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A media voz / Antonio Deltoro PDF Imprimir E-Mail

Cuando leemos un poema ignoramos casi todo sobre su escritura; no sabemos, incluso, si el primer verso fue el primero que surgió como verso, y no obstante lo leemos inocentemente casi siempre, tal como se presenta en la página. Esto nos hace pensar en él como una criatura destinada a ser así, de principio a fin, con esas justas palabras y pausas. Esto es más cierto en un poema corto y desconocido, de esos que nos entran por el oído y la vista antes de que los pensemos, pues tienen más apariencia de ser formas individuales y precisas —un organismo, no una composición— que otros menos abarcables y más extensos.
    El acercamiento a todo poema, ya sea como lector o como escribiente, es algo misterioso. Hay quien piensa que tal acercamiento, por decidido que sea, jamás llega al contacto. Quizás por esto el poema es un ser deseado y peligroso, como veremos en el poema al que me propongo aproximarme: un sol intacto que quema mucho antes de llegar a su superficie, o una noche ineludible, que nos requiere como una tela de araña. Sé que hay otro tipo de poema: uno ya clásico en la lengua que nos da la apariencia de tierra habitada, que se nos revela como cosa hospitalaria, incluso si nos da al mismo tiempo la idea de un cosmos; pero el acercamiento a un poema como el que copiaré a continuación, desconocido y no por atractivo abierto; cerrado, pero prometedor, es una experiencia en la que el miedo condimenta al misterio.
    ¿Por qué elegimos, si es que lo hacemos, un poema y no otro, tú, lector, y yo, que compartimos el gusto de la poesía? Escribo la palabra gusto como categoría estética cercana al paladar y la memoria, pero no lejana a las vísceras.
    En un viejo número de la revista Vuelta encontré, hace algunos años, una reseña de Guillermo Sucre de Fragmentos a su imán que me dio la clave para aprehender, en la medida en que se puede asir lo proteico, la poesía de Lezama Lima. Dicha reseña tenía como centro el poema final de este libro póstumo. La obra poética de Lezama la leí de atrás hacia adelante: con la llave que me brindó el «Pabellón del vacío», último poema de Fragmentos a su imán. Antes de ese día había intentado leer a Lezama numerosas veces, pero no lograba la prolongada inmersión necesaria para empaparme en la sustancia densa de su poesía; ahora este poeta es uno de mis poetas extremos; no lo leo todos los días para acompañarme: lo leo como el que come un platillo suculento y de fiesta, complicado de digerir por condimentado, o un crustáceo al que hay que quebrarle la forma.
    En días recientes, mi fascinación por hojear números viejos de revistas tuvo una vez más su premio: el poema que reproduzco a continuación, y que encontré en el número 19, de junio de 1978, de la misma revista Vuelta.


A media voz

la lentitud es belleza
copio estas líneas ajenas
respiro
  acepto la luz

bajo el aire ralo de noviembre
bajo la hierba sin color
bajo el cielo cascado y gris
        acepto el duelo y la fiesta
no he llegado
no llegaré jamás
en el centro de todo está el poema
intacto sol
  ineludible noche

sin volver la cabeza
merodeo su luz
       su sombra
animal de palabras
husmeo su esplendor
su huella
  sus restos

todo para decir
que alguna vez estuve
atenta desarmada
  sola
casi en la muerte
casi en el fuego

