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¿Madrid, la capital fallida? (o cómo empezó todo...) / José-Carlos Mainer PDF Imprimir E-Mail

Mariano José de Larra (1809-1837) era un heredero de la Ilustración liberal, quizá más que un romántico a la moda de 1830, pero, sobre todo, era un ambicioso de tomo y lomo, casi como un personaje de Balzac (como un Lucien de Rubempré o un Eugène de Rastignac). En 1836 había pasado unos meses en París, ciudad que le deslumbró. Lo anotó en un artículo de El Español (25 de diciembre de aquel año), a menos de dos meses de suicidarse: en París, escribir es «escribir para la humanidad», mientras que «escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta». Y no es culpa del escritor sino de su público, y también de la corta estatura moral de una sociedad angosta: «Hay una armonía en las cosas del mundo que no consiente el desnivel; cuando en política tenga [Madrid] Talleyranes o Periers, cuando en armas tenga Soults, cuando en su Cámara tenga Thiers, cuando en ciencias tenga Aragos, entonces tendrá en literatura Chateaubrianes y Balzacs». Y es que en Madrid «no escribe uno siquiera para los suyos [...]. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés?».

      Sesenta años después, en Barcelona alguien pensaba que todavía estaba en pie aquel maleficio. Los catalanes habían dedicado todo su laborioso siglo xix a trabajar por un patriotismo claramente español, aunque le exigían reconocer debidamente sus glorias locales. Pero algo se había torcido para siempre después de la revolución de 1868 y, sobre todo, con la Restauración de 1874... La hispanofobia chocarrera y racista del charlatán positivista Pompeu Gener había reclutado bastantes seguidores. Y en 1895 Joan Maragall, un joven burgués catalán, que leía y escribía en francés, traducía el alemán y el griego clásico y que publicaba sus versos en catalán y sus artículos de prensa en castellano, exigía a sus lectores una «liga de buenas voluntades» que significaría «que cada uno haga un acto de voluntad diciendo: No leeré ningún periódico de Madrid ni ningún periódico que inspire su criterio en lo de Madrid. Esto a los intelectuales no les costará nada, porque ya no leen los periódicos de esta catadura, ni tienen ganas, sino por excepción y en caso de necesidad. Así pues, apliquémonos al esfuerzo de convencer a otros que no han de leerlos, haciéndoles ver la poca sustancia y lo ridículo de los clichés de la prensa madrileña o amadrileñada [...]. En cuanto a teatros se ha de hacer una guerra a muerte al género chico. No nos hemos de cansar de decir y hacer correr la idea de que el flamenquismo y el chulismo son el salto atrás de una raza decrépita que cada vez más, ya no es la nuestra; que, para divertirse, valen mucho más las gatadas de [Serafí] Pitarra, las piezas con música de [Enric] Morera, el hermoso humorismo barcelonés de [Emili] Vilanova, los arreglos traducidos del francés; porque en todas estas cosas hay una gracia, más alta o más baja, pero que, al fin, es gracia europea, gracia de gente civilizada».
      El texto (que he traducido de su original catalán) es fuerte, pero conviene recordar que Maragall no lo llegó a publicar nunca, tan consciente de que era un desahogo como de la inconveniencia de ponerlo en letras de molde. El espíritu que lo inspiraba correspondía a un momento de viraje explícito del sentimiento regional, hecho de agravios románticos y de vagas aspiraciones de un futuro distinto, pero también de un abultado pliego de cargos que incrementaba el orgullo por los éxitos locales (pensemos en la Exposición Universal de 1888, que tuvo lugar en Barcelona). Todo hablaba de una fronda cultural —la periferia contra el centro, la vitalidad regional contra la esclerotización pretenciosa de una falsa capital— que reunía en un mismo interés a muchos otros descontentos a lo largo y ancho de la geografía peninsular. Con notable acierto, el crítico catalán Josep Yxart había escrito en febrero de 1891 que fueron provincianos «los que infundieron sangre nueva a toda la literatura española»: «Exceptuando a Pérez Galdós, que escribió de Madrid en Madrid, todos los demás novelistas escribieron desde las provincias, sobre las provincias. La señora Pardo desde La Coruña y de Galicia, Pereda desde Santander y de la Montaña, Alas desde Oviedo y de Oviedo, Palacio Valdés de la provincia también en muchas ocasiones, desde Sevilla penúltimamente, [Narcís] Oller desde Barcelona y de Barcelona [...] ¡Y todos creando lo más considerable de las letras contemporáneas! ¡Propicia ocasión para hablarnos de centro! ¡Singular tema literario para probar su influjo!».
