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Anacrónicas / Un poema de H. A. Murena / María Negroni PDF Imprimir E-Mail

Como poeta, hay que decirlo, Murena es un fulgor difícil. En sus libros conviven improbablemente el asentimiento y la insumisión. Podría, incluso, hablarse de intransigencia musical, pero eso, sin ser falso, resultaría insuficiente. Sus poemas, del primero al último libro, son objetos solitarios, cajas de resonancia irregular, tramas donde se enlazan, por un instante, conceptos metafísicos con imágenes líricas, para dar paso a pequeños silencios que, a su vez, dan paso a otras frases u otros silencios.
      Alusivos, reticentes, desconfiados: en ellos se suceden preguntas que nadie responde, paisajes mentales, alabanzas formuladas por un yo que bien podría ser nadie. O bien, se dice «la alegría más alta», la de una pérdida sagrada y sus delicias.
      Ruido, escribió Murena, es lo que hacen los que no oyen. En esa frase extraordinaria conviven muchas cosas: un anatema contra el infierno sonoro de la cultura de masas, sí, pero también un álgido llamado a oír lo que Henri Bremond, en su libro Plegaria y Poesía, llamó «el vacío viviente»: «Hombre, calla, escucha. / La sabiduría es receptiva». O «Yo / me desnudo / para recibir / al monarca / desconocido».
      Oír, recibir, desnudar: tres verbos femeninos le sirven a Murena para postular al conocimiento como don y a la acción de la quietud como camino.
      De todos sus libros de poemas, El águila que desaparece (1975), que publicó un mes antes de morir, es sin duda el más extremo. Ahí las tentativas esbozadas en los libros previos se acentúan hasta que no quedan, sobre la página, más que huellas, ínfimos resabios del viaje aéreo del poema. Un fragmento o simulacro de frase ha sido escandido en poquísimos versos. A veces, esos versos constan de una sola palabra, o de una sola sílaba o una sola letra, alzando catedrales de sentido con nada.
      Esa nada, claro, está llena de esqueletos luminosos donde brillan el exilio, el aislamiento, el canto extemporáneo de las aves, el color azul, los deseos disonantes, las diferentes clases de otoño y la fabulosa luz de lo invisible.

Azares nocturnos

¿Qué sería
      la circunferencia
      sin centro?

En este cuarto
      lunar
      acaso
      hable
      a solas.
      Pero
      no hablo
      a solas.

La palabra
      única
      realidad
      que poseo
      y la realidad
      real
      arroyo púrpura
      que corre
      bajo
      la palabra.

l                  H. A. Murena (1923-1975). Tomado de su libro
      El águila que desaparece, dedicado a Sara Gallardo, Editorial Alfa, Argentina, 1975.



 
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