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Larga distancia / Rodrigo Hasbún PDF Imprimir E-Mail

Luego mi padre pregunta qué voy a hacer, y cometo el error de decirle que viene a buscarme la novia de Ignacio para ir a almorzar.

      ¿Y él no va?, pregunta papá.
      Está de viaje, digo yo.
      Se queda callado, no puedo imaginarlo al otro lado de la línea.
      ¿Pa?, pregunto apenas lo escucho soltar un bufido.
      No vas a meterte con ella, dice él.
      No esperaba algo así, y menos de esa forma.
      Escuchame, dice.
      Sí, digo yo.
      No vas a meterte con la novia de tu amigo.
      Yo sé, pa. No es necesario que me lo digas.
      Pero papá insiste.
      Ignacio ha hecho mucho por ti y no puedes hacerle eso.
      Yo sé.
      No le puedes pagar así, dice él.
      No hace falta todo esto, digo yo.
      Y más tarde, en mi cuarto, antes de ir a almorzar, mientras empiezo a moverme sobre Emma, no puedo dejar de pensar en el tono alarmado de papá.
      Por la noche vuelve a llamar. Ha inventado una excusa torpe, lo que quiere saber es cómo fue con la novia de Ignacio.
      Al final ni vino, digo. La necesitaban en el laboratorio.
      Papá se queda callado, decidiendo si creerme.
      ¿Y tú no fuiste?, pregunta al fin.
      Desde que lo jubilaron su vida ha cambiado de forma sustancial. Siempre dijo que moriría en su mesa de trabajo, que de su oficina saldría con los pies por delante, pero en la empresa lo obligaron.
      Fui, respondo, pero más tarde y sólo un rato. Hoy me tocaba libre.
      ¿Qué hiciste?, sigue indagando él.
      Aproveché para descansar, digo recordando cómo se le transforma el rostro a Emma cuando está a punto de venirse. Primero saca la lengua y después los rasgos se le van distendiendo de a poco y hay un momento en el que se vuelve más hermosa que nunca. Dura lo que duran sus estremecimientos y yo la miro enloquecido mientras me corro dentro suyo. Luego, muy pronto, vuelve a sí misma, a su dureza habitual, a lo que llamo su lejanía canadiense, y casi siempre se aparta de inmediato, como si de un segundo a otro le diera asco tenerme cerca.
      Descansar es necesario, dice papá, aunque en realidad él nunca supo hacerlo. Yo podé los árboles del jardín.
      Escucho ruido afuera y, con el auricular al hombro, me asomo a la ventana. Por la calle veo caminando a dos adolescentes que llevan puestos abrigos demasiado grandes para ellos. Pronto empezarán las nieves aquí y todo será blanco. Como si me oyera pensar o como si sus árboles tuvieran algo que ver conmigo, pregunta si vuelvo en diciembre.
      Todavía no sé, pa. Va a depender del laboratorio.
      Ojalá puedas. Parece que la higuera va a estar cargadita este año.
      Luego sigue un silencio de varios segundos. Las adolescentes ya se han alejado, la calle ha vuelto a quedarse vacía.
      Bueno, dice él de pronto.
      Bueno, digo yo. Pero me gustaría que no se vaya todavía. A pesar de que ya no tenemos nada que decirnos, a pesar de que hemos hablado dos veces hoy, por un segundo me dan ganas de pedirle que espere un rato más.
      Descansá, digo.
      Gracias, dice él.
      Y los dos colgamos casi al mismo tiempo.

*

¿Cuándo vuelve Ignacio?, le pregunto a Emma al día siguiente. Por lo general nos vemos una vez a la semana, ahora es diferente porque él no está.
      Dobla su ropa y la deja sobre la silla, ya sólo le queda el calzón, que al final también se quita. Ignora mi pregunta.
      A veces pienso en su infancia y en su adolescencia, en su juventud, en lo diferentes que debieron ser de la mía y la de Ignacio. Papá y su padre eran mejores amigos y crecimos juntos. Fuimos al mismo colegio y a la misma universidad y luego él se vino a probar suerte aquí. Le costó hacerse de un lugar pero lo logró y unos años después me convenció de que yo también viniera. Acepté sobre todo para huir de mi trabajo, que no pagaba ni la quinta parte de lo que Ignacio me ofrecía.
      La veo echarse sobre mi cama, la calefacción está encendida, hace calor. Un calor de mentira, afuera todo permanece frío.
      Casi no hemos dicho nada desde que llegó. Pero eso no importa tanto si ya me está esperando desnuda en la cama.
       Ven, dice.
      Sigo parado a un lado, mirándola.
      Su piel blanca, su pubis frondoso.
      ¿Qué nos une? ¿Por qué estamos aquí?
      Ven, chupame, dice ella sin coqueterías, seria.