      En el último cuarto del siglo xix, Madrid y Barcelona se habían constituido como dos imaginarios (válganos el galicismo mientras no seamos capaces de alumbrar un término más idóneo) elaborados por la fuerza del contraste: europeísmo frente a casticismo, arquitectura modernista y soñadora contra eclecticismo pretencioso, burguesía bon vivante en vez de aristocraticismo cursilón, industrialización frente a funcionarización, mundana mesita de café contra la sólida mesa camilla doméstica. En suma, la ciudad nacida de la voluntad de serlo (Barcelona) frente a la mezcolanza de aduar, cuartel y oficina del Estado que había crecido como patólogica muestra de artificialidad (Madrid). Lo certificaron ojos extranjeros pero muy cercanos. El 4 de enero de 1899 Rubén Darío puso pie en tierra española, en Barcelona. Paseó por las Ramblas y contó sus impresiones a sus cosmopolitas lectores de La Nación, de Buenos Aires: «Allí, al pasar, notáis un algo nuevo, extraño, que se impone. Es un fermento que se denuncia inmediato y dominante. Fuera de la energía del alma catalana, fuera de ese tradicional orgullo duro de este país de conquistadores y menestrales, fuera de lo permanente, de lo histórico, triunfa un viento moderno que trae algo del porvenir: es lo Social que está en el ambiente; es la imposición del fenómeno futuro que se deja ver: es el secreto a voces de la blusa y de la gorra que todos saben, que todos comprenden, y que en ninguna parte como aquí resalta de manera tan palpable en magnífico alto-relieve [...]. Hay niños, hay hembras, hay campesinos que se dirían destinados a uno de esos cuadros de Puvis de Chavannes en que florecen la vida y la gracia primitivas del mundo. Los talleres se pueblan, bullen: abejean en ellos las generaciones». Madrid, en cambio, le resulta muy distinto cuando se acerca a describir su primera vivencia de la capital: «Una carreta tirada por bueyes, como en tiempo de Wamba, va entre los carruajes elegantes por una calle céntrica: los carteles anuncian con letras vistosas La chavala y El baile de Luis Alonso: los cafés llenos de humo rebosan de desocupados, entre hermosos tipos de hombres y mujeres, las jetas de Cilla, los monigotes de Xaudaró se representan a cada instante; Sagasta olímpico está enfermo, Castelar está enfermo: España, ya sabéis en qué estado de salud se encuentra; y todo el mundo, con el mundo al hombro o en el bolsillo, se divierte: ¡Viva mi España!».
      Pero nuestro Joan Maragall también estaba muy atento a todo cuanto se producía en la capital de aquella España que llamaba «la Morta». Y fue, sin duda, uno de los inventores más precoces de esa noción tan pertinaz y tan imprecisa que ha venido siendo la «generación del 98». El 22 de febrero de 1901 le escribía a Azorín que le había gustado mucho su libro Diario de un enfermo (como antes le satisfizo El alma castellana), sobre todo por su visión de la luz de Castilla. «También encontré eso, aunque con temperamento especial, en las Vidas sombrías y más recientemente en la corprenedora (poignante) Casa de Aizgorri de [Pío] Baroja [...]. Ustedes, los de la nueva generación, han vuelto a encontrar, a fuerza de seriedad y sinceridad, el espíritu inmanente del arte castellano con un nuevo sentido de su lenguaje, el sentido de la sobriedad»: es decir, que eran castellanos antes que madrileños. Los escritores de antes, con alguna excepción como Galdós, «separaron el arte de la vida, que es como hacer flores de papel y frutos de cera: pero lo de ustedes es vivo».
