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Visitaciones / Aquí, allá, en todas partes / Jorge Esquinca PDF Imprimir E-Mail

Fotografía. Con frecuencia me pongo a pensar en la animadversión que Charles Baudelaire manifestaba hacia la fotografía. Recién inventada por su compatriota Daguerre, la fotografía no era para Baudelaire algo más que una herramienta de cierta utilidad para la ciencia y un mero auxiliar para el pintor que podría echar mano de ella con la finalidad de crear luego una obra de arte. La pintura, siempre privilegiada en el ideario de Baudelaire, habría de transformar la realidad de la que emanaba y mostrar, mediante un cuidadoso artificio, la poderosa imaginación del artista. La inmediatez de la fotografía le hacía pensar en ella como un método barato que se oponía al dominio de lo impalpable y lo imaginario encarnados de manera inmejorable por la pintura. Curioso razonamiento de un espíritu tan singular como el de Baudelaire quien, a principios del siglo xix, forjó el concepto de modernidad en el arte y una nueva forma de expresión literaria. A su favor podría decirse que el procedimiento fotográfico era ciertamente rudimentario y que a Baudelaire le preocupaba la vulgarización del método en detrimento del arte de la pintura, exponente por antonomasia de los criterios clásicos de la belleza. Casi dos siglos después, a nadie sorprende que la fotografía haya alcanzado por méritos propios el estatus de disciplina artística. La razón es sencilla: más allá de su prodigiosa evolución técnica, hay, detrás de todo lente, una mirada en la que se involucra la imaginación humana. Al recorrer una reciente exposición del fotógrafo que firma como luis/caballo, puedo dar fe de esa mirada que no se complace en la celebración narcisista que temía el poeta francés, sino que se asoma al universo de los otros, compañeros fugaces, alternativamente desventurados y felices, de nuestra aventura humana. ¿Qué destino le depara a la fotografía la vertiginosa escalada tecnológica de nuestro siglo? Yo la veo expandirse hacia un horizonte de infinitas posibilidades.

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Miradas. El fotógrafo es un cazador de instantes. Buena parte de la eficacia de su arte reside en una disposición inicial. Una sutil transformación se realiza en su propio interior. El sentido utilitario de la vista pasa a segundo plano para que surja una nueva condición a la vez física e inmaterial. Me refiero a la mirada. Pero no se trata de una forma cualquiera de mirar. Esta mirada es la nueva frontera de un cuerpo sometido a un estado particular de atención. A través de ella el fotógrafo vuelve a leer los signos que componen el mundo y puede interpretarlos. Todo adquiriere entonces una dimensión que nunca aparece a primera vista. El fotógrafo se desplaza con el olfato del cazador. Descubre escenas que se desvanecen al instante; gestos que revelan profundidades apenas sospechadas; expresiones que componen cada día la compleja gama de la emoción humana; efímeras encarnaciones de la luz. Ese cada día es ahora el mejor relieve de la otra mirada. Y el fotógrafo se empeña en retenerlo, como si luchara contra la fugacidad de su propia existencia. Contra la fugacidad de todo lo que existe. Entre las dos orillas, inmerso en el incontenible fluir del tiempo, el cazador se detiene y atrapa en su red una partícula claroscura. En ella, como la mariposa en el trozo de ámbar, queda fijo el instante. El privilegio de la fotografía es mostrarlo en la cima de su gloria, en la plenitud de su quieto derrumbe.

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Biblioteca. Nada cuesta imaginar la soleada mañana en que el joven Alejandro de Macedonia concibió la ciudad que llevaría su nombre. Alejandría, nos dicen los historiadores, era entonces una franja de tierra de unos cinco kilómetros de longitud por dos y medio de anchura, situada entre el mar Mediterráneo y el lago Mareotis, junto a la desembocadura oriental del Nilo. El clima era propicio y el emplazamiento apropiado para levantar una ciudad cuyo porvenir económico y político garantizara su vocación nodal: Alejandría habría de ser una ciudad-enlace entre dos mundos, entre dos culturas: Grecia y Egipto. Como era su costumbre, Alejandro recorrió palmo a palmo el territorio y señaló el emplazamiento de las murallas. Los trabajos comenzaron poco después, encabezados por Dinócrates de Rodas. Cuenta la leyenda que, sobre una delgada capa de harina, el arquitecto fue trazando los barrios y los templos, las avenidas y los jardines. Al terminar, una bandada de palomas descendió sobre la blanca ciudad nutricia devorándola por completo. Contra lo que podría pensarse, la gula de las aves fue interpretada como el mejor de los augurios: a la ciudad que nacía habrían de acudir gentes de todas partes y todos hallarían en ella su alimento. No se equivocaron. Los cinco barrios en que fue dividida la ciudad de piedra y mármol se poblaron con gran rapidez: griegos, persas, galos, semitas, egipcios, esclavos... Ya en el siglo iii, a. C. Alejandría era la urbe más poblada del mundo. Y lo que sigue es una entreverada historia más o menos conocida en la que despuntan el célebre Faro y, por supuesto, la Biblioteca, sueño cumplido de la realeza gobernante, lugar de estudio para los hombres de letras y de ciencia, depositaria del saber de la humanidad, y finalmente, pasto de las llamas. Se fue como vino, como un sueño. La historia es, muchas veces, un presente antiguo.

