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El silencio en la Luna / Ricardo E. M. Tatto PDF Imprimir E-Mail

i

      Tenía dos semanas sin luz. No era falta de dinero lo que le impedía pagar el servicio. Podría haberle pedido la suma a su padre. Sin embargo, una reticencia extraña, un orgullo que era casi un capricho, le impedía alargar la mano.
      Este pequeño cambio en su existencia, esta nueva condición, azuzaba su curiosidad. F. registraba el desarrollo de sus impresiones como quien espera un desenlace triunfal. Disfrutaba la oscuridad con el mismo abandono al que se entregan los que descubren un nuevo placer. La imposibilidad de forjarse a su antojo, con un clic, un día artificial, el reto de sobrellevar el silencio, le daban a F. la impresión de haber descubierto en sí mismo una fuerza vital, de haber iniciado un desafío de la voluntad.
      Con la iluminación inconstante de las velas, sin distracciones pueriles, F. se dedicaba exclusivamente a lo que creía ser su vocación. Pudo avanzar sin interrupciones sus lecturas, concentrarse en lo que consideraba serio, importante, lo que marcaría el término del tiempo infantil y tendería un sólido puente a la vida adulta; para alguien como él, de naturaleza indolente y desobligada, la ausencia de electricidad, con sus imposibilidades y negativas de recreación, fue recibida como un llamado al deber: una oportunidad para abrazar un ascetismo forzado y dejarse de juegos.

ii
      Al cumplir nueve años le habían comprado un telescopio. Lo emplazaron en el techo de la casa de su abuela, allá en su provincia, pues el reducido departamento de su padre no era propicio para esos menesteres. Esto significó que sus pequeñas ambiciones cósmicas podrían satisfacerse un solo día a la semana. F. recuerda pasarse los días anhelando el fin de semana. Los sábados adquirieron para él un colorido especial. Esas noches significaban silencio, paz ininterrumpida, el cuerpo desvestido, como entregado, del firmamento; la calma que sólo una contemplación inútil, abocada exclusivamente a la curiosidad y la belleza, puede proveer. A F., solo en la azotea, vigilando los astros, lo asaltaba una sensación vibrante, como si su actividad fuera algo ilícito y secreto. Como si espiara un enigma prohibido. Durante la semana, en lo que llegaba el día, se entretenía imaginando su telescopio: fantaseaba cómo se vería apuntando su lente a la noche, como esperando a que llegara él para recobrar la vista. Le agradaba la visión de su telescopio desocupado bajo las estrellas.

iii
      Pasadas las primeras semanas, comenzó a temer el regreso de la escuela. A la hora de salida, un domo gris y hermético ya cubría el cielo y reposaba sobre toda la extensión que abarca la vista. F. aplazaba lo más posible su travesía. Insistía en alargar con C. conversaciones que ambos consideraban insípidas, hasta irritantes. F. notaba la exasperación de C. La expresión distraída, las respuestas monosilábicas. No le era posible callar. Como si la amenaza del silencio que lo aguardaba en su departamento, la soledad infranqueable, no fuera tan peligrosa si le arrancaba a C. algunas palabras, que atesoraba y llevaba consigo antes de partir.
      Entonces F. experimentaba esa clase de odio contra sí mismo, de no poder ser quien se quiere ser, la injusticia de no poder actuar con precisión sus emociones, la humillación de ser malentendido. F. encontraba imposible comunicarle a ella la magnitud de esa energía que pujaba por salir de él y estrecharla. Ella permanecía, ante sus efusiones, fría e inmune, ajena. En sus ojos, que evitaban la intensidad de los suyos, se formaba la seña del desconcierto, de la incomprensión.
      F. no podía deshacerse de ella. En el salón de clases, la ondulación blanca de su cuello lo acosaba. Sentía esa curvatura como imbuida del aura de dolor y belleza que le da la música a las formas, cuando las toca. El relieve blanco que comienza en el hombro y sube hasta rozar las puntas acariciantes del cabello, esa sinuosidad suave y vertiginosa, le transmitía un anhelo inquietante, la proximidad blanca de su piel lo asediaba, le escocía el pensamiento. Aquella imagen ardía dentro de él como una proyección ineludible y su quemadura se extendía por todo su organismo. Lo aturdía y lo azuzaba. Como un tema recurrente va tomando fuerza a medida que se desarrolla y repite, F. se sentía profundizar, con cada mirada, en la sensación.
      Imposible hurgar el fondo del dolor. Siempre hay más cantidades reservadas, uno se sumerge cada vez más bajo, a honduras más lejanas, más oscuras.

