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Cecilia Hurtado / De lo perdido, lo que tenemos PDF Imprimir E-Mail

 

 

La publicidad del siglo xx vendió la fotografía como la panacea contra la desmemoria. «Recordar es volver a vivir» escucharon las masas desde los altavoces de los medios de comunicación, y todo el mundo se apresuró a comprar los artilugios para capturar los momentos felices de la existencia. Los instantes de ensueño —la ansiada felicidad que se nos escapa— quedaron atrapados en el papel fotográfico. Las imágenes que resultaron del clic se convirtieron, por encima de la tradición oral y de la escritura, en los testigos de nuestra vida. De nuestro paso por este mundo sólo queda un puñado de instantáneas. Ese invento del siglo xix cambió nuestra percepción de la realidad y nos hizo creer que ya no olvidaríamos.

A la par del proceso de popularización de la fotografía, el arte se adueñó del nuevo medio y lo inmortalizó, creando, contra la corriente masiva, imágenes memorables. Las fotografías creadas por artistas comenzaron a coleccionarse alrededor de los años cincuenta del siglo pasado. La extrañeza de ese hecho puede quedar plasmada cuando, ya a finales del siglo xx un coleccionista de arte amplió sus horizontes y comenzó a incluir fotografía en su colección basada en pintura y escultura, y se preguntó: «¿Qué hace esa gente extraña en los muros de mi casa?».

La artista tapatía Cecilia Hurtado intervino una serie de fotografías anónimas, antiguas, tomadas en estudio y en exteriores. Las mujeres y los hombres, esa gente extraña de las fotografías ajenas, desaparecieron en las imágenes creadas por Hurtado. Una mancha negra aparece en lugar del cuerpo y de los rasgos faciales gracias a los cuales podría el espectador conocer o reconocer al sujeto, femenino o masculino, que posó para ser inmortalizado por la cámara. Queda la silueta de los retratados y los objetos que los rodeaban en el momento del clic. Con sus múltiples, posibles historias.

Estas fotografías intervenidas provocan la reflexión del espectador. No lo sospechábamos en los tiempos ingenuos: recordar no es volver a vivir. Lo sabemos ahora, cuando incluso Kodak, la empresa insignia de insumos fotográficos, quebró. En el final de la película Otra mujer, de Woody Allen, la protagonista-narradora rememora: «Y me pregunté si un recuerdo es algo que tenemos o algo  que perdimos». Las imágenes de Cecilia Hurtado nos hacen pensar en que las fotografías son, por lo menos, algo que tenemos de lo que perdimos para siempre.

 

Víctor Ortiz Partida

 

La sombra del fantasma, de la serie Ausentes, 2015. Intervención digital en fotografías anónimas

 

 

 

 

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