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Mudanzas / Florencia del Campo PDF Imprimir E-Mail

Todos los sábados por la mañana un ruido externo repta por mi cama hasta la oreja. Es ruido de fin de semana, sobre todo. Los sábados: el chirrido. Sé que no es la misma persona todas las veces porque en ocasiones lo escucho más cercano y en otras es como si viniera de tres o cuatro pisos por encima del mío. Es una cadena de chirridos cortos y entre ellos un silencio que los separa, los delimita, y deja claro cuándo acabó uno y cuándo comienza el siguiente. Un chirrido como tipear una palabra. Luego la barra espaciadora y, a continuación, el siguiente chirrido-palabra. Es eso, la escritura de los sonidos de mi vecindario.

      La gramática de lo doméstico.

b
      Nunca antes había escuchado este ruido, donde yo vivía no sonaba. Probablemente lo haya, exista en varias partes, pero no como aquí, como anatomía de una cadencia, como la banda sonora de una ciudad. Una cadena de chirridos como vagones organizados para formar un tren. Este chirrido es nuestro tren de cercanías hacia el cielo, porque siempre sucede en alturas.

b
      Me despierto. Es sábado. Quería dormir hasta más tarde, aprovechar que no trabajo, pero no me deja este chirrido. Me asomo a la ventana; siempre que lo escucho me asomo. Encuentro de dónde viene: del piso de arriba. Veo los brazos de mi vecina, sólo eso de su cuerpo veo. Unas manos que manipulan ropa mojada. La extienden, la sacuden un poco, y prenda a prenda, la dejan fallecer sobre la cuerda. Una camiseta, un pantalón, unos vaqueros... ropa en pausa, vacía, en un impasse de sus funciones primarias. Cuando los brazos no alcanzan una parte de cuerda libre, entonces viene el chirrido. Ella va a colocar ahora una falda ahí, la sujetará bien con pinzas (mientras tanto el silencio) y cuando acabe, moverá la cuerda haciendo funcionar todo el sistema del tendedero: girará una polea y le quedará a mano otro fragmento de cuerda libre de ropa. Eso, ese mecanismo en funcionamiento, la actividad de la roldana, será el chirrido.
      La escritura de la tarea doméstica en mi barrio. La fonología de una gramática que me era ajena.

b
      Me vine a vivir a Madrid en el año 2013. Desde entonces aprendí a decir muchas cosas: falda en lugar de pollera, camiseta por remera, pinzas en vez de ganchos de la ropa. Hacer la colada, también, aunque no lo uso. Me sentiría una impostora diciendo esa frase; como disfrazada. Y aprendí, sobre todo, un sonido; que la ciudad tiene una banda sonora mucho más íntima que el ruido de los autobuses. Hay un sonido que no ocurre al ras del suelo.

b
      Me hubiera gustado dormir hasta las doce hoy, que es sábado. Pero ya me despertó el ruido. Esta vez, de parte de mi vecina de arriba, la que tiene mayoría de bragas blancas. Otras veces es el matrimonio del cuarto, que lavan sábanas los fines de semana. O la señora mayor, o la parejita joven, o la chica con su hijo de cuatro años. Es decir, mis vecinos de enfrente o los de arriba. Mis compañeros de viaje en este tren de cercanías que no avanza.
      Salgo a comprar algo para el desayuno, no sé por qué la compra que hago los domingos me alcanza justo hasta el viernes, siempre, aunque me esmere en hacer llegar al menos el pan al sábado por la mañana. Camino por unas calles estrechas. Tengo sueño y estoy enfadada por haber dormido menos de lo que quería. Voy mirando a mi alrededor y veo molinillos de papel en los balcones, para decorar macetas. No veo que, al interior de esas viviendas, hay ropa muerta, hay fantasmas de mis vecinos. Como un decorado de feria, bombillas de carnaval o guirnaldas de colores, la ropa que se seca adorna los patios internos. A pocos metros de la panadería a la que llego, varias cuerdas estarán girando. En este preciso momento no veo ni escucho, pero conozco.
      Sin embargo, hablo de la morfología de una ciudad que me deja ajena.

