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Crónica / Un viaje literario y musical por el Mississippi / Javier Reverte PDF Imprimir E-Mail
No sé si hay muchos comienzos de famosas novelas que empiecen con un grito. Pero ahí va uno:

—¡Tom!
      No hubo respuesta.
      —¡Tom!
      No hubo respuesta.
      —¿Qué le habrá sucedido a ese muchacho? ¡Eh, tú, Tom!
      No hubo respuesta.

Así se inicia una bella novela americana titulada Las aventuras de Tom Sawyer. Y así se inicia uno de los más hermosos romances literarios de un escritor con un río: Mark Twain y el Mississippi. Twain publicó el libro en 1876 y, nueve años más tarde, en 1885, apareció su continuación, Las aventuras de Huckleberry Finn, quizás de mayor altura literaria que el anterior. Si en el primero de ellos el río discurría en la proximidad de sus personajes, en el segundo los personajes cabalgaban sobre el río. En todo caso, son dos historias hermosas que aún siguen vivas en el corazón de los lectores de todo el mundo
      El río es el más largo de toda Norteamérica y, sin duda, también el más literario de América, no sólo por Mark Twain, sino también por ser vecino del territorio en donde William Faulkner centró su universo novelístico, el imaginario condado de Yoknapatawpha, y en donde se alza la ciudad de Nueva Orleáns, en donde Tennessee Williams situó algunas de sus obras dramáticas. Y es su río musical: a sus orillas nacieron el blues y el jazz y a sus orillas está enterrado el más grande rockero de todos los tiempos, Elvis Presley.
      Quise comenzar mi andadura en Hannibal, en el estado de Missouri, la ciudad en que Mark Twain nació y en la que transcurre parte de las aventuras de Tom Sawyer, Huck Finn y el negro Jim. Su nombre literario, sin embargo, fue transformado por Twain en sus novelas, en donde quedó como San Petersburgo. Hasta allí llegué en coche desde San Luis, la llamada Puerta del Oeste, en cuyas cercanías las aguas del Missouri se integran a las del Mississippi. Mi propósito original había sido descender el río navegándolo, como hicieran Huck y el negro Jim en la ficción, pero es algo muy difícil de realizar hoy en día. No existen ya aquellos grandes vapores movidos a rueda, salvo dos o tres como reliquias del pasado dedicados a pasear turistas en verano, y el río tan sólo lo navegan grandes gabarras de carga y, ocasionalmente, el yate de algún millonario. Así que viajé en coche por la ruta 61.
      Cuando Twain nació, en 1835, Hannibal apenas contaba con mil almas, en aquellos días en los que el noventa por ciento de la población estadounidense vivía en el campo. Hoy alberga a diecisiete mil quinientos habitantes. El escritor la abandonó con diecisiete años y solamente volvió, por sorpresa, durante unos pocos días, en 1903, a los sesenta y ocho años de edad. Se hizo una foto delante de la casa en donde había nacido y tan sólo señaló, con poca emoción, que la recordaba mucho más grande. Visitó a unos pocos amigos, entre ellos a su novia de la infancia —la Becky de Tom Sawyer, llamada en realidad Laura Hawkins— y a algunos de los personajes verdaderos sobre los que se inspiró para construir sus ficciones, entre otros el maléfico indio Joe. «¿Yo era tan malo?», le preguntó al saludarle. «No», respondió Twain, «pero eras el más feo. Y para los niños, los malos son siempre feos».
      Twain siempre dijo que Hannibal era un lugar idílico para la infancia, por su naturaleza salvaje, por la proximidad del río, la pesca, la caza... Hoy queda muy poco de todo aquello. El lugar sigue siendo hermoso, desde luego, pero apenas hay pesca y los niños no se bañan en sus aguas, entre otras cosas porque las orillas aparecen valladas en muchos lugares. ¡Quién les diría a Tom y Huck que, en el futuro, los chavales no podrían nadar en el Mississippi!
      En su libro La vida en el Mississippi, Twain escribió: «Cuando yo era muchacho sólo existía una ambición permanente entre mis camaradas del pueblo. Esa ambición era la de trabajar en un barco de vapor».  Y de esa aspiración surgió su nombre literario. El escritor había nacido como Samuel Clemens, pero decidió cambiarlo por uno más sonoro, Mark Twain, que era la voz que usaban los encargados de echar la sonda de los vapores en los fondos del río para medir su profundidad. «Mark two... a... in!», gritaban, con el acento dialectal del sudoeste del país, si la profundidad era de dos metros, mientras sujetaban la cuerda, señalada con medidas en brazas y con una pesa en sus extremo, que se arrojaba a las aguas del río.
