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Soliloquio de un hombre que delira / Leonardo Gutiérrez PDF Imprimir E-Mail

FINALISTA
Categoría Luvina Joven Poesía

Soliloquio de un hombre que delira
Leonardo Miguel Gutiérrez Arellano
Preparatoria Regional de Santa Anita

I

Reposo sobre la piedra vestigial de las primeras horas
etéreo espasmo del latido inaugural;
aquí el mundo prescinde de atavíos: de los perpetuos segundos
que se fatigan en la sucesión de cortesías inútiles
de amaneceres opacados por la melancolía de sus propias luces,
de palabras accidentándose
en la boca del que excusa su retardo al lugar pactado
porque el Tiempo le quedó a deber más tiempo            
y el minutero
más grados
a la circunferencia
del reloj.

Aquí el Tiempo es lo que tardo en pronunciar.
No hay espejos: no existe nadie;
no existe el rostro amodorrado
ni la mañana exhausta de sí
sólo existe la Palabra.
 
II

Nazco
cuando creo al que me crea;
lo adoro.

Y me postro ante el asedio de sus pies.
Te alabo a ti, Monotonía: Tú eres la madre del arte.

El fotógrafo le debe la perspectiva innovadora,
la exposición neurótica,
a tus taciturnas tardes.
El óleo vivo
los trazos decididos,
son un regalo que le obsequiaste
al pintor harto
de tus paisajes indistinguibles y
de tus hijos de facciones grises. 
El que escribe lo hace
porque no está conforme con la secuencia
en la que colocaste
las aristas del mundo.

III

Un día cualquiera me atrevo a mirar mi cara.
Los otros nacen
me reconforto en el fastidio que me causan
en la abulia que me invade
cuando estrecho sus manos
y pronuncio sus nombres
hasta que las sílabas del mío
son extrañas.
Pero no te detesto a ti, amada,
porque te esculpo con las palabras que te digo.
Te conozco desde la matriz atemporal
donde las estrellas nos forjaron
mientras ensayaban el monólogo
que nos cuentan cada noche.
Te deseo porque en ti
miro lo que mi corazón me veda,
compartes mi enclaustramiento
y nos volvemos
los únicos pobladores del planeta,
encuentro en ti el relieve
de los montes que desconozco,
de ríos que encauzan en un mar
donde la muerte no existe.
En esta esquina
donde hemos decidido huir de los otros pasos,
de los otros nombres,
exorcizo las honduras de tu cuerpo,
donde tu sexo empieza,
donde termina el cosmos.

III
He decidido quemar este raído mundo,
fundido con las piedras rojas
que deletrean la noche,
asesinaré a esta insomne
exangüe raza
que labra la tierra infértil
del Dios que la oprime.



 
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