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      Diré corpiño en lugar de sujetador, seré extranjera por siempre. Pensaré en el cielo de Madrid y conoceré un refrán al respecto, pero a la hora de la verdad —a la hora de la colada, por ejemplo— usaré mi propio refranero. Luego cogeré el metro porque ya será lunes y no importará la ropa seca que olvidamos recoger la noche anterior. Vendrá el martes y la lluvia y entonces sí que importará lo que ayer no. Y así, parca rutina, hasta el sábado y las cuerdas.
      La vida cotidiana es un tren de cercanías avanzando en unas vías con forma de Möbius.

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      En la panadería me atiende el paki de siempre. El cartel dice «Panadería» pero en realidad es una especie de almacén que vende barras de pan, galletas envasadas y bebidas frías. El pan lo hornea él mismo (aunque no lo amasa, lo compra congelado) y la consecuencia olfativa de eso hace posible que una se crea que está en una panadería. Nos conocemos hace poco más de un año pero no conversamos nada. Cuando me atiende, el paki apenas me mira. Dentro de su negocio, el olor a pan se mezcla con olor a incienso. No sé si lo encendió el paki o el indio de la tienda de al lado o el yogui que da clases dos puertas más abajo. Da igual, el aroma del barrio es una pasta imprecisa que hacemos entre todos; un mestizaje olfativo. Salgo con mi barra de pan bajo el brazo.

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      Recuerdo que en la infancia la ropa secándose era asunto de las terrazas. Unas sogas que iban de palo a palo sostenían el peso muerto de las prendas goteando (los centrifugados no eran cosa de todos los días). Luego, en la panadería atendía un panadero y a mi alrededor todos eran argentinos. Tuve una infancia plana, debe de ser eso. Una infancia local que ofrecía un universo diminuto. Los giros, las variaciones de colores y formas; todo, reservado a los molinillos que comprábamos en la feria del parque. Ahí sí que teníamos la posibilidad de la variación a un soplo de distancia del estatismo. Inflábamos los mofletes y al expulsar el aire con todas las fuerzas, el molinillo de papel giraba y era como marearse por dentro; marearse en una zona privada.
      Una cinta de Möbius en el cerebro.

b
      Corto la barra de pan en rebanadas y las unto con mantequilla y mermelada. El café con leche ya expulsó el humo que calculo que necesitaba despedir para tener la temperatura justa que busco cada mañana. Con la taza en la mano me asomo, por costumbre, a la ventana. Y veo. Veo ropa colgada en las cuerdas de abajo, que no reconozco. Es ropa masculina. No reconozco esa camiseta verde ni los calzoncillos estampados. No escuché tampoco el sonido de las roldanas de esas cuerdas, estoy segura, no fueron ésas las que me despertaron sino las de arriba, y cuando me asomé recién levantada, los brazos que vi eran femeninos y en un piso por encima del mío y debajo no había nada, lo sé, debajo esto no estaba. Me enfurece pensar que sucedió mientras estuve en la panadería y, al tiempo, esa que me enfurece es la única explicación que le encuentro a este desencuentro. Nunca hubo ropa en las cuerdas de debajo de las mías. Jamás en este año y pocos meses que habito esta casa.

