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Charlot en los cielos / Gonzalo Suárez PDF Imprimir E-Mail

—Me llamo Charles Spencer Chaplin, nació en el número 287 de Kennington Road, Brixton, Londres, hijo de Charles Chaplin, barítono, y de Hannah Dryden, conocida por el sobrenombre de Florence Harley. Acabo de morir.

—Pase.
—Curiosa sensación, no sentir nada bajo el bombín.
—¿Qué bombín?
—El bombín y el bastoncito, ya sabe.
—Verá, yo aquí sólo soy el conserje. Pero si reclama objetos personales, delos por perdidos.
—Quiero hablar con el Señor.
—Lo siento, el Señor está reunido. Tendrá que esperar.
—Imposible. No tengo tiempo que perder.
—Si es cuestión de tiempo, delo por perdido.
—Diga que ha llegado Charlot.
—¿Cómo?
—charlot. C de corazón, H de hombre, A de alma, R de rojo, L de luz, O de oro y T de trotamundos.
—C de cabrito, H de Hollywood, A de ambición, R de rey, L de libidinoso, O de ostentoso y T de tirano.
—¿Qué ha dicho? ¿Cómo se atreve?
—Nada. No he dicho nada.
—¿Quién ha hablado entonces?
—El eco.
—¿Eco? ¿Aquí? No veo paredes ni montañas.
—Cada hombre trae consigo su eco. No se preocupe, es un eco residual que dura sólo hasta el juicio.
—Pues este eco me hará perder el juicio.
—Si del juicio se trata, delo por perdido.
—Ya veo, aquí no vale de nada la gloria adquirida, ni el esfuerzo realizado, ni la infancia miserable, padre alcohólico, madre enferma, sólo un eco irrisorio y procaz, ¿y las alegrías que he proporcionado a millones de personas haciéndoles reír y llorar?
—Sólo soy el conserje...
—Yo esperaba, al menos, una puerta giratoria, como la del hotel de Chicago, cuando ganaba mil doscientos cincuenta dólares a la semana y trabajaba en los estudios Essanay. Todavía no era gran cosa, pero Chicago se parecía más al cielo que este estúpido lugar y el conserje del hotel conocía, por lo menos, mi nombre...
—Si de su nombre se trata, delo por perdido.
—Unos segundos prendido en los ojos grises de Hetty Kelly, en Kennington Park, valen más que toda esta eternidad. ¿Para qué he recorrido tan largo camino? Y no me diga ahora que si de los ojos de Hetty se trata, los dé por perdidos, porque ya los perdí cuando ella se fue bailando a Europa, dejando en mi memoria jirones de tutú. Así que cumpla con su cometido y anuncie mi llegada. Quiero ver a Dios en persona. Estoy seguro de que Él sabe quién soy y me recibirá como me recibieron lady Astor, el Príncipe de Gales, el Duque de Westminster, Winston Churchill y la Reina de Inglaterra. Todos habían visto mis películas.
—Si de películas se trata...
—No, no siga. ¡No están perdidas! El mundo entero sigue viéndolas y seguirán viéndolas mientras sea mundo...
—Si del mundo se trata...
                  —Bien, de acuerdo, lo doy por perdido. He ganado el cielo y he perdido el mundo, pero cambiaría el cielo por una caricia de Oona en mis últimos veinte minutos pasados junto a ella en Vevey. Bueno, en realidad, por lo que tengo visto, cambiaría el cielo por tomar un té simple en casa de sir Phillip Sassoon, con H. G. Wells, Bernard Shaw y Chesterton. ¿Qué digo?, cambiaría el cielo por... un arbolito; ya sé, ya sé, ¡no puede ser!
—Sólo soy el conserje.
—¿Y dónde está San Pedro? ¿Lo ascendieron?
                  —Imposible ascender. Nada hay más arriba.
—Pues cuando estaba más abajo me encontraba más arriba.
—Los estados de ánimo no importan.
—¡Ah, ya! No importan los estados de ánimo, no importa el cine, no importa el mundo, no importa san Pedro, y Charlot les importa un pepino... Y, por supuesto, si de pepinos se trata, los doy por perdidos, aunque cambiaría un pepino por los ámbitos celestiales... A Paulette le gustaban mucho los pepinos; una vez, en Carmel by The Sea, se comió cinco pepinos en una hora. Parece increíble, ¿verdad?