      Hannibal es un pueblo con escasos atractivos, salvo la presencia del río. Y el nombre de Twain, como el de sus personajes Tom y Huck, asoma por todas partes: en hoteles, hamburgueserías, gasolineras, comercios y bares. Incluso puede verse el perfil del escritor adornando el frontal de las máquinas automáticas de venta de refrescos. En Hannibal hay un museo dedicado al escritor, que comprende su casa natal, el edificio de enfrente, que fue la casa de Becky Tatcher —la novia de Tom Sawyer— y la supuesta vivienda, casi una cochiquera, de Huck Finn. A unas tres millas del pueblo puede visitarse la enorme cueva, con un dédalo de numerosas galerías, en donde Tom y Becky se perdieron durante cuatro días y cuatro noches y en la que Huck y Tom encontraron un tesoro de doce mil dólares. En fin, Hannibal cuenta con dos estatuas del novelista: una, sobre una peana en el Riverview Park, a las afueras del pueblo, desde donde Twain contempla la isla de Jackson, en la que se ocultaban sus personajes cuando no deseaban ser vistos; y otra en los muelles, moviendo la rueda del timón de un vapor. En la cabecera de la Main Street, bajo la alta colina en la que se alza el faro, hay una estatua en la que Tom y Huck aparecen jubilosos y llenos de vigor, caminando juntos en pos de alguna aventura.
      Todo este asunto de las estatuas me dejó algo perplejo. Como bien sabe el lector, hay un tercer personaje en las historias de Twain tan importante como Tom y Huck. Me refiero al negro Jim, el esclavo que huye con Huck río abajo tratando de pasar al estado de Illinois, en donde la esclavitud ya estaba abolida en esos años previos a la Guerra de Secesión, que es cuando transcurre la segunda novela de Twain enmarcada en el río. Jim representa muchas cosas en el libro y quizás es una especie de Sancho para los quijotescos Huck y Tom. ¿Cómo es que nada le recuerda en Hannibal?
      Una de las noches en que permanecí en el pueblo, me acerqué a un bar a tomar un par de copas y enseguida se arrimaron a mí dos mujeres y un hombre algo achispados. Les manifesté mi interés por Twain.
      —¡Bah! —dijo el hombre—, se burló de nosotros cuando regresó al pueblo.
      —¿Cómo es que no tiene una estatua en Hannibal el negro Jim? —inquirí.
      —No lo sé —dijo una de las mujeres, pensativa—... Y creo que tendría que tenerla.
      —Haremos una colecta popular para erigirla —sentenció la otra mujer.
      Al siguiente día, antes de abandonar Hannibal, me asomé a la oficina de turismo (Visitor’s Center) y en el libro para comentarios de los turistas escribí: «Me gustaría ver algún día en Hannibal una estatua de Jim. ¿Es el suyo un pueblo racista?». Abandoné la localidad con melancolía, la que sientes al dejar atrás los escenarios de un libro que te ha acompañado durante toda tu vida.
      Pero el Mississippi de hoy no recuerda aquellos parajes solitarios descritos por Twain y es difícil verlo desde la carretera, a causa de los altos diques y parapetos construidos para prevenir las avenidas de agua en la época de los deshielos. No obstante, el paisaje es hermoso, con tupidos bosques en las colinas que se asoman sobre el río.
      Mi intención era llegar a Cairo, en donde el río Ohio rinde sus aguas al Mississippi. Allí mismo pensaba desembarcar Jim, ya en el estado de Illinois, y convertirse en un hombre libre. Sin embargo, la niebla de la noche confundió a los navegantes y la balsa pasó de largo, para internarse en el estado de Tennessee. ¡Pobre Jim! Seguía en territorios esclavistas, expuesto a ser capturado por los cazadores de esclavos escapados de sus amos.
      Yo tampoco me detuve en Cairo. Y no porque me extraviase, sino por el aspecto de la localidad, un poblacho con antiguas casas en avanzado estado de decrepitud. Y según viajaba hacia el sur, Tom, Huck y Jim comenzaron a esfumarse, como se difuminaba la literatura, en esa autopista 61, para dar paso a la música, a los reinos del blues y del jazz.
      La siguiente escala era Memphis, ya en pleno sur, en Tennessee, uno de los estados que abrazaron la Confederación y en donde se libró una importante batalla de la Guerra de Secesión, que ganó el ejército del Norte en 1862. Aquí mataron de un balazo al líder negro Martin Luther King en abril de 1968, pero la marea en defensa de los derechos civiles ya no pudo ser detenida.
      Memphis se yergue en una colina sobre el río y cuenta hoy con cerca de un millón de habitantes. El centro de la ciudad, con sus estrambóticos tranvías de colores rescatados de antaño, es un lugar extraño, vacío de gente casi a toda hora, excepto al comienzo de la noche, cuando en Beale Street, la calle del blues, se abren sus locales y comienza a sonar la música en vivo hasta bien entrada la madrugada. En Memphis vivieron el rey del rock, Elvis Presley, y el rey del country, Johnny Cash, así como uno de los monarcas del blues, B. B. King.
      A unas pocas millas del centro urbano se alza Graceland, el rancho en donde levantó su reino Elvis Presley y en donde se encuentran su tumba y la de sus familiares, que hoy es una suerte de altar construido en honor de un dios laico. Allí se encuentran sus trajes de lentejuelas con bordados dorados, sus discos de oro y de platino, su estudio, su cuarto de billar, sus habitaciones privadas con sus osos de peluche, millares de fotografías, las grabaciones de sus canciones y de sus filmes, las cuadras de sus caballos, la sala en donde veía tres programas distintos al mismo tiempo en tres televisores... todo ello con un aire kitsch que en ocasiones casi llega a producir urticaria.
