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El anillo de la abundancia / Manuel Longares PDF Imprimir E-Mail

Estuve en Tailandia por Navidad y no me diferencié de los demás turistas: mientras mi esposa cantaba en el karaoke del hotel, acudí a una casa de masajes. Allí un chino me habló del anillo de la abundancia. Quise verlo, el hombre me lo enseñó, y cuando pedí precio me dijo que por ser tan valioso lo cobraba en especie. Soy de naturaleza heterosexual, pero ante la perspectiva de una coyuntura favorable, un tiburón de las finanzas como yo se corrompe. El capitalismo tiene sus riesgos.

      Nadie supo mi aventura ni conoció el anillo, que regresó a nuestra finca de Mombuey entre mis calcetines. Y en la primera mañana de ese año que se me auguraba propicio, aproveché el embeleso de mi mujer ante los valses televisados de la Filarmónica de Viena para encerrarme en el despacho con el causante de mi desliz.
      Era una alianza como tantas otras. En su interior llevaba las iniciales correspondientes a las doce mensualidades del año. Todos los primeros viernes yo debía practicar la misma ceremonia: mantener sumergido el anillo en una copa de cava hasta que desapareciera la letra del mes en curso y exclamar entonces: «Próspero Año Nuevo», en la confianza de que el anillo haría milagros.

Como el año empezaba en viernes, cumplí los requisitos y aguardé la recompensa. Con el redoble inicial de la Marcha Radetzky y las palmadas simultáneas de mi esposa, las burbujas del cava borraron la letra de enero. Pronuncié la clave, y como por arte de magia, una voz argentina dominó la pompa austrohúngara. Era el chino del anillo anunciando, con el tono glacial de las máquinas de tabaco, que las Cajas de Ahorros Confederadas me ofrecían sus servicios.
      Salí a la calle y lo comprobé: los cajeros automáticos se vaciaban a mi paso. La suerte es ciega, y gracias a unos contactos en el culo del mundo había solucionado mis problemas de liquidez. Con las maletas atiborradas de billetes se me ocurrió concursar al Guinness, pero pronto desistí. Nadie debía descubrir la fuente de mis ingresos porque, ¿y si me birlaban la patente de jugar a los chinos?
      Anhelante esperé la llegada de febrero para mojar el anillo en cava. Se evaporó la pertinente letra, retumbó en el aire mi conjuro, y la voz aséptica del chino me hizo saber que yo era el único acreedor de la Deuda del Tesoro. Tal suficiencia me dio este pelotazo, que en la siguiente sesión de magia no formulé los vagos anhelos habituales, sino que, concretando mi oferta, reclamé un porcentaje en todas las obras públicas. Como lo conseguí sin más, me propusieron para ministro del ramo. Pero no me tentaba la política sino la bolsa, así que el primer viernes de abril solicité la propiedad de un banco, y el anillo puso a mi alcance uno de grandes recursos, que no tardé en traspasar a mis cuentas.
      Siendo extravagante el origen de mi fortuna, era aún más rara la indiferencia con que se acogía. Nadie se extrañaba de mi repentina prosperidad. Mi mujer, tan lírica, hizo oídos sordos cuando traté de explicárselo, y, acaso para poner tierra por medio, se montó una gira por los principales circuitos operísticos. Al perderla de vista, me tracé una línea de actuación para conquistar más intereses que afectos. Sería rumboso en el Rastrillo, sobrio en lances de cama, y patrono de aquellos periodistas que, como perros de presa, husmearan en los negocios de la competencia.
      Ciertos son los hechos que refiero y no es menos verdad que se muda de estado, pero no de condición. Afané en diciembre el gordo de la lotería, y como ya había gastado los meses dibujados en el anillo, volví a Tailandia a renovarlo. Pensando en un trámite análogo al de las tarjetas de crédito, comparecí en la casa de masajes. «Le caducó la garantía», dijo el chino, tirando mi talismán a la basura. Y devolviéndome la visita que realicé a su cuerpo, entró en el mío.
      A banderas desplegadas perdí la virginidad y bien puedo asegurar que de ahí surge otro hombre. Al buscador de tesoros se le cierran las salidas. En el avión de retorno me recuerdan mis derechos, y cuando aterrizo en Barajas despierto a la realidad: se embargan mis depósitos y subastan mis inmuebles. Como en una pesadilla, en mi memoria se mezclan auge y decadencia. Concluyó el ciclo de bienes, se me acabó la gracia y ya no hay magia en los fuegos artificiales. Pero cada nuevo año, la ambición de dinero agita las copas de cava. Nadie rechaza la tentación de las burbujas y todos procuran ser ricos, aunque sólo yo pague los gastos. Finalizó la comedia, pero la representación continúa, y si España me lo demanda, caballeros, soy su chivo expiatorio.



 
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