada y dulce de la identidad, cuando nos fundimos con los otros, entre sus ropas oscuras y las ropas coloridas de los jóvenes, los extravagantes y los locos, entre ellos que son todos fantasmas, que están hechos de tinta. Como tú.

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Éste es mi libro. El que leí, el que escribí y escribo aún. No es mi rostro el que asoma, deformado por la curva del cristal en las vitrinas. Es el de ellos, los que vivieron antes y anduvieron estas calles para que yo entrara un día por la puerta de las páginas y los viera vivir, andar, y entonces, sólo entonces, pudiera venir a reandar su camino, a cubrir con mis pies sus pasos. Esto son páginas de libros. Camino y puedo oler el papel viejo, aspiro con delectación, soy plena, total, eterna, el personaje que no muere nunca porque siempre al volver la página se le encuentra igual, caminando, andando la ciudad, incansable, una y otra vez recorriendo con la misma inocencia ante el futuro el mismo sitio.

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¿Mi patria? ¿Es la patria un libro? ¿Dónde he vivido más, en el concreto espacio que limita los desplazamientos de mi cuerpo, o en las habitaciones infinitas que flotan en mi cabeza? No sé qué puedo llamar más real. Los edificios de la ciudad se multiplican, aquí o allá, y se ramifican las estelas de asfalto. Todo eso es sólido y tangible, como el concreto y las duelas de madera y la alfombra que ahora mismo me sostienen, suspendida en un tercer piso vulnerable —que se estremece al paso de los autobuses y camiones— de un edificio medio inclinado que lleva de pie más de cien años. Reales son también las vidas de todos los que pasaron antes por aquí, de todos los que antes alquilaron este cuarto y aquí fueron felices, o sufrieron, o amaron. Murieron. Son reales y sin embargo son como humo, sus voces susurros que no oigo y sus rostros veladuras que no se reflejan en los múltiples espejos (espacio desdoblado). Reales, como yo, susurro y veladura que seré cuando ya no esté aquí, cuando habite otro sitio. O ninguno. ¿Qué es real? ¿Son más sólidas esas vidas para mí perdidas porque en la página las nombro? Y no es la página, no aún. Es un teclado, una pantalla. Página lo será sólo después, ahora que la lees tú, allá en tu habitación, tu sitio.
    Divago. Hablo de concepciones, la luz de la idea. Este edificio alguna vez fue líneas sobre un plano, lápiz y tinta en papel extendido sobre una mesa, bajo una luz que no era este milagro instantáneo que llamamos luz. Afuera había otros rumores, otros aromas y sin embargo los árboles estaban, el cíclico estruendo de las flores. El edificio de enfrente estaba, el que veo por el espejo que refleja mi ventana, el que no es nunca el mismo, en ese reflejo misterioso —reflejo de cuento, de historia, de página de libro—, que el edificio sólido y palpable que veo cuando salgo a la calle y le doy la espalda esperando el autobús.
    Por esta solidez, y por esta realidad hecha de sombras, susurros, veladuras, dejé mi patria.
    Cierro los ojos sin embargo y veo su luz. La huelo. Cierro los ojos y camino otra ciudad, es otro el olor que me recibe en los cafés y escucho el correr de las sillas viejas sobre el suelo, las cucharillas contra las tazas. Respiro hondo, sonrío, soy la habitante. Otra. La que fui, la que pretendo ser y soy cuando regreso.
    Es sólido. El recuerdo es sólido. Es sólido el café, ahora mismo, en el bullicio de la tarde temprana que acá ya es noche —el lecho que espera a mi lado, invitador, el edredón que me abraza en el invierno cuando allá hace calor, el sol quema atravesando el enorme ventanal que da a la calle sucia y animada.
    Algo siembro y algo abandono siempre, en el confinado espacio de esa cápsula gigante, la cabina del avión apiñada de vidas en suspenso sobre un océano que no es sólido: líquido es, y en sus orillas el agua empuja, suspira, ronca.

***

Cae la ola espumosa y grácil sobre la arena con su rumor de siglos, milenios, millones incontables de años. Moja unos pies. Un niño grita: alegría. Siempre. Desde siempre y para siempre.

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Divago. Me pierdo. Me engancho en cada paisaje: una postal. Y la postal estampa, y la estampa un grabado antiguo que ilustra la historia que corre junto en las páginas del libro, y es el libro de nuevo, el que lees andando las ciudades, las calles que recorres sentada en tu habitación, el libro abierto en las manos.
El panal de la vida humana. Su fascinación. Su no bastar nunca, este laberinto de historias: nuestra necesidad de estar inventando siempre otras distintas.

