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Prefacio a la Teoría de la literatura / Natsume Sóseki PDF Imprimir E-Mail

El paso a la modernidad, que en cada caso indefectiblemente ha creado una serie de problemas de dislocación, confusión y resentimiento, fue particularmente difícil en Japón, que saltó de un feudalismo tardío directamente al capitalismo. Sin duda también por ello la literatura pudo recoger, en sus temas lo mismo que en sus personajes, la huella dejada por la tremenda confrontación cultural con Occidente. Huella que aún puede ser rastreada en el comportamiento cultural japonés de nuestros días.
    El motivo para traducir del japonés al español el Prefacio (Jo) a la Teoría de la literatura (Bungaku Ron) de Natsume Sōseki ha sido el deseo de explicar parte de la evolución de este comportamiento cultural. A través de la huellas de Sōseki es posible seguir el mecanismo del desarrollo de la época moderna de Japón.
    En su Prefacio, Sōseki describe no solamente la capital inglesa y su flagrante industrialización, sino que, con un sentimiento de profunda desesperanza y pesimismo, describe también su propia conciencia de ser japonés, «el privilegio y el derecho de ser japonés»; fatalidad a la que —para bien o para mal— la agonía de la modernidad lo había enfrentado en Europa. El enemigo contra el que Sōseki luchaba en su cuarto de pensión de Londres era la modernidad misma; a ella opuso su ambición de convertirse en el mejor especialista en literatura inglesa, inclusive entre los propios ingleses. La neurosis fue el resultado de su natural fracaso, el precio que tuvo que pagar para hacerse un hombre moderno.
    La vida de Natsume Sōseki (1867-1916) coincidió con uno de los más dramáticos periodos de la historia de Japón. Tras más de doscientos cincuenta años de control Tokugawa, la Renovación Meiji (1868) se inauguraba con la destitución del shōgun (generalísimo) —por no haber logrado expulsar a los bárbaros (extranjeros)— y la restitución del Tennō (monarca divino o celestial, y no emperador, como frecuentemente se traduce) en su antigua posición de autoridad indiscutible, cuyos asesores se embarcaron entonces en una emocionante forma de modernización que muchos han dado en llamar «occidentalización», y que no tuvo lugar más que en la superficie, ante la imposibilidad de absorber los elementos intelectuales de las ideas de Occidente.
    En el Prefacio a su Teoría de la literatura, Sōseki describe, a través de su persona, el efecto melancólico que las rupturas de la Renovación Meiji habían provocado. Como el gran moralista que era, enfrentaba simultáneamente a dos enemigos: el naturalismo, bárbaro e impío, y una sociedad de lucro y falsedad.
    La obra de Sōseki, en su totalidad, describe a través de sus personajes a un Japón herido de muerte, en el que la Revolución Industrial y el mercado mundial aniquilaban las diferencias entre el campo y la ciudad; la civilización —representada por el tren de vapor— lo uniformaba todo.
    En su Teoría, Sōseki afirma que la literatura está entre dos elementos, uno de percepción y otro de emoción. Percibir sin emoción es «percepción» en estricto sentido científico, mientras que cuando hay «emoción» sin la percepción que debe acompañarla, se trata simplemente de pre-literatura. Identifica en esta obra diversos tipos —tanto de percepción como de emoción— para examinar las conexiones entre ellos, y analiza entonces la naturaleza de la literatura misma y del arte de escribir. Ningún otro japonés después de Sōseki ha producido una definición tan precisa y personal de literatura.

Antes de publicar este libro, debo decir cuál ha sido el motivo que infundió en mí su idea, su desarrollo como curso académico y el llegar a publicarlo de esta manera.
    Corría el año 33 de la era Meiji [1900] cuando recibí la orden de viajar a Inglaterra para estudiar allá. En aquella época era yo profesor del Bachillerato número 5; no había concebido la esperanza de viajar al extranjero y creía que habría alguien más adecuado para hacerlo. Así lo hice saber tanto al director como al subdirector de mi escuela. Ambos me dijeron que descartara la idea, y que si no me disgustaba el ir, aceptar el viaje sería un hecho bastante razonable en vista de que el Ministerio de Educación Nacional me había designado para ello. Acepté.
