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Lo que quedó de nosotros / Vania Chairez Ahumada PDF Imprimir E-Mail

2  VII Concurso Literario Luvina Joven

Quedamos pocos de pie, quedamos solos, tristes, hundidos en la injusticia, con el mal sabor que deja la muerte.
          Llovía caos, nos empapaba y nos dejaba escurriendo fragmentos de recuerdos de la vida pasada, las gotas frías nos lastimaban y con su pesadez nos rompían poco a poco los huesos. La luz volvía y nos permitía observar más allá de nuestra sombra, vislumbrábamos el porvenir que pensábamos que nunca lograríamos conocer.
          Las calles de la ciudad estaban adornadas por pequeñas banderas de papel picado coloridas y alegres, nuestras almas se regocijaban ante el maravilloso panorama frente a sus ojos. Música navegaba en el ambiente, escurridiza salía de las casas, nos incitaba a bailar.
          La campana de la iglesia repicaba como en aquellas fiestas, nos llamaba, nos llenaba, nuestro ser no era más que goce. Avanzábamos al ritmo de la marimba y la trompeta, del son que nos hacía bailar. De repente todo se volvía oscuro, caía la noche y traía con ella los arrepentimientos, las esperanzas marchitas y la dominante apatía.
          Ponía ante nosotros la imagen de la amada que se desvanecía en la negrura de la noche sin luna, traía a la patria que se había convertido en una revolución fallida, el último suspiro de una nación agonizante.
          Nuestra vista se nublaba y nuestros ojos se humedecían. Nosotros éramos el pueblo, la ley, la luz y la revolución, ahora éramos sombras, desertores. Nos dejábamos morir, nos entregábamos a los asesinos que se llevaron todo, usurpadores escondidos tras una máscara de bondad.
          ¿Quiénes éramos? Ya no lo sabíamos, sólo conocíamos lo que quedó de nosotros: una remembranza de amor y olvido.
          En la penumbra se nos unía la nostalgia, recorría junto a nosotros el camino del adiós, éste nos guiaba a lo más profundo de la conciencia y la razón humana, donde la justa balanza decidía nuestro destino. Daba zancadas gigantes, silenciosa nos examinaba.
          Las banderas de papel iban perdiendo pigmento, nuestro ya escaso júbilo se disipaba mientras nos acercábamos al desenlace. Culminaba el trayecto, veíamos cerca el final. Nos mirábamos unos a otros, estaba próximo, la música se silenció, no teníamos qué bailar, la campana no repicaba, se había terminado la fiesta.
          Nos faltaban únicamente unos pasos, ésa era la última prueba. A la entrada, junto a la gran puerta se podía leer: San Ignacio, así se llamaba nuestro amado pueblo.
          Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio, pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Nosotros estábamos más que solos.*
          Reflexionábamos frente a la enorme puerta de parota con divinas talladas que perfumaban nuestro alrededor. Ahí comenzábamos a darnos cuenta; estábamos muertos, todos nosotros. No teníamos en nuestro cuerpo ya la santa esencia de la existencia. Nos volvíamos a mirar unos a otros, no lo comprendíamos.
          Entre el temor y la duda, una luz directa del cielo nocturno me tomó. Me llevaba contigo, al beso que me dabas durante el último suspiro, al éxtasis que me dejó tu roce. Eso fue lo que quedó de nosotros: una remembranza de amor y olvido.

 

* Párrafo tomado de «Luvina», cuento de Juan Rulfo.

 
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