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Estadías / Manuel Gómez PDF Imprimir E-Mail

FINALISTA
Categoría Luvinaria / Cuento

Estadías
Manuel de Jesús Gómez Carrión
Licenciatura en Psicología
Centro Universitario de Ciencias de la Salud


Vaya día, sábado de medio tiempo, en el trabajo le decían “el escalón oculto”, por ser
fin de semana ya y aún así, seguir subiendo peldaños en la escalera laboral, en la
inacabable escalera laboral; un paso en falso y, la caída, sí, adiós bono de asistencia;
y yo ya había perdido el de productividad, aunque eso de los “bonos” nunca me
importaba realmente, sabía que este empleo era sólo un medio, no un fin, nunca un fin
para mí.

Después de un breve receso para tomar café y fumar un cigarro, me disponía ya a
atender las últimas llamadas del día, levantándome de a poco de una de las mesas de
descanso, pero al mirar al fondo de la ciudad por la bardilla enrejada, algo en mí se
aferro a ese abismo de color cálido que poco a poco se teñía de azul, del frío azul de
la tarde-noche, y los pequeños edificios al fondo parecían soñar borrosos, lejanos,
entre bullicios susurrantes de automotores rugiendo al final de este mundo urbanizado.

Pero Aldo me sacó de mi breve ensoñación, de mi amable letargo. Ojalá me hubiese
quedado así un año…

-Güey, ¿vas a ir o nel? -Me preguntaba con ese gesto libertario a final de turno,
(Como si hubiese sobrevivido a la histórica Batalla de Puebla o a lanzarse en
paracaídas, o ambas, y su vida recobrara sentido) tocando su playera de Zoé debajo
del suéter oficinal como rascándose una resequedad en la piel. Quizás debería
aprender a ver la vida como Aldo, pensaba mientras le contestaba:

-Tal vez, aunque irme a dormir después del turno también suena bastante bien; mira a
Guadalajara, se está cayendo de sueño, y tan viva a la vez, tantos mundos a la vez…

-… -Me miraba con ese semblante de tres puntos suspensivos, sacando de golpe una
leve risotada de extrañeza familiar.

-Pero estamos en Zapopan güey. Te veo saliendo, y ya vemos qué onda. –Me decía
golpeándome la espalda sin perder la alegría libertaria de saberse con un day off,
aunque él también iba a la escuela después del trabajo, pero no en fin de semana, y
bueno, Aldo no era yo, yo era yo solamente, como todos los demás eran ellos mismos
solamente.

-Sí, pero ya sabes a que me refiero, yo vivo en ese otro municipio, detrás del
montoncito de edificios grises, lejos de tanta luz y espacio vacío.

-Sí bueno, te digo, te veo saliendo. –Alzó la mano y se adentró en el grisáceo pasillo.

Ya de vuelta a mi estación, a mi espacio entre los espacios, computadora, gruesos
audífonos negros y llamadas, comenzaba el último par de horas. Al terminar, cuando
me levantaba del cubículo, me gustaba observar por corto espacio de tiempo la fila
adosada de paneles de plástico negro con tela azul incrustada, esa a la que se le
quedaban pegados restos de galletas, pequeñas partículas apenas recostadas en un
tacto etéreo y tan liviano, suspendidas en ese esponjoso entretejido de olvido azul
adherido al oscuro plástico, fáciles de limpiar, como todo aquí en el piso del Call
Center, pura espeluznante practicidad, un recinto de comodidad globalizada, pues
aquí o en Uruguay, estas oficinas serían gemelos monocigóticos de concreto y
aparatos eléctricos para servicio al cliente; palabras curiosas,
ser…vicio…al…cliente…vicio…el cliente y su vicio por pagar, el cliente y su mar de
textos por enviar, el cliente y su ser en vicio por pagar…

Saliendo recibí algunos mensajes con el logo de un bar de rock y con un emoticón
intoxicado, eran de mi amigo Aldo y serían ya las 19:07; finalizaba con el nombre de
una banda local de música Post-Punk:

Alcalina Shoegaze, covers de The Cure en vivo.

A la salida, afuerita ya de las amplias puertas corredizas de vidrio de la entrada al Call
Center, me esperaba mi amigo, bastante necesitado de un escucha de su vida
personal, sobre todo desde que su novia lo había dejado por un mercadólogo.