    El tema que se me encomendó investigar no era la literatura inglesa, sino el idioma inglés; respecto de lo cual juzgué necesario conocer tanto el alcance como los detalles, de manera que consulté al jefe del Departamento de Especialistas del ministerio, Sr. Kazutoshi Ueda, quien me respondió que no había restricciones especiales, aunque me sugirió que tomase las asignaturas que a la vuelta a Japón enseñaría en algún bachillerato o universidad. Comprendí que quedaba poco espacio para hacer convenir el tema del inglés con mi opinión personal.     En septiembre de ese mismo año salí de Japón y en noviembre ya había alcanzado mi destino.
    Lo primero que tuve que hacer fue decidir el sitio en el que estudiaría. Oxford y Cambridge eran ya ciudades tan conocidas en mi país que no sabía por cuál decidirme. Fui a Cambridge en plan de turista, aprovechando la oportunidad de visitar a un conocido mío que vivía allí.
    En aquella ciudad me encontré con algunos otros japoneses además de mi conocido. Me quedó claro que todos eran hijos de grandes comerciantes y que malgastaban varios miles de yenes por año para hacerse acreedores al título de «caballero».
    La suma que yo recibía del gobierno para mis estudios era de solamente mil 800 yenes por año. En donde el dinero lo controla todo, me resultaba inimaginable poder comportarme de igual manera con semejante cantidad. Y de no hacerlo, no tendría la posibilidad de tratar con los jóvenes ingleses ni de conocer el temperamento de un «caballero», y no podría tampoco seguir los cursos. Aun si lograra superar todas estas dificultades, no podría comprar un solo volumen de los libros que pretendía adquirir.
    El objeto de mi estadía en Inglaterra era diferente del de aquellos muchachos, e ignoro si un caballero inglés sea tal dechado de virtudes que deba aprenderse de él. Yo había pasado mi adolescencia a la manera oriental, por lo que me resultaba imposible aprender de un caballero inglés más joven que yo, porque, además, me parecía que estos nuevos adultos se apresuraban a aprender las ingeniosas técnicas acrobáticas de los niños callejeros, como la admiración, la reverencia o la exaltación. Como quiera que fuese, y a pesar de haberme resignado positivamente al sufrimiento de reducir tres comidas a dos, me resultaría imposible.
    Al escucharlo, los ingleses me contaron que ellos asistían a clases una o dos horas por la mañana, hacían ejercicio al aire libre dos o tres horas después de comer, se invitaban unos a otros una taza de té y cenaban juntos en la universidad. Supe entonces que no podría aprender a comportarme así teniendo en cuenta tanto costo como tiempo, además de la personalidad. Finalmente decidí no permanecer demasiado tiempo en aquel lugar.
    No conocí Oxford, pues creí que no sería muy distinta de Cambridge. Pensé en ir a Escocia o Irlanda, pero no lo hice porque no me resultaban adecuadas para la práctica del inglés. Me pareció que Londres era un sitio excelente para el estudio del idioma, de manera que me dirigí hacia allá.
    Puede decirse que la ciudad de Londres es el lugar más conveniente para practicar la lengua, pero no había ido a Inglaterra con el único fin de progresar en el idioma. Las órdenes del gobierno eran una cosa y mi voluntad otra. Podía satisfacer libremente mi voluntad en la medida en que ésta no se desviase demasiado de lo dicho por el jefe Ueda. Al mismo tiempo que hacía esfuerzos para llegar a dominar la lengua, me dedicaba al estudio literario, más por seguir las instrucciones del jefe que por mi propia curiosidad.
    Lo cierto es que en esos dos años no siempre me ocupé del inglés, pero no porque pensara que no valía la pena, sino porque le daba yo demasiada importancia. Dos años nunca son mucho tiempo para practicar sólo parte de un idioma, como la pronunciación, la conversación o la composición, mucho menos para manejarla en su totalidad y a un nivel satisfactorio. Considerando la duración de mi estadía para el estudio, además de mi capacidad, pensaba en lo mucho que debería progresar en el idioma para la fecha fijada.

