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El Formosa [fragmento] / Luisa Futoransky PDF Imprimir E-Mail

Vengo de migrantes; mejor dicho, de migrantas.
      De hechos que, aunque remotos y bien lejanos, persisten en mi destino, en el hilván y la sombra de lo que escribo.
      Más que por los hombres devorados por las guerras de la Europa Central, el apresuramiento por una asimilación cueste lo que cueste a las nuevas tierras de instituciones desconocidas, los jirones de la travesía, me fueron revelados por el clan de madres, tías, primas.
      Las traduje en sus luchas e imposibilidades, las que corren por mis venas, como pude, en una novela tardía que en un principio se llamó Las formosas y por esas derivas del mundo editorial acabó llamándose El Formosa, conservando en el título sólo el nombre del barco que fue arrojando inmigrantes europeos a las costas del Atlántico, sobre todo a Brasil y Argentina, aunque en oportunidades llegó hasta las costas chilenas.
      Mi resultado fue un texto arduo de encasillar un relato-testimonio singular que hurga principalmente en la «intranquilidad permanente del extranjero», como alguna vez propuso definirla Michel Torga.
      El Formosa es, sobre todo, la historia de emigraciones y exilios entre las dos guerras mayores del siglo xx, narrada a través del testimonio de mujeres de tres generaciones, a quienes llamo «las mudas» por su difícil acceso a la palabra escrita: ellas, que construyeron las palabras, precarias, de este mundo que heredamos.
      En este relato trato de apresar la historia de un mundo, mi mundo, que desaparece con los personajes, que tienen entre setenta y noventa años y que legan como pueden sus travesías a nuevas generaciones mientras avanzan por la cuerda floja entre olvido y memoria. Tan frágil uno como otra.
      A la larga, el hecho de escribir esas páginas se fue convirtiendo también en denuncia y al mismo tiempo rescate de la memoria de parte de una comunidad ante el riesgo ineluctable de que día a día los protagonistas, y con ellos el tesoro precioso de su acervo, sean arrastrados a la muerte. En efecto, escribir este tipo de libro, enmarcado en la zona indefinible entre el relato y el testimonio, es escribir no sólo sobre vidas y sus epopeyas menores e indispensables de la mayoría de todos nosotros, sino también, y sobre todo, escribir sobre muertes y sobrevivientes, más aún sobre las estrategias tenaces de la supervivencia.
      El Formosa es un conjunto de testimonios, celebraciones, recuerdos de exilios a través de generaciones y despliegues geográficos. Del centro de Europa a las costas del Atlántico a partir de la Primera Guerra Mundial: una reconstrucción histórica en la que se trata de embalsar y contener la nostalgia en un dique para que el torrente no se vierta sin otros límites que los de la escritura. En filigrana trascurre otro mundo desaparecido, el de la lengua ídish que naufragó, casi sin remedio, allende el Atlántico. Fue la lengua de mi infancia, la empleada por mis abuelos para que no nos enteráramos de sus propósitos, o despropósitos, la lengua del secreto.
      El Formosa es también la historia de generaciones huérfanas de raíces a causa de terribles guerras, con las sombras amenazantes de fatales represiones, discriminaciones y desastres a repetición en los que Eldorado, «Lamérica», del norte al sur del Nuevo Mundo, también fue pródiga.
      Por eso en El Formosa los relatos de dolor no son ostentatorios, nos acompañan en sordina, silbando bajito, para no tener miedo en medio de la noche por las alamedas oscuras, se adhieren fuerte a la piel como un espejo, el nuestro.

 

Pichi:
      No sé por qué, quién sabe, ellos tampoco, pero a toda la camada nos pusieron apodos de bichos que hasta hoy no nos pudimos sacudir de encima. Pensarían que era cariñoso. Chola, Quique, Bochi, Chiqui, Dito, Cacho, Pichi, Michi. Con variantes, como, por ejemplo, Pichita y Pichona, Cachito, Mincho, Bicho y Biche.
      Entre las madres se identificaban a su vez por las abuelas o por las taras que las familias padecían. Pero cuando las dimensiones de las capitales de Eldorado superaron la calle mayor y los alrededores del shtetl, se reconocieron por el remoto barrio de procedencia, conservando sin embargo con tenacidad una que otra hilacha de las antiguas juderías, imborrable ante los avances cruentos e incruentos de la asimilación.
      Así, Sonia nunca fue Sonia, sino Sonie de Urquiza; Dora fue Dobresh de Nazca; Clara, Jaique la renga de Parque Chas. A Rujl jamás se la llamó Raquel, sino Rujl del Centro, para distinguirla, ya que era más rica, de la Rujl periférica de Ramos Mejía. Ite fue siempre Ite y bobe. Por más que reviso, sacudo, rastrilleo el árbol en todos los sentidos, no encuentro ni una Reina ni una Fortuna, como ocurre en las familias sefardíes. Con una mera Princesa o Alegría me, nos, hubiera bastado; debe de ser por eso que nos fue como nos fue o está yendo.
      Unos de otros nos fuimos separando como bifes de atún o pez espada no muy frescos en la pescadería. No demasiado olor a pescado, pero se ve que la carne dejó su primera firmeza y supura sangre rosa chirle sobre la mesada de mármol que hay que baldear con el cepillo del mismo material que las escobas aquellas, las mejores, las de cinco hilos que se compraban en una especie de negocio-galpón bastante en penumbras, donde se amontonaban las bolsas de papas, cebollas y carbón. Las bolsas de arpillera gruesa eran idénticas y las había de diez o veinticinco kilos, pero por el tacto se revelaba el contenido: agudeces muy estrictas para el carbón, redondeces para papas y cebollas. Sentarse sobre la piel de las nalgas proporcionaba sensaciones otras. Frotar el carbón por encima de la tela daba un escalofrío parecido al que luego descubriríamos escribiendo a propósito, con la tiza de costado en el pizarrón. Mucho después los dentistas juntarían ese cúmulo de sensaciones complicadas, atávicas, radicales, y las reunirían bajo el torpe denominador común de neuralgia. Arrojo en ese cráter para que el eco me devuelva centuplicada la áspera memoria del lomo cargado del carbonero, tiznado de pies a cabeza. También su pavimento, cubierto de polvillo negro irisado, donde, presionando con determinación, imprimía mis huellas que aún esperan prisioneras que las libere, pero para tan arduo menester hace falta encontrar primero los zapatos de tirilla y sus botones.