  Lima, noviembre 1977

     A Blanca Varela nunca la había leído. Este poema me llegó en el momento adecuado, y cumple un deseo: encontrar un poema solitario y suficiente de un autor, si no desconocido —he oído muchas cosas de la poeta peruana—, no leído por mí. Un poema capaz de presentarse sin el contagio de otros del mismo autor, y de vivir solitario en mi memoria. Sé que, a partir de ahora, vendrán más poemas de esta poeta, y mi curiosidad sobre ella irá en aumento. Por ello quisiera empezar a saborear este poema antes de que esto suceda.
    Desde hace ya muchos años vengo buscando un verso como el primero de este poema; desde hace tiempo vengo intentando la lentitud, e intuyendo que «la lentitud es belleza». No la lentitud es la belleza, que sería un dogma que excluiría de la belleza todo lo que no fuera lentitud, sino «la lentitud es belleza»: la virtud que tiene la lentitud es la belleza. En nuestra época, lo dominante, incluso lo normal, es la rapidez como meta y como norma de conducta; un deseo de lentitud es algo a contracorriente, una actitud próxima al sacrificio, a la que la rapidez le parece una vulgaridad, una trampa o un engaño que nos lleva lejos de ese tipo de verdad que únicamente encontramos cuando coincide el ser con el alma. La lentitud es humildad, la humildad necesaria, entre otras cosas, para copiar unas líneas ajenas y saber que no se ha llegado y que jamás se llegará. «A media voz» no se pueden afirmar más que hallazgos solitarios, no públicos y dogmáticos: quien copia unas líneas ajenas lo hace en privado, a la luz de una lámpara física o mental, y después, a manera de pausa, respira, acepta la luz, la recibe.
    Yo también —como conjeturo, por el segundo verso, que lo hace Blanca Varela— suelo copiar los poemas que me son entrañables, para saborearlos mejor, más lentamente: la mano que copia hace que la mente se aquiete, porque la mano hace que el ojo, la lengua y el oído adquieran la velocidad con la que en la infancia silabeábamos las palabras. Pero, además, al copiar las palabras del poema reproducimos con nuestros titubeos, con nuestros balanceos, entre el papel en donde está el poema y el cuaderno en donde lo copiamos, la escritura del poema original: van surgiendo poco a poco las palabras y los versos, reproduciendo el proceso creativo. Pero, ¿las líneas ajenas que copia la poeta de quién son? ¿Qué dicen? ¿En qué consisten? El poema no lo aclara. Así, estas líneas se hacen pasto favorable para el misterio y la especulación. Adquieren una condición ideal, arquetípica, de la que sólo se pueden apropiar las cosas desconocidas, inaccesibles o ausentes. Sin salir de la primera estrofa, el tercer verso, «respiro», con una sola palabra subraya la acción pausada de copiar «estas líneas ajenas». El cuarto, «acepto la luz», es la consecuencia, pienso, de esta pausa que introduce, al mismo tiempo que aire en los pulmones, luz en un ánimo nublado.
    La segunda estrofa comienza con estos versos: «bajo el aire ralo de noviembre / bajo la hierba sin color / bajo el cielo cascado y gris». En estos versos está el cielo de Lima en noviembre. No he estado en Lima en noviembre, y tengo que imaginármelo en el universo de estos tres únicos versos que ni siquiera son una estrofa, porque el cuarto y final dice algo que son estas líneas bajo ese cielo escaso, bajo, descolorido, gastado, grisáceo: «el duelo y la fiesta».
    «No he llegado / no llegaré jamás...» me recuerda «Jactancia de quietud», de Borges, otro partidario de la lentitud, para quien el poema también es un centro inalcanzable; dicho poema termina con este verso: «Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar». Pero los versos de Blanca Varela tienen, pese a su elogio a la lentitud, una urgencia, una angustia sólo alcanzada por Borges, quizás, en «Mateo, xxv, 30», de 1953 —otro poema fechado como «A media voz»—, o en «El ápice» de La cifra, de 1981. Uno escrito en versos populosos y largos, y otro, un soneto, en endecasílabos. En cambio, «A media voz» está escrito más entrecortadamente, en versos pequeños, en estrofas, con minúsculas al inicio de los versos y con una distribución en la página aliada de lo imprevisto.
    «...no he llegado / no llegaré jamás / en el centro de todo está el poema / intacto sol / ineludible noche». En cuanto sol, el poema es algo intocable, en cuanto noche es inevitable: estamos, pues, ante un Jano imposible de tocar, e insoslayable. El resplandor y la obscuridad van apareciendo en el poema: primero la luz, luego el duelo y la fiesta, precedidos por el verbo aceptar en primera persona; después: sol, noche, luz, sombra, esplendor, muerte, fuego. El poema hace que la contradicción, sin dejar de existir, sea una sola cosa, y que estar cerca del poema, inalcanzable centro de todo, signifique estar «casi en la muerte», «casi en el fuego».
    La cuarta estrofa está llena de una atmósfera sinestésica:

