Las reticencias de Valadés / Sergio Cordero

100 años de Edmundo Valadés

Edmundo Valadés y yo fuimos invitados al Encuentro de Literatura de las Fronteras que se realizó en Tijuana, Baja California, del 30 de junio al 2 de julio de 1988. Yo participaría en una mesa redonda con una ponencia titulada «Aspectos sociohistóricos de la creación literaria en la zona Norte». Él iba a moderar la mesa. Las actividades se efectuaron en el Centro Cultural Tijuana (Cecut) y las ponencias se publicaron al año siguiente en el volumen colectivo Literatura de las fronteras / Border Literature, coeditado por el Instituto de Cultura de Baja California y la Universidad Estatal de San Diego. (Actualmente se puede consultar en internet: goo.gl/53E49C).
Los jóvenes escritores sonorenses veían en el veterano cuentista a un maestro y precursor, a pesar de que hacía muchos años había salido del puerto de Guaymas, donde nació en 1915, para irse a la Ciudad de México y desarrollar en la capital del país su carrera periodística y literaria, dentro de la cual debe incluirse su trabajo como director de El Cuento. Revista de Imaginación. Pero, como dijo en esa ocasión el ex rector del Colegio de Sonora, el novelista, cuentista e historiador Gerardo Cornejo Murrieta: «Estamos recuperando a Valadés».
     De regreso al suntuoso hotel donde los organizadores nos hospedaron, don Edmundo y yo conversamos brevemente. Descubrí que, a pesar de lo mucho que el desarrollo de la narrativa mexicana del siglo xx le debe al autor de La muerte tiene permiso (fce, 1955), él consideraba que su trabajo, aunque pudiera ser importante, era sólo una entre muchas aportaciones.
     —Con la revista El Cuento —me dijo entonces— lo único que hago es abrir páginas, abrir puertas, abrir ventanas con la idea de dar a conocer escritores jóvenes o maduros. Sería gratísimo para mí poder decir que soy el responsable; sería un orgullo, pero sería una vanidad acreditarme algo que no me corresponde, que no merezco. Soy parte de muchos elementos, de muchas revistas, de mucha gente que, como yo, trata de difundir la literatura. Soy parte de un todo.
     —¿Cree usted —le pregunté— que el desarrollo de la narrativa mexicana hubiera sido igual de no haber existido la revista El Cuento?
     —Es posible. Por qué no. No soy el único, insisto. Hubiera habido otros medios. Un estímulo ayuda en un momento dado, pero no es decisivo. Una literatura que empieza a crecer y proliferar va a crecer y proliferar de cualquier manera.
     Para Valadés la literatura consistía, sobre todo, en una cuestión de rigor y de crítica constantes. Basta echar una ojeada a la sección de correspondencia de su célebre revista para ver la cátedra que les impartía, amablemente pero con franca objetividad, a los numerosos aspirantes a publicar en sus páginas y de la que no se salvaban ni los autores de renombre y con trayectoria.
     A modo de ejemplo, analicemos los siguientes extractos de El Cuento, tomados un poco al azar de la sección «Cartas y envíos», en la edición correspondiente al número doble 105-106 (enero-junio de 1988): «En los tres cuentos breves que nos envía, usa ahora el truco de ocultar datos para sorprender al lector en el cierre de cada relato» (p. vi); «La historia resulta, en sus incidentes, un poco verosímil y con un desenlace desvaído» (p. xii); «…si usted intelectualiza (juzga, explica, aclara, toma partido), deja escapar la atención del lector, esforzada en pensar cuando está dispuesta a sentir» (p. xiii); «Su texto de mayor extensión que nos envía tiene mucha paja, intromisiones autorales, y no logra la creación convincente de un mundo fantástico» (p. xviii); «Su texto tiene mal sustento: una anécdota menor que tiende más al chiste» (ídem); «Guarde los adjetivos para cuando sean indispensables, reduzca el uso de adverbios. Por ahora, las realidades que cuenta están excesivamente adornadas, no se ven bajo el ropaje barroco» (p. xx); «No mezcle usted lo suyo con lo de él, pues no se trata de autobiografía, sino de la creación, nada menos, de un personaje con sus experiencias propias. Tiene que apretar el texto y profundizar» (ídem); «…produce mucha paja, vaguedad en la intención, que están causadas por el énfasis constante, pleonasmos y redundancias. Nos da, de muy lejos, un personaje interpretado, juzgado y movido por la autora» (p. xxi), etcétera.
     Como puede verse, el vicio más persistente que él encontraba en muchos esbozos narrativos, aparte de las fallas de redacción y sintaxis y de la falta de limpieza en la presentación de los textos, consistía en que los aprendices de narradores no lograban discernir la distancia que existe entre palabras y acciones, entre autor y narrador, entre realidad y ficción; no lograban separar los hechos y el juicio de valor que éstos producen, lo cual se consigue volviendo las palabras totalmente transparentes y directas para que, de ese modo, los personajes sean definidos por lo que hacen y dicen y no por las opiniones del autor.