-¿Entonces qué?, vamos un rato, suena chido, además necesito escuchar “10:15
Saturday Night” y tomar algo. –Decía mientras miraba a la avenida con creciente
ansiedad.

-Pues… Sí, está bien. ¿Sabes que esa canción me da insomnio?, pero una clase de
buen insomnio, deber ser por la parte del grifo que gotea, gotea, gotea…

-A mí me recuerda a Lily, por la parte en la que espera que el teléfono suene… Ni
siquiera un mensaje, ahora que son tan gratis como respirar.

-Te la recordará en la parte en que se pregunta dónde ha estado…

-… -Otra vez me dirigía esa expresión de tres puntos suspensivos, pero esta vez con
un gesto más callado, reflexivo, y pensaba que sólo debí haber asentado con un:
entiendo; no era bueno confortando a los demás, siempre decía algo que fracturaba
algo en los otros, más nunca buscaba tal intención. Era mejor a distancia.

-Lo siento Aldo, sólo estaba intentando recordar la letra de la canción y…
-Está bien, no te preocupes. –Lo decía esquivo y aún dolido. -Ahora vámonos ya, de
verdad que quiero escuchar un rato de The Cure, sólo espero que los Alcalina
Shoegaze toquen chido sus rolas.

-Muy bien. –Parte de mí aún escuchaba voces de clientes telefónicos, como ruiditos
punzantes en los rincones de mi mente, al punto de sentir cuando me ponía mis
audífonos personales que me acomoda en su lugar los del trabajo ya en la calle; un
ridículo estrés postraumático que se amainaba amablemente cuando iniciaba la primer
canción de mi playlist en el celular.

Aunque a veces se sentía bastante real, eso de los audífonos del Call Center ya en la
calle y, voces de clientes al iniciar la primera canción en mi celular.

Sin más, abordamos un taxi al centro de Guadalajara, Aldo iba mandando mensajes
en su smartphone estrellado, quizás escribiendo a su novia evasiva mientras se
frotaba las sienes con la mano izquierda en forma de pinza con gesto apagado. Yo,
siguiendo con la mirada por una de las ventanas del taxi las grandes distancias que
pasábamos por el carril central del Periférico, enormes almacenes como grises gatos
gigantes durmiendo acurrucados sobre sí, uno cada par de kilómetros, y los pastizales
secos entre cada corporación; edificios como pueblos fantasmas modernos asomando
por las ventanas desnudas y frías un montón de sillas vacías en las salas de
conferencias. Todo el trayecto al centro de Guadalajara me pareció una ensoñación,
Aldo y yo no hablamos en todo el camino y, de pronto sentía que estaba de vuelta en
el Call Center, en las mesas de descanso en el último piso, con mi café y mi cigarro
mirando el horizonte cálido enfriándose de azul, esperando terminar el último par de
horas en mi turno sabatino; quizás visiones de la rutina, pues había vivido esa escena
muchas veces.

-Listo, llegamos… Serían 120 pesos. –Decía con tono seco y cansado el taxista
mientras golpeteaba el taxímetro como sacándole polvo de las entrañas cableadas.

-Bien, yo pago. –Aldo adelantaba sus brazos a sacar dinero antes que yo, quizás
sentía algo de obligación por mí, por eso de haber dudado si en venir al bar o no a
acompañarle.

-¿Seguro? Podemos dividir la cuenta.
-No, así está bien, en serio, está bien.
-Bueno… –En un parpadeo al cerrar las puertas, el taxi se evaporó entre el montón de
coches; el silencio nos seguía poblando a mi amigo y a mí, hasta que llegamos al bar.


Encontramos rápido lugar frente a la barra abrillantada, el lugar estaba
moderadamente lleno, oscuro y el techo crepitaba como con llovizna. Los Alcalina
Shoegaze ya afinaban sus instrumentos, guitarras, bajo, el tecladista tarareando algo
con ojos de piso mirando las octavas de su teclado como recordando las melodías y el
baterista, el único ya preparado empuñando sus baquetas esperaba a los demás.

El grupo llevaba camisas blancas avolantadas como barrocas, algo de época, y tenían
el pelo cardado a lo Robert Smith o a lo Eduardo Manostijeras de Tim Burton. No
había música de fondo, sólo se escuchaban todas las conversaciones a la vez, como
aleteos de insectos grandes sobre nuestras cabezas, entre la luz de los anuncios
luminosos de marcas cerveceras; todos nosotros, una danza de voces sin dirección,
esperando a la única voz que sostenía el micrófono o el primer rasgueo de las
guitarras.