*

Como si nos estuviéramos encontrando después de años, Ignacio me abraza cuando me lo topo en el laboratorio. Me lleva por lo menos veinte centímetros y el abrazo es raro, porque no se ha agachado lo suficiente y mi cabeza, durante unos segundos, ha quedado reposada sobre su pecho.
      Ha vuelto lleno de energía.
      Hay mundo allá afuera, dice. Todavía hay mundo, existe.
      Yo sonrío, no digo nada.
      Con avenidas y bares y ruido. Con olores, dice, con gente normalita. No como en este pueblo miserable.
      No lo parece pero es un tipo brillante. Y no conozco a nadie así de generoso y entregado a lo que hace, aunque tampoco lo parezca.
      ¿La conferencia qué tal?, pregunto sin poder evitar algunos pensamientos de Emma. Es casi como si todavía la sintiera en mi boca, como si su sabor se hubiera quedado conmigo.
      Él responde largo.
      Pero ya no soy capaz de prestarle atención.
      *

Papá llama por la noche. No menciona a Ignacio ni a su novia, ha olvidado el asunto o ha decidido que es mejor no insistir. Sí habla de fin de año.
      ¿Entonces vuelves en diciembre?, pregunta.
      Todavía no sé, pa, digo yo.
      ¿No tienes vacación?, pregunta. ¿Cómo es posible que no tengas vacación? ¿No que ése era el primer mundo? Para eso te quedabas aquí.
      A diferencia de Ignacio, llevo cerca de tres años sin volver, y eso es algo que a papá le ha costado aceptar. ¿Cómo él sí y tú no?, preguntó durante semanas la vez anterior.
      En la oficina, la mañana siguiente, reviso el calendario en una de las computadoras. Con miedo, como si estuviera asomándome a un pozo.
      Ignacio logra ver mi pantalla desde donde está.
      Deberías animarte, dice.
      Él presenció el daño, supo de la destrucción prolongada, cuando mamá murió sin avisos dos años atrás. No pude volver y no quise y son mejores tiempos ahora. Lo son, en buena medida, gracias a Emma y su consuelo.
      ¿Ustedes van?, pregunto.
      Estamos entre eso y Montreal. Tampoco estaría mal, ¿no?

*

Dos lunes después, sin embargo, cuando se está poniendo las medias, Emma me dice que lo va a dejar. Me parece un anuncio tan sorpresivo, y su tono es tan neutro y por lo tanto tan doloroso, que me quedo sin palabras.
      No sé qué sentir, hay algo que no cuadra bien. Esto es terrible, pienso, esto no es lo que tenía que pasar.
      No por ti, añade con esa franqueza despiadada que siempre he admirado en ella.
      ¿Por quién, entonces?, es lo único que atino a preguntar.
      Por mí, dice.
      No entiendo, digo yo.
      Es bien simple, quiero estar sola por un tiempo. Lo he estado pensando y me he dado cuenta de que eso es lo que necesito.
      ¿Así de pronto?
      No es así de pronto.
      Es como si yo no existiera, pienso intentando encontrar mi lugar en la ecuación y temeroso de hacer más preguntas.
      ¿Hay algo que no sé?
      A ti también voy a dejar de verte.
      La frialdad siempre estuvo ahí, la frialdad no era una señal.
      ¿Qué nos une? ¿Qué nos ha unido hasta ahora?
      Me levanto de la cama y empiezo a vestirme.
      Eres una gringa igual a cualquier otra, se me ocurre que debería decirle. Eso o que para mí esto fue sexo y nada más. Pero cuando termino de alistarme, me acerco y lo que hago más bien es abrazarla por detrás.
      No te precipites, digo.
      Pensando en Ignacio. Pensando en mí.
      La beso varias veces en la nuca, sé cuánto le gusta.
      Ella cierra los ojos seguramente.
      Y no responde.

*

Después de tres años que parecen diez, vuelvo a casa un mes y medio más tarde, en diciembre. Mamá ya no está y todo es diferente porque mamá ya no está y porque la distancia entre lo que existía y ya no existe es insalvable. El primer domingo, sin embargo, sin dejar que nada nos detenga, armamos la parrilla y papá y yo comemos debajo de los árboles, tomando cervezas que helamos en una conservadora.
      Nada sabe mejor que la cerveza entrando lento, lejos de ese pueblo donde resulta tan difícil sobrevivir. Con este calorcito que se pega en la piel, nada se siente tan bien como el amodorramiento que se va expandiendo por dentro, al lado de papá, al que seguro está pasándole lo mismo.
      A la tercera o cuarta botella le digo que debería irse conmigo.
      Mi vida está aquí, responde él, aunque de esa vida ya no quede nada, ni su trabajo ni su mujer ni su hijo ni nada.
      Por lo menos de visita, digo yo.
      Él asiente apenas pero sé que no irá. Y como si lo único que existiera allá fueran ellos, casi automáticamente pregunta por Ignacio y su novia.
      Le digo que están más felices que nunca, por algún motivo le digo eso, casi deseándolo. Y más un rato, porque lo otro ya no me parece suficiente, añado que han decidido ser padres.
      Papá responde que es tiempo de que yo también lo sea.
      Le doy un sorbo a mi cerveza. Las de allá son como agua al lado de ésta, que tiene peso y textura y un regusto amargo persistente.
      ¿Hay alguien?, pregunta rascándose la barba.
      Niego con la cabeza.
      Contame, dice.
      Nadie, pa, digo yo.
      Contame, insiste él.
      Nadie, repito.
      Y pienso en Emma, por supuesto. Emma con la lengua afuera, transformándose. Emma desnuda y lejos y sola. Emma haciendo daño a todos los que tiene alrededor.
      Siempre es necesario que haya alguien, dice él, pensando quizá en mamá, en formas de mamá que no sé imaginar.
      Luego sorbe de su cerveza y yo vuelvo a sorber de la mía y se me ocurre entonces que demasiado pronto deberé volver a partir.
      Salud, pa, digo.
      Es lo más fácil de decir cuando hay confusión o culpa.
      Él debe saberlo.
      Salud, dice papá.

 

 

 
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