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Tres cuentos distópicos / José María Merino PDF Imprimir E-Mail

1. La pesadilla del Papa Francisco

El Papa Francisco no podía salir de aquella angustiosa pesadilla.
      Un gigantesco cónclave en un espacio etéreo, en el que la inmensa oscuridad y la precisa iluminación se conjuntaban de un modo que no parecía posible. Sucesivos y paralelos, los diferentes niveles, llenos de figuras, le recordaban las pinturas de alguna bóveda clásica.
      En el centro de todo, en lo más alto, había una luz abrumadora, aunque soportable. De ella iban a surgir las palabras que resonarían dentro de él causándole tanta desazón.
      Comprendió enseguida que en aquellos distintos niveles estaban instaladas las nueve jerarquías de la Corte Celestial: primero los Serafines, los Querubines y los Tronos. Luego las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades. Por último, los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.
      Y de la luz comenzaron a surgir palabras precisas, que llegaban hasta él más con la forma de una escritura impresa en su imaginación que con la sonora:
      —Desde nuestro lugar sin tiempo, y tras observar el desarrollo temporal del proceso de la Creación, que para nosotros no significa nada pero que para ella tiene una extensión inconmensurable, os he convocado para comunicaros que he tomado una decisión grave y definitiva.
      Latía en la muchedumbre celestial una evidente tensión expectativa, pues jamás había sido convocado cónclave semejante.
      —Os anuncio mi irrevocable decisión de dimitir como Altísimo.
      Se percibió un estremecimiento de sorpresa, un palpable desconcierto consternado, reflejado en un silencio sólido como la oscuridad que los rodeaba.
      —¿Alguien tiene algo que decir? —preguntó la voz.
      Utilizando su privilegio, el Primer Serafín pidió la palabra:
      —Altísimo, esa decisión es muy grave, tanto para el cielo infinito como para el universo perecedero... ¿Podrías explicarnos tus razones?
      La voz resonó lenta, majestuosa:
      —He fracasado.
      Esta vez, la consternación hizo vibrar luz y negrura en un gigantesco relámpago.
      —Ese minúsculo proyecto humano, ese ensayito de vida inteligente, ha mostrado que no soy todopoderoso. En su breve plazo de existencia se ha afirmado como una especie sin capacidad de progreso moral, constituida por numerosas individualidades avariciosas, soberbias, crueles, capaces de cometer los más horrendos crímenes, y que además están destrozando el propio mundo en el que habitan. Quería crear un ser digno de mí y creé un ser espantoso, abominable, cuya existencia me avergüenza.
      —Altísimo —habló otra vez el Primer Serafín—. ¿No consideras el Diseño Inteligente? La especie humana está en evolución, tiene que seguir desarrollándose, y sin duda lo irá haciendo cada vez mejor.
      —Una modesta molécula de esa especie, un profesor que ni siquiera es científico, cuando oyó hablar del Diseño Inteligente lo rebatió con un argumento demoledor: «Primero el carro de Isaac Newton —una caldera de vapor con cuatro ruedas—, luego el Ford t, pasando por el triciclo de Karl Benz, y a lo largo de los años, distintos modelos de muchas marcas diferentes con perfeccionamientos sucesivos, y ahora con el motor eléctrico... El famoso Diseño Inteligente, aplicado al automóvil, exigiría contar desde el primer momento con el vehículo perfecto y definitivo, y no con una azarosa sucesión de modelos... Pues sobre el ser humano, lo mismo. ¿O no?». Y es que tanta brutalidad, tanto egoísmo, tanto dolor, no pueden justificarse de ninguna manera. He fracasado, sin remisión.
      El osado Primer Serafín no se atrevió a contestar nada.
      —Repito que mi decisión es irrevocable. Yo, el Altísimo, dimito.
      El Primer Serafín recuperó su osadía.
      —Pero alguien tiene que asumir la jefatura del Cielo.
      —No he decidido todavía quién será mi sucesor. Que se presenten candidaturas —replicó el Altísimo.
      Tras un silencio espeso, se oyó una voz inconfundible. Era la del Ángel Caído, que ocupaba uno de los lugares marginales, a los pies del etéreo anfiteatro.
      —Yo me ofrezco para sucederte, Altísimo. Puedo acreditar cierta experiencia, por lo menos en la gestión del mundo humano...
      Entonces fue cuando el Papa Francisco comprendió que estaba inmerso en una espantosa pesadilla, e intentó arrancarse de ella.
      «Debo despertar», murmuraba. «Debo despertar...». Pero no lo conseguía, y su angustia era creciente.
      Por fin, la voz del Ángel Caído murmuró burlona a su oído:
      —Despierta, Santidad...
      Y el Papa Francisco logró salir del sueño, aunque el agobio de aquella pesadilla persistió en él durante mucho tiempo. Todavía se le notan las ojeras en las imágenes de la televisión.