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      Si hacía mucho frío, mi madre me decía que me pusiera una campera (que es un abrigo) para ir a descolgar la ropa, pero a mí me parecía ridículo abrigarme y no salir a la calle. La terraza era mi casa y yo consideraba más eso que el hecho de que no fuera un espacio techado. El invierno olía metálico. Los árboles de las veredas eran inmensos. Los coches avanzaban sobre calles de adoquines y ese sonido siempre me pareció la caída de una lluvia de goma sobre un tejado que no acaba. Sobre Möbius. En primavera el olor se volvía afrutado.

b
      Me asomé tanto que no me di cuenta de que se me estaba inclinando la taza. Volqué café sobre el patio interior de este hueco del edificio; espero no haber manchado ninguna prenda colgante. El patio no me preocupa, si parece un basurero. Allí caen las migas de los manteles que se sacuden si antes no son frenadas por alguna de las prendas desfallecidas. Caen también colillas de cigarrillos y poco más: la gente siempre fue cerda pero a medias, no es tan amplia la lista de lo que se atreven a tirar a un patio interno que siempre es un misterio porque no se sabe si alguien tiene acceso a él, ni siquiera si tiene puerta.
      No logro ver a nadie al interior de la ventana a la que pertenece este nuevo tendedero. Sin embargo, gracias al reflejo de los vidrios de la ventana que está justo enfrente de ésa, veo que hay una planta y un mueble, y da aspecto de ser una casa habitada. Creo que hasta hoy había dado por hecho que debajo de mí no viviría nunca más nadie, como para proteger una nostalgia.

b
      Cuando a los veinte años dejé el barrio de mi infancia para mudarme a otro mucho más céntrico, comencé a dar mis primeros pasos en la danza contemporánea. Estaba cansada de la clásica, necesitaba mover el cuerpo al ritmo de otro tipo de música. Necesitaba saber que por fuera de los pasos de la infancia había un movimiento que podía empezar a estarle permitido a mi cuerpo. Ponía música fuerte todas las mañanas y practicaba. Giraba sobre el suelo, me desparramaba, encontraba la armonía para recoger mis extremidades y luego pasar a estar de pie como si no pesara nada, como si entre tumbada y erguida no hubiera espacio.

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      Me pongo en cuatro patas y acaricio el suelo como si me fuese a permitir percibir algo de abajo. Apoyo una oreja contra el piso pero no escucho nada. Me tumbo de lado, me quedaré tumbada con mi oreja apoyada hasta que perciba un sonido.

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      Tomé clases de danza árabe y supe mover el vientre. Tomé clases de danza india y acomodé mis manos. Tras las clases de flamenco zapateé como si me hubiese prometido fumigar una plaga de cucarachas en un mundo que cabía bajo mis plantas. Y en trance, en pleno trance de música celta, arqueando mi espalda hacia atrás, escuché un timbrazo.

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      Escucho algo, sí. Hay gente. Ha movido una silla de lugar o cualquier otro mueble liviano.

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      Paré la música y fui a contestar.

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      Me pongo de pie, no lo dudo, salgo impulsivamente de mi apartamento, bajo las escaleras, le toco timbre.

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      Abrí la puerta.

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      Me abre la puerta.

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      Lo vi. Era mi vecino de abajo, exhausto, enojado. Harto de los ruidos que hacía. Me pidió que lo respetara.

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      Lo veo. Es mi vecino de abajo, exhausto, sudado. Harto de esta mudanza, que hizo ayer viernes mientras yo estaba en el trabajo. Me pide un alicate prestado.

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      Fue muy fácil respetarlo: me enamoré. Luego bajé a vivir con él y rezamos juntos para que la gente que viniera a ocupar el departamento que yo dejaba vacío no se dedicara al baile.

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      Le digo que no tengo, en realidad no estoy segura siquiera de lo que me está pidiendo, es muy difícil, pero me presento, y en cuanto hablo nota que soy extranjera.

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El chirrido. Sucede ahora en mi ventana. Alguien se mudó al piso de arriba, pero estamos seguros de que no nos espía a través del reflejo de la ventana de enfrente. A veces soy yo misma quien tiende los fantasmas para que se sequen. Cuando lo hago, sé que contribuyo a la ajenidad de lo doméstico y es en el silencio de la barra espaciadora, precisamente ahí, donde se escribe la semántica del chirrido privado que suena para todo un vecindario. En la única cara de una cinta girada. Una cadena de paradojas, como la de ser para siempre extranjera en una ciudad que ya es mi casa.



 
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