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El jardín y los ojos.Quien mira bien un jardín lo mira siempre por primera vez. Al abrir los ojos en este espacio privilegiado, lo hacemos con un asombro primitivo, con una mirada de infancia. Estamos de súbito instalados en el tercer día de la Creación, antes de que el sol y la luna alternaran sus lámparas en la bóveda celeste, antes que las aves y las bestias poblaran el aire y estamparan sus huellas en el fango. El hombre mismo tendría que esperar hasta la sexta jornada. El jardín nos antecede. Al mirarlo, desandamos un camino que nos conduce hasta las raíces más profundas de nuestra propia historia. Los ojos se multiplican, ascienden con cada tallo hasta las corolas que revientan en nidos de luz, trepan por troncos que se bifurcan en ramajes hasta frondas, o descienden, piadosos, hacia la humedad esmeralda del musgo franciscano. Estamos en el reino del verdor. Todo en él: brotes, hojas, nudos, nervaduras, celebra las infinitas gradaciones del color predilecto de la vida vegetal. Todo jardín es una imagen del antiguo Paraíso. Es casi imposible pensar en una civilización sin jardines, en un pueblo sin alma, sin ojos. El jardín nos devuelve la mirada. Y el jardín nos dice lo que siempre hemos anhelado saber acerca de nosotros mismos.

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El jardín y las voces.Una mezclada población se anima en el espacio íntimo de este jardín. Voces de la más remota Babilonia, de la China imperial y la Grecia de Aristóteles; voces de Las mil y una noches, de Roma y Egipto, del México prehispánico, se entrelazan en repentina algarabía. Una civilización de apasionados jardineros. Hombres y mujeres que encontraron en el cultivo de jardines un alto símbolo de cultura, en franca oposición ante la jungla indomable. El jardín doméstico —por modesto que sea— es un legado de la voluntad y el espíritu humano. Hay en él una invitación a reflexionar, a detenerse con largueza frente al vértigo de lo espontáneo. Todo jardín guarda una propuesta de orden contra el caos, una búsqueda de la almendra luminosa que crece rodeada por la oscuridad. Otras voces, otras presencias van mostrándose ante quien recorre sus veredas con la disposición indispensable. Otros habitantes minuciosos, inasibles: el crujido de una rama vencida por el tiempo, el zumbido de una avispa rayando el mediodía, un goteo de agua en el estanque que duplica al jardín y lo devuelve al cielo, la acrobacia en el canto de los pájaros, el silbido del viento entre las frondas... En la proximidad de un espacio confidente, vibra la naturaleza y los seres se responden, dice Bachelard, imitando a las voces elementales. El hombre es al mismo tiempo dueño e intruso, aprendiz e iniciado. Las voces del jardín le revelan su propia voz, inmersa en el concierto, voz de todos y de nadie.

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El cuarteto. Escucho a los Beatles, ¿qué de ellos? Todo. Cada una de sus canciones es un acierto, un viático, una mejor manera de estar en el mundo. Mi mañana comienza envuelta en un halo de gracia —lo sabe Gabriela— si suena alguno de sus elementales rocanroles o cualquiera de las más elaboradas piezas del Sargento Pimienta y su Club de Corazones Solitarios. Nunca olvidaré la liberación que me trajo, a mis nueve años, el primer guitarrazo de Help! Aquello había que bailarlo, echar de brincos, desgañitarse y reclamar desde entonces una suerte de salvación sólo posible a través de esa música, aun sin entender lo que decían esos cuatro «melenudos», ¡qué importaba! Era bailar sin regla alguna, en la bendita ignorancia de todo lo demás. Niños al fin, en otro tiempo... En estos días leo una declaración de Kurt Vonnegut. Dice, en una conferencia, que la misión del artista —si alguna tiene— consiste en traer un poco de felicidad a nuestras vidas. Entre el auditorio, alguien le pregunta: ¿conoce usted a un artista que lo consiga? Vonnegut, sin dudar, responde: «Sí, los Beatles».



 
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