      La curiosidad era mutua, a pesar del recelo. El 25 de enero de 1898, el vasco Miguel de Unamuno, que también sabía algo de nacionalismos regionales y hasta de nacionalismos ciudadanos (a la medida de su Bilbao) y que buscaba otra España, nada madrileña, escribía al novelista catalán Narcís Oller que «es ahí, en Barcelona, donde mejores relaciones tengo, es ahí donde han hallado un eco más simpático mis trabajos y es ahí donde el movimiento intelectual y artístico es más de mi agrado». En 1896 había comenzado a escribir en la revista local Ciencia Social, teñida de acracia intelectual, y desde febrero de 1899, en el periódico Las Noticias. La recepción de En torno al casticismo (1902) —que se publicó como libro en Barcelona— fue entusiasta, como demuestra el artículo de Josep Soler i Miquel en La Vanguardia, y es que los catalanes parecieron entender muy bien lo que el libro tenía simultáneamente de requisitoria contra la esclerosis casticista y de apelación por lo inmutable eterno, de iconoclastia modernista y de tradicionalismo profundo, plasmado éste en la noción unamuniana de intrahistoria: era, a fin de cuentas, un producto típico del contradictorio y admirable pensamiento finisecular europeo. El 1 de junio de 1900 se producía el encuentro de Maragall y Unamuno, que fue uno de los más notables diálogos intelectuales de la España de su tiempo. El barcelonés había leído los Tres ensayos de Unamuno y le escribía que «me siento mejor para lo que llamamos vida y para lo que llamamos muerte [...]. Todo eso estaba dentro de mí, y usted me lo ha revelado y me gozo de ello». A vuelta de correo, Unamuno le decía que los únicos poetas peninsulares que le satisfacían por completo eran Jacint Verdaguer, Abílio Guerra Junqueiro y él, Joan Maragall. Y muy pronto (en 1902) Unamuno tendrá traducido al castellano el poema «La vaca cega» de su amigo, que incluyó en sus Poesías de 1907 que gustaron tanto a los modernistas españoles (Maragall le tuvo que enmendar la traducción de los vocablos esma y embanyada: «coraje» y «encornada [sic]»).
      No era nada fácil la papeleta de los catalanes que defendían el entendimiento hispánico al hallar como respuesta la incompresión y el energumenismo. Ni lo era la de los madrileños que no se resistían a aceptar el progresivo distanciamiento de Cataluña. Hubo excepciones, incluso tras la temprana muerte de Maragall (1911). El arquitecto y crítico de arte Josep Pijoan mantuvo su confianza en una España distinta y creyó hallarla, con mucha razón, en la obra de pedagogía nacional que había acometido la Institución Libre de Enseñanza (1876), bajo la eficaz y discreta dirección de Francisco Giner de los Ríos, al que designó como su maestro ideal. En 1907 el filósofo Eugeni d’Ors, el más influyente pensador del momento barcelonés, concedía la suprema categoría de noucentistes —hijos genuinos del siglo xx— a varios españoles, casi todos cercanos al mundo de la citada Institución Libre de Enseñanza: estaban el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, el novelista Ricardo León y el crítico literario Enrique Díez Canedo, como escritores, y Eduardo L. Chávarri como musicólogo; el marqués de Palomares de Duero, Pedro González Blanco, Constancio Bernaldo de Quirós, Fernando del Río (sic, por De los Ríos), Leopoldo Alas (hijo), Federico de Onís, Francisco Bernis, Martín Navarro, Alberto Jiménez Fraud, como intelectuales. Al citarlos con elogio quiere, nos dice, «hacer llegar a nuestro público estos nombres que no vienen en La Correspondencia [de España], ni en el Blanco y Negro, ni en la Ilustración Española y Americana, ni en los catálogos de la casa Fe, ni en el repertorio de doña Maria Guerrero» (la traducción del catalán es mía).
      A pesar de todo, el futuro periodista, poeta, narrador y dramaturgo Josep Maria de Sagarra, que llegó a Madrid en 1916 para cursar la carrera diplomática, sintió renovado el viejo síndrome de la capital fallida. Eran los días de la guerra europea y «así como en aquellos dos años Barcelona liquida su siglo xix con una ola de luminosidad crepitante y de explosiva vitalidad nocturna, de industrialismo enloquecido, de maremágnum internacional de negocios, piraterías, espionajes, arriesgadas aventuras de juego y sobre todo con un esfuerzo muscular exagerado [...], Madrid aparentemente se pasaba las noches a oscuras, y la vida de la calle y el aspecto de la ciudad todavía no habían roto el hielo y continuaban viviendo en el más orgulloso, el más gandul y el más irreductible siglo xix» (la traducción es mía). Pero, a pesar de lo que escribió Sagarra, los años que corrieron entre 1909 y 1914 fueron un momento de viraje y reflexión para todos. En Barcelona, la Semana Trágica quebró no poco del idilio intelectual con la ciudad de burgueses y obreros (séanos testimonio la inolvidable «Oda nova a Barcelona», de Maragall) y, desde entonces, los noucentistes decidieron reconstruirla en términos idealizantes y clasiquizantes que ya no tendrían nada del sueño rebelde que Rubén Darío atisbó en su visita de 1899. Madrid no conoció una revuelta urbana, pero, a cambio, vivió la ilusión de un neorregeneracionismo muy vivaz: el Madrid de la Junta para Ampliación de Estudios (fundada en 1907) y de la Residencia de Estudiantes (otra creación de la Junta en 1910) ya no era el de Misericordia, de Galdós, y La busca, de Baroja, con sus barrios miserables, sus facultades llenas de haraganes y sus pensiones y prostíbulos rebosantes de jóvenes sin porvenir.