 

2. Bienvenidos, refugiados

La banderola seguía colgando de la torre del ayuntamiento. Habían pasado tres años y recordaba el inicio de aquella febril actividad. La larga guerra de Siria, el principio de la llamada crisis de los refugiados.
      Rivelles, uno de los asesores de la alcaldesa, decía que nunca antes había habido un fenómeno igual en el mundo, entre otras cosas porque nunca había existido una Unión Europea, con tan peculiares características de acceso y de movilidad entre sus miembros. «Y nunca tanta conciencia solidaria», había añadido, pues Rivelles era un convencido del triunfo del progreso sobre las oscuras y siempre acechantes fuerzas reaccionarias.
      La primera había sido una larga y agitada reunión. El fenómeno de los refugiados que intentaban dispersarse por Europa requería alguna manifestación de la actitud pública ante aquel fenómeno, que no era la primera vez que se producía pero que nunca anteriormente, a lo largo de los siglos, había tenido aquellas dimensiones. Y además estaban las tragedias de los traslados, los niños ahogados en el mar, los acarreos brutales en camiones... Para empezar, algún tipo de mensaje visible.
      En varios lugares de Europa, el cartel estaba redactado en inglés. Rivelles era partidario de redactarlo igual. Como era lógico en alguien de la oposición, Bartrina, sin embargo, defendía la redacción en español. «Se puede añadir el texto en sirio», decía también, acaso con una pincelada de menosprecio burlón, muy propia de su ideología. Sin embargo, la alcaldesa apuntaba que «Bienvenidos, refugiados», en español, sólo parecía referirse a los miembros masculinos de aquella al parecer innumerable muchedumbre...
      —En inglés suena más cosmopolita. Igual que cuando recordamos nuestras invitaciones escribiendo en inglés Save the date...
      Fueron días muy agitados, con muchas controversias, y él se pasaba casi toda la jornada en reuniones y debates.
      Para fastidiar más la cosa, uno de aquellos días, al regresar a su casa, se encontró con Amanda recibiéndolo con mala cara:
      —Ahí tienes al bobito de tu primo. Dice que viene para quedarse.
      Ramoncín estaba de pie en la salita, con la mochila todavía colgada de la espalda y gesto bobalicón. A sus preguntas, contó que se había ido de casa porque el compañero de su madre lo trataba cada vez peor.
      —Me grita, me insulta, me llama continuamente tontolculo y gilipollas.
      El padre de Ramoncín había muerto cuando éste era muy pequeño, en un accidente de tráfico, y con los años la madre había establecido una relación sentimental con un compañero de la aseguradora donde trabajaba.
      —¿Y qué haces aquí?
      —Me he venido a vivir contigo, que para eso eres mi primo. Sólo necesito una cama. Ahora tengo un trabajo semanal: seis horas repartiendo propaganda de una tienda de modas. Me pagan en total setenta euros. Casi trescientos al mes. Tengo de sobra para comer...
      Pobre Ramoncín. Habían jugado mucho cuando era niño, porque era el compañero ideal, el fiel escudero, el obediente vasallo. Apenas se detuvo a mirarlo y llamó a su tía por el móvil.
      —Ramoncín está en mi casa, tía Luisa. Dice que se viene a vivir conmigo, que Manuel lo trata mal...
      —Ese chico... Anda, tráemelo, hazme el favor...
      Miró a Ramoncín con decisión.
      —Lo siento, primo, pero no puedes quedarte aquí. Tu madre te reclama. Además, ésta es una casa muy pequeña, incluso para Amanda y para mí...
      —Pero ese Manuel no me quiere, me insulta...
      —Hablaré con ellos.
      La desolación de Ramoncín era tan grande que casi le daba lástima. Pero la vida es demasiado complicada para meternos en ciertas historias.
      Días muy agitados. Un millón de refugiados el primer año. Otro millón el segundo. Mucho rechazo en toda Europa. Ahora, mientras Turquía los estabulaba, ya casi no aparecían noticias en la prensa ni en la tele, como si prevaleciese una voluntad de ocultación del asunto.
      Un desastre la solidaridad europea, lo que lo había consternado, como a Amanda, pues ambos sentían en lo más hondo la tragedia de aquellas inmensas multitudes, y hubo noches, en el invierno atroz, en las que no habían podido dormir pensando en ellos, imaginándolos amontonados en apestosos barrizales.
      Miró otra vez la banderola, antes de que la mole del edificio la ocultase:
      Refugees welcome

