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Anotaciones en torno a un tiempo ido / Jezreel Salazar PDF Imprimir E-Mail

La que ya no es regresa,
y su ausencia devastadora
me invade y me engulle.
Henri Michaux

de no poder entender ante qué se encuentran mis ojos. En cualquier caso, se trata de un rostro transfigurado que no logro identificar. ¿Habrá sido alguna amiga? ¿Mi hermana (a quien no recuerdo haber visto nunca reírse de esa manera)? ¿Se tratará de una imagen que yo mismo tomé? ¿Cómo llegó a este libro que hace años no sostengo entre mis manos? Intento hallar huellas, alguna pista en la imagen. No hay fechas. Tampoco logro identificar el lugar, parece una sala o un restaurante, pero en el archivo de mi memoria no existen referencias que pueda cruzar, detalles que empalmen con los tonos y los perfiles de los objetos aquí presentes: los marcos de las ventanas, el decorado de las puertas del fondo. Afuera, ¿hay un jardín? Imposible saberlo. No obstante esta impenetrabilidad de la imagen, hay algo que me atrapa como un imán. Quizá tenga que ver con la composición del cuadro, la perspectiva que da el ventanal, lo difuso del contorno del rostro y el cabello, como si una corola divina o un aura brillante cubriera a la protagonista de este cuadro acaso feliz. Me resulta una imagen nada estática pero sí extática, en las costuras del delirio, al borde del éxtasis. Quisiera saber de quién se trata y cuál es la historia que se encuentra detrás. Pareciera como si un velo me negara el acceso a tal verdad.

 

Fotografía 2
Sostengo entre mis manos la segunda fotografía, aún más misteriosa. Se trata de una imagen borrosa y contrastante. Una superficie brillante, casi blanca, resalta sobre el fondo grisáceo. Pareciera tratarse de retazos de luz suspendidos sobre una sombra, oculta ésta en el centro del retrato, en segundo plano. Vista de este modo, la imagen parece sin sentido, acaso sólo el resultado de un disparo azaroso de la cámara. No obstante, conforme fijo la mirada, entiendo que se trata de una porción de piel. Quizá una espalda, antebrazos, los dedos de una mano... ¿Estaré viendo dos cuerpos misteriosamente entrelazados? El carácter claroscuro de la fotografía y la ambigua forma corporal que proyecta es lo que le da cierta belleza a la imagen, de por sí llamativa por la incógnita que resguarda. Algo me dice que la memoria, después de tantos años, me juega chueco. Que algún día esa piel tuvo total claridad y sentido para mi tacto y mi vista; acaso fue la piel de un ser que un día amé y que ahora un velo censor me evita contemplar en plenitud. La perfección imaginada va acompañada siempre de detalles minúsculos. Después de largo rato de admiración devota, me percato de un breve lunar, situado en el centro inferior de la figura. Tal hallazgo me provoca cierto escozor y molestia: si fue mía, ¿cómo pude olvidar ese hermoso detalle? Concluyo que estoy viendo el perfil superior de un muslo y dos piernas que salen de éste, las extremidades inferiores de un cuerpo postrado sobre una cama; sin embargo, no puedo estar seguro de ello. Tengo la sensación de estar recordando con la memoria de otro, de estar inventando un pasado inédito. De inmediato aparecen en mi cabeza unos versos de José Ángel Valente: «Un torso de mujer desnudo en el espejo / como fragmento de un desconocido amor. // Y ahora quién podría / descifrar este signo, / reconstruir lo nunca ya después vivido, / reanimar, exánime, el adiós».

El boleto
De otra página del libro cae un boleto de camión que resulta revelador. El recorrido: Cuetzalan-México D.F. De inmediato se desata en mi cabeza una especie de vida alterna, oculta en mi memoria más soterrada. Como si despertara de un sueño, entiendo instantáneamente que es ella. Ese rostro es de ella, transfigurado por el tiempo, extraviado en una especie de limbo. Y esa piel es la que me hizo salir de mí e inventarme esta otra vida, que desde entonces cargo a cuestas. El poder del olvido es colosal, no puede medirse, salvo en las grafías inscritas en un boleto: Cuetzalan, un lugar en la cordillera de Puebla, al que nunca debí acudir, mucho menos en su compañía. De pronto me siento aturdido, mareado, como si alguien me hubiese golpeado y noqueado. Me parece estar viviendo las madejas de un sueño, atrapado en las redes de la irrealidad. Enseguida me parece que toda mi vida ha sido una mentira o, en el mejor de los casos, la alucinación de un loco que en el lapso de unos minutos ha vuelto a abrazar el tronco de lo real. El boleto muestra el paso de los años y tiene el color de esos objetos que han estado expuestos a los vejámenes del tiempo. Corro al espejo para comprobar si lo que estoy viviendo es verdad y observo que mi rostro ha envejecido todos esos años que estuve escondido detrás de otro rostro.