-¿Quieres una cerveza? Yo invito, casi no hemos hablado y ya te traje hasta aquí.

-No Aldo, gracias pero, ya pagaste el taxi, ahora me toca a mí la cortesía, supongo. –
Pedí dos cervezas y de a poco volvimos a conversar.

-Es Lily, sigue viviendo en mi cabeza y, a veces ya no me da por decir palabra, siento
que la voz me falta cuando me acuerdo de ella y… No sé, algo así. Como te pasa a ti
pero no todos los días. –Reía con gesto de “tú me entiendes” y me palmeaba el
hombro mientras le daba un trago a su cerveza.

-Sí… es irónico que trabaje en atención a clientes siendo tan callado, creo, pero soy
mejor a distancia con las personas… Es que no veo sus rostros y entonces sólo son
una voz, y las voces solas son más fáciles que si van acompañadas del rostro.

 -¿Crees que algún día vuelva con Liliana?

-Creo que ya van a empezar a tocar.

Iniciaron con Just Like Heaven, esa melodía de guitarra siempre me pareció
enigmática y dual, un himno a la felicidad que viene de la tristeza y me imaginaba a
una Lily y a un Aldo funcionando bizarramente como en la historia de la canción; y en
eso estaba, divagando la música cuando de pronto sentí un escalofrío adherirse a mi
mente de golpe sacudiendo mi realidad en este bar accidentado de música decaída.
Me materialice en el Call Center, o eso sentía, podía tocar el teclado de la
computadora y me pesaban los gruesos audífonos negros y la música de Alcalina
Shoegaze se trasformaba en voces de clientes con dudas respecto a sus recibos de
pago o con problemas técnicos en su servicio.

Podía escuchar fragmentos de pensamientos futuros de alguien en el presente
concierto del bar y en mi otro presente en el Call Center que decía:

Todo me da vueltas. Le doy un trago largo a la botella con agua que llevo en el bolso
desde que termino el concierto de Alcalina Shoegaze. Como puedo me incorporo y
empiezo a caminar hacia el hotel. Ya está amaneciendo, seguramente cuando llegue a
la habitación 304 ya estará el sol pegándome en la cara. Odio llegar de día a mi cama.

Se profundizaba en mí esta distorsión de la realidad, muchos ruidos me atravesaban la
mente y cada vez más claro podía palpar el húmedo vidrio frío de la cerveza en mis
manos mientras se configuraba en un seco teclado de computadora, y la barra
abrillantada del bar mutaba a mí cubículo genérico, y Aldo, a mi lado, partícula a
partícula se convertía en un panel de plástico negro incrustado de tela azul con restos
de galletas pegados en su rostro entretejido de dos realidades colisionando y la gente
del bar junto a los músicos se engullían a mi mente en un espiral de ruido hasta
cohesionarse en unos gruesos audífonos negros y… Y el silencio, estaba ahora
rotundamente en el piso del Call Center y nada más, supe que solamente ahí era que
estuve, con la computadora, los gruesos audífonos negros y las llamadas,
comenzando el último par de horas del sábado.

Pronto me sentí tranquilo, como inundado de alivio y la rutina me parecía ahora una
bendición. Todo eso del bar había sido una fantasmagoría.

Pero en el cubículo de al lado, alguien comenzaba a agitarse violentamente hasta
soltar un grito seco; rápido me saque los audífonos y tire de mi silla hacía atrás
levantándome de un tirón, y ahí estaba Aldo, aterrado, sosteniendo temblorosamente
la cerveza del bar que terminó por tirar en el piso de porcelanato blanco del Call
Center. Todos lo mirábamos sobresaltados y sin más, me miró fijamente y dijo
amedrentado:

-¿Cómo es posible estar aquí? Estábamos allá… Estábamos allá…

Mis ojos se clavaron en los suyos y asombrado no atinaba a articular sentido, algo que
decir que no fuera absurdo, una locura.

-El tiempo es una idea poderosa…

Un teclado se asomaba atravesado en una de las ventilas del aire acondicionado en el
Call Center, y las teclas solas comenzaron a presionarse; alguien practicaba una
melodía.



 
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