Decididamente, en inglés resultaba más cosmopolita.

 

3. Poliamor

Se habían incorporado plenamente a la nueva forma de relación colectiva sentimental y erótica. Uno de los chamanes que servían de referencia filosófica al grupo de amigos les había hecho comprender muchos de los absurdos del mundo en el que vivían: ¿por qué teníamos que dedicarnos a una sola persona, en las relaciones que se llaman serias, definitivas, para compartir nuestro mundo íntimo, sentimental y sensual? ¿Por qué no multiplicar esa exclusividad? ¿Es que las empatías no son numerosas?
      «Os lo explicaré: el origen está en la monogamia, que responde necesariamente a las primeras ideas de la propiedad y, por lo tanto, de la herencia. Me atrevería a decir que la monogamia está en las raíces profundas del capitalismo, porque el macho quiere asegurar la sucesión directa de su riqueza. Luego, ciertas religiones muy influyentes se sintieron cómodas con la idea... que, por otra parte, se ajusta al monoteísmo... Y al fin se consideró la monogamia como algo natural en la especie humana, cuando cualquier espíritu independiente lo ve como una brutal amputación afectiva. Ya las libertarias, hace muchos años, proclamaban “hijos sí, maridos no”. Nada de amor exclusivo, sobre todo ahora que la mayoría, y no digamos los jóvenes, no tenemos nada que dejar en herencia: multiplicidad de relaciones aceptadas por todos y todas, amemos de verdad, con el sentimiento y con el sexo, pero a cuantos y a cuantas nos acepten en las mismas condiciones. ¡Viva el poliamor!».
      En poco tiempo, los casos de monoamor desaparecieron, o sus practicantes se separaron del grupo, y de amigos-amantes resultó una curiosa red de lazos satisfactorios para todos, y de la que los celos estaban rigurosamente excluidos: Javier se encontraba con Tonya y Lucía, que le presentaron a Berta, que se entendía profundamente bien con Toño, Paco, Ana y Pablo, que tenía como amigos y amantes a Pascual, el Ruci, Magda y Lena... y así sucesivamente. No había tampoco discriminaciones en cuanto a las apetencias y peculiaridades sexuales de unos u otras...
      Sin embargo, en la rica y diversa trama poliamorosa, Berta coincidió con Emilio, un compañero en la clínica donde trabajaba, y aunque él estaba implicado en su propia retícula, entre ambos surgió una fuerte simpatía que, sin hacerlos abandonar las ocasionales citas con sus respectivos compañeros y compañeras de equipo amoroso, hacía que sus encuentros fuesen tan frecuentes que incluso ocultaron a los demás aquella mutua predilección.
      Una noche, tras un abrazo especialmente intenso y gustoso, Emilio le dijo a Berta que ella no se podía comparar con ninguna otra, que era sin duda su preferida, que no podía pensar en nadie más, que estaba continuamente deseando verla y abrazarla.
      Con la mirada perdida en el fondo de la alcoba y una sonrisa, Berta oía hablar al chico.
      —¿Qué me quieres decir, que es de mí de quien estás de verdad enamorado?
      Emilio la obligó a volverse y a mirarlo a la cara.
      —¿Qué pasaría si fuese así? ¿Me considerarías un antiguo, un rancio?
      Berta le acarició suavemente la cara con una mano.
      —Mira, Emi, te confieso que a mí me pasa lo mismo contigo. No dejo de pensar en ti. Y con nadie me lo paso tan bien... Te quiero como a nadie.
      —¿Nos sucederá algo raro?
      —¿Seremos unos románticos?
      —Pero eso es asqueroso...
      —Pues habrá que acostumbrarse, y eso sí, procurar que nadie se entere.



 
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