Del archivo íntimo
Las revelaciones suelen reproducirse una tras otra. Es como en los caleidoscopios, a través de los cuales observamos cómo ciertas visiones, por demás insólitas, remiten a otras nuevas, cada vez más enigmáticas y bellas. El boleto de Cuetzalan me ha hecho recordar ahora una película de David Cronenberg. En ella, un hombre lleva una vida tranquila en un pueblo recóndito hasta que, para salvar su negocio y a sus amigos, asesina a un par de maleantes; aparece en las noticias nacionales como héroe local y es reconocido por sus antiguos camaradas de la mafia, que buscarán liquidar las cuentas pendientes que dejó atrás. El pasado es un espectro voraz que siempre vuelve y asedia. Al final, el protagonista resuelve ir en busca de ese ayer para poder retomar su vida. De la misma manera, decido ir a casa de mis padres, donde hace años dejé algunas cajas con papeles y cartas, recuerdos que supuse que nunca necesitaría más. Decido regresar porque, a pesar de haber reconocido su rostro, no termino de completar las piezas del rompecabezas, y por alguna razón creo que ahí podré encontrar alguna respuesta. Me muevo a partir solamente de la intuición, ese mecanismo que suele privilegiar el destino.
    En principio pareciera que no logro mi objetivo. Muchos documentos inútiles, la burocracia personal subsume las pocas señales del pasado íntimo. No obstante, entre un certificado escolar y una solicitud de empleo, encuentro unas páginas sin fecha, que me remiten nuevamente a ella. Percibo su letra con cierto cariño desconocido, como si la conciencia de la pérdida me invadiera. No logro recordar, aún, si alguna vez tuve en mis manos esta carta. Es como si un pasado real, pero inédito, de pronto surgiera de la nada. Transcribo aquí un fragmento de lo leído:

Tardan las cartas y no son suficientes para decir lo que uno quiere. Desde que te fuiste de viaje paso las noches en penumbra. Sé que vas en busca de ti, de tu destino o tu misterio. Pero también creo que se trata de una huida. Piénsalo así: si el placer del viaje no proviene del lugar al que se llega sino del encuentro con aquella otra realidad que eres tú estando en otro lado, también es cierto que ese hallazgo (sólo posible en la travesía) no te pertenece sin aquellos que te aman; sin la memoria de aquellos que viven en ti aun estando ausentes. Lo creo fervientemente. Es obvio que no se puede volver si antes no se ha partido. Pero tampoco se puede volver sin el recuerdo.
Alguna vez me dijiste esto sobre el viaje: «La esperanza sólo es el verbo del viaje. Nunca su destino». Te equivocabas. Es verbo y destino: sentido, porque en esto del viaje no se llega nunca, sólo se aprende que la vida es ir y venir, fluir a ciegas. El arribo sólo se alcanza cuando logramos descubrir esa región que se encuentra justo al centro de nosotros mismos. Esa región que nos hace sentir extraños en nuestra propia casa o cómodos en tierra extranjera. Sí, creo que todo buen viaje nos hace diferentes, nos vuelve otros: no somos los mismos. O quizá no es que el viaje nos modifique. Es sólo que nos permite ver cómo ya nos habíamos transformado. Y cuando tal cosa ocurre, sólo cabe esperar acostumbrarnos a ver ese nuevo rostro en el espejo, para sentirnos bien.
Me da gusto y tristeza a la vez que te hayas dado cuenta de que sólo si vives mi pérdida (mi ausencia total) es posible cualquier futuro juntos, cualquier nuevo «nosotros». Por el momento es muy lejano y es mejor no pensar en ello. Creo que el amor es lo más extraño al hombre (una fuerza que lo invade y lo posee, un demonio) y también lo más entrañable. En estos días es quizá lo que siento por ti: extrañeza y extrañamiento. Dos palabras que se hermanan como algún día lo estuvimos: inseparables. Hoy la historia y el futuro se han vuelto tan distintos. Y lo conocido resulta de pronto tan ajeno...
No sé. Creo que no he dicho lo que quería. Tal vez intentaba decir algo más. Otra cosa que hoy me rebasa. Que me rebasa siempre que estoy frente a ti. Quizá esto era lo que quería decir:
(Me da tanto miedo que me olvides al irte, que me dejes otra vez).

 

Avidez de olvido
Las palabras que renacen de la historia personal configuran un sortilegio del que es difícil escapar. Ciertas frases están ligadas a un amor pasajero, así como los espacios que un día habitamos con alguien no nos abandonan a pesar del deseo que tengamos por desertarlos. La memoria no es ajena al olvido, se constituye a partir de él. Sin esa selección de recuerdos que realizamos a diario, sería imposible vivir. Una vez fui feliz a su lado, pero eso terminó en medio de fatigas y confesiones dolorosas. Fue tal el ansia y la voluntad por alejarme del horror diario de vivir ajeno a sus movimientos y su presencia, que decidí enterrarla en el olvido. Destruí (eso creí en aquel entonces) todo lo que me remitiera a su existencia: regalos, fotografías, números telefónicos. Me alejé decididamente de los amigos comunes. Cambié de trabajo y de casa; procuré establecer nuevos recorridos cotidianos; conocí otra ciudad diferente de la que hasta ese momento había habitado. Nada sirvió y fue entonces cuando decidí emigrar. Pasé diez años fuera del país, luego de vivir alegrías y miserias. No me enorgullece aquella época pero tampoco la desprecio. En una ceremonia de santería, en Cuba, un hombre me dijo que podía lograr que la olvidara; le creí y eso bastó. Cuando volví era otro, y de algún modo, en efecto, ya no la retenía mi memoria. Pero siempre quedan vestigios. Es imposible desaparecer todas las huellas. Un par de fotografías escondidas en las páginas de un libro, un boleto de camión, una carta nunca recibida, bastan para que el trabajo de años quede derruido y la memoria, con su peso indescriptible, traiga de vuelta los miedos ancestrales y las sombras de antaño.
    En un cuaderno de notas he hallado el último de los rastros que sobrevivieron a la quema de mis naves. Se trata de una anotación hecha pensando en ella, deseando su desaparición. La leo y el sentido que tienen estos signos negros no es el mismo que cuando los escribí. Sin embargo, hablan de lo que hubo en ese tiempo que ha dejado de ser ilusorio, que ahora estoy convencido de que existió. He aquí las palabras de ese otro que fui yo: 

Carta_1977

Fotografía de Érika Ruiz Vitela
 
 
 
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