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Manuel Maples Arce, La poesía estridentista y la radio / Ángel Ortuño PDF Imprimir E-Mail

¿En dónde estará el nido / de esta canción mecánica?           
Manuel Maples Arce, La poesía estridentista y la radio
Ángel Ortuño

El más célebre poeta de Francia desprecia todo lo que no sea escuchar el receptor de radio dentro de un Rolls Royce, que es el único donde puede sintonizarse la transmisión de unos versos asombrosos; poesía radiofónica que para los demás no es sino el estridente y monótono sonido del alfabeto Morse.
Lo anterior le ocurre a Jean Marais, Orfeo en el filme homónimo dirigido por el poeta Jean Cocteau en 1950, Orphée.
Veintisiete años antes, el 8 de mayo de 1923, el diario El Universal y La Casa del Radio, bajo las siglas cyl, realizaron la primera transmisión radiofónica comercial en México: «A las 20:00 hrs. salió al aire con una onda de transmisión de 375 metros la emisora de 50 watts que patrocinaban La Casa del Radio y dicha revista» (Gálvez). La revista, por supuesto, era El Universal Ilustrado, dirigida por Carlos Noriega Hope, «periodista que viviría sólo 38 años, aunque tendría tiempo suficiente para escribir un libro de cuentos y varias obras de teatro, para dirigir una película actuada por reporteros de El Universal [...] y para estar al frente del magazine cultural que bajo su mano iba a convertirse en escaparate de la cultura mundial» (De Mauleón).
El programa de dicha transmisión estuvo integrado por el guitarrista Andrés Segovia, quien interpretó a Chopin; Manuel M. Ponce, quien tocó al piano su vals «Estrellita»; por la cantante popular Celia Montalván y por Manuel Maples Arce, quien leyó su poema «T. S. H.», texto que había aparecido en las páginas de El Universal Ilustrado días antes (el 5 de abril, según Luis Mario Schneider), escrito ex profeso para la que pasaría a la historia como la primera lectura de poesía en la radio mexicana.
Así, la telegrafía sin hilos (significado de las siglas que componen el título del poema) del escritor estridentista hizo sonar sus timbres de alfabeto Morse en los oídos de una audiencia a la cual aquellas audacias metafóricas le parecieron ininteligibles. No habrá faltado, por supuesto, algún Orfeo maravillado en medio de la desorientación general, referida en estos términos por un cronista de El Universal: «Desgraciadamente nadie pudo arrancarse el cerebro y arrojarlo a los espacios estelares para lograr comprender la nueva poesía». Repito: seguramente alguno sí conseguiría «arrancarse el cerebro» para lanzarlo tras «el grito / de las torres / en zancadas / de radio», como lo metaforizara Germán List Arzubide en el poema «Ciudad número 1», de su libro Cantos del hombre errante.
Según lo afirma Francisco Javier Mora en su artículo «El estridentismo mexicano. Señales de una revolución estética y política», para los estridentistas la revolución implicaba «una simbiosis entre tradición popular y modernidad vanguardista». Esta frase describe con precisión lo que ocurrió con la radio en esos años: la portentosa novedad tecnológica despertó el entusiasmo lo mismo entre los pudientes que adquirían costosísimas consolas, como entre aquellos que improvisaban rudimentarios receptores de galena: «En la alborada de 1923 la posesión de un radiorreceptor de válvula o de galena era todo un signo de distinción. Tanto que día tras día iba en ascenso el número de viviendas que destinaban un cuarto o un amplio rincón a tan estridente huésped» (Gálvez).
La tradición popular y la modernidad vanguardista estuvieron presentes en la transmisión radiofónica del 8 de mayo de 1923: Celia Montalván cantó «La borrachita» y Maples Arce leyó «T. S. H.». La intoxicación etílica de la tonada popular y los cerebros vagando por los espacios interestelares de la poesía vanguardista, ambos, sin duda, estados alterados de conciencia.
Francisco Javier Mora consigna estas palabras de Maples Arce: «El futurismo cantó desde un ángulo externo los objetos mecánicos, yo interpreto desde el interior su canto, su influencia sociológica». Este deslinde frente a la poesía de vanguardistas como F. T. Marinetti es al mismo tiempo una defensa (el estridentismo fue reiteradamente acusado de no ser más que una copia del futurismo italiano) y una valiosa pista para la interpretación de la poesía de Maples Arce. Indicio que Mora sigue con aguzado sentido crítico: «La poesía estridentista reflejó también una admiración por lo mecánico y, en especial, por la radio, pues sirve como integrador simultáneo de culturas dispares». Si el nuestro sigue siendo un país lacerantemente dispar, no hay que esforzarse mucho para comprender cuál sería la situación recién concluida la pugna que dio al traste con el régimen porfirista y desplegaba, en ese entonces, los más optimistas horizontes. No era, pues, un mero entusiasmo por la tecnología, sino la eternamente renovada esperanza sobre el advenimiento de la utopía.
«T. S. H.», como bien lo afirma Luis Mario Schneider, «tiene en sí el valor histórico de haber sido el primer poema transmitido radiofónicamente en México» (p. 75), pero su valor dista de agotarse en el dato estadístico, tal como le será fácil comprobarlo enseguida al radioescucha de estas líneas.

 

T. S. H.

Sobre el despeñadero nocturno del silencio
las estrellas arrojan sus programas,
y en el audión inverso del ensueño,
se pierden las palabras
olvidadas.

T. S. H.

de los pasos
hundidos
en la sombra
vacía de los jardines.

El reloj
de la luna mercurial
ha labrado la hora a los cuatro horizontes.

La soledad
es un balcón
abierto hacia la noche.

¿En dónde estará el nido
de esta canción mecánica?
Las antenas insomnes del recuerdo
recogen los mensajes
inalámbricos
de algún adiós deshilachado.

Mujeres naufragadas
que equivocaron las direcciones
trasatlánticas;
y las voces
de auxilio
como flores
estallan en los hilos
de los pentagramas
internacionales.

El corazón
me ahoga en la distancia.

Ahora es el «Jazz-Band»
de Nueva York;
son los puertos sincrónicos
florecidos de vicio
y la propulsión de los motores.

Manicomio de Hertz, de Marconi, de Edison!

El cerebro fonético baraja
la perspectiva accidental
de los idiomas.
Hallo!

Una estrella de oro
ha caído en el mar.


Referencias

 

Héctor de Mauleón, «Una postal desde la ciudad estridente», en Confabulario, suplemento de cultura de El Universal (disponible en www.eluniversal.com.mx/graficos/confabulario/especial_mauleon_nov11.htm).
Felipe Gálvez, «Voz, jinete del aire», en México en el Tiempo, núm. 23, marzo-abril de 1998.
Fernando Mejía Barquera, «Historia de la radio mexicana» (disponible en www.mexicanadecomunicacion.com.mx; fecha de consulta: 10 de enero de 2008).
Francisco Javier Mora, «El estridentismo mexicano: señales de una revolución estética y política», en Anales de Literatura Hispanoamericana, núm. 29, 2000, pp. 257-275.
Luis Mario Schneider, El estridentismo o una literatura de la estrategia, Conaculta, col. Lecturas Mexicanas, cuarta serie, México, 1997.
Juan Solís, «Pioneros en radioarte», en El Universal, secc. Cultura, 21 de mayo de 2006, p. 1 (disponible en www.eluniversal.com.mx/cultura/48837.html).

 

 

 
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