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Posibilidades en la sombra [fragmento] / Mariano Peyrou PDF Imprimir E-Mail

Tal vez ese ojo no sea bello,

pero yo lo veo bello porque puedo entrar en él
y verme bello, triste y aceptado,
                                                     frágil y pequeño,
volando por encima de las cosas del mundo.
                                                                       
Tal vez ese ojo no me mire como yo lo veo. Yo era
ese ojo. Yo seré ese ojo. Hay otro ojo al lado y
no es igual. Yo no soy ninguno de ellos. La diferencia
que hay entre esos ojos tal vez sea la misma que hay entre
nosotros,
                cuando tus ojos me miran y yo entro en tu ojo
y veo cosas que no ves, que no hay, el dolor,
el cansancio.

Ese ojo es un salto, una promesa, un hito, como
cerca de las cataratas había un hito, una piedra que marcaba el
lugar de una promesa, antes de que existiera el mundo
y se rompiera.

Antes de que existiera el mundo y se rompiera
había un jardín, era una foto de un jardín
con una mesa y cuatro sillas, y una
se había caído para atrás. Un terremoto
tira una silla para atrás y eso no está en
tus ojos. En tus ojos hay otros jardines,
no hay tiempo todavía. En tu nariz hay
tiempo, el tiempo sube por tu frente
y no se ve.

Tal vez tu padre pueda meter las
manos hasta las muñecas en un río
de sangre, lavarse las manos en sangre.
Tal vez me cures el miedo, o me inocules
el miedo, pero eso ahora está detrás
y tiene la presencia intermitente del
deseo.
           Todo es aquí deseo, pero
¿deseo de qué? De tiempo, de
sangre, de tener veinte años para
no saber,
                no la energía sino la
deriva de los veinte años;
                                          deseo
de descansar y de que algo no
termine nunca.

Tal vez el calor baste para apagar
esa pregunta, o el sabor,
o una forma nueva de dormir y mirarse.
O tal vez no se trate de apagar
sino de alumbrar otro sol,
                                          cuando subes
y bajas sugiriendo otros soles,
otra sangre.
                    Nada de esto está
en ti, ahora, ni yo sé nada de
tu miedo o tu deriva. Sé que había una silla
tirada para atrás, en el jardín,
y que tú me miras.

Tal vez en la proximidad destaque
la diferencia. Tus ojos están cerca de tu
boca,
          que se abre o se rompe para que sigan
fluyendo los ríos y abre o rompe la lógica
del miedo. Cuando tu boca se rompe, te creo.
Cuando tu boca se abre, te toco.

Miro fotos que muestran cosas
que no están en las fotos.
                                          Hay
alguien esperando y alguien que
camina. Miro la foto y veo
la tristeza de una silla.
Tal vez quieras ayudarme a levantarla
o sentarte en el suelo, a su lado.
Yo quiero darle una patada,
quemarla, sacarla de la foto.

Tal vez podamos bajar al río,
meternos hasta las rodillas en el
río, calzados, para no cortarnos.
Una hora metidos en el río hasta
las rodillas y cambiaría nuestro concepto
de esperanza. Mi concepto de esperanza
tal vez se parezca al tuyo como
un río se parece a su valle
o a su catarata, o como este río
se puede parecer a tu boca
                                            cuando
no la miro o cuando estamos
metidos hasta las rodillas en el río
una hora. Es raro, lo de los parecidos,
cuando hay un río en medio
o veinte años. Desde mi orilla,
el concepto de esperanza está gastado,
pero la esperanza no; desde la tuya,
todavía no ha acabado de formarse.
En eso se parecen, como no mirarte
se parece a rozar
                             tu boca,
o un río se parece a verlo desde lejos.

Tal vez a esa silla no la haya
tirado un terremoto, sino el peso
de la esperanza.

 

Tal vez prefieras subir una
montaña lentamente para ver
qué hay al otro lado. No hay
nada al otro lado. O tal vez
estemos tú y yo bajando una
montaña. ¿Qué te gustaría
ver ahí? ¿Una segunda oportunidad?
¿Un fracaso merecido? ¿Un
sentimiento mutuo? ¿Una emoción
fugaz? ¿Una montaña? Y tal vez,
si me rozas, pueda descubrir lo que
me gustaría ver a mí. ¿Una reacción
visceral? ¿Un dilema ético? ¿Una
persona mirando una montaña?

Pero tal vez donde tú ves una montaña,
yo vea un río; donde tú ves un dolor
leve, yo vea una promesa; donde
tú ves agua, yo vea sangre. O tal
vez yo vea un símbolo donde tú
ves un rastro; yo vea una mirada
limpia donde tú ves una cosa;
y donde tú ves un jardín, yo
vea una silla caída.

Hoy he visto, en un sueño, lo que
había al otro lado de la montaña,
pero ya no lo recuerdo.
                                       Sé que era
un poco previsible pero no decepcionante,
algo encajaba, como a veces las cosas
encajan en los sueños y en la vigilia
todo es discordancia. Esa forma
en que encajan las cosas en los
sueños tal vez sea lo que busco
en la vigilia,
                     cuando miro tus
ojos o tu boca, cuando subo una
montaña y pienso en lo que verás
tú, cuando entro en tu ojo
para verme mirándote, despierto
y activo, ilusionado, nuevo.



 
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