    Comprendí que me sería imposible obtener los resultados que deseaba en el plazo señalado. No tenía otro remedio que seguir mi propio método de investigación, que después de todo sí se alejaba un poco de lo que me había sido ordenado por el Ministerio de Educación.
    En segundo lugar, con el estudio de la literatura surgen problemas tales como el qué y el cómo investigar; pero a pesar de haber sido capaz de plantearme estas interrogantes, no pude, infelizmente, hallar la respuesta a ellas. Me vi en la necesidad de adoptar mecánicamente una línea de conducta propia siguiendo en la universidad el curso de Historia de la Literatura Moderna; de manera personal hacía las preguntas que se me ocurrían a un profesor que, según había descubierto, podía aclararme los puntos dudosos.
    Tres o cuatro meses después di por terminados mis cursos en la universidad por no haber podido encontrarles el sentido y por no haber adquirido los conocimientos que esperaba. Sí recuerdo haber frecuentado la casa de aquel profesor durante casi un año, y entretanto leía cuanto libro de literatura inglesa caía en mis manos. No lo hacía con la idea de utilizarlos como material para mi tesis ni por considerarlos de provecho para mis cursos a la vuelta a Japón, solamente pasaba páginas y más páginas. La verdad es que no conozco la literatura inglesa al grado de haber sido enviado a estudiar allá después de una selección hecha con base en mi título de Licenciado en Letras.
    Después de graduarme me había alejado no sólo del corazón del mundo literario al irme al oeste del país, sino que razones personales no me permitieron tampoco concentrarme en la lectura. Me sentía siempre insatisfecho por no conocer más que los títulos y por no haber podido echar nada más que un vistazo a un 60 o 70 por ciento de los libros más famosos y prestigiados, y ahora no tenía una mejor forma de aprovechar esta oportunidad que leer cuanto libro fuera posible.
    Después de poco más de un año, me sorprendió que hubieran sido tan pocos los libros que había leído en comparación con los que todavía no leía, y me di cuenta de que no tenía sentido hacer lo mismo durante el año que quedaba. Decidí entonces cambiar de actitud en cuanto a mi investigación.
    (Un consejo para los estudiantes más jóvenes: frente a un futuro brillante, es necesario que conozcan los estudios de su especialidad en general antes de decidirse a contribuir a alguno de ellos, por eso deben tratar de leer libros antiguos tanto como los modernos, que cubren miles de años. Les será imposible llegar a conocerlos todos aun de viejos. Yo tampoco conozco todavía la literatura inglesa en su totalidad. Y creo que no podré llegar a conocerla ni en 20 o 30 años más).
    Además de seguir con una lectura que nada más me atontaba, con el tiempo surgió en mí un nuevo estímulo. Igual que cuando niño, y a pesar de haber invertido poco tiempo en la lectura de los clásicos chinos, había podido encontrar, vaga e invisiblemente, una definición de «literatura» a través de los Sakokushikan. 1.

Por lo tanto, con la literatura inglesa
podría ocurrirme lo mismo, y no
me arrepentiría entonces de haber
invertido toda la vida en su aprendizaje.

    Una causa tan pueril había hecho que yo ingresara en el Departamento de Letras Inglesas, nada popular en aquella época. Durante mis tres años de universidad tuve que padecer idiomas como el latín, el alemán y el francés, de los que guardo sólo un recuerdo confuso porque nunca pude llegar a dominarlos. Cuando me licencié en Letras no había tenido tiempo suficiente para leer los libros de mi especialidad. Y a pesar de detentar ese honroso título, en el fondo me sentía triste.
    Han pasado diez años. No digo que no tengo tiempo para estudiar, lo que me reprocho es el no haberme consagrado al estudio. Cuando me gradué abrigaba el temor de que la literatura inglesa me hubiera engañado de alguna manera. Con esa inquietud partí al oeste, a Matsuyama, y un año después más al oeste, a Kumamoto. Pero a pesar de haber vivido varios años en Kumamoto, nunca me abandonó aquella inquietud. Ni siquiera en Londres; pero si no lograba acabar con ella en Londres, no tendría excusa para haber viajado desde Japón cruzando el mar por órdenes del gobierno. Sin embargo no he podido disipar esa duda en estos diez años, y me será imposible hacerlo en menos de un año.
