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Platea [fragmento] / Igor Marojević PDF Imprimir E-Mail

Cuando llegó a la metrópolis catalana en el verano de 1994, Luka llamó al teléfono de David por recomendación de Robert, un amigo común. David lo condujo a una de las discotecas de la playa de la Barceloneta. Allí tuvieron una reunión de negocios: David, un joven de baja estatura y pelo rizado, estaba sentado en una tumbona, acariciando las caderas de una chica probablemente menor de edad, calladita y sentada en su regazo. Pasándoles el porro a Luka y a ella, David dijo que la mayor parte del equipo de su discoteca veraniega vivía básicamente en la playa; tenían una tienda por si llovía. Le preguntó a Luka cuál era su experiencia como dj y qué tal le iba a Robert. Sin embargo, mientras Luka contestaba, David lo interrumpió diciendo que necesitaba muchos dj porque trabajaban un montón, y que el salario molaba, y luego le pidió que tuviera paciencia y se fue con la chica a alguna parte. A Luka le convino no tener que hablarle a su nuevo jefe de su única experiencia profesional que había ocurrido en 1992, durante el verano de las protestas de estudiantes de la Universidad de Belgrado. Se impulsó una radio estudiantil en la Facultad de Filosofía en la que Luka ponía música. Esperaba que se hubiera leído la noticia y que un comisario del programa informativo le indicara el momento en que tenía que poner una canción: una vez que el técnico de sonido daba su aprobación, Luka volvía al surco del lp para poner la canción.

       Fue al local en la playa a presentarse y a saludar a los dj extranjeros que colaboraban en aquella discoteca en la arena y estudió los detalles de los amplificadores y la mesa de mezclas. Aunque no parecía fácil, lo era: no tenía que hacer scratch, cosa que a Luka se le hacía tremendamente difícil. En la playa no se utilizaban ni tocadiscos ni discos, sino cd y reproductores, que eran mucho más fáciles de manejar. Al final de las canciones que terminaban de golpe, tenía que bajar rápidamente uno de los dos controles de volumen del mezclador, conectado a uno de los dos reproductores de cd, y hacerlo más lentamente si el tema se apagaba de modo gradual. Todo lo demás lo podía hacer como le pareciera. De todos modos, Luka no lograba entender nada de la música que se pinchaba en la Barceloneta; la multitud empastillada se animaba como podía, fuera cual fuera la canción que se oyese. En la playa, Luka no sólo se bañaba, tomaba el sol y aprendía a poner música, sino que también dormía allí, hecho que resultó ser un buen negocio: los dj se cansaban del trabajo, el sol y los compuestos químicos, y entonces era cuando Luka tenía que sustituir a alguno de ellos.
      En otoño encontró un modo de poner en orden el permiso de residencia: se inscribió en la facultad de Psicología, ya que a los empleados de los mostradores de la universidad les daba igual si los estudiantes nuevos y extranjeros tenían visado o no. Los exámenes los hacía sólo cuando le tocaba renovar los papeles: un año lectivo por dos de calendario. Utilizaba también su nuevo estatus para alimentarse en el comedor de la facultad, mucho más barato. Hacer tratos en el trabajo era relativamente fácil: conocía cada vez más gente y pinchaba música en negro: sus jefes no tenían que pagar los impuestos de su sueldo y a veces parecía que sólo le contrataran por eso. Trabajaba unos cuatro meses al año, lo suficiente para poder cubrir los gastos de comida y discos piratas y pagar el alquiler de una habitación durante todo un año. Compró un ordenador y llenó la memoria de música.
      A mediados del 98 descubrió el programa Fruity Loops, con el que cortaba los estribillos de las canciones que ponía y los mezclaba con otros temas, o los unía unos a otros. Los mejores dj no utilizaban aquellos recursos —peores eran aquellos que ni siquiera los conocían— y a Luka le sirvió para redondear su imagen. Aunque solía actuar en bares alternativos y típicos baretos de barrio, consiguió llegar hasta la sala Razzmatazz, donde puso música un par de veces antes del concierto de algún intérprete famoso. Antes de la actuación de Mano Negra puso una presentación en Powerpoint, hecha precipitadamente con fotos de la banda y postales raras de París y Barcelona. Sus montajes afeaban las canciones de los grupos que ponía, pero la multitud estaba tan mal que ni se daba cuenta. Fue muy diferente una vez que en un pequeño bar de Gracia mezcló el rugido de Rammstein con el dulce aullido islámico de Natacha Atlas: tres marroquíes fueron a esperarlo en el vestíbulo del bar y, sin testigos, en la oscuridad, lo insultaron violentamente porque había ofendido a su religión y, con mucho decoro, lo molieron a palos.
      Exceptuando este suceso, vivió durante años sin pena ni gloria. Y los españoles le parecían mucho menos temperamentales de lo que esperaba. Eso le gustaba.
