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Cine / Breve vistazo al cine migrante / Hugo Hernández Valdivia PDF Imprimir E-Mail

Desde la ficción y el documental, y desde sus inicios, el cine ha sido sensible al fenómeno migratorio. Algunas películas dan cuenta de desplazamientos masivos con espectacularidad y hasta en tono épico, como la bíblica Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956), de Cecil B. DeMille, que acompaña a Moisés y su gente en el éxodo desde Egipto, o la histórica Gandhi (1982), de Richard Attenborough, que en uno de sus pasajes más emotivos condensa de forma elocuente, gráfica, la ruptura de lo que hasta entonces era un país: recoge el flujo de los musulmanes que se dirigen a las tierras de Pakistán mientras que los practicantes de otras religiones hacen el trayecto opuesto. Sin embargo, son mucho más abundantes los acercamientos que dan cuenta del drama de grupos pequeños —a menudo familias— o, con mayor frecuencia, de individuos. Esta estrategia permite de buena forma el acceso a la intimidad de la migración, a sus promesas y sus bemoles, al proceso de adaptación y la violencia que a menudo conlleva. Diferentes cinematografías se han asomado al fenómeno (a modo de ejemplo valdría recordar la iraní Las tortugas pueden volar, en la que se aborda el drama de los refugiados kurdos en la frontera entre Irak y Turquía, o la macedonia Antes de la lluvia, en la que se exploran los sinsabores de los que vivieron y sobrevivieron a la separación de Yugoslavia), pero ninguna lo ha hecho tanto como la norteamericana.
      Estados Unidos ha sido un privilegiado destino migrante. Su cinematografía, que suele inspirarse en los episodios de la historia nacional, ha hecho del fenómeno un tema; son numerosas, además, las cintas en las que cobran protagonismo individuos de origen extranjero que han hecho de América su país, como el que inaugura El padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, que confiesa que «cree en América». Es particularmente memorable El inmigrante (The Immigrant, 1917), cortometraje en el que Charles Chaplin registra las contrariedades que Charlot, el célebre vagabundo al que él mismo da vida, experimenta desde que viaja en el barco que lo lleva a Estados Unidos. La propuesta avanza con humor y candidez, pero no es ingenua: el realizador británico saca buen provecho de la comedia para dar cuenta de las hostilidades que enfrenta el migrante en el trayecto, de la escasa generosidad que ha de encontrar una vez instalado en la «Tierra de la Libertad».
      El cine norteamericano ha tenido acercamientos a diferentes momentos de la inmigración. Martin Scorsese regresa a los años sesenta del siglo xix para dar cuenta de la violencia que padecen los que ya viven en Estados Unidos en Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002), en la que lanza una crítica por medio de una escena en la que se aprecia cómo los recién desembarcados son empujados a enlistarse en el ejército. El flujo fue copioso en las primeras décadas del siglo xx —en la que se ubica el corto mencionado de Chaplin—, particularmente después de la Primera Guerra Mundial. Ahí ubican los hermanos Paolo y Vittorio Taviani Good Morning Babilonia (Good Morning Babylon, 1987), en la que acompañan a los hermanos Bonnano en su llegada a Hollywood, donde trabajaron con David W. Griffith. Es a ese período al que regresa hace cuatro años Sueños de libertad (The Immigrant, 2013), de James Gray, que relata la pérdida de la inocencia de una joven de origen polaco.
      Particularmente atentos a este asunto son los realizadores que han vivido la migración en carne propia, como el irlandés Jim Sheridan. Él ingresó a Estados Unidos con su familia en los años ochenta, con visa de turista y desde Canadá. En Nueva York comenzó a trabajar, y lo hizo por años de forma ilegal. De esto da cuenta la película autobiográfica Tierra de sueños (In America, 2002), que escribió con sus hijas (que eran unas niñas al momento de instalarse en la Gran Manzana). Años después Sheridan ubica otra película en tierras norteamericanas: el cortometraje 11th Hour (2016). Éste tiene lugar en un bar neoyorquino —atendido por una mujer mexicana y su marido, de origen irlandés— once horas después de los atentados al World Trade Center. Entre el dolor y el coraje, un policía pide cerrar un puente, el país. El cineasta llama a la reflexión, y su propuesta cobra sentido al cerrar con una canción emblemática, escrita por Woody Guthrie y cantada por Bruce Springsteen: «This Land is Your Land», un recordatorio del origen de Estados Unidos, de su vocación de apertura al mundo. Más cercana a lo que hoy ocurre, sin embargo, es Bailando en la oscuridad (Dancer in the Dark, 2000), en la que el danés Lars von Trier —quien no se desplazó a Estados Unidos para realizar la cinta— es implacable en la exposición de la miseria moral norteamericana y la indefensión del inmigrante.
      De las penurias para llegar a la «tierra prometida» y las miserias que reserva al que lo logra dan cuenta dos cintas hispanoamericanas. El documental Balseros (2002), del catalán Carles Bosch, acompaña a un grupo de cubanos que hacen todo lo que está a su alcance para llegar a Florida. El viaje reserva una serie de peligros; en Estados Unidos descubren que ahí tampoco está la felicidad. Con un tono documental, La jaula de oro (2013), película mexicana dirigida por el español Diego Quemada-Díez, acompaña a tres chicos guatemaltecos en su odisea para concretar el «Sueño dorado» (título con el que la cinta circuló en los países de habla inglesa). Al final el espectador y los personajes descubren las falsedades del sueño americano.
      El cine, el de Estados Unidos y el de todo el mundo, ha explorado diversos factores que explican la migración: la abyección humana provee abundantes causas (abusos, miedo, guerras, invasiones, hambrunas); la sobrevivencia y el anhelo de tener una mejor vida, pero también la aventura (el que va de una ciudad a otra o de un país a otro no necesariamente huye de una situación apremiante). Son muchas las películas que ilustran cómo se hace una apreciación demasiado positiva del destino, las que exhiben la maldad de la tierra de acogida. Por su parte, los noticieros dan cuenta de los muros que crecen aquí y allá, en la frontera de México con Estados Unidos, en la de Palestina con Israel. Los obstáculos se multiplican y seguramente más de uno se desanimará, pero el flujo migrante sigue y seguirá. Porque la migración no es un privilegio ni un derecho, es una parte constitutiva de lo humano. De ello la historia, la literatura y el cine proveen muchos, muchísimos ejemplos.

 

 

 
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