      Seguí rumbo sur por la 61. La música deja de sonar y regresa la literatura: estamos en el condado de Yoknapatawpha, territorio Faulkner, en el norte del estado de Mississippi. En la realidad, tal nombre no existe y el verdadero condado se llama Lafayette. Pero a Faulkner le divirtió cambiárselo por un término de aire indio que, al parecer, encontró en un sello de correos. Muy joven, el escritor se estableció no muy lejos de allí, en el pueblo de Oxford, a unas pocas millas de las orillas del Mississippi, y aquí pasó la mayor parte de su vida. En su literatura, también cambió el nombre del pueblo por el de Jefferson.
      Oxford y sus alrededores son puro Dixieland, mero Sur, los campos de batalla de aquellos guerrilleros confederados que perdieron una guerra sangrienta contra la Unión pero que dejaron una huella indeleble en la memoria de Faulkner. En la plaza central de Oxford se eleva un monolito que remata la estatua de un soldado y en sus campos cabalgó el coronel John Sartoris, una de las principales figuras de la ficción de Faulkner, luchando contra los yanquis. El escritor, para crearlo, se inspiró en su bisabuelo, el coronel William Falkner, antiguo combatiente en la guerra con México y coronel durante la de Secesión, al mando de una unidad guerrillera de caballería. Al terminar la contienda, Falkner (la u del apellido la añadió el escritor al firmar sus libros) fue elegido como parlamentario por Mississippi, pero el mismo día de la elección resultó muerto en un duelo a revólver con un adversario. Era un hombre acostumbrado a este tipo de peleas: él mismo había acabado años atrás con la vida de dos hombres en situaciones semejantes.
      A pesar de las nostalgias pretéritas, Faulkner era un encendido defensor de la igualdad de derechos entre los hombres y mujeres de distintos colores de piel. «Estar contra la igualdad a causa de la raza y del color de la piel», decía en 1955, «es como vivir en Alaska y estar en contra de la nieve». Faulkner admiraba el viejo espíritu caballeroso del Sur, al tiempo que detestaba el legado de intolerancia e injusticia de la esclavitud: «El Sur es mi patria», añadía, «y yo la amo: no la amo por sus virtudes, sino a pesar de sus faltas».
      La casa y la granja de Rowan Oak las compró Faulkner con el primer dinero que ganó con sus historias cortas. Le gustaba poco salir de allí y empleaba su tiempo en escribir, cabalgar, emborracharse y cazar con los amigos por los bosques vecinos. «No conozco a gente literaria», decía. «Mis amigos son granjeros como yo y cazadores y gente del mundo de los caballos. Y hablamos de caballos, de perros y de armas, o de cómo será la próxima cosecha de algodón, nunca de literatura. Yo sólo soy un granjero que escribe».
      Hoy todavía se percibe, al visitar su casa, que es un hogar levantado a imagen y semejanza de su dueño. Alzada entre colinas boscosas, la vivienda tiene dos pisos y está construida en madera, con columnas clásicas en el porche. Dentro, las estancias son amplias y sobrias. En su dormitorio, junto a una silla, las botas de montar y la fusta parecen listas para ser usadas en la primera cabalgada de la primera hora de la mañana. En su estudio, las anotaciones en grandes hojas de papel, escritas de su puño y letra con indicaciones para el trabajo de los días siguientes, llenan una buena parte de las paredes. Junto a la pila de la cocina, hay una botella de bourbon medio llena. Faulkner fue un gran bebedor y hubo de ser internado en varias ocasiones en una clínica de Memphis para desintoxicarse.
      La mañana en que dejaba Oxford para seguir viaje, me acerqué al cementerio a visitar la tumba del escritor. Sus restos reposan, junto a los de su esposa Estelle, a la sombra de tres robles y al pie de una pequeña colina. Y cada año, los visitantes que se acercan hasta aquí dejan flores, caramelos y dulces, notas escritas a mano e incluso libros de poemas. Uno de ellos, encendido entusiasta del escritor, dejó una nota en donde se leía: «Ahora ya sabemos que todos morimos, ya que Faulkner murió un día». La mañana que me acerqué a su tumba alguien había dejado una botella de bourbon marca Jim Beam, con dos dedos de líquido en su interior, justo un trago.
      Tierras feraces, colinas, ríos y bosques densos bordeaban la carretera. Y los grandes diques de contención cerraban la visión del Mississippi. La temperatura, no obstante, se iba moderando mientras avanzaba y me adentraba en el Sur. Por la tarde comenzó a llover.
      Era obligada una parada en Clarksdale, pequeño pueblo que, en cierta forma, se considera casi como la cuna del blues. Aquí está el museo más importante dedicado a esta música de origen negro, en donde se guardan instrumentos, fotos y ropas de músicos famosos como Muddy Waters o B. B. King. Aquí, en Clarksdale, nació Robert Johnson, grande entre los grandes del blues. Bajo la lluvia, tiré una fotografía al famoso Crossroads, el cruce de caminos entre las carreteras 49 y 61, en donde se dice que el Diablo se aparecía a los músicos y les ofrecía el secreto del blues a cambio de su alma. Robert Johnson compuso la famosa canción del mismo nombre, «Crossroads Blues», y tal vez ahora su alma se pudre en los infiernos: 