—Creer o no creer es lo de menos.
—Evidentemente, querido Watson, ¿qué más da creer en Dios o en un pepino, si ni Dios ni el pepino creen en ti?
—Silencio, habla Dios.
—No oigo nada.
—El Señor se expresa así.
—¿Con el silencio?
—Es su estilo.
—¿Y qué está diciendo? O, mejor dicho, ¿qué está callando?
—Nada.
—Me lo temía. Es partidario del cine mudo. Por lo menos confío en que le hayan gustado mis primeras películas. Debí haber traído una copia de The Gold Rush, pero debo darla por perdida, ésa y las otras, ya sé, las mudas y las habladas, todas al infierno, es decir, que sigan donde están, o sea, en el recuerdo de los vivos, porque aquí no hay sombras, y donde no hay sombras no hay cine, sólo hay Dios, así que, de acuerdo, ¡buena la hemos hecho!, tanto agitarse, tantas inútiles pasiones engarzadas en tantos inútiles gestos y tantas inútiles palabras para obtener, por fin, la más blanca de las pantallas blancas, sin un solo espectador. ¡Qué celestial amargura para alguien como yo que empezó a bailar a los cinco años y bailó sin parar para hacerse querer, para hacerse admirar!
—Le ruego que domine sus impulsos. Dios está aquí.
—¿Aquí? ¿Dónde? No lo veo.
—Es que es invisible, por supuesto.
—¿Y quién supone el supuesto?
—No pregunte. No responde.
—No le gustan las entrevistas.
—Le importan, como usted bien dijo, un pepino.
—En este caso... Si hablarle no puedo...
—Puede hablarle.
—Pero no oye.
—¿Para qué?, si ya lo sabe todo.
—Y verle, lo que se dice verle, tampoco puedo verle...
—¿Para qué?, si es invisible.
—Simple curiosidad, me gustaría saber si va desnudo o vestido, si tiene barba o no y si hay un Dios y un diablo o un Dios bueno y otro malo que se lo juegan todo al ping-pong... Aunque, ya sé, si de curiosidad se trata, debo darla por perdida, y, como también debo dar por perdidos el sentido del tacto y el olfato, tampoco puedo tocarle ni olerle, así que puede decirle a tan intangible Señor que me importa un pepino que esté o no esté aquí...
—Aquí y en todas partes.
—¿En todas partes?
—En todas.
—¿En mi bombín? ¿En mi bastón?
—Bajo el bombín y con bastón.
—Puedo deducir, entonces, que Dios fue Charlot.
—¿Charlot?
—charlot. C de cine, H de humor, A de amor, R de risa, L de libertad, O de Oona y T de triunfo. Oigamos ahora qué dice el eco...
—Nada. No dice nada. Nunca replica en presencia divina.
—Pues si nada dice el eco y Dios tampoco, valga este acróstico como testimonio en el juicio final. Me gusta.
—Permítame, como simple conserje, hacerle una observación. No ha sido usted quien ha hablado.
—¿Quién entonces?
—Dios. A veces utiliza esta argucia y habla como por boca de hombre, cuando los hombres, por cansancio o defunción, no hacen de ello cuestión personal.
—En este caso, ahora que puedo hablar como Dios, antes de disolverme como un azucarillo en el café con leche de la eternidad, quiero decir a los hombres que una vida imaginada vale tanto como una vida real, aunque, al final, ni una ni otra valgan nada. Y quiero decir más...
—Lo siento, no puede decir nada más.
—Bueno, pues... ¡Adiós!
Cabizbajo y taciturno, sin bombín y sin bastón, Charles Chaplin se retiró contrito tras una nube.
—¡Qué razón tenía Paulette Godard! —exclamó el conserje para sus adentros—. Chaplin, en persona, es aburrido y pomposo, ¡se toma tan en serio!
Y con la cola de un cometa se puso a barrer el firmamento.



 
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