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Ninguna ciudad es una sola. Allá en lo que llamas patria, bajando las empinadas escaleras de barandal amarillo y sucio que igualan cada estación de metro, te encuentras no una ciudad, sino un país distinto, barrido por el viento que trae la boca llena de polvo, rodeado por las montañas majestuosas, pero ahí, en ese solar inmenso sembrado en desorden en las afueras (cayeron las casuchas una vez desparramadas sobre el cerro y ahí empezó la historia), los muros multicolores, descascarados, de la pobreza crean un laberinto que no todos conocen, que pocos saben leer, que desconcierta, asusta, resulta fantástico, onírico, temible y extranjero. Taxis-bicicletas diminutos (no las pintorescas ocurrencias turísticas del centro) son, pululando a toda prisa por las calles inacabadas, por los baches y accidentes del terreno, su sello de identidad y extranjería en esa ciudad y en esa patria que es tierra confusa de nadie.
    Uno te deja al borde de una explanada que azota el viento, irreal. Un cubo alto, oscuro, inmenso jeroglífico se alza en el centro, domina el paisaje de concreto y abandono y, más allá, los imperturbables cerros. Es un misterio, un signo que hay que leer, que intriga, llama, invita.
Dentro, un público de ojos ávidos oye hablar de libros, recoge libros de una mesa. Dentro, se leen libros. El jeroglífico es, pues, un palacio. Dentro se despierta. Se viaja. Se llega a los lugares imposibles.

***

Como esta ciudad que habito, esta, quizá, entelequia, porque no distingo más entre las calles que camino, los muros y tejados antiguos o sólo viejos, desgastados, mezclados con adefesios de una modernidad que pasó de moda hace treinta años, que veo desde el segundo piso del autobús (rojo, los símbolos de la ciudad son rojos), en la pachorra del día ordinario urbano, y las historias que viví leyendo, en un espacio y un clima muy lejanos, cuando con otros ojos que son éstos veía esta misma piedra y este mismo ladrillo y estas mismas cúpulas pero en el espejo distorsionado de la imaginación.
Ya no sé dónde vivo. Aun con las manos vacías puedo decir: todo es un libro. Y bajo ese tejado me protejo de la lluvia. De la tempestad y hasta de la violencia.
    ¿Somos los lectores, por naturaleza, unos cobardes?

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Lectora era cuando vine por primera vez a esta ciudad: años, decenas de años antes de poner mis pies aquí, de volver mi viaje físico. Había un instituto, escuela de idiomas en las tardes de la ciudad del calor benigno y las tormentas súbitas. Las escalinatas llevaban a un vestíbulo redondo (piso de mosaicos grandes, rojos y blancos); a un lado la cafetería con sus olores de pasteles, galletas de chocolate y mermelada, café, mantel de plástico. Por allá la biblioteca y todo, todo el edificio de una modernidad caprichosa, indefinida, era el olor de los libros, el viaje implícito en las páginas impresas en otro idioma, la lengua extranjera ya el vehículo, la travesía, la inevitable transformación, la expansión de los espacios interiores.
Ante mis ojos se alzaba gigantesca la ciudad que parecía toda hecha de páginas, de tinta, de personajes que no morían nunca y no dejaban de andar por sus calles, nombrándolas. Era una ciudad en blanco y negro y en sepias, todo avivado por el ladrillo rojo que aún ahora, cuando puedo extender la mano y tocarla, cuando es su aire el aire que respiro, atrapa mi mirada y me obliga a viajar, a soñar con los ojos abiertos, a viajar a esa ciudad, la otra que lleva este nombre, la que está en los mapas (tinta sobre papel) pero no en la tierra que piso, la que existe y se mueve, hormiguero incansable, solamente en los libros, esa que vi, que imaginé y conocí leyendo y que me trajo aquí, a la ciudad con su nombre que no es la misma y sin embargo es ella; de ahí salieron las páginas. Ahí empezó el viaje.
    Cabezas, cabezas infinitas, un océano (sombreros, turbantes, calvas, cabelleras), conectadas a través de los siglos y todos los rincones del planeta, construyendo en el aire los monumentos, el río, las plazas y laberintos de esta ciudad.

***

Y sin embargo qué poco importa el nombre. El punto en el mapa, qué poca cosa. Es la ciudad en sí lo que te embruja. Sus espacios que son a la vez públicos e íntimos: las iglesias casi vacías, las plazas, los cafés. El viaje que empezaste en los cafés de tu ciudad primera, donde te sucedió el accidente de nacer. El viaje de esas calles anchas y soleadas, de atisbar por las ventanas de casas ajenas, de imaginarte historias, imaginarte siempre en otro sitio que era y no era el que habitabas, un sitio sin realidad geográfica, el escenario de dramas ajenos, de transmutaciones, de soledades siempre a su modo iluminadas: por sus pensamientos, por su soñar incesante, por el diálogo perpetuo con el árbol, la casa, el pavimento y vuelta a la mesa del café. Eso, la ciudad. Ése es para ti el espacio del libro, ése el papel donde lees y escribes, las ciudades todas, caóticas, sucias, indiferentes, violentas, ruidosas, vulgares, indecentes, todas Babilonia, nido de todos los pecados y sin embargo fuente inagotable de iluminaciones.
    No hay que olvidarlo. El cantor de esta ciudad en la que vives era un hombre que hablaba con los ángeles.

Londres, marzo 2009

 

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