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Poemas / Jordi Doce PDF Imprimir E-Mail

Ritos de paso

Aquí todo sucede como en sueños. Incluso cuando nadie alberga dudas sobre la solidez o la calidad de la existencia, siempre hay alguien —un muchacho que hasta hace poco era la viva imagen de la salud, o una niña que aparta la cara detrás de un flequillo excesivo— que dibuja la primera grieta en el aire. Si no me crees, inspecciona los garabatos en las ventanillas polvorientas de los autobuses, el ajedrez hipnótico de la retina en los techos agrietados. Son los primeros en volver a casa y saludar al piano vertical del pasillo. Se despiertan bailando con el azogue del espejo. Saben entrar y salir sin ser vistos, del brazo de su sombra. La mañana reluce como de costumbre sobre el parking del supermercado, pero dos cuerpos furtivos ya encontraron el modo de ignorarla. Fumando a escondidas, o meciendo su desdén sobre el brillo metálico de los coches mal aparcados. La música es el alma de esta fiesta. La música es el cuerpo del delito. Si no me crees, advierte el parentesco entre la grava y el tabaco, la cópula del tiempo con las grúas. Unos labios resecos deletrean la cadencia del cielo y todo vuelve a repetirse, como en sueños. Así fue la primera vez: libertad y frío, el rumor de la calle abrochando el silencio, volver o no volver junto al sedal estéril de un cigarrillo. Iban hacia la fuente de la vida, pero el trayecto fueron colmenas de abejas filosóficas, zumbidos castradores. Iban en fila, bien ordenados, pero la multitud los dispersó y ahora vagan por las afueras. Charcos donde abrevan neumáticos rotos, jardines con mangueras descuidadas que simulan los pliegues de la mente. Nada de lo que ocurre es un sueño, aunque lo parezca.

 

Tal como éramos

También nosotros querríamos volver al paraíso, escribir el edén. Luces bien asentadas, días que no vacilan y pupilas que miran de frente y de continuo la clara pertinencia del ahora. Sobre la mesa, el sol y un vaso de agua. Sobre la mesa, un sol de agua, el aire quieto del vaso. Allí estabas, hablando a espaldas de las horas, como si el tiempo fuera un invitado incómodo, una mancha capaz de borrar las palabras que decían el mundo. Allí estabas, bajo el toldo batido por el viento, y el agua lamía el malecón y se colaba entre las rocas con sus dedos prensiles, poniendo un suelo incierto donde plantar las voces, los silencios, la astucia misma del encuentro. También nosotros querríamos borrar la sombra, el reverso maléfico que seduce y arrastra. También nosotros, con nuestra piel viajera y la lengua labrada por el ansia. Limos bien asentados, mezclas desatendidas, manos que sólo manchan lo que codician. La sangre, que se lastima donde encalla. Pero ya no es posible. Todo se ha corrompido antes de madurar. Todo es mancha y turbión. O cayó en el desagüe donde una lluvia huraña lo arrastra y descompone sin piedad. Las palabras que hablabas se salieron de quicio, no saben su lugar, no saben estar quietas. Las palabras que oíamos se nos han ido de la mano y todo es ya otra cosa, distinta de sí misma, irreparable. No podemos volver sobre lo andado. No es posible desanudar el tiempo. Tan lejos de aquel día, el perfume difícil del presente, su impuro aprendizaje, tan lejos del edén.

Hoja de ruta

Iban a ningún sitio y llegaron a viejos. Las hechuras del tiempo no daban para más. Días de serie, noches inapetentes, y las puntadas de la inercia desdibujando transiciones. Es así, es así. Detrás de la ventana discurrían los mundos, y el carrusel giraba sin descanso y las nubes bebían de los ojos y la prisa era un hombre clavando agujas en la efigie del porvenir. Una tierra de sal, un mar de tiza. ¿De qué sirve la sangre, si quedó reducida al filamento de una bombilla taciturna? Un refugio para el lector insomne, una hoguera doméstica donde quemar los días.
      Iban a ningún sitio porque no había nada, sólo el estambre del silencio a punto de rasgarse y divulgar, quizá, algo feroz, definitivo. Todo por resolver y todo postergado. El perfume que viene del caballo manchaba en ocasiones los cristales, y el olor del laurel, y la lengua rijosa de los atardeceres. Es así, es así. Una espiral de notas montaraces que avanza entre la hierba igual que un cuervo. La pólvora nerviosa de la vida humeando, quemándose a sí misma hasta saltar en sueños.
      Algo les protegía, sin embargo. Algo que no era suyo pero les daba nombre, cuerpo, meta. Porque los sueños no se tocan, siguieron su camino a ningún sitio. Porque los sueños están fuera, vivieron dentro de sí mismos. Bastaba con seguir el pie de las costuras, la noche de los días. Pero no había nada, sólo el paño del tiempo a punto de rasgarse y decir algo cierto, irrebatible.



 
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