    Cuando detengo mi lectura y pienso en el porvenir, lamento no ser capaz de alcanzar un nivel satisfactorio, porque soy estúpido de nacimiento y no poseo tampoco el nivel académico necesario para poder especializarme en la literatura extranjera. No podré alcanzar nunca un nivel superior al de hasta ahora, y por ello deberé desarrollar fuerzas propias para ser capaz de apreciar la literatura. Considerándolo desde otro ángulo, estoy seguro de poder apreciar bien los textos chinos, aunque no posea un nivel académico tan fundamental sobre ellos. Por supuesto que no poseo tampoco un conocimiento profundo sobre el idioma inglés, pero no creo que éste sea distinto de aquéllos.     A pesar de que mi nivel en ambos sea prácticamente el mismo, tengo mis gustos y mis aversiones bien claros en vista de que sus características son sumamente diferentes. Es decir, la literatura china y la literatura inglesa no pueden quedar englobadas dentro de una misma definición porque son de diferente índole.
    Algunos años después de haberme graduado de la universidad, bajo la luz de mi lámpara en la lejana Londres, mi pensamiento llegó por primera vez a este punto. Es posible que se diga que soy infantil, yo mismo me lo digo. Puede parecer vergonzoso que diga que el fruto de mis estudios en el extranjero, allende los mares, en Londres, sea algo tan simple, pero es verdad. Me avergüenza decir que por primera vez me di cuenta de esto en aquella ocasión, en la que decidí resolver de manera fundamental el problema de lo que es la literatura. Al mismo tiempo sentí deseos de aprovechar el año que me restaba como una primera etapa para el estudio de este problema.
    Me encerré en mi pensión. Guardé todos los libros de literatura en la cómoda, porque pensé que llegar a comprender lo que es la literatura leyendo libros literarios era algo semejante a reñir entre consanguíneos. Juré que investigaría la necesidad psicológica que había tenido la literatura para nacer en este mundo, desarrollarse y corromperse. Juré que penetraría en la necesidad social que había tenido para existir, popularizarse y caer en decadencia.
    Creí que el problema que había planteado era tan grande que nadie podría resolverlo en uno o dos años, por lo que dedicaba todo mi tiempo a recopilar datos de todas las áreas y a adquirir libros de consulta con todo el dinero que poseía. Después de seis o siete meses de haber tomado esta decisión continuaba mi estudio con gran empeño y con la mayor seriedad, aunque fue también en esta misma época que el Ministerio de Educación me censuró la imperfección de un informe.
    Yo concentraba toda mi energía en la lectura de los libros que había comprado, en escribir acotaciones al margen de los puntos leídos y en tomar nota de lo que consideraba necesario. Al principio lo hacía de manera ambigua e indefinida, pero cinco o seis meses más tarde sentí que de algún modo iba tomando forma verdadera. No he juzgado necesario utilizar el resultado de mi investigación como material para mi curso porque de hecho yo no soy un profesor universitario. Tampoco he sentido la necesidad de compilarlo apresuradamente en un libro. A mi juicio, invirtiendo diez años después de mi vuelta a Japón, tenía la intención de ordenar suficientemente estos resultados y posteriormente solicitar una crítica pública.
    Los cuadernos de notas que yo iba recolectando durante mis estudios en el extranjero alcanzaron una altura de entre 15 y 18 centímetros, a pesar de haber estado escritos en letra muy pequeña. Volví a mi país trayéndolos como única fortuna.
    Apenas estuve de vuelta, repentinamente se me solicitó la enseñanza de literatura inglesa en la Universidad de Tokio en calidad de profesor adjunto. No era ése el objetivo con el que yo había viajado al extranjero ni para lo que había vuelto a Japón. No cuento con conocimientos suficientes como para hacerme cargo de la enseñanza de literatura inglesa y tampoco me gusta que la docencia interfiera en mi propósito, porque mi intención es perfeccionar mi propia teoría sobre la literatura. Aunque pensé en rechazar el cargo, mi trabajo había sido decidido ya desde antes de mi vuelta gracias a los buenos oficios de un amigo mío (el Sr. Yasushi Otsuka), a quien yo había escrito desde ultramar diciéndole que me gustaría trabajar en Tokio. Fue por ello que acepté, a pesar de la superficialidad de mis conocimientos.