Por un lado vinimos de cinco hijos —número que debió de ser un lugar común entre inmigrantes, si no no hubiera pasado con tanta normalidad al tango: eran cinco hijos y ella era una santa—, y el barco Formosa. De la otra rama poco es lo que sé, ya que cada tanto aparece alguien que me llama o que llamo de alguna guía telefónica del mundo o nos carteamos con cierta prudencia por el correo electrónico y pretendo o pretende festiva o sesudamente que somos parientes porque según él o ella vinieron a Estados Unidos o a Brasil de Odessa y nos llamamos casi, casi igual. O de Kitchinev. De Podolia. De Moldavia, Besarabia, Transilvania, de por ahí. Interrogada con avidez, mamá dice:
      —Ufff, nena, nena. Pasó hace tanto tiempo, quién quiere acordarse de eso.
      Vasto y vago eso que la irrita y desestabiliza como para que comencemos rencillas sin cuento, antiguas, de nunca acabar pero que abiertamente no empiezan por la genealogía sino por frases que se enredan, sangran y cambian de tono y órbita a mitad de camino. Acidez, lágrimas, portazos son a repetición. Perdón y promesas de jamás recomenzar disputas, también.
      Papá, en cambio, prefiere el dedo acusador:
      —Mojigangas, vos y tus mojigangas. Pichi, dejame de fastidiar, querés.
      Papá es así, se le puede mostrar la guía telefónica con una página de gente con tu mismo apellido, que vive en la misma ciudad, barrio, y calle que nosotros y es capaz de afirmar: Somos únicos, no hay nadie que tenga nuestro nombre. Tal vez en el fondo tenga razón, llegó por cierto vericueto que sólo él conoce, más allá de toda búsqueda, y alguna vez descubriré, me lo deseo, que también soy única.
      Por ahora, fin de la prosapia y alcurnia del árbol genealógico. Encima las ramas, incluso los troncos, separados y cada uno por su lado. De vez en cuando, sin embargo, aparecen flecos, restos de metal calcinado, cuartos de res colgados y desfilando de mitológicas gancheras. El conjunto dispuesto en mostradores de níquel. Impecables. Encima, letreros en baquelita pespunteados por cagaditas de moscas: Hoy no se fía, mañana sí.

Entre los hombres hubo diplomados, muy pocos, y que vivieron de expedientes, muchos. La mayoría fueron pequeños comerciantes o modestos dependientes. Los profesionales y los obreros también fueron escasos. Sin embargo, ostentamos algún contador, un comisario, un estafador reincidente y otro ocasional; suicidas y locos, bastantes. Una generación después llegamos a contar con un par de abogados, médicos y músicos, un ingeniero eléctrico, un martillero público, una que otra bibliotecaria, un par de psicólogas, peritos mercantiles y empleadas de la Dirección Impositiva. Amas de casa, casi ninguna. Ah, antes de que me olvide, casi todos ascendieron al limbo de los propietarios: por lo general departamentos de tres piezas a los que hay que sumar dos o tres tiendas de barrio, una zapatería y una bombonería fina. Los primos segundos con chacra y los carnales con quinta y piscina. O pileta, las palabras por contagio se me resbalan, trastabillean, los fósforos se me volvieron hace tanto tiempo cerillas y los alcauciles alcachofas; los verbos más íntimos alteraron el pulso de sus tiempos; los vení se volvieron vente o he venido y de Pichi me fui convirtiendo sin remedio en Madame Lagor, Luzdivina, Mirtilla, Romana, y si tengo fuerza y ganas todavía, en las tontas, locas, apasionadas y levantiscas en las que me voy a transformar.
      Sentimiento de un mar denso, tanto deseo incumplido que marea. Un juego en el que nadie puede echarse a un lado, huir por la tangente, rodear u obviar la bisectriz. Dar en el blanco, o no, tirar una bola a la cabeza con largo bonete de los enanos que giran en la feria nocturna del parque de diversiones. Tres bolas por diez pesos, dólares, shekels, dracmas, euros.
      El chico desenfadado que anida dentro de cada uno a la hora de los ensueños se detiene en la orilla del Mar Dulce, vestido a la Mark Twain o pibe que se hace la rabona en cuento de Saroyan y tira muy diestro una piedrita al río que rebota formando una hilera de salpicaduras irisadas. Espléndido, el sol de los alquimistas se detiene en cada una y reverbera.