      Eran menos compasivos de lo que suponía. Esperaba más calidez: de todas formas, muchos se la dieron cuando murió su padre, en octubre del 98, y volvió a Barcelona después del entierro en Belgrado. Aún siendo un niño, cuando su padre le pegó por primera vez, Luka dejó de quererlo. Cuando dejó de agredirlo físicamente, sus sentimientos hacia él no se alteraron en lo esencial. Así pensaba también cuando, después de la muerte de su padre y al volver a Barcelona del entierro en Belgrado, se vio absorbido por el dolor y unas pulsaciones ardientes en el pecho que se confundían con el odio hacia su padre, y que parecían ser la causa de que no pudiera dormir. Las pulsaciones iban acompañadas de un escozor cálido en las manos, como si fuera el rayo último de una bola de fuego que se hallara en su vientre y en su pecho. Se esforzaba para aliviarse presionándose inútilmente el pecho con la mano.
      Mientras se agotaba estando despierto, recordaba algunas escenas belgradenses que había visto por primera vez con motivo del funeral de su padre, a finales de octubre del 98, después de seis años fuera. Se acordaba de cómo la ciudad era gris de día y negra de noche, si la comparaba con Barcelona, donde la calle más pequeña se alumbraba nada más caer el sol. Le fascinaba el recuerdo de las turbias imágenes de Belgrado y del ejército de perros callejeros que correteaban cerca de Staro Sajmište y los barrios circundantes y que de vez en cuando mordían a la gente de forma impune, un batallón de chuchos que sólo los batallones de policía superaban en cantidad; pero lo que más le fascinó fue la impresión de que en la ciudad todas estas cosas eran percibidas por mucha menos gente de lo que se podía esperar. Lo hacían casi todo como bajo una gripe constante y como si, al mismo tiempo, no tuvieran suficiente conciencia de su enfermedad.
      Al volver a Barcelona después de la muerte de su padre, el corazón le latía con fuerza por las noches, las manos se le calentaban, el pecho, el estómago y los pies se le fundían como si le quemaran, y las venas se le encendían. Medio ciego después de tres días sin dormir, empezaba a confundir literalmente la realidad con el sueño, se dormía de repente y después de dos o tres horas se despertaba con la sensación de que alguien le había dado una paliza. El sueño era bastante más corto cuando se dormía en un restaurante o en el banco de algún parque: al cabo de unos diez minutos lo despertaba alguna camarera o el barrendero. Al menos le pedían perdón, mientras que los lugareños, a quienes consideraba sus amigos y a quienes se quejaba de sufrir de insomnio desde hacía tiempo, cabeceaban preocupados, sonreían melancólicamente y le sugerían que se relajase. Lo que le gustaba más de los españoles era que, cuando dormía en algún banco, nadie le robaba.
      Empezó a pensar que no estaba realmente afectado por su reciente visita a Belgrado, sino por una compensación emocional: mientras que, casi desde su nacimiento, había reprimido de forma natural las dosis mínimas de amor hacia su padre, estas dosis, después de su muerte, se habían sumado a una gran cantidad de sentimientos posteriores. Después de décadas sumergidos, emergían inevitablemente en forma de un insomnio constante, contaba a sus compañeros de piso, a los dj, a los propietarios y clientes de las discotecas, a las vendedoras y a los porretas. Después de haberlos ahogado tanto tiempo, los sentimientos hacia su padre lo invadieron, y tras muchos años sin mencionar nunca a su padre al hablar con nadie, de pronto empezó a hablar de él a todo el mundo. Los españoles le interrogaban y le decían, sobre todo: «Es importante que te relajes» —como si eso fuera suficiente para relajarse de verdad.
      Los dj locales, los compañeros de piso y los propietarios de la discoteca eran, sin embargo, tipos decentes; los malos estudiantes, los que fumaban «chocolate» y las vendedoras que conoció eran sin duda buena gente, pero, cuando él se quejaba, a veces se reían en momentos que para él no eran nada cómicos. En cambio, algunos comentarios que Luka creía graciosos resultaban medio ofensivos a sus interlocutores. Probablemente debido a la fatiga que suponía aquella comunicación imperfecta, los españoles empezaron a hablar con él dejando de pensar en sus limitaciones: de pronto hablaban en catalán, lengua que él no dominaba. Por la misma razón, Luka se pasó al inglés, que no hablaba espléndidamente, pero sí mucho mejor que sus conocidos de Barcelona.