    Antes de iniciar los cursos me preocupaba cuál sería el problema que debería elegir, pero pensé que lo más interesante y oportuno sería introducir la teoría de la literatura a aquellos estudiantes que hoy investigan la literatura. De haberme convertido en maestro de provincia había salido al extranjero y, repentinamente, estaba de vuelta en Tokio. En aquel momento desconocía el rumbo que seguía nuestro mundo literario. Sin embargo, el hecho de que como resultado de un serio esfuerzo hubiera logrado perfeccionar mis estudios superiores, y ahora estuviera en posibilidad de presentarlos a los jóvenes que dominarían el futuro mundo literario, constituía para mí un gran honor, por lo que decidí elegir este problema para así recibir los comentarios de mis estudiantes.
    Desafortunadamente, mi teoría de la literatura era una gran empresa que radicaba en la organización de un proyecto a diez años para, básicamente, discutir la actividad literaria, fundamentalmente desde los aspectos psicológico y sociológico, por lo que no tiene forma de curso. Además, me inclinaba a un aspecto tan lógico para la enseñanza de la literatura, que éste parecía apartarse de los límites de la literatura pura. En este punto mi trabajo se dividió en dos partes: una, organizar de manera hasta cierto punto concreta el material que tan desordenadamente había venido reuniendo; la otra, aclarar la discusión que hubiese surgido, sistemática e informalmente, acercándonos en la medida de lo posible a la literatura pura.
    No creía poder llevar a cabo estos dos puntos debido a mi salud, tanto física como mental, además del tiempo de que disponía. El contenido de este libro certifica el resultado de mi empresa. Los cursos dieron comienzo en septiembre del año 33 de Meiji[1868-1912]y terminaron en junio del 38 [1905], con tres horas semanales sólo para los estudiantes de primero y segundo grados. Tengo la idea de que en ese tiempo yo no daba a mis estudiantes todo el estímulo que hubiese deseado.
    Debí haber continuado el curso para el tercer grado, pero no pude hacerlo por circunstancias ineludibles, ni pude tampoco reescribir las partes incompletas sobre lo ya explicado; y, tras haberlo desatendido por dos años, acepté hacerlo público a pedido de una librería.
    No obstante, no contaba con ningún tiempo para pasar en limpio mi antiguo borrador. Confié todo su arreglo, incluyendo la redacción del catálogo, a un amigo mío, el Sr. Nakagawa Yoshitar. En vista de que había asistido a uno de mis cursos y poseía una amplia cultura, además de su fidelidad, era la persona más adecuada entre mis conocidos para semejante ajuste. Junto con este libro debe seguir brillando su nombre; sin su bondad no habría sido posible publicarlo. Si algún día él se hace un nombre dentro del mundo literario, este libro llegará a ser famoso gracias a ese nombre.
    Como ya he señalado arriba, la estructura de este libro es producto de un gran esfuerzo. A pesar de ello, inevitablemente es un libro incompleto, porque tuve que reducir a dos un proyecto de diez años, además de cambiar su forma original para responder a las expectativas de los estudiantes de literatura pura. El mundo literario está sumamente atareado, y dentro de él yo estoy más atareado que nadie. Si hubiese tratado de publicarlo después de agregar lo que falta, corregir los errores y aceptar el cargo, no hubiese podido hacerlo en toda mi vida, a no ser que mis circunstancias personales cambiaran radicalmente. Por esa razón he publicado este manuscrito incompleto.
    No es por inconcluso que enseño a los estudiantes la esencia de la literatura. Habré conseguido mi propósito si aquel que haya terminado de leer este libro encuentra algún problema, plantea alguna duda y hace progresos desarrollando una opinión más avanzada que lo dicho en él. No es posible establecer el templo del conocimiento en un día ni por un solo hombre; sentiría haber cumplido con mi deber contribuyendo con mi esfuerzo a su establecimiento.