La vecina de la bobe Ite era doña Rosa, que tenía muchas flores homónimas del color y textura de su nombre. Una vez el Dito quiso robarle una aun cuando mi papá siempre le había advertido que eso no se hace y se clavó en el antebrazo un pinche del alambre de púas que protegía las rosas y me acuerdo que no le salió sangre sino una tripita blanca. Muchos años después me reprocharía que esa cicatriz se debía a la flor que me quiso ofrecer. Primera noticia.
      A Dito lo de ser judío nunca le fue ni le es fácil y, como para muchos, todo apellido que no terminara, como el de su papá, en vich o sky ya implicaba un alivio. Pero él llevó las cosas un poco más lejos, a los dieciocho, cuando terminamos el secundario, se hizo imprimir tarjetas de visita con nombres que eran de lo más chic, casi una caricatura de lo considerado aristocrático por antonomasia para gente que pataleaba sin poderse asir a raíz alguna; así, el Dito pasó a llamarse con nombre de prócer y de avenida de prestigio: Roberto Alejandro Lecube Castex. Nombres de otras calles y otros barrios. Más al norte. La rosa de los vientos siempre en contradicción y disputa, como el título de Julio Verne: Norte contra sur. No me acuerdo si las tarjetas eran con las letras inclinadas en relieve o planas, de liso y llano pagador. También para esa fecha nos dejó a todos boquiabiertos porque se hizo operar la nariz para que le quedara respingona como la de los goim y el resto de la familia lo reprobara a la hora de la cena durante nutridas y destempladas sobremesas.
      —Si es un enfermo la culpa la tiene ella, sí, tu hermana, que de chico hacía que la maquillara. La manzana no cae lejos del árbol.
      —En tu familia está lleno de manzanas podridas. Con excepción de tu papá, que en paz descanse y fue una excelente persona que mataron a disgustos.
      —Dejá mis muertos en paz, ¿querés? Metete con los tuyos.
      En esa época subrayaban en la palabra enfermo la sílaba fer, la palabra gay no existía, enfermo e invertido sí.

Los tíos:
      —Debió ser para 1922 o un poco antes cuando vinimos de Hamburgo, otra que goldene medine, miseria y pobreza es lo que encontramos en Lamérica. Llegamos sin nada, porque lo que tuvimos hubo que darlo para el pasaje, para que nos hicieran pasar. Fue de lo más terrible. Llegamos al hotel de inmigrantes en Retiro, y nos dieron un permiso de diez días, ¿hotel?, eran galpones con tabiques, treinta días de navegación y tu mamá con tos convulsa; en El Formosa ponían en un lugar a los hombres y en otro a los chicos, de noche nos separaban como ganado, eran cuatrocientos cincuenta números y no personas. A uno de mi pueblo le desapareció el bebé en el camino, la madre casi se volvió loca. ¿Y qué querías que hiciéramos, que paráramos el barco? Después alquilamos una pieza en un conventillo cerca del Once. Empezamos de vendedores ambulantes en los mercados. Lo primero que se enseñaba era cómo se roba en el peso, cómo se pesa cuando se compra y cómo cuando se vende; había que hacer un agujerito para que pesara menos o poner un pedacito de plomo. Tu bobe vendía ristras de ajos y cebollas en el mercado de Santos Lugares, después cordones de zapatos, y cuando las cosas mejoraron se hizo costurera a domicilio y nosotros pasamos a vender de casa en casa, a plazos, colchas, carpetas, manteles, esas cosas, éramos los cuentenic.
      —En el barco lo que tuve fue algo como neumonía o tuberculosis, no sé cómo me salvé.
      —Quién quiere acordarse del Departamento Nacional de Higiene, la cuarentena, donde íbamos a parar todos los que llegábamos a la Argentina, especialmente los que iban para las colonias de Entre Ríos, las del Barón Hirsch, y llamaban «los gauchos judíos», ¿gauchos?, no me hagas reír. Apenas si uno que otro había visto de cerca un arado o una vaca. ¿Y las humillaciones? Decían que los judíos éramos focos propagadores de epidemias: tifus exantemático y cólera. Nos apiñaban en hangares. Decí que en Rusia ya nos habían acostumbrado.

 

 

 
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