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Comida judía / Ana María Shua PDF Imprimir E-Mail

Ha terminado con las tareas de la casa. El bebé está dormido. Desde hace dos días está sola, sus suegros viajaron a Derechin a ver a su hija. A pesar de ser muy joven, la mujer tiene la piel de la cara un poco ajada. Está cosiendo el ruedo de un vestido. Su marido, en cambio, tiene la piel de la cara sonrosada y rozagante pero no está allí. Está en América. La aguja va y viene, brilla al salir de la tela. La mujer heredó el dedal de su madre. La primavera es fresca. La cabaña está hecha de troncos y todas las grietas y resquicios están tapados con barro endurecido. No se cuela el aire frío. La mujer se llama Taibe. Está cansada pero feliz. Deja el dedal y la aguja. Tiene ganas de tomar un té tranquila, mientras el bebé duerme. Antes de hacer el té se frota un poco de grasa de gallina en la cara, para que no se le reseque la piel. La grasa de gallina huele mal, pero no importa porque Taibe está sola. Si tuviera dinero usaría una crema suave, perfumada, preparada por el boticario. No es justo tener arrugas a los veintidós años. Nadie más ve las arrugas, pero ella sí las ve cuando se mira en el trozo de espejo que cuelga en la pared. La muchacha pone el vaso de té sobre la mesa y corta un trozo de pan negro con semillas de kümmel. Hace dos días, para conseguir el pan, tuvo que cruzar la frontera. El ejército ruso está cerca. El ejército alemán está cerca. El ejército polaco está cerca. Las fronteras cambian todos los días de lugar. En la frontera los soldados te revisan y te quitan todo lo que pueden. Cuando fue a comprar el pan, Taibe llevaba las monedas en la boca. Volvió dando pasitos cortos, con el pan entre las piernas, escondido debajo de las enaguas.

      Del techo cuelga un trozo de azúcar cande, de color dorado, atado a un cordel. La muchacha se pone entre los dientes el trozo de azúcar que todos comparten y toma el té así, al estilo prikusky. ¡Qué dulce y delicioso lo siente! Cuando termina, el tamaño de la piedra de azúcar apenas ha disminuido.
      A pesar de las fronteras, vivir en el pueblo no está mal, es mejor que en Varsovia. En la escuela, en Varsovia, a los chicos les daban el desayuno gratis. Pero no alcanzaba para todos. Taibe y sus siete hermanos hacían cola toda la noche en la puerta de la escuela, en turnos de a dos, para ser de los primeros en entrar. ¡Eso era frío! Vivir en el pueblo no está mal, tener un gallinero propio no está mal. Taibe es la más hábil de la casa para encontrar los huevos, sobre todo los de la gallina negra, la Pico de Oro, que los esconde cada vez en otro lado. Pero lo que cuenta en la carta su marido le parece inverosímil. ¿Es posible que exista un lugar así? Taibe llevó todo el día la carta en el bolsillo del delantal. De vez en cuando metía la mano para tocarla. Sentía el papel tibio. Ahora saca la carta y la vuelve a leer. La letra de Shloime es una parte de él. La mujer pasa los dedos suavemente sobre las letras escritas en tinta negra. Lo que las letras dicen es extraño y hermoso. Hablan de un país donde hay panaderías por todas partes, donde las panaderías están llenas de pan. Hay pan de centeno y cebada, con semillas de kümmel, pero también pan blanco, de trigo fino. El pan blanco no es solamente para los días de fiesta. Hasta los pobres pueden comer jale todos los días. Y pletzalaj con cebollita y semilla de amapola. Lo más increíble es que se puede comprar todo el pan que uno quiera, con sólo tener el dinero para pagarlo. Y su Shloime ya está ganando como para hartarse de pan. Está ganando como para comprar muy pronto el pasaje en barco para ella y el bebé. Taibe se siente una mujer afortunada. ¡Tuvo tanto miedo! Algunas mujeres perdieron para siempre a su marido en esa América que parece tragarse a los hombres.
      El bebé se despierta, llorando. Tiene hambre. Taibe está un poco arrepentida de haber perdido tanto tiempo. Ahora, como pasa siempre, tiene que hacer todo junto. Dar de mamar al bebé, cambiarlo, preparar la cena. Si todo está bien, esa noche vuelven sus suegros. Quiere recibirlos con una rica comida. Les va a preparar varenikes, una pasta rellena de puré de papa con cebolla frita. A veces Taibe cocina papa con cebolla. Y a veces cocina cebolla con papa. En las grandes ocasiones matan algún pollo, alguna gallina. Así no se amasa, le dice su suegra. Se hace así, así, así, ¿ves? Pero después bien que se come los varenikes que prepara Taibe y también los kreplaj. Esto se hace así, esto se hace asá... En América ella y Shloime y su bebé Shmuel y los hijos que vengan van a vivir tranquilos, sin tener que dar explicaciones a nadie ni obedecer órdenes. Su marido es un hombre moderno, del siglo xx, como ella. No son religiosos. Taibe vio a su padre, estudiante de la Yeshivá, la escuela de rabinos, regalar a los vecinos goim, los no judíos, un trozo de carne y un trozo de queso porque se había roto el papel que los envolvía y habían estado juntos, rozándose, en pecado, en la bolsa de las compras. Delante de la mirada desesperada de sus hijos hambrientos los regaló, invocando a ese dios en el que Taibe ya no cree. Shloime y ella comen lo que se les da la gana. Hasta cerdo podrían comer, si quisieran. Pero no quieren. ¿Qué estará comiendo Shloime, allá en América?