      Para simplificar las conversaciones en castellano, decidió hablar prescindiendo de los detalles. Pero cuando hablaba eliminando los matices de los razonamientos, la comunicación sólo empeoraba. Si le preguntaban qué estaba ocurriendo en los Balcanes durante los noventa, él lo contaba siguiendo la cronología de los acontecimientos y, al no hacer las explicaciones apropiadas para entender el contexto, asombraba tanto a los interlocutores que le pedían que parara ya antes de llegar a 1992. Así que Luka dejó de hablar del único tema que le afectaba de forma directa y por el que sentían interés los españoles, además por su trabajo. Se calló en el mejor momento de hablar, unos meses después de la muerte de su padre, cuando las preguntas llovían como bombas sobre Serbia y Montenegro. Al final respondía que no sabía qué estaba sucediendo exactamente en su país, y a lo mejor aquella declaración tenía su razón de ser: cuando llamaba a su madre, ella le hablaba como si, de hecho, no hubiera guerra. Es más, los bombardeos cesaron antes de lo que Luka suponía: tras dos meses y medio de la campaña de la que él había creído que iba a durar años, probablemente había perdido el juicio.
      También tuvo considerables problemas de comunicación con la única chica con la que tuvo una relación seria durante su estancia en Barcelona. Ella, Amanda Ibarz, era estudiante de filología eslava. La conoció una tarde entre el público de una conferencia en la que se comparaban las lenguas de Europa del Este, a la que había acudido movido por la nostalgia ambivalente que le causaba ese tema, más que por el tema en sí. Aquella noche, Amanda le dijo que le gustaban todas las lenguas eslavas y la literatura escrita en ellas; como para recompensar modestamente el hecho de que ella elogiara una cosa que de alguna forma le pertenecía a él, Luka la invitó a tomar algo. Después de salir dos o tres veces empezó a tirarle los tejos. Una noche acabaron haciendo el amor y por la mañana ella lo llamó para decirle que le gustaba, que estaba bien —como la música que ponía—, pero que ella tenía una relación estable y no podía seguir con él.
      Dos años después Luka encontró a Amanda donde él estudiaba oficialmente y fue como si se conocieran de nuevo. Aquella tarde se encontraron en el mostrador de recepción de la facultad: él había acabado el proceso para renovar el cuarto año de estudios y ella se matriculaba para un posgrado. Después de acabar el primero con todo el papeleo, la esperó en el vestíbulo. Por su modo de hablar con los empleados, parecía que la burocracia no le suponía ningún problema: era de Barcelona, conocía a la gente y su manera de ser. Si Luka hubiera estado con ella, puede que Amanda le hubiera ayudado a comunicarse con la burocracia de un modo más fluido. Casi hipnotizado, miraba cómo la chica entregaba los papeles a los trabajadores del mostrador, esperaba imperturbable, cogía de nuevo los papeles con una sonrisa, se dirigía hacia el banco y se sentaba a su lado. Para él, en cierto modo, aquella fue una de las experiencias más románticas vividas hasta entonces.
      Fueron al bar de la universidad a tomar una comida tardía y durante más o menos una hora hablaron de lenguas y soledad. La conversación transcurrió sin interrupciones: a Luka le pareció que su español por fin era fluido. Luego fueron hacia la estación de tren de Sabadell, el pueblo donde se encontraba la facultad. En el tren, feo pero cómodo, empezaron a cogerse de la mano. Cuando llegaron a Barcelona, tomaron un zumo en un bar que no servía alcohol, cogieron un taxi y terminaron en la cama del estudio alquilado de Luka.
      Aquella tarde, al principio el sexo fue prometedor. Sin embargo, la causa de que el cuerpo de Luka dejara de prestar atención a su deseo fue precisamente la lengua: en el sentido del idioma y también en el más literal. Mientras hacían el amor, Amanda le dijo a la oreja de forma inesperada:
      —El serbio es increíblemente sexy... Por favor, sácamela.
      —Bueno, si es lo que quieres... —Luka se separó algo sorprendido de Amanda.
      Le hizo una señal con la mano para que se volviera de espaldas. Luego ella empezó —y se detuvo de repente— a lamer sus testículos. Con el fin de comprobar si su reacción era favorable, levantó la cabeza y con una sonrisa lasciva le dijo en serbio:
      —Te encanta que las mujeres te «limen» los huevos.
      Después de escuchar aquellas palabras, aquella noche ya no pudo recuperarse del todo. De hecho, la palabra que Amanda había articulado de manera incorrecta, junto con su acento erróneo, le molestaron tanto que su cuerpo reaccionó con un rechazo extremo. Sólo entonces se dio cuenta de cuántas veces habría hecho el ridículo hablando en español, ya que era consciente de que a veces cometía errores. Después de aquella noche, no pudo llamar más a Amanda por vergüenza.
      Su relación más seria en Barcelona terminó en septiembre de 2001. En enero de 2002, la peseta fue sustituida por el euro y en la ciudad empezaron a instalarse muchos anglosajones: con sus compras de pisos, prácticamente todos los precios del mercado local empezaron a registrar subidas escandalosas. En septiembre de 2002, Luka acabó con el cupo de veces permitidas para renovar sus papeles en la facultad y sus circunstancias financieras parecieron menos aceptables. Debido a esto, y también a los malentendidos comunicativos —de los que nadie era culpable— llamó a su madre y se interesó seriamente por los cambios políticos en Serbia l

Traducción del serbio de Laura Bohigas

 
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