iv
      La primera vez que usó el telescopio fue un acontecimiento. Vio los cráteres de la Luna y sintió una pena inmensa. Nunca antes se había encontrado ante una soledad tan implacable, tan pura. Una soledad de orbe circundado por la más infinita penumbra, un silencio mortecino. Esa quietud parecía descender hacia él y le vaciaba de ruidos la cabeza. Pasaba horas inclinado, empuñando la cola de su telescopio, embebido en esa visión imposible de lejanía, de territorio inasible.

v
      La diminuta esfera de claridad, como la que irradiarían en un cuarto oscuro tres luciérnagas clavadas a tres mechas, se esforzaba por reducir la penumbra que oscurecía a los dos amigos. Las ventanas resistían los tumbos fríos del viento que la noche azotaba contra ellas; sin embargo, las tres tiras de fuego dispuestas sobre la mesa negra serpenteaban enigmáticamente. Un hálito indeterminado, sin origen, huérfano, ponía en movimiento sus cuerpos centelleantes.
      El continuo vaivén de luz desfiguraba el rostro de F., que parecía flotar sobre tinieblas; a cada segundo las centellas le esculpían facciones insospechadas, le ponían en la cara un nuevo rictus, que le dotaba de cierto aspecto monstruoso e irreconocible, como inacabado; lucía a cada instante una máscara diferente, hecha de claridad y sombra.
      Era imposible, en cambio, adivinar los gestos de M.; él se balanceaba sobre su silla más allá del alcance de las velas. La penumbra lo ocultaba y F. se divertía consintiendo la inquietante idea de que hablaba solo. Pero la fantasía quedaba arruinada cuando M. encendía un cigarro o tomaba su cerveza.
      —Me alegra que la vida sea absurda. El sentido es la forma más baja de conocimiento.
      Después de la carcajada ebria, salvaje, un silencio incómodo; el silencio del borracho que ya no sabe lo que dijo. F. reacomodó su postura. Un destello fugaz, producido por el aleteo de una de las velas, le permitió a M. reconocer en F. la inconfundible mueca que anticipa en él una perorata. M. esperó, como quien aguarda lo inminente, que F. vulnerara el silencio.
      F. tomó un largo trago. Pero no dijo nada.
      Pensaba en lo que habría de ocurrir esa noche. En las miles de posibilidades que podrían configurarse y manifestarse. Trataba de considerar cada una, como si el hecho de anticiparlas descartara su turno ante el destino.