     Frecuentemente, Valadés encontraba que los aprendices de cuentistas tenían buenas ideas para escribir ficciones breves, pero no contaban con la suficiente destreza técnica, ni con una conciencia formal lo bastante cultivada para convertir sus borradores en verdaderos cuentos. A esto yo quisiera añadir, desde mi experiencia de muchos años coordinando talleres, que la mayoría de esos incipientes creadores no considera importante adquirir un sólido oficio literario para convertirse en un gran escritor, cree que basta con tener una gran idea, una idea muy original, que incluso pudiera resultar lucrativa. Dicho de otro modo: ellos tienen muy claro a dónde quieren ir, pero no saben cómo llegar. Además, obsesionados por el supuesto valor de su idea «original», rechazan cualquier preceptiva, doctrina o crítica que pudiese «adulterarla». En el fondo no pueden ayudarse solos, pero tampoco quieren ayuda externa; sólo buscan que el coordinador les pase sus «contactos» para relacionarse rápidamente con el medio literario.
     Al respecto, don Edmundo pensaba que, mientras más personas se dediquen a la literatura, habrá más posibilidades de que surjan uno o varios grandes escritores. Pero advertía que ni los tutores literarios ni el acceso a revistas ayudarán al escritor si él no se ayuda primero.
     —Depende de los propios escritores —subrayó—. Los que están apegados a su oficio, los que tengan la pasión de escribir, los que sean sinceros, los que tengan espíritu de autocrítica, los que estén más apegados a su tierra, a su entorno y a sus gentes y los que tengan la emoción de inspirarse en todo ello, van a llegar más lejos.
     Percibí que Valadés intentaba escudarse en consideraciones un tanto generales, así que llevé el diálogo a un terreno más específico:
      —Maestro, ¿considera que se ha venido dando un importante movimiento literario, en especial de narrativa, en la zona Norte del país?
     —Creo que se está dando. Por primera vez, los escritores del Norte están ganando una proyección creciente a nivel nacional. Hay mucha inquietud. Los mismos escritores norteños están redescubriendo el Norte. Antes veían hacia la Ciudad de México, pero ya han aprendido a ver su propio ámbito, lo están rescatando y nos lo están revelando. Es una generación nacida en este territorio, interesada en él y que tiene sensibilidad para explorarlo, capturarlo y revertirlo.
     —¿Cree que este movimiento llegue a alcanzar la trascendencia que, en los años cuarenta y cincuenta, tuvo el movimiento de narrativa jalisciense del que surgieron Yáñez, Rulfo y Arreola?
     —Es muy posible. Una literatura nacional está integrada por muchos escritores. Cada uno conquista un sitio diferente. Como en la geografía del Norte, hay altas cimas, pequeños cerros y remansos. Ahí están, los podemos ver. La aspiración de todo escritor es llegar a la cima, pero eso no se puede calcular. Puede surgir de aquí como surgió Rulfo de Jalisco. O puede salir de Yucatán. Si hay una ebullición literaria, si hay muchos jóvenes trabajando el oficio, es lógico pensar que alguno salga y logre la gran obra.
     —¿Tiene usted una lista de jóvenes narradores por cuyo futuro pondría la mano al fuego?
     Valadés guardó silencio un momento, me miró y esbozó una leve sonrisa:
     —Sí, sí la tengo —dijo por fin—, pero no a la mano, digamos. Mi memoria es tan frágil…
     A la distancia de los años, comprendo las reticencias de Valadés con respecto al futuro de la narrativa mexicana en general y, en particular, del  boom norteño, movimiento literario que en aquellos años estaba en pleno auge, que era visto por muchos con un enorme optimismo y que no tardaría en mostrar señales de agotamiento.
     En la década de los noventa, una nueva generación de escritores norteños, con menos talento y oficio que sus predecesores, pero más hábiles para relacionarse con el medio literario capitalino y las instituciones de apoyo a la cultura a nivel nacional, dilapidaron rápidamente esa herencia que, con su obra, había dejado la generación anterior. Detallo este fenómeno en el prólogo de mi libro Escrito en el Noreste (Conarte, Monterrey, 2008).
     El autor de Las dualidades funestas (Joaquín Mortiz, 1966) murió en la Ciudad de México en 1994. A cien años de su nacimiento y fallecidos también algunos de los principales exponentes del boom norteño (el chihuahuense Jesús Gardea [1939-2000], el lagunero Francisco José Amparán [1957-2010], el bajacaliforniano-coahuilense Daniel Sada [1953-2011] o el regiomontano Ricardo Elizondo Elizondo [1950-2013]), se entiende mejor el mensaje de don Edmundo —sobre todo esa advertencia que, cuando yo era joven, me sonó a mera recomendación y que, ya en la madurez, interpreto como una severa profecía: Ni los tutores literarios ni el acceso a revistas ayudarán al escritor si él no se ayuda primero.
     En el contexto presente, yo podría ampliar lo dicho por Valadés de la siguiente forma: ni los tutores, ni las revistas, ni los sellos editoriales de prestigio, ni las becas, ni los premios ayudarán al escritor si éste no se ayuda primero, porque, de lo contrario, el lector nunca creerá en él.
     En suma, hay que convencer con obra, no con currículum. A eso se debe que la revista  fuera ávidamente buscada por lectores de todos los rincones del país y que narradores mexicanos y extranjeros, famosos o desconocidos, se esforzaran por escribir cuentos dignos de ser leídos en sus páginas.

 

 

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