sin volver la cabeza
merodeo su luz
       su sombra
animal de palabras
husmeo su esplendor
su huella
   sus restos

    Simultáneamente, enfrentándolo, sin volver la cabeza, rodea al poema, deambula en torno a él, lo acecha como un animal de palabras —o como a un animal de palabras. ¿Quién es el animal de palabras? ¿El poema o la poeta? Porque es ella quien merodea, merodean no sólo los animales; el hombre al merodear retrocede en las especies y se hace lobo: husmea. Pero el que ella sea un animal de palabras no implica que el poema no lo sea. No sé si el sentido es unívoco, pienso que en este poema nada lo es, pero aquí «animal de palabras» puede funcionar a ambos lados —o a uno de los dos, como quiera el lector ponerle la puntuación a este poema, que no la lleva, ni la necesita, salvo en esta estrofa. Lo más probable es que animal de palabras se refiera a la poeta, y que a mí me haya ganado la fascinación por definir al poema como un animal, un ente vivo de otra especie y que, al mismo tiempo, tiene el verbo que pertenece a Dios y las palabras que pertenecen a los hombres. Ahora pienso que, bien leído, el animal que merodea y husmea el esplendor del poema («husmeo su esplendor»: ¡qué sinestesia más rica y profunda!) es la poeta, y que, por lo tanto, a este poema no le hace falta ningún signo de puntuación y a mí me falta seso. Pero me gustaría que el poema del que trata este poema fuera un animal de palabras inaprensible, a no ser por sus huellas y por sus restos: una pieza entrevista pero nunca cazada.
    En la última estrofa, la enumeración «atenta, desarmada, sola» no es uno de los hallazgos menores de este poema de intuiciones certeras. Creo que esta estrofa, que anuncia desde su primer verso la conclusión del poema, es muy honda: a la caza del poema se va desarmando; nadie mata a un poema; el poema —como decíamos en la adolescencia que «verbo mata carita»— mata todo, inclusive al poeta y al tema. Los dos últimos versos, con sus respectivos casis humanizando la cercanía a la muerte y al fuego, ponen de manifiesto, si bien de manera sutil, la condición de quien se acerca lentamente, copia unas líneas ajenas y afirma no haber llegado —y sabe que no llegará— al poema, todo esto en un poema magnífico que nos lleva hasta el borde del despeñadero. Estos casis me parece que equivalen a los «yo no sé» y a los puntos suspensivos de Los heraldos negros.

P. S.: Cristian Peña me prestó, ya escrito el texto anterior, Donde todo termina abre las alas. Poesía reunida de Blanca Varela (1949-2000). El poema que copié de Vuelta se titula en el libro «Media voz», y no «A media voz»; tiene tres estrofas y no cinco, y no está fechado. Yo prefiero la versión de Vuelta. Escribí sobre un poema solitario; ahora, además del libro prestado —y en el que ya me enamoré de otros poemas—, he comprado y oído un disco en el que la poeta lee poemas de Canto villano, entre ellos «Media voz». Tengo miedo: su forma de decirlos es como la de quien clava una verdad; los poemas son terribles y bellos, no ocultan en la belleza la carnicería, son verdaderos con la verdad del que vive una vigilia cercana a una pesadilla, como el que sabe que va a morir y no tiene delirios de grandeza.

 
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