vi
      Al salir del bar, un peso oscuro le oprimía el estómago; un ardor frío que comienza en la nuca y recorre toda la espina, como una mano helada, lo atenazaba y le escocía la piel. Quiso fulminar la tortura con alguna distracción espuria, con un grito, con un aullido que lo distrajera del dolor, pero presintió su futilidad y su ridiculez. El borracho gritando en la calle. El cliché.
      Lo consumía un deseo sombrío, contradictorio, como el de aplastar algo insignificante o desbaratar algo bello; al principio fue una rabia sin objeto, sin rostro que se ofreciera para deformarlo. Pero poco a poco se fue formando, en su interior, la silueta de alguien. Una imagen hilada por un tenso nervio a una sensación insoportable. Se encontró azotado, a fogonazos intermitentes, por la morbosa imagen de ella con el otro. La visión se repetía con ineludible insistencia, su filo agudo hiriéndole el pensamiento, cada vez. Le era imposible parar el torrente de fantasías malsanas que su conciencia, sin piedad, le arrojaba.
      Entonces lo acometió el impulso de aplacar el dolor, de cegar las proyecciones de su imaginación enfermiza, de aplastar el aparato que te hace sentirte contenido en tu cuerpo, preso en piel viva y encendida...; miró, como a través de la óptica de un sueño, a su alrededor; el toldo gris e invidente del cielo, que ocultaba las estrellas; la brisa gentil, incierta, en la copa de los árboles; en la altura de un edificio, una ventana exhibía una masa carnosa restregándose, punzante, contra ella; una risa, o un estertor, confundidos con los tumbos violentos de alguna música monorrítmica; miradas pequeñas, brillantes y maliciosas, con la pupila hinchándose de deseo; niños descalzos que con el desamparo en los ojos alargaban sus manos hacia él.
      De pronto lo dominó la sensación de una violenta libertad. Ya todo había terminado. Como cuando el hipocondriaco finalmente contrae la temida enfermedad y puede, al fin, descansar de sus tribulaciones, dejar de angustiarse por el horror de la amenaza.
      Tambaleándose, sonriendo como si algo finalmente se hubiera desprendido y resuelto, dejándolo en paz, se dirigió a su departamento. Con alivio, con alegre brutalidad, se percató de que vivía un momento cumbre. En su interior, la máquina de sus impresiones trenzaba y destrenzaba un sentimiento para dar a luz una nueva idea. Ya todo estaba como consumido, consumado. Entonces hizo ante sí mismo uno de esos juramentos que produce la inspiración súbita, que son más sentimiento que voluntad.

vii
      —En el ombligo del sistema solar gira el Sol. El Sol se retuerce en un arrabal perdido de la Vía Láctea, con su cortejo de planetas. En el centro de la galaxia arde algo aun mayor, radiante y colosal. Toda esta materia orbita a merced de otro cúmulo casi inimaginable, y que, a su vez, es dominado por otro de medidas inconcebibles. Millones de galaxias, suspendidas en la vacuidad del espacio, compactas por la gravedad aplastante de su núcleo, cada una con su séquito de soles rotando en su vientre constelado, ahítas de polvo cósmico y nubes de gas, atrayéndose y repeliéndose, cautivas en la vastedad del universo...
      M., sumido en sueños, no escuchó una sola palabra.
      La luz pálida, azul naciente, del amanecer, hacía contraste con el fulgor cálido de las velas. F., hipnotizado por su danza enigmática, por el vaivén sin causa de aquellos tres jirones de fuego, no pensaba en nada. Lo adormecía su movimiento pausado, su aleteo silencioso. Entonces, indolente, alargó el brazo frente a la vela y pudo sentirlo: un hilillo de aire, una corriente diminuta, ligera y juguetona, haciéndose bolita en la palma de su mano. Se levantó y, siguiendo el trazo del soplo, se digirió a la ventana. Divisó, debajo de la manija, que un pedazo de vidrio estaba roto.
      A través de su ventana, como haciendo un saludo tímido, las copas de los árboles también se bamboleaban.
      La materia gris, poluta, de la noche citadina, era lentamente reemplazada por un azul sin fondo, que ganaba intensidad cada segundo. Y en la más lejana altura, como amenazando con desaparecer de tan pálida, la Luna. La misma Luna de siempre, desde hace siglos la misma. Las mismas antiguas cicatrices, las mismas huellas de sombra.
      Entonces se fue a acostar con la imagen de esa gran bola blanca en el pensamiento. La visión, cálida y casi tangible, del satélite, arrullaba su sueño. Deseó, ya casi dominado por el cansancio, soñar con un viaje a la Luna. Soñar que su cuerpo ingrávido daba saltos sin esfuerzo sobre su superficie polvosa, inmensa, deshabitada. Le rogó a su inconsciente esa pequeña misericordia: un sueño sereno, alucinante, envuelto en quietud. Antes de caer rendido, pensó en la Luna que acababa de ver, con la feliz certeza del cumplimiento de su anhelo. Había, por lo menos, un diminuto consuelo, una pequeña seguridad: en la Luna habita siempre el mismo silencio.



 
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