Perro de la calle / Aleqs Garrigóz

(Puerto Vallarta, Jalisco)

Husmeando en un basurero, con el hocico sucio,
hay un perro sin amigo, sin nombre y sin hogar.
Las costillas se pegan a su piel
luciendo igual que un clavicordio primitivo:
¡es casi un esqueleto andante!

Sus ojos enfermos supuran lagañas verdosas.
Grandes garrapatas (lapas vampíricas,
botones de sangre henchidos)
le absorben los escasos nutrientes,
adheridas al pellejo por la sarna herido.
Sus patas enlodadas por el errar
dan idea de lo que vivir sin tener a donde llegar
es. Su cola, sus orejas mutiladas nos revelan
que alguien, alguna vez, creyó poseerlo
y dispuso de él como de un juguete vivo.
Sus patas arqueadas tiemblan ahora en el frío
como dos carrizos lo harían en el légamo.

Quisiera recordar su tierna indigencia,
su infancia canina de la calle,
su desasosiego en los dominios del Mal,
en este apretado y rojo cinturón de miseria,
patria de drogadictos y prostitutos transexuales.

Hoy anda por aquí, saluda con mirada lastimosa,
quitado de toda la pena que es él mismo en figura.
Pero, tal vez, alguien -el exterminador- esta misma tarde
venga por él a aplicar con electrodos en su cabeza
la nueva ley de “Cero tolerancia”.
¿Adónde van los perros de la calle cuando mueren?
¿Hay un cielo que los espera, abierto,
por todo el martirio que sufrieron en vida?

Incapaz de llevarme su imagen fotográfica,
dibujo con letras esta estampa,
esta calcomanía adherida a un panfleto que el viento lleva
de esquina a esquina, de mano en suelo.
Estampa que para cumplirse a sí misma
sólo de la voluntad de la lectura salvadora espera.

 

 

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