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La grieta / Ester González PDF Imprimir E-Mail

 

Bienaventurados los cicatrizados.
Porque tendrán todo de su parte.
Porque nunca tendrán miedo a las sombras.
Ángel M. Gómez Espada

 

¿Es suficiente un año para cicatrizar la herida de la morfina
                                                                                             [en la hija que acompaña?
Decidimos acallar el dolor y se amplificaron los oídos.
Entonces la mirada perdida
Entonces la respiración larga
Entonces las apneas
cada vez más largas
en la noche larga.

Los oídos abiertos y despiertos escucharon el bajar de párpados
                                                                                                                                   [a lo lejos
y escucharon el latir acelerado de la duda.
La duda cogió el cetro
exactamente a las cuatro y diez de la madrugada
provocando la primera grieta en el dique
que la hija taponó con besos
y caricias.
Pero no existe beso ni caricia que frene el avance torrencial
                                                                                                                       [de la muerte.
Existe la morfina que apaga la luz
y amplifica el oído.
Como cuando jugábamos a las tinieblas
en la casa enorme de habitaciones enlazadas.
Como cuando nos escondíamos en el armario de las sábanas.
Quietas en la oscuridad.
Con los oídos tan sensibles
al paso que se acerca a la puerta.
A la grieta que se abre.

El latido y la duda del que espera.
El sonido monótono de la máquina.
Los besos taponando la grieta que se dibuja larga
en la noche larga

ceden.

La duda se hace añicos y desaparece entre las piedras,
entre el agua salada.
En el ruido de gritos y ruedas de máquinas
sólo un pitido continuo.
Un mi monótono
rasgando un papel cuadriculado
rasgando el pecho de la hija que ya no espera.

No es suficiente.
Tendremos que seguir cuidando la herida.
Aguardando la cicatriz
para no volver a tener miedo a las sombras.



 
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