      Barcelona había visto en 1912 la primera exposición cubista de España, pero en 1915 Madrid veía el salón de «los íntegros», uno de los cuales era, por cierto, el joven mexicano Diego Rivera. En Madrid, Valle-Inclán se inventaba el neocasticismo trágico y poco después, el esperpento; Azorín fascinaba con sus prosas delicadas de Castilla y Lecturas españolas, que entusiasmaron a Alfonso Reyes; Ramón Pérez de Ayala remataba con Troteras y danzaderas una suerte de antobiografía intelectual colectiva, escrita en cuatro novelas; gustaban a todos los brillantes regionalismos pictóricos de Julio Romero de Torres, Joaquín Sorolla e Ignacio Zuloaga y los suscriptores de El Cuento Semanal y Los Contemporáneos leían novelas cortas a la moda de Europa. Sólo en cuestión de música andaban todavía muy lejos de Barcelona...
      Un catalán trasladado a Madrid, Eduardo Marquina, que había estrenado ya Las hijas del Cid en 1907, imprimía en 1910 sus olvidadas Canciones del momento, «áspero esfuerzo hecho para instaurar en poesía las luchas de nuestro tiempo», al que añade «Odas de la ciudad» y «Horas trágicas» sobre los sucesos de julio de 1909. Ya desde 1900, íntimo amigo entonces de Luis de Zulueta y Josep Pijoan, y asiduo de Maragall, había querido ser una especie de Walt Whitman de la nueva Cataluña. Ahora lo pretendía ser de España toda y, al propósito, cantaba el final de la «¡Gente bellaca de gesto muñeco, / generación del Desastre infecunda, / que traes en andas a la moribunda, / la frente baja y el párpado seco; / nietos mezquinos de Juana la Loca, / que paseáis un cadáver errante / sin dar al aire en el épico instante, / sino el viudo volar de la toca, / ¡Atrás!... que llegan las nuevas legiones». Se acabó aquella incurable melancolía del fracaso... De esas «nuevas legiones» pedía «un gesto audaz, de unas bárbaras manos / que en ellas tomen la insignia sagrada». Su panteón de referencias era, sin embargo, bastante más heterogéneo. Cantaba a Espronceda, cantaba a los jurados de Barcelona que no faltaron a su deber de juzgar y condenar a los responsables de los disturbios de julio de 1909, cantaba el Primero de Mayo, cantaba el centenario de 1808... Y a Carlos III, a Wagner, a Carducci y a Verdaguer, a Benlliure y Zuloaga..., pero también al pueblo que acompañó a Ruperto Chapí hasta su tumba («¡Oh, mar del pueblo!... ¡Oh, quién dijera, al verte, / en tu labor, endurecido y fuerte, / que así te agite el soplo de una muerte!»).
      De todo eso, muchos inferían que las ciudades debían ser la soldadura más definitiva de los pueblos. Y la España de 1914 tenía ya dos ciudades, Madrid y Barcelona, dispuestas a acometer esa misión sagrada de capitalidad. Y otras —Bilbao, de modo destacado, pero también Valencia, o Sevilla...— aprestaban sus monumentos públicos o sus vías representativas, la onomástica de su callejero o sus nuevos edificios para desempeñar ese oficio aglutinador de espíritus. Y los intelectuales buscaban el nuevo poder social de su escritura y la voluntad de cohesionar la vida colectiva en torno a una estética. No otra cosa pretenderán Ramón Pérez de Ayala y José Ortega y Gasset, al considerar (en las Meditaciones del Quijote, 1914, o en las «novelas poemáticas» de 1916) que la estética es el grado superior de plasmación de la vida moral. Juan Ramón Jiménez, que llegó a Madrid desde Sevilla en el último año del xix, también vio crecer esa especial dimensión de la ciudad y tomó buena nota de ello en sus Libros de Madrid 1896-1926 (inéditos hasta la edición completa de 2001): el conjunto está dedicado a Manuel B. Cossío, sucesor de Giner al frente de la Institución Libre de Enseñanza, y el primero de sus textos, «El Madrid posible», evoca la amistosa compañía de sus amigos americanos Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, a quienes inviste como «primeros habitantes» del «Madrid futuro de mis sueños».
      Quince o veinte años después del Desastre, los intelectuales madrileños, catalanes y españoles en general estrenaban su edad cultural más dorada, sobre la que cayó demasiado pronto el telón rápido y en llamas de 1936-1939.
      Y vuelta a empezar... Pero ésa es otra historia...



 
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