    Viví en Londres dos años, de los que el plazo mismo fue lo más desagradable. Entre los caballeros ingleses mi vida era tan miserable como la de un perro entre los lobos. Se dice que su población era de cinco millones de habitantes, y puedo asegurar sin reservas que, convertido en una gota de agua en medio de un mar de aceite (cinco millones de gotas de aceite), mi situación en aquellos días fue una cadena de dolorosas vivencias. Como cuando ha caído una gota de tinta sobre una camisa blanca recién lavada; es seguro que el dueño se sentirá infeliz. Me comparo con la tinta porque yo era en realidad como un mendigo vagando por Westminster, respirando durante dos años el aire que en forma de nubes de hollín artificialmente despiden las miles de chimeneas de los alrededores. En verdad que pasé apuros allí.             Humildemente digo a los ingleses, a los caballeros a quienes intentaba emular, que no ha sido por una extraña curiosidad que yo viajé a Londres. Gracias a ellos pasé dos años dominado por una voluntad más grande que la individual. El haberme marchado después de dos años me asemeja al ánsar cuando vuelve al Norte al llegar la primavera. Es una lástima que en aquellos tiempos no haya podido hacerlo todo como ustedes, que eran mi modelo, y que no haya podido ser una persona ejemplar de raza oriental como lo esperaban. Aquellos que salen por órdenes del gobierno no lo hacen por su propia voluntad. Si hubiese podido manifestar mi voluntad no habría puesto los pies en Inglaterra en toda mi vida. No tendré la oportunidad de ayudarles aunque ustedes me hayan ayudado tanto. Lamento no tener más ocasión de agradecer sus atenciones.
    Durante tres años y medio después de mi vuelta a Japón también lo pasé mal. Soy japonés y no puedo marcharme de Japón por no sentirme feliz. Tengo el privilegio y también el derecho de ser japonés, y quiero mantener al menos mi quincuagésima parte de ese privilegio y ese derecho. Cuando esta proporción se reduzca, no podré tampoco negar mi existencia ni salir del país, así que haré todo lo posible por recuperarla. Ello significa que no poseo una voluntad minúscula sino una voluntad superior a mi voluntad. Pero esta voluntad superior no puede hacer cualquier cosa con mi voluntad, sino que me ordena no evadir aquello que me hace infeliz, para así mantener el privilegio y el derecho de ser japonés.
    No resulta adecuado expresar abiertamente los sentimientos del autor en la introducción que precede al cuerpo de un trabajo. Sin embargo, tomando en consideración el germen del mismo, su organización, descripción y publicación en medio de una situación poco afortunada, me siento muy satisfecho por el solo hecho de haber podido realizar un trabajo tan grande, aunque no resulte tan importante como las obras de otros estudiosos. No compadezco a sus lectores.
    Los ingleses decían que yo era un neurasténico. Un japonés envió una carta a Japón diciendo que estaba loco. Los sabios no deben mentir, mas siento no poder mostrarles mi gratitud.
    Después de mi vuelta a Japón sigo siendo neurasténico y sigo estando loco. Aun mis parientes me juzgan así. No tengo ninguna excusa para ello. Si he sido capaz de publicar Yo soy todo un gato y La jaula de la codorniz gracias a mi locura y mi neurastenia, creo que debo expresar mi agradecimiento por ello.
    Es posible que mi neurastenia y mi locura continúen toda la vida, a menos que cambie mi situación personal. Pero si se eternizan, concibo la esperanza de publicar muchos Gatos y muchas Jaulas de codorniz, por lo que imploro no dejar de ser neurasténico ni de estar loco.
    Esta neurastenia y esta locura me llevan a crear obras por la fuerza, así que en adelante no tendré el placer de divertirme escribiendo con base en características científicamente innecesarias, como lo hice con esta Teoría de la literatura. Por consiguiente, ella es lo único que conmemora el haber empezado a escribir esta clase de libros; no tiene mucho valor, pero creo que ha sido trabajo suficiente como para causarle molestias al impresor.

Nota y traducción del japonés
de Silvia Novelo y Urdanivia

1. Base fundamental del conocimiento para los intelectuales; era una forma abreviada de “Historia de China” en la época de la dinastía Han. Y era también una especie de literatura, porque en aquel entonces literatura e historia eran prácticamente lo mismo. (N. de la T.)

 

 

 
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