I went to the crossroad,
      fell down on muy knees.
      Asked the Lord above
      «Have mercy now,
      save poor Bob...»

Las grandes llanuras del delta del Mississippi se extendían hacia el sur, repletas de ciénagas, de bayous (arroyuelos en dialecto cajún) y bosques oscuros bajo la lluvia. La siguiente parada era en Jackson, una ciudad de cerca de doscientas mil almas que es capital del estado de Mississippi. El jazz y el blues fueron siempre sus señas de identidad. Escuché un blues en un garito cuya letra no olvido:

She made me laugh
      And now she makes me cry
      And just remember
      We’ve born to die...

Crucé Baton Rouge, ya de lleno en el estado de Louisiana, y al fín alcancé mi destino, Nueva Orleáns, justo en pleno carnaval y el día anterior al famoso Mardi Gras. Fue un Martes de Carnaval inolvidable. Los desfiles de las cofradías negras inundaban a toda hora la avenida de Saint Charles, con decenas de carrozas adornadas con diversos motivos, desde las que los cofrades arrojaban caramelos, muñecos de trapo, pulseras y collares de vidrio de colores a la multitud que se agolpaba en las aceras. Las orquestinas seguían a las carrozas entonando alegres ritmos de Dixieland y la gente bailaba sin descanso arriba de los carromatos y en la calle. En el Barrio Francés, sobre todo en Bourbon Street, desfilaban los creoles, los blancos de Nueva Orleans, con ritmos de vivo jazz. Todos llevábamos al cuello collares de colores y la mayoría de la gente portaba disfraces. Era un día luminoso y frío. El aire de libertad era contagioso y a mi lado desfilaron por Bourbon unas muchachas jóvenes con los pechos al aire pintados de colores. Tres miembros de una secta religiosa pregonaban en carteles la «Verdad» de Jesús y la «Bondad» infinita de Dios. Un joven había improvisado otro cartel y los acompañaba a todas partes situándose a su lado. El suyo decía: «Dios no existe. El cielo está aquí. Disfrútalo ahora».
      Me asomé a algunas de las casas ajardinadas de dos plantas, tratando de encontrar a alguien que se pareciera al sudoroso Marlon Brando y a la remilgada Vivien Leigh, en la versión cinematográfica de Un tranvía llamado deseo. Pero Stanley Kowalsky y Blanche Du Bois ya no están allí desde que su creador, Tennessee Williams, decidió largarse para siempre de su casa de Nueva Orleans.
      Al pie de las últimas casas del Barrio Francés, el musculoso brazo del gran Mississippi, «el tronco del cuerpo de la nación», como lo llamó Abraham Lincoln, corría sereno y con vigor hacia el Golfo de México. «No es éste un río cualquiera», escribió Mark Twain; «al contrario: desde cualquier punto de vista, es extraordinario». En plena celebración del carnaval, un hombre de color entonaba con honda voz, en los muelles, la antigua canción del musical Showboat, que interpretó mejor que nadie el tenor negro Paul Robeson:

Old man river,
      That old man river...
      He don’t say nothing...



 
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