*

 

Dos ojos no le alcanzan a Taibe para mirar la ciudad. Buenos Aires es tan grande como Varsovia, pero nadie habla en polaco. Hablan en castellano, que no se entiende nada. Por suerte hay muchos paisanos con los que uno puede entenderse en ídish, un idioma de verdad, en el que se pueden decir todas las cosas. Por suerte está Shloime, por suerte está su amiga Altke para ayudarla. En el shteitl, en el pueblo, no eran tan amigas, pero ahora Taibe está muy contenta de tenerla cerca a Altke, que llegó hace un año y ya es casi una criolla. Ahora Shloime se cargó al hombro el paquete de ropa, camisas, camisetas, pañuelos, enaguas, y se fue a trabajar. Shloime es cuentenik, trabaja de vender a plazos, trabaja de tocar el timbre. Toca el timbre de las casas para ofrecer su mercadería. Toca el timbre de las casas para cobrar las cuotas de lo que ya vendió.
      Mientras tanto, las dos amigas van de compras al mercado con Shmuel, que hace tan poco era un bebé y ahora ya camina. El mercado es inmenso, lleno de colores fuertes, de olores raros. Todo es igual pero todo es distinto. Las gallinas en sus jaulas de madera parecen más grandes, más gordas que las de Polonia. Hay muchas frutas y verduras que Taibe nunca vio, y otras conocidas, pero que no huelen igual, no tienen el mismo color, la misma forma. No se puede creer todo lo que podría comprar con la plata que Shloime le puso en el monedero. ¡Comida para una semana entera! Taibe ve papas y cebollas bastante normales, pero las remolachas son muy distintas. Ve paltas por primera vez y bananas que probó cuando el barco se detuvo en Pernambuco. Shmuel enseguida se cansa de caminar y las chicas se turnan para llevarlo en brazos. Sí, es muy bueno que Altke y su marido vivan en el mismo conventillo.
      Delante de los puestos de pescado, Taibe se queda muda, desconcertada. ¿Qué son estos pescados? ¿Quién los conoce? ¿Qué gusto tienen? ¿Cómo se llaman? ¿Qué hace Altke cuando quiere cocinar gefilte fish? La casi-criolla se siente poderosa delante de la pobre gringuita que no entiende nada. Cuando quiero cocinar gefilte fish, le dice, tengo que pedir cuatro pescados, que son boga, trucha, dorado y merluza. Y no hace falta picarlos con el hacha. Te los pica el pescadero con la máquina. Los nombres de los pescados los dice en castellano y a Taibe le resultan dificilísimos, piensa que nunca los va a poder repetir. ¿Y cómo se llaman en ídish? le pregunta. En ídish no se llaman, dice Altke. Bogatruchadoradoymerluza se llaman solamente en castellano. Son pescados americanos, argentinos, pescados que nunca nadaron en el Vístula. ¿Y sale con el mismo gusto?, pregunta Taibe. ¡Por supuesto que no!, dice Altke, pero sale rico igual. Y ahora te voy a enseñar unas palabras mágicas en castellano, le dice Altke. Tenés que decir: «Pa-ra-el-ga-to». Y la hace repetir muchas veces, hasta que Taibe consigue pronunciar de una manera que Altke considera comprensible. Vos te acercás al carnicero, le explica, con el dedo le mostrás el hígado de vaca y decís: «Pa-ra-el-ga-to». ¿Y qué quiere decir? Eso no importa, dice Altke: son palabras mágicas, ya vas a ver. Altke es muy bromista pero no es mala. Taibe se acerca al mostrador con el chiquito en brazos. Su carita tímida se pone muy roja cuando señala el hígado. Pa-ra-el-ga-to. El carnicero sonríe y le guiña un ojo. Qué carita linda tiene esa chica, ojitos celestes. Estos judíos son tan brutos que se comen el hígado como si fuera alimento para cristianos. Al carnicero le da pena. En vez de cortar un trozo, toma todo el hígado entero, lo envuelve en un papel de diario y se lo da. Aquí tiene, señorita: ¡para todos los gatos de la casa! Taibe busca en el monedero pero el carnicero no le quiere cobrar. Desesperada, busca a Altke, que se ríe a carcajadas dos puestos más allá. ¿Qué le dije, Altke, maldita, así te salgan dos granos en la cara por cada broma que me hacés, por qué no me quiso cobrar? ¿Qué le prometí? Me guiñó un ojo ese hombre, el carnicero. ¡Es peligroso un carnicero, trabaja con cuchillos! Altke no para de reír. 
      Una noche, cuando Shloime vuelve del trabajo, trae un paquete chiquito y un paquete grande. En el paquete chiquito hay un pote de vidrio con una crema para la cara. Es una crema suave y perfumada. En el paquete grande hay trozos de carne de vaca. Te voy a enseñar a comer bife, le dice a Taibe. Dice «bife» en castellano.  En la cocina económica, compartida, del conventillo, Shloime tira sobre la plancha los trozos de carne de vaca, con un poco de sal. Unos minutos de un lado, unos minutos del otro y listo. ¿Cuánto te costó esto?, pregunta Taibe, preocupada. ¿Acaso hacía falta? Shloime, tenemos que ahorrar. Taibele querida, dice Shloime, aquí la carne de vaca es billig vie borsht, ¡más barata que la sopa de remolacha!
      Taibe y Shloime y el pequeño Shmuel, al que los vecinos del conventillo muy pronto van a llamar Silvio, se sientan a comer los bifes. Shmuel no quiere probar pero Taibe se mete en la boca un trozo, tierno y jugoso y casi no lo puede creer. ¿Ves? le dice Shloime. ¡Esto sí que es comida judía!


 
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